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Para salvar Nicaragua, destruir la democracia de mentira que nos han venido imponiendo, por Danilo Aguirre Solís

Editorial de El Nuevo Diario | 23 de Diciembre de 2006 a las 00:00
La discusión que se ha generado alrededor del proyecto Copalar, más allá de la legitimidad de sus gestores nacionales, y del balance sobre los daños y bondades que su puesta en marcha puede traer para el país, es una oportunidad de volver sobre las realidades estratégicas para el progreso y desarrollo de países como Nicaragua. Copalar, como los canales secos o mojados que se han proyectado para tráfico interoceánico por nuestro suelo, no han pasado de ser gestiones oficiosas que en el mejor o peor de los casos, feliz o desgraciadamente, se han limitado a alegres dictámenes favorables en las comisiones de la Asamblea Nacional, donde se exonera a los presuntos inversionistas hasta del pago de timbres fiscales y de sellos postales para su correspondencia, por varios lustros. Como estos proyectos, además de generar opiniones sobre hábitat, medio ambiente, soberanía y desnaturalizaciones sobre las tradiciones productivas del país, conllevan además en muchas personas el ánimo de resignación frente a lo que sueñan sea la panacea para que Nicaragua salga del atraso y del subdesarrollo, es conveniente elevarse sobre la punta de los pies y echar una mirada a Latinoamérica para preguntarse: ¿Qué país ha salido de sus vergonzosos estados de pobreza y de las increíbles brechas en la distribución de la riqueza, con el montaje artificial o sobre prodigiosos recursos naturales de esos llamados megaproyectos? El petróleo o el gas, en mayor o menor cantidad en América Latina, no ha pasado de ser fuente de gran corrupción, idas y venidas –coimas de por medio de la clase política– con las transnacionales, y hasta modernamente generar mesianismos trasnochados que oscilan entre la tragicomedia de neodictaduras machetonas y un fondo inalterable de postergación y atraso de las mayorías empobrecidas. El primer megaproyecto fue el Canal de Panamá, que en manos extranjeras y nacionales no ha sacado a este país de las estructuras sociales típicas en mayor o menor grado de América Latina. Los países desarrollados no se han levantado con esos megaproyectos, por mucho que en el camino de su prosperidad han generado una cadena de esas millonarias inversiones. En América Latina –y Nicaragua es el más emblemático de los ejemplos–, mientras una clase política atrasada y corrupta maneja una falsificación de instituciones democráticas, cualquier megaproyecto sólo servirá en grado superlativo, a elevar la riqueza de unos cuantos y la pobreza o miseria de las mayorías. El mejor megaproyecto, el único diría en las actuales circunstancias, es el de transformar el diseño político de nuestros países, de manera que la sociedad, los ciudadanos organizados o no organizados, conserven desde la llanura la capacidad institucional democrática de no permitir el abuso y la discrecionalidad de los que gobiernan. Eso no necesita de grandes inversiones, sólo de una profunda toma de conciencia y de una decisión irrevocable de enfrentar y destruir la democracia de mentira que nos han venido imponiendo.

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