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Del beneficio de la duda al beneficio de la confianza, por Sergio Ramírez

La Insignia. Masatepe, Nicaragua. | 14 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Nicaragua ha entrado en una de las situaciones más singulares de su historia con la elección de Daniel Ortega como presidente para los próximos cinco años. Ganó ante una cerrada oposición del 62% de los votantes, y el 38% de sufragios que obtuvo es su cifra personal más baja desde que compite como candidato. Sólo el pacto con el caudillo liberal Arnoldo Alemán pudo haberle dado esta posibilidad de ganar con una minoría de votos, según la reforma a la Constitución que ambos acordaron en el año 2000. Pero estas son las reglas del juego a las que los demás candidatos se sometieron, y según los organismos de observación nacional e internacional los votos parecen haber sido limpiamente contados por el tribunal de elecciones en manos del propio Ortega. Nadie puede discutir la legitimidad de la elección presidencial. Lo que el país debe enfrentar ahora es el complejo dilema de un jefe de estado que deberá gobernar desde la minoría, y que desde ahora despierta temor e incertidumbre. Y esos temores e incertidumbres no afectan nada más sus posibilidades de gobernar, sino la estabilidad misma del país, que depende de frágiles equilibrios económicos. Para empezar, Ortega se halla en la necesidad apremiante de formar un gobierno nacional, con gente de distintos sectores políticos y sociales, pues no hay otra manera de desvanecer las desconfianzas, no sólo nacionales, sino también internacionales respecto a lo que su gobierno será capaz de hacer en el futuro. Dada su imagen populista, hay quienes temen que las políticas económicas, que pasan por la disciplina financiera, se verían distorsionadas por el gasto social sin control, los subsidios, y los créditos de pago dudoso a los productores agrícolas. Y hay otros que piensan, además, en el regreso de las expropiaciones y en las tomas de tierras. El presidente electo parece estar consciente de esas limitaciones, y también de los riesgos que corre, que ahora no son suyos, sino de todo el país. Las banderas de la izquierda combativa, guardadas durante la campaña electoral, siguen sin ser izadas de nuevo, y su discurso frente a los banqueros y empresarios, con quienes ha mantenido constantes reuniones, es conciliador. Ha prometido que los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional serán respetados, y lo mismo el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, y ha invitado a los inversionistas extranjeros a confiar en que las reglas del juego no tendrán variantes abruptas. Todo esto ha hecho que, contra los peores pronósticos, el clima del país siga siendo, hasta ahora, de tranquilidad. No se han reportado fugas de dinero hacia el exterior, y las actividades económicas y bancarias continúan en su ritmo normal. Y nadie parece estar deseando que ese clima se trastorne, ni que sobrevenga ninguna clase de inestabilidad, cuyos efectos no podrían sino ser catastróficos para una economía tan endeble, que depende en mucho de la cooperación internacional. Hay aún, sin embargo, un tema que no ha sido completamente despejado, y es el que se refiere a las relaciones de Ortega con el gobierno de Estados Unidos, que intervino abiertamente en su contra en la campaña electoral. Gracias principalmente a los buenos oficios del presidente Carter, quien participó como observador en las elecciones, las declaraciones emitidas desde Washington se han atemperado, y tampoco desde las filas de Ortega se ha producido ningún exabrupto. Son progresos, pero las interferencias capaces de estimular discrepancias, aparecen de manera ominosa en el horizonte. Tanto el presidente de Cuba, Fidel Castro, como el de Venezuela, Hugo Chávez, han saludado la victoria sandinista como un triunfo contra el imperialismo, una palabra que sigue estando ausente, al menos en los últimos meses, del vocabulario de Ortega. Y si de observar buena conducta se trata, no le será cómodo aparecer, como muchos piensan que así será, formando parte del eje de combate frontal contra Estados Unidos que ya forman Cuba, Venezuela, y de alguna manera Bolivia. Las relaciones con Cuba tendrán seguramente un carácter más que nada político, y pocos serán capaces de asustarse por eso, sobre todo hoy que la guerra fría es un asunto lejano. Pero no es lo mismo con la Venezuela de Chávez. Ortega ha sido, por lo menos hasta antes de la campaña electoral, partidario de la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA), inventada por Chávez, que busca abrir un espacio de cooperación económica e intercambio comercial entre los países latinoamericanos, y que él mismo presenta como incompatible con el libre comercio con Estados Unidos. Ortega deberá hilar muy fino para conciliar el tratado comercial con Estados Unidos, y la probable membresía de Nicaragua en el ALBA. Está de por medio el atractivo confite del petróleo barato, que es lo que Chávez ya ha ofrecido, y comenzó a enviar desde antes para favorecer a Ortega en la campaña. Y será sin duda un huésped frecuente en Managua, incómodo pero necesario. Aunque muchos no lo quieran, la suerte de Nicaragua está ligada a la de Ortega por los próximos cinco años. Y aún aquellos que no quisieran verlo en la presidencia, le están dando el beneficio de la duda. Que pase de allí a disfrutar el beneficio de la confianza, será un asunto de los hechos.

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