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A la muerte de un canalla

Diario Página/12 | 11 de Diciembre de 2006 a las 00:00

Los canallas viven mucho, pero algún día se mueren Obituario con hurras Vamos a festejarlo vengan todos los inocentes los damnificados los que gritan de noche los que sueñan de día los que sufren el cuerpo los que alojan fantasmas los que pisan descalzos los que blasfeman y arden los pobres congelados los que quieren a alguien los que nunca se olvidan vamos a festejarlo vengan todos el crápula se ha muerto se acabó el alma negra el ladrón el cochino se acabó para siempre hurra que vengan todos vamos a festejarlo a no decir la muerte siempre lo borra todo todo lo purifica cualquier día la muerte no borra nada quedan siempre las cicatrices hurra murió el cretino vamos a festejarlo a no llorar de vicio que lloren sus iguales y se traguen sus lágrimas se acabó el monstruo prócer se acabó para siempre vamos a festejarlo a no ponernos tibios a no creer que éste es un muerto cualquiera vamos a festejarlo a no volvernos flojos a no olvidar que éste es un muerto de mierda.

Mario Benedetti

Pinochet: Una traición que cambió a Chile

En 1973, Augusto Pinochet, un hombre de disciplina prusiana y de cultura general mediocre, sin oratoria ni inclinación política, excepto el anticomunismo, ideología típica de las fuerzas armadas, tenía 58 años. Vivía una vida modesta y se preparaba para un retiro tranquilo en su Valparaíso natal, pero sus planes pronto cambiaron. Un mes antes del golpe al presidente socialista, Salvador Allende, Pinochet fue designado como sucesor del general Carlos Prats como comandante en jefe del Ejército. Ambos militares tenían una relación muy cercana. Prats lo consideraba un buen soldado, apolítico y profesional. Creyendo que había elegido a un hombre leal a las instituciones y tan constitucionalista como él, Prats recomendó que Pinochet lo sucediera en el puesto. Según explicó Gonzalo Vial, ex ministro de Educación de Pinochet en la biografía del general, fue designado por su "fama de hombre fiel, cumplidor y sin vuelo ni ideas propias". Pero Pinochet "disimulaba todo". Menos de tres semanas después, esa confianza explotó en mil pedazos. Sin saber con certeza cuál era su posición, los militares que preparaban un golpe de Estado lo "invitaron" a participar. La historia política de Augusto Pinochet comenzó así con una traición. Una traición que cambiaría la historia de Chile, un país de larga tradición democrática, en el que los golpes militares no eran habituales. El 11 de septiembre de 1973 comenzó el violento y coordinado golpe de Estado. Los militares contaban con el beneplácito de Estados Unidos que intentaba evitar el peligro de una "segunda Cuba", en momentos en que el mundo estaba dividido por la Guerra Fría. Los archivos desclasificados revelaron la mano oculta de la CIA, por entonces bajo la conducción de Bush padre, en los intentos por desestabilizar al gobierno de Allende y, más tarde, en su derrocamiento. Pinochet había ascendido en su carrera militar en la rama de infantería, la menos exigente desde el punto de vista tecnológico e intelectual, gracias a que era un hombre obediente, más bien sumiso. A pesar de ello y de que no fue uno de los que planearon inicialmente el golpe, mostró durante esos días una faceta hasta ese momento desconocida: era autoritario y tenía un don de mando avasallador. El futuro dictador no aceptaba retrasos ni dilaciones, y sólo quería la "rendición incondicional" de Allende. El Palacio de la Moneda fue bombardeado y tras una infructuosa resistencia, Allende se suicidó con el fusil AK-47 que le había regalado el presidente cubano Fidel Castro. Después del golpe, la junta militar debía gobernar como un cuerpo colegiado cuya Presidencia sería rotativa, pero esto nunca se cumplió. La Presidencia le correspondió primero al general Pinochet, por ser Comandante en Jefe de la rama más antigua de las Fuerzas Armadas. Un año más tarde, Pinochet, admirador de Franco, se hizo nombrar "presidente" y el régimen se convirtió en una dictadura personalista. Se disolvió el Congreso, se suspendió la Constitución y se ilegalizaron los partidos políticos. Se impuso un estricto estado de sitio con toque de queda a las nueve de la noche. Comenzó el largo reinado de un hombre que quiso pasar a la historia