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Sin carta blanca, por Gioconda Belli

El Nuevo Diario | 8 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Igual que el partido FSLN, de Daniel Ortega, aceptó su derrota en tres ocasiones anteriores, hoy nos toca a sus opositores aceptar su victoria en los comicios. La democracia nos demanda un comportamiento respetuoso de los resultados de las votaciones. Igualmente demanda de los ganadores el respeto al derecho que tenemos de existir y de actuar dentro del panorama político del país quienes no compartimos ni sus posiciones, ni sus métodos políticos. Después de todo, el voto que difiere de Ortega sigue siendo el mayoritario en Nicaragua, de modo que él no está recibiendo un mandato absoluto, sino el que, gracias al pacto, se definió como suficiente para ocupar la Presidencia de la República. Ciertamente que el temor prevalente entre quienes nos hemos opuesto a Ortega es que se vuelvan a imponer en Nicaragua los métodos populistas y autoritarios que terminaron, junto con la agresión norteamericana, con el espíritu popular y colectivo de la Revolución Sandinista. Estos métodos, igualmente, desgranaron y dividieron al FSLN subsecuentemente, al concentrar todo el poder en la figura de un caudillo, borrando voluntariosamente la tradición de dirección colectiva, que había sido uno de los aportes más novedosos y revolucionarios del sandinismo. Pero Daniel Ortega llega ahora al poder dentro de un sistema político distinto, donde el poder parlamentario se ha ido imponiendo al del Ejecutivo. El sistema parlamentario, mismo que Ortega se encargó de consolidar y de proponer --que incluye las reformas constitucionales que limitan aún más las prerrogativas del presidente--, será sin duda un factor de balance inobjetable para cualquier tentación absolutista del virtual nuevo presidente de Nicaragua. Los nicaragüenses, entonces, que disentimos con la esencia de su comportamiento político desde hace años tenemos que estar claros que este round de nuestra historia le pertenecerá tanto a Ortega como a la oposición que, desde la Asamblea Nacional, hagan los representantes de esa mayoría de nicaragüenses que esperamos que el juego democrático continúe. El progreso y la paz en Nicaragua --promesas de campaña de Ortega-- dependerán de la capacidad de éste y sus partidarios de demostrar que están dispuestos a jugar con la reglas del juego democrático que se han venido estableciendo desde 1979 en Nicaragua. Yo celebro que un alto porcentaje de nicaragüenses tenga aún la esperanza que representó el sandinismo. Aunque no reconozca en la persona de Daniel Ortega la representación de ese legado popular --que pienso él más bien se ha encargado de desvirtuar--, sí me solidarizo con las esperanzas del pueblo pobre hastiado de la corrupción y la mala administración de los gobiernos derechistas. Que la gestión de Ortega como presidente no termine de darle el último banderillazo al espíritu de ese toro revolucionario que aún anida en los corazones de tantos buenos compañeros y compañeras en este país dependerá del comportamiento de Daniel y de sus funcionarios en los próximos años. Yo espero que las tentaciones del poder --que han demostrado ser capaces de invisibilizar los principios de una izquierda que se merezca esta calificación-- no induzcan ni a Ortega ni a sus partidarios a anteponer sus intereses a los de todos los nicaragüenses. Espero que esta victoria electoral no los lleve a pensar que pueden ahora ejercer el poder marginando, descalificando y desoyendo a la masa crítica que, dentro del ejercicio democrático, tiene tantos derechos como sus partidarios a expresarse y a demandar un gobierno honesto, transparente, apegado a la ley, respetuoso de las representaciones legislativas y capaz de solucionar las grandes desigualdades sociales que sufre este país. La pelota está ahora en la cancha de Daniel. Esperemos que después de las celebraciones que justamente le corresponden, les juegue limpio a todos los nicaragüenses. Por el momento y dentro de una actitud democrática, no queda más que concederle el beneficio de la duda.

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