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Daniel Ortega gobernaría un país pobre y dividido

Agencia DPA. Desde Managua. | 6 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Al perfilarse como vencedor en los comicios del domingo, Daniel Ortega se acerca a la meta de concretar un sueño largamente acariciado: retomar la presidencia de Nicaragua. De convertirse en presidente, deberá enfrentarse al reto de cumplir su reiterada promesa electoral de paz, reconciliación y unidad nacional.

Por Yulissa Guevara, Agencia Alemana de Prensa (DPA). Desde Managua.

Dieciséis años después de haber dejado el poder y a punto de cumplir 61 años, Ortega se presentó por cuarta vez consecutiva como candidato presidencial del izquierdista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), esta vez como parte de la alianza Unida Nicaragua Triunfa. Levantando las manos en las plazas públicas al ritmo de la canción "Give Peace a Chance" de John Lennon, el comandante Ortega recorrió el país durante la campaña con una propuesta de reconciliación basada en sus nuevas alianzas: con su vicepresidente, Jaime Morales Carazo, militante de la "contra" antisandinista en los años 80, y el líder de la Iglesia católica, el cardenal Miguel Obando. El secretario general del FSLN nació en el municipio central de La Libertad, provincia de Chontales, y abandonó sus estudios de Derecho en una universidad jesuita para sumarse a la guerrilla que derrocó al dictador Anastasio Somoza en 1979 y cuya familia había gobernado Nicaragua durante casi medio siglo. Daniel Ortega no era muy conocido cuando integró la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, instancia que quedó en poder del partido sandinista tras la estampida de varios personajes "moderados" que la habían conformado a mediados de 1979. Elegido presidente en 1984, con su hermano Humberto en la jefatura del Ejército, fue uno de los nueve comandantes del directorio sandinista, y gobernó bajo una cruenta guerra civil apoyada por Estados Unidos, que dejó más de 50.000 muertos y concluyó a raíz de la primera derrota electoral del FSLN, en 1990. Ortega debe agradecer su supuesta victoria en primera ronda a la profunda fractura que afectó al antes poderoso Partido Liberal, que derivó en el surgimiento de una alianza disidente que dividió finalmente el voto de la derecha, y al aumento de la pobreza provocada por los programas macroeconómicos que los tres últimos gobiernos aplicaron sin tregua en el país. Pero también lo favoreció una reforma a la Ley Electoral, hace seis años, que permite que un aspirante presidencial gane con 35 por ciento de los votos válidos (en lugar de 45), siempre que tenga una ventaja de cinco puntos porcentuales sobre el candidato del segundo lugar. La ley fue reformada al amparo de un oscuro arreglo político entre Ortega y Arnoldo Alemán, líder del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y condenado por corrupción. Mediante el "pacto", ambos partidos se repartieron la dirección del Poder Judicial, el Consejo Supremo Electoral y otras entidades clave del Estado. Sin embargo, esta alianza no le garantiza que logrará la reconciliación y unidad en su posible nueva administración, pues deberá enfrentarse a un Congreso dividido en por lo menos tres bloques y dependerá de nuevos pactos para lograr cumplir con su promesa. Con el apoyo de alrededor del 40 por ciento de los nicaragüenses que votaron, según los últimos cómputos oficiales, Ortega tendría que navegar aún en las turbulentas aguas agitadas por intereses diversos en la fracturada derecha y una ahora más cohesionada disidencia sandinista, según dicen analistas políticos. La iniciativa privada y la cooperación internacional también esperan que el líder del FSLN ratifique su compromiso de respetar la libre empresa, la inversión y el comercio, bajo la mirada atenta de Estados Unidos, quien sigue siendo su más férreo opositor.

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