como el personaje que salvó al país del "cáncer marxista". La temible policía secreta de Pinochet, la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) fue creada en 1973, a cargo de Manuel Contreras. Con agentes entrenados en la Escuela de las Américas y por la CIA, se inició la campaña de represión y comenzó la eliminación y la desaparición selectiva de personas. Los tentáculos de la DINA llegaban más allá de las fronteras chilenas. Carlos Prats fue asesinado en Buenos Aires, el ex canciller de Allende, Orlando Letelier, fue asesinado en Washington, y Bernardo Leighton, ex vicepresidente, fue ametrallado junto a su esposa, Ana María Fresno, en Roma, aunque en este último caso, ambos sobrevivieron al atentado. La organización tenía agentes internacionales y también operaba a través del Plan Cóndor, un plan de cooperación entre las dictaduras de Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay para eliminar a opositores. El programa de represión encabezado por el dictador incluyó persecución política, arrestos en masa, juicios sumarios, desapariciones y torturas sistemáticas, ejecuciones y detenciones secretas en lugares como el buque escuela Esmeralda, la inhóspita Isla Dawson y el Estadio Nacional, rebautizado hace poco en un homenaje tardío como Estadio Víctor Jara. El cantante y compositor había sido ejecutado días después del golpe en ese lugar. La situación económica en el momento del golpe era calamitosa. Después de la aplicación de las recetas neoliberales de los "Chicago Boys", el sistema comenzó a afianzarse, iniciándose lo que se dio en llamar el "Boom chileno". La máxima de Pinochet para enfrentar la economía era: "los ricos son los que producen plata y ellos hay que tratarlos bien para que den más plata". Pero el boom sólo duró hasta la crisis de 1982, cuando se devaluó la moneda, los precios aumentaron y el desempleo sobrepasó los 20 puntos. Comenzaron las primeras huelgas y protestas contra la dictadura. En 1983 el país se paralizó con la primera Jornada de Protesta Nacional preparada por los sindicatos y organismos de derechos humanos. La represión dejó 27 muertos y decenas de heridos. En los años siguientes hubo problemas en el frente externo. Argentina y Chile estuvieron a punto de ir a la guerra por la soberanía del Canal de Beagle. Después de picos de tensión, el Papa Juan Pablo II aceptó mediar en el conflicto. A fines de 1984 se firmó el Tratado de Paz y Amistad según el cual las islas seguirían siendo chilenas y se concedía la soberanía sobre el mar a la Argentina. El año 1986 comenzó con un reavivamiento de las luchas contra el dictador. Un grupo comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FMPR) comenzó a planificar la Operación Patria Nueva con el objetivo de ajusticiar al dictador. Ese año su convoy presidencial fue atacado cuando se dirigía a su casa precordillerana. Tres de los autos quedaron totalmente destruidos, cinco escoltas murieron y 12 fueron heridos. Pero Pinochet zafó y fue sólo herido levemente en una mano. El gobierno respondió con una nueva escalada represiva. Dos años después, se organizó un plebiscito para refrendar la nueva Constitución con el objetivo de perpetuarse en el poder. Esa Constitución le permitiría, si ganaba un referendo en 1988, gobernar hasta 1997. Casi no hubo oposición a la propuesta, aunque tampoco transparencia, ni registros electorales ni tribunal electoral. Sin embargo, la dictadura perdió la apuesta. La oposición se unió en la Concertación y montó una efectiva campaña televisiva. El 57 por ciento de los chilenos votó a favor del retorno de un gobierno democrático. Después de momentos de tensión, Pinochet aceptó el resultado. Había terminado el mandato de hierro de 17 años de un hombre que pensaba que Dios lo había puesto en el poder. El siguiente paso fue la elección presidencial, a pesar de que Pinochet había proclamado en 1975 que él iba a morir y también su sucesor, "pero elecciones no habrá". Ganó Patricio Aylwin, el líder de la democracia cristiana con un 55 por ciento de los votos. El traspaso de poder se realizó el 11 de marzo de 1990. Pero las Fuerzas Armadas retuvieron gran parte de su poder gracias a la Constitución pinochetista. Recién dos años atrás se llegó a un acuerdo para reformar la Constitución para eliminar los últimos enclaves autoritarios que dejó la dictadura.

