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¿Ortega habrá cambiado completamente, poco o nada? ¿y de qué parte se pondrá? ¿de Venezuela o de Estados Unidos?

Equilibri.net | 21 de Noviembre de 2006 a las 00:00
La elección de Ortega como presidente de Nicaragua ha generado muchas discusiones y suposiciones tanto en el ámbito nacional como internacional. Y si desde el punto de vista interno los candidatos han aceptado los resultados electorales, en el exterior se vuelve a discutir si la elección de Ortega favorece a la ideología bolivarista o al liberalismo salvaje.

Por Andrea Donofrio, Equilibri.net

Los aspirantes a las elecciones han mostrado su voluntad de favorecer la reconciliación nacional, conscientes de las dificultades del país y de la ambigüedad política del vencedor; prevalece una especie de curiosidad por las implicaciones de esta victoria. Pero el voto nicaragüense ha asumido gran relieve desde el punto de vista geopolítico, conteniendo una posible adhesión a un modelo político que implica precisas elecciones en política exterior y económica. Ortega, que se ha beneficiado abiertamente del apoyo, y del petróleo, del presidente venezolano Hugo Chávez, tendrá que convivir con los Estados Unidos, que no han escondido nunca la preferencia por el conservador Montealegre como sucesor de Enrique Bolaños. Así, mientras los EE.UU. predican cautela, Chávez espera respuestas concretas y una adhesión firme al ALBA (Alternativa Bolivariana para América). - (Cfr.ALBA: la alternativa Bolivariana para las Américas). Una vez que se ha hecho con el cargo de nuevo presidente, Daniel Ortega ha exhortado a las diversas fuerzas nacionales a trabajar juntos "para eliminar la pobreza del país", precisando, además, que no planea ninguna sombra la legalidad de las elecciones, que llevaron a una victoria "clara y merecida". La invitación al diálogo y a la colaboración para intentar dar una respuesta concreta a los problemas del país ha provocado distintas reacciones, en particular en el todavía dividido frente liberal; los dos candidatos de la derecha nicaragüense, la Alianza Liberal nicaragüense (ALN) y el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) han tenido reacciones diferentes. José Rizo, del PLC, ha atacado al Consejo Supremo Electoral (CSE), acusándolo de haber manipulado los resultados finales, ignorando los datos del voto rural, zona de mayor apoyo para su partido. La acción de Rizo parece un intento extremo, pero vano, de paliar la una derrota que le escuece, no sólo con respecto a Ortega, sino que también, y sobre todo, respecto a Montealegre, cuyo segundo puesto lo convierte por derecho propio en la voz autorizada del liberalismo nicaragüense. El PLC ha resultado el gran derrotado de estas elecciones, perdiendo votos y consecuentemente diputados. Según muchos, será interesante ver cómo Alemán administra la derrota, un fracaso en cierto modo "previsto y deseado" por el propio líder, pero que parece ser el preludio de una ajuste de cuentas interno. Además, el PLC se encuentra ante una encrucijada: unirse al ALN, boicoteando el gobierno sandinista, o renovar el pacto con el FSLN, aparentemente a contra natura pero con la esperanza de poder conservar un papel fuerte en los poderes del Estado. Eduardo Montealegre, del ALN, ha preferido otros tonos, yendo a la secretaria nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) para felicitar al el futuro presidente de la República. Montealegre se ha declarado satisfecho por las elecciones, por el buen resultado de su partido, afirmando estar listo para asumir el "mando" dentro del panorama liberal. En su discurso de cierre de la campaña electoral, Montealegre declaró que el ALN hará una oposición constructiva, honesta y democrática, "oponiéndose a las medidas que no garanticen la estabilidad y la democracia, apoyando aquellas en favor de la gente más pobre y necesitada." Felicitando al vencedor, el rival principal se ha mostrado propenso a la colaboración, desmintiendo los rumores que apuntaban que no pensaba reconocer el resultado emitido por el CSE. Par el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), huérfano del candidato Herty Lewites, ex alcalde de Managua muerto por infarto en julio pasado y reemplazado por Edmundo Jarquín, se trata de un buen resultado que, aunque por debajo de sus expectativas, permite la satisfacción por la elección de cinco diputados y el desafío de poder demostrar que es una alternativa creíble al FSLN y a su "política" del compromiso. Finalmente, en lo que se refiere al último clasificado, Edén Pastora, disidente histórico de los sandinistas y líder de la Alternativa para el Cambio (AC), sin esperar la confirmación oficial del CSE, ya dio la enhorabuena al nuevo presidente en un comunicado de prensa y expresó la voluntad de colaborar para mejorar la realidad nicaragüense.

