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Damnificados salvadoreños agradecen la vida entre el dolor y la incertidumbre

San Pedro Perulapán. Acan-efe. | 14 de Noviembre de 2009 a las 00:00
Una semana después de los deslizamientos e inundaciones causadas por las fuertes lluvias que los dejaron sin viviendas y cultivos, miles de damnificados en El Salvador agradecen estar con vida, entre el dolor por lo perdido y la incertidumbre sobre su futuro. "Aquí vamos a estar a ver hasta cuándo", declaró a Acan-Efe Antonio Vásquez, un agricultor de 62 años, que huyó junto a su familia del cantón San Agustín a la población de San Pedro Perulapán y es ahora uno de los 14.166 damnificados que permanecen en los 129 albergues habilitados por el Gobierno. San Agustín, en el departamento de Cuscatlán (centro), fue una de las decenas de comunidades azotadas por las lluvias del pasado fin de semana, que se cobraron al menos 187 vidas y dejaron a su paso una estela de destrucción en cinco de los catorce departamentos del país. "Toño", como llaman al patriarca de los Vásquez, permanece junto a otras 48 personas en la escuela General Francisco Morazán, que regularmente alberga en sus 12 aulas a cerca de 700 estudiantes del ciclo básico divididos en dos turnos. Ahora, las bulliciosas aulas sirven de refugio para 28 niños y 21 adultos, que intentan olvidar las escenas de la creciente que arrasó sus casas y los hizo salir hace una semana de sus casas, en medio del agua y el temor por perder sus vidas. "Yo estaba durmiendo cuando sentí una cosa mojada, me desperté y encendí una linterna que tenía", relató "Toño" el comienzo de su odisea, que lo llevó a sacar a su esposa, dos hijas, una nuera y tres nietos de su casa en busca de un lugar seguro. "Cualquiera que ha ido a San Agustín se ha preguntado por qué esta familia no murió", confesó entre lágrimas "Toño", al recordar que frente a sus ojos pasaba una gran corriente en la que daban vueltas casas, árboles y distintos materiales. Aseguró, tras expresar su agradecimiento por las condiciones en las que hoy se encuentra, que pensaron que era "el último momento". "La dije a mi esposa: 'Que Dios nos dé lugar en su reino, es el momento, sólo miramos pasar los grandes árboles por encima en medio de la oscuridad (...) Pero en ese momento pensé: 'No se afanen, Dios con gran misericordia desviará el agua de un lado y otro'", detalló. Contó, con emoción, cómo sus nietos, empezaron a cantar y orar en medio de la oscuridad. "Si así morimos que sea la voluntad del Señor", narró, y agradeció que poco después empezaron a bajar las aguas y pudieron caminar para salvarse, destino, que no tuvo su vecina, a quien vio cómo las aguas la "arrancaron" de las manos de su esposo. Ya en el albergue, dijo: "sea más la vida que la comida", mientras espera a que el Gobierno les ayude a encarar esta nueva situación, pues su casa quedó soterrada y no sabe de la suerte de sus tierras sembradas de maíz y fríjol. Sus cultivos hacen parte de los 30,4 millones de dólares en pérdidas que reporta el sector agropecuario, con la destrucción de alrededor de 30.000 hectáreas de fríjol. Ernesto Hernández, de 32 años, es otro de los damnificados que permanecen en ese albergue y junto a su esposa, Carla, agradece que hayan logrado salvar a sus tres niños, entre ellos el "tierno" de 14 meses, Eliab, que sobrevivió a una caída mientras escapaban. "Hemos salido con el agua a la cintura, solamente con la ropa que llevábamos puesta", aseguró, mientras se enjugaba las lágrimas, y lamentó la experiencia que vivieron sus hijos. "No salvé nada", confesó Ernesto, quien se dedicaba a la agricultura y la pesca, al recordar que de su casa "sólo quedó una pared". Carla pide ayuda oficial. "Nosotros pedimos aunque sea un lugarcito donde poner aunque sea una 'champa' (casa de láminas), tal vez ellos puedan, porque sabemos que la situación está tan dura", sostuvo Carla, y agradeció que "Dios todavía le ha prestado" a su niño. Los menores han presentado afectaciones respiratorias y diarreas, comentó el médico Ricardo Urías, que atiende en ese albergue. "Me espiné las patas", comentó Isabel, de ocho años, quien recordó que su casa "quedó toda quebrada", al igual que 220 contabilizadas por las autoridades, que una semana después de la tragedia no han cuantificado los estragos causados por las lluvias.

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