Símbolo trágico de nuestro tiempo

Por Washington Uranga

Además de tener sobre sus espaldas la responsabilidad de uno de los capítulos más terribles de la historia política y social de América latina, Augusto Pinochet es por este mismo motivo y por decisión propia, una suerte de símbolo trágico de nuestro tiempo. Para quienes lucharon por la vida, por los derechos humanos, por la libertad, la imagen de Pinochet –uniforme militar, reforzado por los anteojos negros y la actitud siempre soberbia– es la fiel representación del enemigo, objeto de repudio. No se privó de nada: mató, robó, estafó, mintió... siempre amparado en el argumento supremo de su ideología fascista y sintiéndose un enviado de Dios. Fue el precursor de un proyecto siniestro que el imperio desplegó en esta parte del mundo. Para quienes fueron sus víctimas directas y, en general, para los atormentados del terrorismo de Estado en la región, Pinochet encarna simbólicamente a todos los dictadores latinoamericanos contemporáneos. Eso más allá de que sus "méritos" sean o no equivalentes a los de tantos otros, incluidos los Videla, Agosti o Massera. Pinochet es la "encarnación del mal". El mismo se encargó de construir esa imagen, de fomentarla, con sus afirmaciones, con sus gestos, con sus actitudes. De alguna manera el dictador chileno "se compró" la imagen del malo, la representó y gozó con ello. Hasta los insultos, dicen, alimentaban su ego en ese sentido. Por los mismos motivos, Pinochet también es simbólico para la derecha. En Chile y fuera de allí el dictador cuenta con numerosos adeptos y admiradores, muchos que continúan aplaudiéndolo y otros que prefieren guardar recato porque los aires políticos han cambiado en la región. Para unos y otros el déspota chileno es una suerte de "ángel exterminador del comunismo" y de aquellos que, por sus actitudes en defensa de la vida y de los derechos humanos, se "merecen" el calificativo de "terroristas". Pinochet es y será siempre el símbolo trágico de una época, blanco de odios y veneraciones que van más allá de las consideraciones políticas. Encarnación del mal para unos y ángel exterminador para otros, la imagen de Pinochet se ubica por encima de los análisis y de lo que el razonamiento permite. Mueve los sentimientos, las emociones. Para generar todos los repudios o las adhesiones incondicionales. Seguramente por eso nunca desapareció de la escena pública, estuvo y está en el centro de la polémica y su corte adicta lo defendió y lo protege como un estandarte. En definitiva, el símbolo trágico de una época de la que hay que hacer permanente memoria pero que felizmente ha quedado atrás, aunque todavía tenga defensores.

