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Nicaragua, el país donde menos se usan las armas para matar, concluye estudio de la Fundación Arias

Diario El Mundo, de El Salvador y fuentes diversas. | 17 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Las armas de fuego se usan en el 84% de homicidios reportados en América Latina pero en Centroamérica este porcentaje baja al 65%, principalmente porque Nicaragua tiene la incidencia más baja, según un estudio de la Fundación Arias para la Paz. La investigación regional "La cara de la violencia urbana en América Central" fue presentada públicamente en El Salvador ante unos 50 representantes de los gobiernos de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador que concluyen este sábado una reunión de dos días para tratar asuntos relacionados con el tráfico ilegal de armas. PUEDE LEER EN LÍNEA O BAJAR A SU DISCO DURO EL INFORME COMPLETO «La cara de la violencia urbana en América Central» EN FORMATO PDF El volumen, de 318 páginas, incluye amplia información estadística actualizada hasta el 2004, capítulos nacionales dedicados a cada uno de los seis países, más de 50 cuadros y gráficos comparativos sobre los principales indicadores y criterios de estudio y un exhaustivo análisis regional sobre las causas de la violencia social en el área. Luis Cordero, director ejecutivo de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, con sede en Costa Rica, manifestó que "es imposible" tener datos precisos sobre la circulación de las armas ilegales en la región, pero se calcula que puedan existir al menos 2,5 millones de las mismas y de ellas un 20 por ciento legalizadas. El estudio, editado a inicios de 2006 por la Fundación Arias para la Paz, advierte que las condiciones de pobreza, desintegración familiar y tolerancia a la violencia, son un caldo de cultivo que favorece la delincuencia juvenil en Centroamérica.

Hombres jóvenes, principales víctimas y victimarios

La exposición estuvo a cargo de Jeannette Aguilar, directora del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (IUDOP) de El Salvador. Según la investigación realizada entre 2000 y 2005, hombres y mujeres de entre 11 y 30 años de edad, y especialmente los varones entre 13 y 29 años, con escasos recursos y oportunidades, son las principales víctimas y victimarios de la violencia en la región". En la región centroamericana más del 77% de las víctimas de armas de fuego perdieron la vida, un índice tipificado como "efectividad". El país con más "efectividad" es Honduras (91.4%), los de menor efectividad son Panamá (44%) y Costa Rica (46.8%). La base del estudio fueron los datos publicados en dos diarios nacionales de cada país de la región. El estudio coloca a Honduras y El Salvador como líderes de Centroamérica en el uso de armas de fuego para ejecutar homicidios culposos y dolosos. La tasa de homicidios ha aumentado en la última década en 10 de 14 países de los cuales hay datos, pero en Nicaragua es excepcionalmente baja: por ejemplo, en el 2003 sólo hubo 59 homicidios con armas de fuego, menos de la mitad de los que hubo en Costa Rica, la tercera parte de los registrados en Panamá y 12 veces menos que en El Salvador, líder en Centro América. En general, los homicidas de Centroamérica usaron armas de fuego en un 65.5%. La realidad no es pareja para todos. Nicaragua es señalado como "un caso fascinante", porque sólo el 25.9% de los homicidios es provocado con armas de fuego pese a que tiene un alto porcentaje de tenencia de armas. Mientras el reporte salvadoreño indicó que el 84% de homicidios son cometidos con armas de fuego, Honduras se coloca en el primer peldaño, con un 86.2%. Guatemala es el tercer país con una situación similar: el 82.9% de asesinatos son con armas de fuego. En El Salvador, según datos del 2004, se registraron 123 víctimas de entre 11 y 18 años, 331 de entre 19 y 25 años, y 123 de entre 26 y 30 años. Mientras, en Guatemala las víctimas se elevaron a 134, 222 y 126, respectivamente. Con un total de 213 muertos de entre 11 y 30 años, aparece Costa Rica, seguida de lejos, con 118, por Nicaragua. Panamá registró 337 muertos en ese rango de edad. Con 45 homicidios por cada 100 mil habitantes, Honduras, El Salvador y Guatemala se encuentran entre los países más violentos del mundo. Esta ola de inseguridad cotidiana ha hecho que el Ejército vuelva a patrullar las calles de algunos países para ayudar a una desbordada Policía, lo cual ha hecho resurgir fantasmas del pasado en una región maltratada por guerras y escuadrones de la muerte. En Guatemala, con una población que ronda los 13 millones de habitantes, los crímenes contra mujeres, además de los cometidos contra los jóvenes varones, se han ido incrementando sin que hasta el momento las autoridades hayan puesto los medios para controlarlos. "No es sólo el asesinato simple, sino la violación y la saña con que son cometidos y la indiferencia de la sociedad", declaró Miguel Ángel Albizures, activista de derechos humanos de Guatemala. Las estadísticas dan cuenta de 560 casos de muertes por año. Sólo en lo que va del 2006, se han contabilizado más de 400 feminicidios. Otro estudio sobre Guatemala, presentado por la diputada Nineth Montenegro, revela que 40 por ciento de los más de 400 feminicidios de este año en el país, ocurrieron en la capital y los aledaños municipios de Villa Nueva y Mixco. Expuso: "En la mayoría de muertes, no se llega a conocer el móvil, se observa la poca importancia que se le da al tema, ya que se está generalizando e instaurando a nivel social". Un estudio de Naciones Unidas, basado en estadísticas de la Policía, maneja un promedio de 44 muertes por cada 100 mil habitantes. Tal cifra situó al país en quinto lugar en la tasa de homicidios en América Latina.

