Escúchenos en línea

El mandato de Ortega, por Carlos F. Chamorro

Revista Confidencial | 13 de Noviembre de 2006 a las 00:00
La victoria electoral de Daniel Ortega es inobjetable en su legalidad y legitimidad, pero plantea muchas interrogantes sobre cómo el liderazgo del FSLN interpretará el significado político de su mandato. El candidato del FSLN obtuvo nueve puntos más que el candidato del segundo lugar, Eduardo Montealegre de ALN (38% vs. 29%), lo que le permitió ganar en primera vuelta, amparado en la reforma a la ley electoral surgida del pacto prebendario que acordó con Arnoldo Alemán en 1999. De esa manera, con un apoyo del 38% Ortega ganó la Presidencia, mientras el 62% del electorado se dispersó en otras cuatro opciones políticas. Este porcentaje de voto presidencial es el más bajo obtenido por un Presidente en Nicaragua en los últimos veinte años. En 1984, el mismo Ortega obtuvo 67% del voto durante su primer mandato; Violeta de Chamorro fue electa con 54.7% en 1990; Arnoldo Alemán con 51% en 1996; y Enrique Bolaños con 56% en el 2001. Esto significa que a Ortega no solamente le tocará gobernar en un país muy diferente a la Nicaragua revolucionaria de los ochenta, desde el punto de vista institucional, de las reglas económicas y los compromisos adquiridos por el estado, sino que además está obligado a concertar y tomar en cuenta los intereses de la mayoría electoral que no votó por su candidatura. Pero, además, al analizar el número de votos válidos depositados y sus proyecciones, se puede constatar que la base electoral de Ortega no aumentó desde la última elección presidencial. Según las cifras oficiales del Consejo Supremo Electoral, en un lapso de cinco anos, la población electoral creció en un 20%, sin embargo, la votación presidencial del FSLN se mantuvo en un nivel casi idéntico al del 2001 cuando perdió frente a Enrique Bolaños y apenas creció unos 25 mil votos (el 2.7%). Su estrategia de campaña fue efectiva para preservar su voto duro, pero no para sumar nuevos apoyos. En cambio, el voto liberal registró un incremento de 191,000 votantes, un 14% adicional a lo obtenido en el 2001 por el PLC; pero esta vez se dividió entre el PLC y ALN, favoreciendo la victoria de Ortega. La otra vertiente electoral, el MRS, agregó unos 150 mil votos adicionales a los depositados por el electorado en el 2001. ¿Cómo se conjugaron estas tendencias el cinco de noviembre? Una hipótesis preliminar indica que mientras ALN captó a los votantes independientes del MRS en un "voto útil anti-Ortega", el PLC recuperó parte de su base liberal que se inclinaba hacia ALN, mientras el FSLN mantuvo su voto duro y se vio favorecido por un nivel de abstención mayor que el esperado. Aunque Nicaragua mantiene uno de los niveles de participación electoral más altos de América Latina, en esta elección se registró un porcentaje de abstención un tercio mayor que en la elección del 2001, cuyas causas merecen ser analizadas a profundidad en otro momento. En términos programáticos, el mandato de Ortega refleja una fuerte demanda de demanda de cambio del electorado en la dirección de fortalecer las políticas sociales y de fomento a la producción nacional pequeña y mediana. Pero al mismo tiempo entraña una demanda de renovación institucional y desmontaje del pacto, reclamado por una mayoría de votantes y abanderado por todos los candidatos presidenciales --excepto Ortega-- , que ahora pasan a la oposición. El presidente electo representa una de esas dos vertientes: la de luchar contra la pobreza y resolver la deuda social; pero en el campo institucional representa la antitesis de lo que ha planteado el electorado. ¿Cómo resolver esta contradicción? representa uno de los mayores desafíos del mandato electoral de Ortega Los resultados preliminares de la elección legislativa proyectan una nueva correlación de fuerzas en la Asamblea Nacional en la que el pacto PLC-FSLN, deja de ser el eje dominante, y sería sustituido por una dinámica multipartidista. Es prematuro aventurarse a analizar que tipo de alianzas se producirán en la Asamblea entre las bancadas del FSLN, PLC, ALN y MRS. Lo único claro es que las negociaciones no serán determinadas tras bastidores por dos caudillos, sino en un marco de mayor transparencia, y esperamos que sea en beneficio de los ciudadanos. Después de ser reconocido por sus adversarios, el presidente electo envió un mensaje tranquilizador al capital y a los inversionistas nacionales y extranjeros. Es comprensible que haya priorizado a ese sector por la importancia que tiene a corto plazo la estabilidad del sistema financiero. Pero lo importante es que esos gestos positivos se traduzcan en hechos y compromisos institucionales. Por ejemplo, si Ortega considera conveniente la permanencia en el cargo del actual presidente del Banco Central para dar una señal de continuidad en el mundo financiero, reforzaría la confianza a largo plazo proponiendo una ley que le otorgue autonomía al Banco Central en relación al Ejecutivo. En el mismo sentido, tiene la oportunidad de enviar un mensaje de cambio institucional y voluntad de desmontar el pacto, aún cuanto esto signifique ceder una cuota de poder, cuando en los próximos días se proceda a elegir en la Asamblea a nuevos Magistrados en la Corte Suprema y al Fiscal y vice Fiscal de la nación. Durante la campaña electoral, Ortega fue el candidato del monólogo. Nunca explicitó sus propuestas de gobierno, no aceptó debates, ni respondió a las preguntas de la prensa. Incluso, las propuestas más importantes que formuló el 19 de julio --la promesa de condonar las deudas a los productores y la oferta de remesas a costo cero-- tuvieron que ser oficiosamente rectificadas. Como Presidente de todos los nicaragüenses y no sólo del 38% que votó por su partido, sólo podrá tener éxito si logra reinventarse como un estadista dialogante. El imperativo del diálogo, y la tolerancia a las críticas, también forma parte integral del mandato político de Ortega. En el campo internacional, el presidente electo tiene la oportunidad de aprovechar las ventajas económicas del CAFTA para atraer más inversión extranjera, y al mismo tiempo beneficiarse de una plataforma de cooperación económica adicional como la que ofrece la Venezuela de Hugo Chávez. Este precario equilibrio entre Bush y el eje Chávez, demandará firmeza y prudencia diplomática al mismo tiempo, porque Nicaragua tiene un margen de flexibilidad cero para jugar al populismo revolucionario. Cualquier aventura internacional que embarque al país en un clima de conflicto y confrontación conduciría al desastre seguro, en detrimento de la lucha contra la pobreza. No todo el éxito o fracaso futuro depende de lo que Ortega haga o deje de hacer. El mejor antídoto para contener los instintos autoritarios del nuevo liderazgo es una sociedad civil vigorosa, movimientos sociales autónomos, una prensa crítica y una oposición responsable. Por eso abogamos para que ese torrente cívico que se manifestó en la campaña electoral, se canalice a través de nuevas formas de participación ciudadana. Para que Nicaragua salga adelante no solamente necesitamos un buen estadista al frente del gobierno -- y ojalá Ortega se coloque a la altura de ese desafío--. También necesitamos un sector privado competitivo y moderno de base amplia, y una ciudadanía activa que gestione sus derechos sin esperar, como si fuéramos súbditos, a que el gobierno nos otorgue favores o prebendas. Con todas las expectativas e interrogantes que plantea el retorno de Ortega al poder, el mayor reto del país sigue siendo construir instituciones fuertes y democráticas al servicio de los ciudadanos, para que las reformas sociales que el país necesita con urgencia sean viables e irreversibles.

Descarga la aplicación

en google play en google play