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Los empresarios confían que Daniel Ortega hará un gobierno de «izquierda responsable»

Agencia AFP. Desde Managua. | 10 de Noviembre de 2006 a las 00:00
El presidente electo de Nicaragua, Daniel Ortega, recibió un voto de confianza de sectores políticos, económicos y religiosos para gobernar por segunda vez y reivindicar las metas sociales que no pudo alcanzar durante la revolución que encabezó en los años 80. La confianza se sustenta en un acuerdo de gobernabilidad que Ortega propuso impulsar a todas las esferas cuando asuma el gobierno en enero de 2007, a cambio de respetar las libertades públicas, la propiedad privada, el libre mercado, la estabilidad económica, el programa con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que el país necesita para recibir asistencia externa. El acuerdo ha sido acogido con beneplácito por casi todos los sectores, ante la voluntad expresada por Ortega de encaminar un gobierno de tendencia socialista moderada, al estilo de Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, para llevar a cabo su proyecto de erradicar la pobreza, el hambre y el desempleo. Ortega "se perfila como una izquierda democrática que tiene una conciencia clara por (los problemas de los) sectores vulnerables, la pobreza, pero respetando la capacidad y leyes del mercado", dijo el presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), Erwin Krüger. Lo que propone "en otras palabras, es no tocar las fuentes de riqueza, sino estimularlas para que se distribuye mejor", convirtiendo al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) "en una izquierda responsable comprometida con su país", consideró. Señaló que el cambio del FSLN "ha traído mucha esperanza, confianza y por eso nosotros (los empresarios) respondimos dando un voto de confianza al nuevo gobierno" sandinista. Al COSEP se suman los banqueros, inversionistas extranjeros, muchos de ellos interesados en aprovechar los beneficios que ofrece el Tratado Libre Comercio con Estados Unidos (TLC), la influyente iglesia católica y los partidos rivales que juntos representan a más del 50% del electorado. También le dieron el beneficio de la duda, tras una fuerte resistencia inicial, el gobierno estadounidense, que el jueves manifestó su deseo de "establecer relaciones positivas con el señor Ortega y su gobierno", así como Taiwán, que planea ampliar sus inversiones en Nicaragua, al amparo de un tratado de libre comercio. Por otro lado, hay quienes descartan que Ortega se sume al enfrentamiento político que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, tiene con Washington, como consecuencia del acuerdo de venta de petróleo barato que tienen con los sandinistas. "Me parece que el líder sandinista va a continuar una política al estilo Luis Inácio Lula da Silva" de Brasil, opinó el político socialcristiano Cairo Manuel López. Con la adecuación del FSLN a los nuevos tiempos y un programa de gobierno socialdemócrata, Ortega disipó de momento los temores que existían por su regreso al poder, debido a las confiscaciones, persecuciones políticas, religiosas, censura, el embargo económico y la guerra civil que vivió el país durante la revolución (1979-90). Logró, además, recuperar la confianza de un país que se sintió defraudado con las expectativas que había creado la revolución, que se enfrentó política y militarmente a Washington dejando un saldo de cerca 50.000 muertos, una reforma agraria inconclusa y resentimiento en amplios sectores. En los 16 años de oposición, los sandinistas decidieron abandonar las armas y sus rancios discursos de izquierda para convertirse en su mayoría en acomodados empresarios y hábiles políticos que aprendieron a negociar cuotas de poder con los gobierno de derecha y pactar con el sector privado la aprobación de leyes en el Congreso. "Nosotros hemos trabajado con ellos (los sandinistas) en los 16 años que estuvieron en la oposición", durante los cuales "en muchos casos nosotros los hemos llamado para que nos ayudaran a aprobar leyes", reconoció el dirigente del COSEP. En ese contexto, Ortega, que este sábado cumple 61 años, se prepara para volver al gobierno con un discurso populista, pero con intereses empresariales y una fuerte influencia sobre la justicia y el aparato estatal, que han moderado de alguna manera las intenciones de sus rivales de ejercer una fuerte oposición en su gobierno.

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