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Descalificación o censura, por Orlando Núñez Soto

El Nuevo Diario | 9 de Noviembre de 2006 a las 00:00
En principio todo mundo acepta la libertad de expresión, incluyendo la libertad de crítica, al mismo tiempo que nos abanderamos de la tolerancia y la concordia, sin embargo, algunas veces damos tristes muestras de que nos cuesta mucho convivir entre nosotros y aceptarnos mínimamente. Tengo la impresión de que todavía ejercitamos una especie de censura, a través de la descalificación, frente al que no piensa como nosotros: descalificación que no necesariamente versa sobre los argumentos en cuestión; acción que ejercemos con plena libertad de expresión, pero que tiene el mismo efecto que la censura sobre quienes prefieren callar antes que verse satanizados por un trazo de tinta ensangrentada. ¿Cómo es esto posible? Si a esta pregunta respondemos como lo hace la gente, lo diríamos sencillamente así: razonamos más con el hígado que con la cabeza, convirtiendo las viejas pasiones en nuevas formas de desahogar nuestras frustraciones internas y personales. En estas lides la democracia burguesa nos lleva mucha ventaja, particularmente a partir de la incursión de las ciencias naturales y sociales en la opinión pública de los países industrializados. Y eso tiene su explicación. Nuestros países han estado durante mucho tiempo desgarrados por guerras civiles, intervenciones militares, golpes de Estado, dictaduras y levantamientos sociales de toda naturaleza. Nuestras contradicciones socioeconómicas, inevitables en toda sociedad de clases, se expresan más entre hermanos que entre los verdaderos adversarios, y las mismas han servido de pretexto para enfrentarnos personalmente por simpatías e imágenes creadas a imagen y semejanza de los discursos públicos más agresivos conocidos ente nosotros. Hay personas que prefieren estar despotricando contra un compañero de trabajo que asistir a una huelga que los va a beneficiar a todos por igual. Expresiones verbales manifiestamente envenenadas como las que escuchamos a través de los medios de comunicación durante estos últimos tres meses, no redundaron ni un ápice en sintetizar contradicciones, apenas sirvieron como catarsis de corazones resentidos. Nadie se dejó llevar por los epítetos para cambiar de opinión, a lo sumo cada uno profundizó su incómoda convicción y salió más amargado con sus vecinos que con las figuras de la televisión. Antes fuimos capaces de enfrentarnos militarmente a la Guardia Nacional y, sin embargo, nos atrevimos a desafiar nuestro sectarismo y hasta nos arriesgamos a curar adversarios heridos en combate. Hoy, sin embargo, cultivamos el odio tanto frente a quienes fueron nuestros enemigos armados como frente a los que fueron nuestros compañeros de escuadra, al mismo tiempo que callamos o emulamos a los viejos enemigos de la humanidad. Las contradicciones y diferenciadas posiciones políticas existen y seguirán existiendo durante mucho tiempo, pero no es a eso a lo que me refiero, sino a la traducción psicopersonal de esas contradicciones en nuestra vida cotidiana. Nos importa más desahogar nuestra furia individual que debatir posiciones políticas. Si no estamos de acuerdo con una ley, decimos que los diputados son un grupo de ignorantes. En cambio, si estamos de acuerdo con dicha ley decimos que fue aprobada a pesar de los diputados. Si la mayoría de la población está de acuerdo con una iniciativa nuestra, decimos que el pueblo se deja guiar por los más sabios; si pasa lo contrario, decimos que el pueblo es una masa de borregos. Si un grupo llama a una marcha contra las imposiciones del Fondo Monetario Internacional, pero no estamos de acuerdo con sus posiciones políticas internas, deslegitimamos la marcha, aunque nosotros también estemos en contra de las imposiciones del FMI Y así sucesivamente. Anteriormente, cuando teníamos actitudes similares nos llamábamos sectarios, ahora nos llamamos autónomos. La verdad es que no fue con dicha actitud con la que logramos derrotar a la dictadura somocista. Si nos hubiéramos atenido a nuestros propios y particulares pensamientos quizás jamás lo hubiéramos logrado y seguiríamos recriminándonos unos a otros de la permanencia de la dictadura en el poder. ¿Será imposible ponernos de acuerdo en algo, aunque disintamos en otros campos? Yo personalmente creo que si para algo sirve esta democracia representativa es para eso, para avanzar en lo que podamos, no a la velocidad que algunos quisiéramos, ni siempre por la senda preferida por algunos de nosotros. Una de esas cosas en las que nos podríamos poner de acuerdo es en mantener los servicios públicos, restaurando el viejo pacto entre los ciudadanos y el Estado. Si pagamos impuestos, deberíamos al menos tener educación y salud gratuitas. Sé que en las actuales condiciones no es fácil lograrlo en pocos años, pero al menos no deberíamos seguir privatizando la cosa pública, por muy mal que nos caiga el Estado o el gobierno de turno. Esto es una cosa que los anarquistas de izquierda lo han entendido, no así los anarquistas de derecha, radicales con la pluma o con el compañero, pero bien asimilados por el sistema y sus representantes a quienes jamás han osado rozar con sus adjetivos preferidos. Menos mal que aún aceptamos que la discusión sea parte de la cosa pública, y rechazamos que la misma pueda ser privatizada. No importa si se trata de un artículo o de una manta en la bocacalle de la esquina, por ningún tipo de propaganda nos van a echar presos, como pasaba antes, durante la dictadura somocista. Por supuesto que la libertad de expresión no es el único derecho por el que debemos luchar, también está la lucha por la igualdad de oportunidades y otros tantos derechos más, libertades y derechos que sólo alcanzaremos con una mayoría política detrás de nuestros planteamientos, por muy lúcidos y razonables que éstos sean. De lo contrario, seguiremos quejándonos de que de nuevo el Güegüense nos engañó, sin reparar que quizás fuimos nosotros mismos quienes engañamos tanto tiempo al mentado Güegüense nicaragüense. En todo caso, no creo que la respuesta sea seguir descalificando y ofendiendo personalmente al que no piense como nosotros, reproduciendo el ciclo de la eterna insatisfacción, incapaz de gozar un valioso debate, despreciado por las antipatías personales que guardamos a nuestros interlocutores.

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