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El arte de gobernar con las dos manos, por Orlando Núñez Soto

El Nuevo Diario | 21 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Nicaragua es un país donde la brecha entre ricos y pobres es de las más grandes del mundo, de tal manera que el crecimiento, donde lo haya, se distribuye a través de vasos comunicantes. No importa quién produzca la riqueza, ni dónde se produce, la misma se filtra por las reglas del sistema hacia quienes detentan el capital. En primer lugar aparecen los bancos, los cuales, a pesar de no producir ni siquiera un adoquín, se quedan con la mayor parte de la ganancia de todos los productores del país. De tal manera que a mayor producción o crecimiento, mayor empobrecimiento de los propios productores. En segundo lugar está el comercio internacional, donde un quintal de café se compra a 100 dólares en Nicaragua, mientras el país que lo importa obtiene 4,000 dólares de ganancia. El caso de empobrecimiento más remarcable es el de los pequeños y medianos productores del campo y la ciudad. Estos productores que ocupan el último lugar en la cadena de valor son los más empobrecidos del país, a pesar de ser los mayores generadores de empleo, alimentos y divisas. Esta distribución de la riqueza se ha convertido en una rémora para el desarrollo de Nicaragua. Ha debilitado el mercado interno al disminuir progresivamente la capacidad adquisitiva de la población, ha generado una urbanización sin industrialización, ha deteriorado los recursos naturales y humanos del país, ha disminuido el ritmo de las inversiones privadas al no existir mercado adonde vender los productos. La brecha económica generada por este modelo empobrecedor y excluyente se traduce asimismo en una distribución regresiva del bienestar, el poder y la cultura. Los pobladores más pobres tienen un mayor índice de analfabetismo, desnutrición y marginación, así como menor acceso a la información y a la cultura en general. En términos del sistema socioeconómico, una parte de la población, la minoría por cierto, está del lado del capital, mientras que la mayor parte está del lado del trabajo. En términos políticos, quienes están del lado del capital son considerados como la derecha y los que están del lado del trabajo son considerados como izquierda. Los gobiernos de derecha siempre han gobernado a favor del capital, gozando así de mucha legitimidad pública, pues cuentan con el apoyo de los medios de comunicación nacional e internacional, las elites intelectuales, la administración pública, la capacidad organizativa y hasta el sentido común. El resultado es de sobra conocido: empobrecimiento total de la población y de la nación, con una pérdida de viabilidad económica, desfavorable hasta para los propios empresarios. Los regímenes de izquierda han gobernado a favor del trabajo, enfrentando los embates del capital. En casi todos los casos, el capital nacional e internacional ha logrado desbaratar prácticamente a los gobiernos de izquierda, incluso a revoluciones enteras. No estoy diciendo que las revoluciones o los gobiernos de izquierda no hayan cometido errores, pero en última instancia, tenemos que reconocer que el problema de fondo, objetiva e históricamente hablando, es la desfavorable correlación nacional e internacional de fuerzas en la que han gobernado los proyectos de izquierda. La Unión Soviética sucumbió no solamente frente a su propio modelo, sino ante la competencia tecnológica y armamentista de Estados Unidos. Y eso que Lenin mismo recurrió en 1921 a una nueva política económica, la famosa NEP, abriendo las puertas al capital concesionario. La China comunista recibe de su principal adversario (Taiwan) nada más y nada menos que 100,000 millones de dólares para poder desarrollar sus fuerzas productivas. Nuestra gloriosa y revolucionaria Cuba ha montado un esquema inversionista que permite al capital extranjero hasta un 49% de participación, padeciendo el obstáculo del bloqueo norteamericano para su propio desarrollo. Ya se había dicho durante el debate socialista de los años 20: si el cambio de las relaciones de producción no se acompaña de un cambio de las fuerzas productivas, ambas terminarán derrumbándose. No queda otra opción que los proyectos sociales que favorecen el trabajo gobiernen con las dos manos, cosa que sólo puede hacer un gobierno de izquierda. Con una mano gobernar para desarrollar las fuerzas productivas, con las reglas de la acumulación del sistema imperante. Con otra mano gobernar para que los trabajadores, así como los pequeños y medianos productores, se incorporen a la gestión de los recursos, en forma asociativa y autogestionaria, mejorando su correlación de fuerzas en términos económicos. Quizás la mejor expresión de esta posibilidad sea el comercio internacional, emprendiendo relaciones comerciales con el norte, al mismo tiempo que emprendemos y desarrollamos relaciones comerciales con el sur, sabiendo que las primeras favorecerán más al gran capital (las corporaciones internacionales), mientras que las del sur podrían favorecer más al trabajo. Ya existen buenos ejemplos de relaciones comerciales con el sur donde los medianos productores colocan más queso y carne en un país del sur, El Salvador, que en un país del norte, los Estados Unidos. Otro caso es el de la urea, donde el intercambio emprendido por las cooperativas nicaragüenses, encabezadas por Nicaraocoop, han obtenido mejores condiciones que las que obtienen con los comerciantes privados. Ahora bien, intentar gobernar con las dos manos no está ajeno de contradicciones y hasta de conflictos. El arte está en poder hacerlo sin poner en peligro el recorrido de nuestro barco nacional, incluyendo su casco y su tripulación, tanto desde el punto de vista económico como político y social. Este propósito implica una gran comprensión, tanto de la derecha como de la izquierda, cosa difícil en Nicaragua, pues como les decía un ex presidente latinoamericano a los periodistas que lo entrevistaban en los días de las elecciones: pareciera que ustedes lo que quieren es que todo salga mal en Nicaragua.

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