Deportaciones

El estudio señala que hay una relación de causa entre las deportaciones masivas de Estados Unidos y el surgimiento de maras en el norte de Centroamérica. "Estas deportaciones han permitido que las maras reproduzcan los comportamientos violentos y delictivos de la cultura pandillera de ciudades estadounidenses como Los Ángeles, Chicago y Nueva York", indica el informe. Los investigadores indican que hay un "ciclo marero" que consiste en que "llegaron siendo niños, junto a sus padres huyendo de la guerra y la pobreza, atendieron a centros educativos y habitan en las calles desde Los Ángeles hasta Nueva York", sostienen. En 1986, fueron deportadas menos de dos mil personas, en 1995 la cifra se incrementó a 33 mil 842. En 2003 se esperaban 77 mil deportados. "Las deportaciones explicarían, por ejemplo, que en Honduras los asesinatos pasarán de un mil 615, en 1995, a nueve mil 241, en 1998. José Miguel Cruz, investigador del IUDOP y autor del capítulo de El Salvador en la investigación, señala la mayor victimización en El Salvador, respecto al resto de países. Ana Yancy Quirós, coordinadora del informe explicó que "la violencia es un problema básicamente masculino con un fuerte componente de clase, porque si bien no es exclusivo de los desposeídos y excluidos, se expresa de forma determinante en los sectores donde se acumulan las mayores carencias sociales". El Informe agrega que "las víctimas de la violencia en Centroamérica son jóvenes entre los 13 y los 29 años que provienen de zonas económicamente deprimidas o de ámbitos urbanos de bajos ingresos, en ocasiones de minorías étnicas o raciales, con altas tasas de natalidad y densidad poblacional, desempleo y baja escolaridad". "Muchos de los jóvenes, tanto víctimas como victimarios, han sido previamente victimizados, sufrieron maltrato, abuso o violencia intrafamiliar en sus hogares; experimentaron situaciones de abandono; no han tenido oportunidades de acceso a la educación y a la cultura y son incapaces de incorporarse al mercado laboral en condiciones de igualdad y seguridad. Estas características, y el hecho de provenir de ambientes de exclusión y marginación, les otorga una identidad negativa frente a la sociedad en su conjunto", afirma el estudio. Por esta razón, la investigación pretende interpretar la violencia como un fenómeno multicausal de carácter estructural que es resultado de la acción recíproca y compleja de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales, y que por lo tanto no exige meramente respuestas represivas, como hasta ahora ha sido el caso en Centroamérica, sino soluciones integrales. Textualmente, un resumen oficial del Informe de la Fundación Arias dice: La investigación analiza la llamada "ruta crítica de la violencia", desde la familia, el sistema educativo y los medios de comunicación, y estudia varios tipos de comportamiento: violencia física, psicológica o emocional, sexual y patrimonial (privación de bienes), que a su vez se expresan en diferentes