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Compra de seguridades y venta de ilusiones, por Onofre Guevara López

El Nuevo Diario | 21 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Han transcurrido diecisiete días de estarse comentando –dentro y fuera del país– el resultado de las elecciones del 5 de noviembre, pese a que ya nadie aporta algo nuevo acerca de las causas de la derrota de la derecha ni sobre las predicciones de lo que podría resultar del segundo gobierno del Frente Sandinista. La reiteración del tema y los argumentos pareciera haber llevado a patinar sobre las mismas pistas políticas. Los opinantes de la derecha se dividen entre quienes, con pragmatismo y sensatez, les interesa poder seguir haciendo sus negocios con plena libertad comercial y económica, dejando aparte sus preferencias políticas e ideológicas, y quienes aceptan la legitimidad del futuro gobierno, pero a regañadientes y haciendo bastante énfasis en los antecedentes que motivan su desconfianza. Entre la derecha hay también opinantes más definidos en sus extremos, que se resignan ante el hecho de tener otro gobierno orteguista, pero lo aceptan como una fatalidad y lo describen como el resultado de las virtudes de la democracia, cuya libertad permite hasta inconvenientes como la elección de quien consideran su enemigo. Otros reaccionan como si estuvieran cobrándole un favor al orteguismo, repiten de forma obsesiva los errores –aumentados y corregidos– de los años ochenta, pero haciendo omisión de la responsabilidad estadounidense en el montaje, financiamiento y orientación de la guerra. Éstos hacen de todo para que la historia no se les salga de su cauce sectario. Ningún político prominente de la derecha reconoce que fue de la injerencia gringa que devinieron muchas de las consecuencias negativas para el país, y se las achacan todas al FSLN. Con todo, hay una conclusión unánime en la derecha de respetar el resultado electoral, a quienes se erigirán en autoridades nacionales y la legitimidad del futuro gobierno. Las ulteriores intenciones que pudiera tener este sector respecto a la nueva realidad política nacional será otra historia, pero se han comprometido –aunque algunos de forma no tan explícita– a contribuir al desarrollo y la estabilidad del país, sin dejar de hacer vigilancia crítica de las actuaciones del gobierno a instalarse el 10 de enero/2006. No obstante, salta a la vista el hecho de que esta posición de la derecha la ha adoptado siguiendo de manera fiel la actuación del gobierno de los Estados Unidos, tal como, en sentido contrario, lo hicieron durante la campaña electoral. Esta actitud pendular de la derecha, que mueve la cabeza hacia donde mueven su política los gobiernos estadounidenses, es lo más normal, dado que de por vida ha compartido el criterio oficial gringo sobre la democracia y la revolución. Lo anormal es que personajes del orteguismo, y el propio Ortega, siguen el mismo movimiento pendular de la derecha, y hasta aceptan con resignación franciscana haber cometido errores por los cuales piden perdón, y se cuidan de no mencionar mucho la responsabilidad gringa, como para no molestar a nadie en este proceso de adaptación que están llevando a cabo. Tal vez no sea ocioso recordar que hay un sector de opinantes que dice no estar ni en la izquierda ni en la derecha, y se declara independiente, cuyos comentarios oscilan entre la aceptación abierta del cambio y la coincidencia con los puntos de vista de la derecha. Algo sorprendente: pragmática, la derecha se dedica a comprarle seguridades a Ortega, y los intelectuales de la izquierda orteguista siguen vendiendo ilusiones. Éstos han reaccionado con un triunfalismo desorbitado, consecuentes con el apoyo que le han dado a las renuncias de principios de la cúpula del FSLN, se acercan a una posición más parecida a una nueva derecha que a un centro-izquierda. Vale reiterar dos hechos en los cuales hacen causa común con la cúpula en asuntos esenciales para definirse menos sandinistas que orteguistas: la conversión del FSLN en un partido confesional y el apoyo a la penalización del aborto terapéutico. Los opinantes orteguistas, los que tienen acceso a los medios de comunicación escritos –más bien a EL NUEVO DIARIO, por ser el único de circulación nacional en donde tienen cabida las opiniones de todos los matices–, están luciendo un triunfalismo que también definiríamos como ingenuo, si no fuera por el supuesto de que sus cualidades intelectuales los inmunizan contra la ingenuidad; por eso, vamos a decir que lucen una visión oportunista del triunfo electoral del Frente. Es claro que en ellos caló la prédica de las consignas casi religiosas de su propaganda como en el 38% del voto cautivo, lo que dice mucho de la ausencia de un criterio independiente. Si dispusiéramos de mayor espacio, reproduciríamos sus opiniones para ver cuán fantasiosos son; las esperanzas de algunos respetables señores y señoras, lanzadas al público sobre lo que esperan de la administración gubernamental del FSLN, van más allá de lo que les pudieran permitir a "su" gobierno las condiciones actuales del país. Es lo único en que contradicen la posición del candidato triunfador, quien ha reconocido y aceptado esas condiciones. Sin meternos en el contenido retórico de tales opiniones, se ven más próximas al discurso propagandístico que al análisis objetivo de la situación nacional. Tal vez estamos viendo su actitud por el lado equivocado; a lo mejor es que estos intelectuales le dan vida a una campaña propagandística post electoral para darle al triunfo una imagen de consistencia, dado el precario 38% con que lo obtuvieron. Eso es comprensible, aunque innecesario. Hay quienes muestran una motivación menos plausible, pues en sus comentarios están como diciendo: "Aquí estoy, nunca les fallé y sigo a sus órdenes; acuérdense de mí cuando estén en el poder". Pero la actitud de las mayorías es sincera, porque no han perdido la ilusión en un partido a cuya conducción no han podido verle su lado oscuro y, si se lo ven, lo disimulan o la justifican. Lo real es que la actitud de los intelectuales del orteguismo les crea un problema: no contribuyen con la causa que están defendiendo, porque estimulan el entusiasmo o el triunfalismo de los sectores populares, con lo cual limitan su participación al aplauso del discurso y al grito de las consignas en los actos públicos, y pierden la oportunidad de orientarles sobre las limitaciones con que topará el gobierno del FSLN para que reaccionen en consecuencia. De esta forma, les impiden ser actores de los cambios que esperan y protagonistas del enfrentamiento contra las causas desfavorables a sus aspiraciones. El entusiasmo irreflexivo, las apreciaciones no críticas, el olvido de hechos condenables y cierto asomo de servilismo no parecen propios de intelectuales experimentados en toda lid ideológica. No les aconsejo nada, pero a los intelectuales del orteguismo más les convendría pensar y proclamar la verdad, tal cual, a sus partidarios, que dorarles la realidad. En el primer caso, los mantendrían alertas y, en el segundo caso, los dejarían adormecerse, lo cual equivaldría a desarmarlos frente a las adversidades que vendrán o que ya están frente a "su" gobierno.

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