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La ultraderecha de EEUU quiere la cabeza de Obama

Por Juan Pablo Nóbrega. Colpisa. | 10 de Octubre de 2009 a las 00:00
Antes de que la Administración Bush desencadenara su particular «Guerra contra el Terrorismo» y bastante tiempo antes del 11-S, el gobierno de Estados Unidos no tenía que mirar muy lejos para encontrar sólidos ejemplos de grupos violentos made in USA -algunos tan destructivos como la mismísima Al Qaida-, que operaban sin grandes complicaciones dentro de su propio territorio. La presencia de estas organizaciones extremistas, fuertemente armadas, que recibían entrenamiento militar en regiones boscosas o selváticas cuyas acciones delictivas dejaban un rastro inconfundible, no había sido evaluada como una amenaza. Ni siquiera cuando dichos grupos dieron pruebas más que suficientes de estar dispuestos a llevar su odio y fanatismo hasta sus últimas consecuencias, como sucedió en el atentado con bomba en Oklahoma que costó la vida a 168 personas en abril de 1995. El censo más fiable que manejan las organizaciones de derechos humanos habla de la existencia de 809 grupos de ultraderecha de tendencia violenta en todo el país. Las milicias suelen tener sus bases en áreas rurales, sobre todo en el medio oeste norteamericano. Sus miembros visten uniforme, van fuertemente armados y se entrenan sin descanso en zonas escasamente controladas por las fuerzas policiales. No reconocen la autoridad del gobierno federal, al que acusan de cobrarles excesivos impuestos. Lo culpan también de permitir que «el comunismo» y «el sionismo internacional» intenten destruir Estados Unidos. Los fanáticos raciales, entre ellos los de la Milicia de Michigan, a la que estaba vinculado Timothy McVeigh, cabeza visible de la masacre de Oklahoma, actúan al menos en 15 de los 48 estados norteamericanos y suman más de 100.000 militantes. Creen que el Apocalipsis está cerca y fundamentan su derecho a armarse en una peculiar interpretación de la Biblia y de Dios. Cualquier imposición que venga del Estado es para los milicianos una amenaza. La libertad, tal como ellos la conciben, está por encima de todo y desconfían de los negros y los latinos. La llegada del primer presidente afroamericano, Barack Obama, a la Casa Blanca o el reciente nombramiento de la primera jueza hispana, Sonia Sotomayor, al Tribunal Supremo, han significado dos grandes hitos en la lucha contra el racismo en Estados Unidos. Sin embargo, la fobia contra los inmigrantes y el extremismo de derechas anti abortista y anti gay están en aumento en todo el país, una muestra de que la esperanza con que han sido recibidos los cambios en Washington no es compartida por sectores ultraconservadores de la sociedad blanca. Un informe elaborado por el Departamento de Seguridad Interior señala que el aumento del número de grupos supremacistas y racistas de ultraderecha se debe «a la elección del primer presidente negro y a la situación económica». Otro estudio del Southern Poverty Law, un centro muy prestigioso que supervisa el movimiento de estos grupos, coincide con el Departamento de Seguridad al afirmar que «el hecho de que el gobierno federal -una entidad que todos los movimientos radicales ven como su principal enemigo- esté encabezado por un hombre negro ha provocado un resentimiento sin precedentes entre los defensores de la supremacía blanca». El informe compara el clima económico y político actual con el que imperaba en la década del 90, cuando la extrema derecha experimentó un resurgimiento por la recesión económica y las críticas contra las empresas que en aquel momento cerraron sus puertas en EE UU y se instalaron en el extranjero eliminando decenas de miles de puestos de trabajo. Manifestaciones públicas El odio y la violencia que se produjeron en las calles durante los debates de la reforma sanitaria a mediados de septiembre ha provocado gran preocupación en el seno del FBI. «Muerte a Obama, a su esposa Michelle y a sus dos hijas estúpidas», decía el cartel que portaba uno de los manifestantes. Una esvástica apareció además pintada en la entrada de la oficina de un diputado que defiende el plan de salud propuesto por Obama. Pero la alarma crece no solo por la manifiesta agresividad de los mensajes sino porque el número de incidentes racistas y extremistas en los últimos meses se ha multiplicado. En ese clima hay que encuadrar el atentado protagonizado por un supremacista de 88 años, James von Brunn, que irrumpió en el Museo del Holocausto en Washington el pasado junio disparando a sangre fría contra un guardia de seguridad afroamericano, que murió en el acto. En otro incidente similar, Jim Adkisson, un hombre que quería eliminar Obama y a los demócratas en el Congreso, asesinó a dos personas en una iglesia de Tennessee porque comulgaban junto a gays y a lesbianas. En un mismo día de junio hubo tres incidentes que dan cuenta de la gravedad de la situación, pese a que ningún diario nacional les prestó atención. En Mount Vernon, Ohio, un joven latino fue arrastrado con una soga al cuello por el suelo de un aparcamiento mientras un grupo de adolescentes gritaba todo tipo de insultos racistas. En Willamette, Oregon, dos hombres fueron sentenciados a cinco años de prisión tras declararse culpables de haber quemado una cruz con las letras «KKK» (Ku Klux Klan) en el jardín de la casa de un afroamericano. También, un grupo de jóvenes pintó una serie de esvásticas en el garaje de la casa de una mujer que escribió un artículo en un diario local sobre «Padres, familias y amigos de lesbianas y homosexuales», una organización que -como su nombre lo indica- reagrupa a familiares de homosexuales.

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