ámbitos como el doméstico, escolar, comunitario y estructural. En el caso de Centroamérica, la sociedad es explosiva debido a que se trata de una zona de posconflicto con una considerable disponibilidad de armamento de fácil acceso –con casi 3 millones de armas ilegales en circulación y 700.000 oficialmente registradas- y donde la violencia es socialmente tolerada y hasta aceptada, tanto por la historia política reciente como por una cultura patriarcal, autoritaria y jerarquizada. Esto hace que estemos frente a una las regiones más violentas del mundo. Sin embargo, uno de los principales aportes de La cara de la violencia urbana en América Central es desterrar la identificación simplista, aceptada popularmente, entre juventud y delito, grupo de muchachos y pandilla, violencia estudiantil y delincuencia, pandilla y "mara", y distinguir con precisión las distintas formas de organización de la violencia juvenil. La tipología que presenta el volumen analiza procesos sociales diferenciados que dieron origen al surgimiento de grupos estudiantiles politizados en los años sesenta, pandillas de barrio en los ochentas y "maras" en la última década. La investigación diferencia la violencia estudiantil –limitada al centro educativo-, la barra –circunscrita al espacio del barrio o la barriada-, la pandilla, la "mara" –pandilla especializada- y la banda armada o criminal. El término mara empezó a utilizarse en 1985 y se tomó de marabunta, colonia de hormigas que destruye todo a su paso. La mara es un fenómeno específico de Guatemala, Honduras y El Salvador, con ramificaciones en Estados Unidos y México, que consiste en la adaptación de las pandillas de inmigrantes centroamericanos a la cultura de las pandillas callejeras de Los Angeles (California), Chicago y Nueva York. El fenómeno, aunque sobredimensionado, porque es sólo una parte de "la cara visible de la violencia urbana", explota fuera de control cuando Estados Unidos aplica una política de prevención del delito y deporta de vuelta a los "mareros" a sus países de origen. Entonces, los Estados centroamericanos son incapaces de contener nuevas y radicales formas de violencia, que además se expanden en relación con el narcotráfico, el trasiego de armas, los sicarios y el crimen organizado. El estudio pone en cuestionamiento la aplicación de políticas exclusivamente represivas para combatir la delincuencia juvenil –como son las llamadas leyes "antimaras" o planes "mano dura"-, tanto desde el punto de vista del respeto a los derechos humanos como desde su pretendida eficacia. En algunos países, aumentó el porcentaje de homicidios, el sistema penitenciario colapsó y las matanzas carcelarias entre bandas rivales se han vuelto normales. Todo esto indica que es necesario prevenir el uso de la violencia juvenil como forma de "selección natural" entre grupos marginales –en la que sobreviven los más fuertes-, como control social por parte del Estado o como "chivo expiatorio" para ocultar mayores problemas de seguridad.