Augusto Pinochet, asesino

Por José Pablo Feinmann

Y se murió de viejito nomás. En una cama, del corazón (un corazón al que sólo acudió para morir tranquilo), rodeado de fascistas y dolorosamente impune. Cuesta encontrar las palabras para expresar la monstruosidad de este hombre. Cuesta expresar la tragedia que implicó en nuestras vidas. Inauguró el golpe sangriento, con torturas sin límite, con desaparecidos. Todo golpe cruento, asesino, tomó su nombre: pinochetazo. Aquí (en Argentina), a mediados del ’75, todos lo decían: "Lo que se viene es el pinochetazo". Debimos saberlo desde el ’73. Debimos saber que el adversario no sólo era poderoso, sino que era criminal. Debimos haber puesto cautela en nuestra mano; no frenarla, no pararla, pero reflexionar que lo de Chile nos dejaba muy solos, era muy desmedido y reclamaba eso: cautela. Pero estábamos embalados. En septiembre de 1973 la Facultad de Filosofía y Letras dictaba muchas de sus materias en la calle Córdoba. Un lindo lugar con una capilla en el medio. Ivannisevich se sacó una foto pegándole con un pico a una pared, destruyendo el edificio. Prolijos, dejaron la capilla. Todavía está. Un pibe de la JUP me dijo del golpe y se me ofreció para levantar mi clase. Yo, uno se creía, aún, inmortal, le dije que la levantaba yo y llevaba a mis alumnos a la marcha. Salimos de las aulas en busca de las marchas. Sentíamos más la presencia de la JP en las calles, vivando a Allende, que la relación profunda, íntima, que la tragedia de Chile tenía con nosotros. En esa época las fronteras parecían más lejanas. Si algo pasaba en Chile, no tenía por qué pasar aquí. Enseguida llegó la foto del carnicero. Es la perfecta caricatura del general golpista sudamericano. La jeta erguida, bigote, anteojos negros. Después, la noticia de la muerte de Allende. Decían: se suicidó. Un periodista le pregunta a Ricardo Balbín qué haría él en una situación así. El compadrito de comité se mandó una histórica: "¡Ah, no! A mí no me hacen eso". No recuerdo qué dijo Perón. Nada memorable, sin duda. Poco tiempo después cruzaba la cordillera y se entrevistaba con el carnicero. ¡Qué vivos están estos recuerdos! Los dos bien trajeados de milicos. Con capas y todo. Le gustaban las capas a Pinochet. Al día siguiente o a los dos días empezaron a llegar los exiliados, los que apenas habían salvado el pellejo o los que habían sido escupidos del Estado Nacional. Estaban desechos. En Ezeiza, el gobierno argentino les tomó huellas digitales hasta de los dedos del pie. Les tomaron todos los datos, los ficharon bien fichados, les hicieron saber que si algo raro hacían duraban media hora sin ser arrestados. El Descamisado publicó las fotos y tituló: "Esta vergüenza se hace en nombre del peronismo". Claro que sí: eso hizo el peronismo. Lo habría hecho cualquier gobierno argentino. Pero el peronismo de esos días era pinochetista. Cosa que, en algún oscuro rincón de su alma, siempre puede volver a ser si es necesario. López Rega habrá brindado con champán. El carnicero de Chile estaba enseñando cómo se arreglan las cosas con el marxismo internacional, con la sinarquía apátrida. Nosotros empezamos a enterarnos de las peores cosas. Las versiones que llegaban sobre las torturas y las violaciones del Estado Nacional estremecían. ¿Era posible tanta crueldad? Se sabía que estaba lleno de tipos de la CIA el Estadio. Que los de la CIA eran especialmente activos en torturar y hasta enseñaban a los empeñosos chilenos cómo hacerlo. Las mujeres que maltrataron a Allende con los cacerolazos salieron a festejar. Otros agarraban lo que tenían a mano y huían. "Yo –me contó años después un escritor– llegué a Perú, me metí en una pensión, abrí mi valija y puse en un estante los libros que me había llevado. Ahí estaba mi nueva biblioteca: un libro de Cortázar, otro de Lezama Lima y uno de Tolstoi. Era todo lo que tenía." Un día lo fue a ver Borges. El carnicero estaba orgulloso: el gran escritor había cruzado la cordillera y estaba feliz de verlo. Le puso una condecoración bien llamativa. El gran escritor –el que decía un mar de concheterías bobas cada vez que "comía", porque un concheto no "almuerza" ni "cena", "come", en lo de Bioy Casares– le dijo al carnicero: "Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada". También la Thatcher lo recibió y le habló con un inglés lento y vocalizado como para que el carnicero entendiera: "Le agradezco su ayuda en la guerra de las Falklands. Sin sus informaciones nuestros pilotos no podrían haber hecho los blancos que hicieron". El carnicero sonrió, satisfecho, goloso. Cierta vez estaba en una clínica en Londres. Golpean a su habitación. Entra una mujer joven y resuelta, treinta años, por ahí. El carnicero, siempre seductor, sonríe y dice: "Pasa, niña. Dime, ¿a qué vienes?" "A arrestarlo, general. Por violaciones a los derechos humanos." Se enfurece y llama a sus matones: "¡Saquen de aquí a esta comunista!" Días después regresa a su país. Llega en silla de ruedas. No bien baja del avión se pone de pie y saluda a los suyos. ¡Pícaro el carnicero! Otra vez había engañado a todos. No sirve para nada que se muera. Que estos tipos se mueran cuando ya mataron a todos los que querían matar es un pobre consuelo. Ni un cáncer vale desearle. Nadie va a revivir por eso. Nadie va a sufrir menos de lo que sufrió. Deja, para colmo, problemas. Los militares de su país (al que le aseguró la economía y todos sabemos cuánto aprecian esto los pueblos) lo honrarán desde las armas. Michelle Bachelet no lo honrará desde el Estado. Pero habrá que organizar actos en toda América latina. El New York Times ha anunciado su muerte como la de un cruzado contra el marxismo. Puño de hierro, dictador, pero un hombre que no dudó. Fue la suma de las peores cosas que un ser humano puede ofrecer: lo de asesino lo sabemos, pero fue, además, ladrón, mentiroso, cínico, se rió de sus adversarios y de sus muertos. Descansará en paz porque morirse es eso. Pero que no tenga paz su memoria. Que nadie olvide sus crímenes. La era de horror que inauguró. Que en las escuelas argentinas se sepa que Pinochet es parte de nuestra historia, porque prefiguró nuestra pesadilla, porque inspiró a nuestros verdugos. Que gane la verdad por sobre la mentira con que sus adeptos buscan protegerlo. Que su nombre infunda pavor y que ese pavor se transforme en coraje: nunca más un Pinochet. Que haya un busto suyo con una placa en todos los países del mundo. Que esa placa diga: "Augusto Pinochet, asesino". Porque olvidarlo sería como olvidar Auschwitz, el Estadio Nacional, la ESMA.

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