La misión electoral

Según varias organizaciones nacionales e internacionales encargados de vigilar el desarrollo de la cita electoral, las elecciones presidenciales y legislativas se han desarrollado en total calma y completa transparencia. Para el jefe de la misión de observadores de la Organización de los Estados Americanos (OAS), Gustavo Fernández, se ha tratado de votaciones "ordenadas y pacíficas", con una alta afluencia (cerca del 70% de los nicaragüenses con derecho al voto), y sin ninguna irregularidad en las operaciones de voto. La delegación de la Unión Europea ha confirmado la total regularidad del proceso electoral. Según el jefe de la misión de la UE, Claudio Fava, "el pueblo nicaragüense ha demostrado una actitud de compromiso y voluntad democrática, alejando cada vez más el recuerdo de la sangrienta guerra". Alabando la gran participación, Fava ha declarado que, si bien lento, el recuento se ha realizado de forma transparente y que el número de impugnaciones de los resultados en los escaños resulta bajo, como prueba de la completa regularidad. Durante su primera aparición pública en calidad de presidente, Ortega dado las gracias públicamente al ex presidente estadounidense Jimmy Carter y a su organismo de vigilancia electoral, despejando cualquier duda sobre el proceso electoral y reafirmando su voluntad de mejorar las relaciones con toda la comunidad internacional. Con la victoria del candidato de izquierda, Estados Unidos tendrá que enfrentarse a una Ibero América cada vez menos "amiga", con la obligación de convivir con Gobiernos cada vez más escorados hacia la izquierda (Argentina, Chile y de nuevo Brasil) o abiertamente adversos como la Bolivia de Edad Morales y la Venezuela de Chávez. Muchos se preguntan si la política estadounidense en el área no merece una revisión y una mayor atención, ya ausente desde hace tiempo, denunciando un "desproporcionado" desplazamiento de la política exterior estadounidense hacia Oriente Medio. Mientras tanto, todos los líderes de Ibero América han felicitado a Ortega por el resultado conseguido, con la esperanza de que Nicaragua, país pobre y lleno de contradicciones, pueda volver a contar con una política economía atenta a la realidad nacional y favorable a sensibles reformas en la redistribución de la riqueza. Los primeros en felicitar al nuevo presidente han sido Cuba y Venezuela. El presidente cubano Fidel Castro mandó el mismo martes un mensaje de felicitación a Ortega, subrayando la alegría del pueblo cubano por la victoria sandinista, alentándolo para que encuentre apoyos y amigos en el mismo pueblo norteamericano, ya que "luchar por un mundo mejor es luchar por una esperanza de vida para todos los pueblos". Más subido de tono ha resultado el mensaje de Chávez, que congratulándose con Ortega ha espetado que "América Latina está abandonando el papel de corral del imperio norteamericano", invitando "al imperio yanqui a regresar a casa". Después de una primera reacción amarga, visible en las palabras de Condoleeza Rice, refiriéndose a unas votaciones "que no han ido en absoluto como habríamos querido", la actitud de Estados Unidos ha sido doble: si por una parte se proyectaron sombras sobre la regularidad de la convocatoria electoral (a pesar de las garantías de los organismos de observación), por la otra parece prevalecer una actitud cauta y una inesperada apertura, declarándose preparados para colaborar con la nueva administración si garantizara la democracia y el respeto de los acuerdos internacionales. Antes de las elecciones, EE.UU., a través del embajador en Managua, Paul Trivelli, había intentado ejercer cualquier forma de presión para persuadir el electorado sobre la posible amenaza que anidaba en la candidatura de Ortega y sobre la necesidad de unir el frente liberal; la administración Bush se mostró dispuesta a suspender toda ayuda económica al país y bloquear las remesas de los nicaragüenses emigrados en EE.UU., una fuente vital para la economía y la población del país. Han parecido particularmente ambiguas las declaraciones del portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, que ha precisado que el compromiso estadounidense es con el pueblo nicaragüense y la colaboración vinculada a las acciones del nuevo líder. En conclusión, parece prevalecer una actitud de espera, prudente, una especie "a mal tiempo buena cara"; de hecho, según lo declarado por el Secretario de Comercio de EE.UU., Carlos Gutiérrez, se respetara la decisión del pueblo nicaragüense, mostrando el "deseo de querer trabajar junto al nuevo presidente dentro de un proceso democrático." A fin de cuentas, a pesar de que la trayectoria política de Ortega después de la derrota de 1990 se ha significado por su "transformismo" político, como demuestran la ratificación hace meses del CAFTA o la alianza con el negociador jefe de la contra (Morales Carazo), la desconfianza de Washington no parece exclusivamente fruto de la paranoia, temiendo un posible incremento de las relaciones con el venezolano Chávez (proveedor de fondos para la campaña electoral y proveedor de petróleo a precios muy competitivos).

Conclusión

Entre las dos fuerzas de derecha (PLC y ALN) podría crearse una tensión a propósito de quién asume el papel de segunda fuerza política del país, favoreciendo a Ortega y a su habilidad diplomática. El nuevo presidente, colocando la lucha contra la pobreza como la prioridad de su Gobierno ha intentado mandar mensajes tranquilizadores a los "antitéticos polos geopolíticos", mostrando su voluntad de respetar el CAFTA y los acuerdos con el FMI, sin alejarse de las ventajas del ALBA. El líder sandinista no parece propenso a efectuar una elección decidida respecto a que "bloque" adherirse, temeroso de que la reacción de Washington pudiera resultar demasiado vehemente. Pero existe el riesgo de que no elegir pueda resultar igualmente dañino. Ortega está intentando una difícil jugada a dos bandas, mostrándose a los ojos de Washington redimido de su pasado de líder "revolucionario y radical" y respetuoso con las reglas democráticas; por otro lado trata de parecer ante Caracas y La Habana (la victoria electoral le fue "dedicada" a Fidel Castro) como promotor de una retórica "popular", de una predilección por las masas y por las problemáticas sociales. Qué Ortega no es ya el revolucionario de izquierda de los años pasados está claro, parece más bien el líder de un "sandinismo-conservador", propenso a las grandes alianzas con el clero nicaragüense. A este respecto las dudas parecen legítimas: ¿Ortega habrá cambiado completamente, poco o nada?, ¿y de qué parte se pondrá?, ya que, incluso siendo hábil diplomáticamente, las dos opciones parecen irreconciliables.

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