Las maras

Un factor determinante que ha ayudado a la proliferación de delincuentes juveniles es la disponibilidad de armas en la región, pues se calcula que hay tres millones de armas ilegales en circulación, además de las 700,000 oficialmente registradas, advierte el estudio de la Fundación Arias Una gran parte de las armas ilegales está en manos de la delincuencia común y las pandillas, conocidas como "maras". "Los jóvenes, que constituyen la mitad de los 40 millones de habitantes de Centroamérica, son las principales víctimas y victimarios de la violencia", señaló el estudio. Los jóvenes centroamericanos tienen diferentes organizaciones y cometen diversos tipos de violencia. Por ejemplo, algunos sólo participan en actos de violencia estudiantil, que se limitan a los centros educativos, especialmente a los públicos, indicó Quirós, coordinadora del informe. Las llamadas "barras" están integradas por grupos de amigos de un mismo barrio, que se reúnen en las calles del vecindario y pueden ocasionar disturbios callejeros, pero carecen de líder y generalmente no usan armas. El consumo de licor y drogas, con una concepción territorial de ciertas áreas, caracteriza a las pandillas. Estos grupos están integrados por de 10 a 40 miembros, que se dedican a robar cosas en los automóviles, causar daños a la propiedad privada y al hurto, utilizando normalmente armas blancas. Las "maras" (pandillas), que se han convertido en un verdadero problema de seguridad en Guatemala, Honduras y El Salvador, son organizaciones armadas, de carácter territorial, con estructura jerárquica y que utilizan símbolos externos, especialmente tatuajes. Según la investigación, tienen entre 50 y 200 miembros, quienes ven como enemigos naturales a otras "maras" y deben mantener una lealtad hacia su grupo. "Las maras se dedican al vandalismo, robo, homicidios, violaciones y venta y distribución de drogas; además, cobran rentas y peajes a los habitantes de las zonas donde operan", señaló Quirós. Los jóvenes centroamericanos también conforman bandas de crimen especializado relacionadas al sicariato, robos y asaltos bancarios, secuestros y narcotráfico, para lo que disponen de armas de grueso calibre y recursos especializados. La investigadora destacó que la mayoría de los jóvenes que cometen actos de violencia "sufrieron maltrato, abuso o violencia intrafamiliar en sus hogares, experimentaron situaciones de abandono, no han tenido acceso a la educación y la cultura y son incapaces de integrarse al mercado laboral". Por esta razón, el estudio asegura que las medidas represivas adoptadas por los gobiernos del área no solucionarán el problema de la delincuencia juvenil, pues se trata de un problema integral de la sociedad y debe ser abordado desde esta perspectiva.

Algunas cifras

Citando un estudio de Latinobarómetro, El Salvador ocupa el cuarto lugar, porque el 39% de su población indica que en su hogar alguien ha sido víctima de un hecho de delincuencia en los últimos 12 meses. Los países con mayor victimización son México (60%), Venezuela (44%), Argentina (42%) y El Salvador (39%), en ese orden. Cruz dice que las encuestas de victimización recogen mucho la delincuencia cometida no sólo contra la vida, sino contra la propiedad. Un estudio basado en los asesinatos de un año completo publicados en dos periódicos por país revela que más del 80% de los crímenes en El Salvador, Guatemala y Honduras son cometidos con arma de fuego. Sin embargo, en Nicaragua, un país en donde abundan las armas de fuego, éstas sólo tienen un 25.9% de incidencia. La población en riesgo de ser victimizada por el uso de armas de fuego es la que oscila en general entre 11 y 40 años. "Quizás el dato más elocuente para mostrar la magnitud de la victimización de los jóvenes en El Salvador es el número de homicidios que se cometen en su contra", señala José Miguel Cruz, investigador del IUDOP. De acuerdo al capítulo de El Salvador de la investigación, durante un año, un mil 100 jóvenes fueron asesinados en todo el país, un 40% de todos los homicidios cometidos en El Salvador durante ese año, o equivalente a una tasa sobre 90 muertos por cada 100 mil jóvenes. "Entre el grupo de personas cuyas edades oscilan entre los 20 y los 24 años de edad, la tasa es de 114 homicidios por cada 100 mil habitantes, de esas edades", añade Cruz. También son los agresores.

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