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A los pactistas sólo los guía el olor del poder, por Onofre Guevara López

El Nuevo Diario | 26 de Diciembre de 2006 a las 00:00
La dinámica y el discurso de los orteguistas y arnoldistas volvieron a la posición anterior, de forma automática, al saberse triunfadores unos, mayoritarios los otros en el número de diputados y juntos son dueños de la mayoría parlamentaria. Esto hace que se sientan y actúen como dueños del poder para imponer leyes a su gusto. Apenas sintieron de nuevo el olor del poder presidencial y legislativo impusieron una "Ley Orgánica" de forma atropellada, al mejor estilo de sus actuaciones durante los cinco años del período anterior, y en señal de que el pacto gobernará con Daniel o Daniel con el pacto. El triunfo, de hecho compartido entre pactistas, tuvo tal efecto en ellos que les trastocó la orientación trazada por el discurso electoral, en menos tiempo del que pudo suponerse, y dieron un violento viraje hacia atrás, hacia la imposición arrogante de normas legales que reafirman su autoritarismo. Las señales son muchas; haremos una breve parada en las más notorias: El triunfo electoral reanimó al "prisionero" Arnoldo Alemán, quien de inmediato alzó vuelo en clara dirección hacia la consecución de su amnistía. Después de hacer más ostentoso su dominio sobre el PLC, a mostrarse más suelto que nunca --como si no pesara en su contra una condena de los veinte años--, se dedicó a prodigarse en iniciativas políticas, incluida su aspiración presidencialista, para lo cual propicia la idea de la reelección "no continuada". Alemán también sentó las bases de posibles reformas constitucionales, con una soltura que indica la existencia de pláticas adelantadas con su socio Daniel Ortega, con quien ahora comparte simpatías por el presidente venezolano Hugo Chávez (desde luego, no importa por quién y junto a quién tenga afinidades, sino como un complemento de su acuerdo político). Una vez recogida la cosecha electoral, los diputados de ambos grupos partidarios continúan actuando al unísono con la naturalidad que da el saberse parte de un arreglo previo muy sólido y garantizado. Y lo han estado haciendo con menosprecio e insolencia respecto a las fuerzas parlamentarias críticas del pacto y de la participación democrática en general, contrario a lo que algunos suponían iba a suceder. En efecto, y por haber hecho emergencia nuevas fuerzas parlamentarias con las elecciones, hubo optimismo en algunos sectores sobre la posibilidad de ver una actuación diferente en el ámbito parlamentario. Pero se está viendo que los orteguistas y arnoldistas nunca pensaron en supeditar su actuación a los resultados electorales en lo que respecta al estilo de legislar, sino en seguir actuando conforme los arreglos bilaterales de carácter monopólico. Esto indica su rechazo a cualquier ejercicio de participación y orientación democrática en las tareas legislativas. La arrogancia de los pactistas se manifiesta también contra la opinión pública que se refleja a través de los medios de comunicación. Cuando no ignoran esta opinión ciudadana, se burlan de ella o la descalifican, y luego la atribuyen a una labor tendenciosa de los periódicos, de manera principal, negando la realidad de que lo negativo publicado por los medios es mero reflejo de su actuación política o cuando reflejan la visión negativa que de ellos tiene la ciudadanía. Incluso, y aun cuando estas opiniones son expresadas bajo firma personal, siempre son una síntesis de las opiniones de los ciudadanos representativos de todos los sectores sociales. Cuando los políticos atacan a los medios de comunicación, sólo están menospreciando a los periodistas, a los medios y a los ciudadanos al mismo tiempo, lo cual es también una manifestación de rechazo a la libertad de expresión. No es casual, entonces, que entre los derechos que atropellan con la "Ley Orgánica" están los del periodismo. No se trata de crear una aureola de inmunidad en torno al periodismo, si no de decir que no hay una barrera infranqueable entre las opiniones de los periodistas y las de la ciudadanía. Y si, como bien puede suceder, las opiniones ofrecidas a través de los medios resultan desagradables, no son los políticos ni los diputados-políticos los moralmente autorizados a condenar a los periodistas, porque son ellos, con su actividad mañosa y amañada, la fuente de donde emana toda la mala noticia que los medios trasladan a la sociedad. No son los medios, ni los reporteros, ni los articulistas quienes han creado una situación anómala y distorsionada de la vida democrática nacional, sino los representantes de los pactistas enquistados en los órganos del Estado. Si alguna vez esta situación, muy real, no inventada, no es bien reflejada por la crítica, o lo fuera con cierta distorsión, nunca será peor que la actuación de los pactistas. El mal periodismo puede ser rectificado o no ser creído, pero las ambiciones, los vicios y los delitos de los políticos pactistas sólo merecen ser condenados. ¿Qué podría decirse, informarse o comentarse de la actuación de los orteguistas y los arnordistas en relación a la Ley Orgánica, si no en forma de crítica y de condena? No podría hacerse otra cosa, siendo hasta hoy una decisión suya hacer una mera formalidad del cambio presidencial, dejando intacta la dictadura bicéfala que ya limitó las posibilidades de desarrollo democrático durante los últimos años y que amenaza con extenderse por otros años más. Esta voluntad de dominación caudillesca nada tiene que ver con los medios de comunicación. Los medios repiten hasta las figuras gastadas de algunos políticos, su discurso y su actuación, no porque sea un mero gusto de los medios de comunicación, sino porque son los que imponen a la sociedad los círculos de poder dictatoriales y caudillescos. Si hubiera innovación de figuras y propósitos en el FSLN y el PLC, los medios reflejarían esa innovación. Es indudable que los medios podrían dejar de reflejar lo que hacen los políticos, pero sería negarles a los ciudadanos el conocimiento de los vicios de la politiquería que les afectan. También podrían convertirse en hojas parroquiales, boletines de "sociales" o en reproductores de trivialidades, pero caerían en la complicidad con los políticos, por no denunciarlos como se lo merecen. La repetición de figuras gastadas en la directiva de la Asamblea Nacional, y las figuras que por voto de los diputados y voluntad de sus caudillos podrían repetir en la Corte Suprema de Justicia, en la Fiscalía y en las demás instituciones del Estado, no es responsabilidad de los medios de prensa. Tampoco es culpa de éstos que en el parlamento continúen o lleguen diputados condicionados a obedecer ciegamente a sus caudillos y que, al mismo tiempo, hayan renunciado a su capacidad de razonamiento y a su libertad de criterio. La imagen del acostumbrado borreguismo, el que, por desgracia, seguirá reflejándose en los medios de comunicación, es culpa suya. Al fin y al cabo, no es el olor a tinta de periódico, ni los colores de las pantallas de televisión, ni las ondas sonoras de las radios lo que motiva a los políticos a correr en dirección equivocada, sino el olor del poder. La víspera nos la han presentado autoritaria los pactistas, como no quisiéramos nos presentaran el día de la toma de posesión de la presidencia; menos en los días venideros.

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