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George W. Bush eligió la destrucción

Por Vicky Peláez, El Diario La Prensa de Nueva York. | 16 de Enero de 2007 a las 00:00
Para cada hombre llega un momento en que el ser humano se abandona a su demonio o a su genio, siguiendo una ley misteriosa que le ordena destruirse o trascenderse. Marguerite Yourcenar, «Memorias de Adriano».
George W. Bush ha sellado su destino al elegir el camino de más guerra y destrucción. Apostando el todo por el todo, ignora la opinión pública norteamericana, el rechazo mundial a la guerra y ha tirado a la basura las sugerencias del Comando Conjunto de preparar la salida de Irak. Incluso se ríe de los 76 consejos del Grupo de Estudio liderado por Baker-Hamilton y del pedido del primer ministro iraquí, Nouri Kamel al-Maliki de que los norteamericanos mantengan un perfil bajo en los próximos meses.

Por Vicky Peláez, El Diario La Prensa de Nueva York

Cada vez más aislado y obsesionado con la victoria a toda costa en el Medio Oriente, anunció el envío de 21,500 tropas norteamericanas adicionales a Irak y creó condiciones para iniciar nuevas guerras en un futuro cercano contra Irán y Siria. Sus locas y absurdas ambiciones, imitando al emperador romano Marco Upio Trajano, lo han llevado inclusive al Africa donde ordenó el bombardeo contra Somalia, un pequeño país cuya tragedia también consiste en tener petróleo y estar ubicado en un importante lugar geoestratégico en el continente. A la vez, persiguiendo su visión de crear un Gran Medio Oriente, que sería un nuevo "patio trasero" energético de Estados Unidos, designó mil millones de dólares al gobierno de Líbano para destruir al movimiento Hezbolá que ganó la reciente guerra iniciada por Israel. Tampoco dio la oportunidad a la paz en la sufrida Palestina al ordenar a Israel transferir miles de metralletas Kalashnikov por el valor de 17 millones de dólares al movimiento al Fatah para que saque del poder al recién elegido gobierno del movimiento Hamás. El domingo pasado el "hada iluminada" de Bush, Condoleezza Rice ‘ordenó’ al presidente de Palestina, Mahmoud Abbas cancelar su programada visita a Siria y su encuentro con el líder del Hamás, Mahaal. Implacable y tercamente, George Bush sigue las reglas de guerra que le formularon sus neoconservadores ‘halcones-gallina’: primero, crear un "caos" en el país elegido para atacar o invadir; segundo, propiciar un ambiente de "terror"; y finalmente, expandir la guerra programada con el pretexto de la lucha contra el "terrorismo". Irak, en esta perspectiva, se convirtió en el laboratorio de las fuerzas especiales del Pentágono. La supuesta nueva estrategia de Bush que designa a Bagdad 17,500 tropas nuevas para pacificar la capital y destruir a los insurgentes chiítas y sunitas está destinada al fracaso. De acuerdo a los especialistas del Pentágono, se necesitarían no menos de 100,000 soldados solo para pacificar Bagdad. Tarea imposible. Actualmente en todo Irak, EE.UU. tiene 145,000 militares. Con las unidades adicionales tendrá 166,500 tropas. Pero de ellas solamente el 60 por ciento son unidades de combate y el resto son de apoyo logístico. Todo esto implica que la pacificación de Bagdad exige la concentración de todas las tropas norteamericanas en el país lo cual sería imposible de cumplir. La designación del máximo especialista en contrainsurgencia del Pentágono, general David Patraeus como comandante de las tropas en Irak no solucionará sino agudizará la situación. Este general es coautor del nuevo manual de contrainsurgencia basado en la experiencia de los franceses en Argelia y de los norteamericanos en Nicaragua y el Salvador. Él reconoce en su obra que "matar a cada insurgente es prácticamente imposible. Tratar de hacerlo sería contraproducente porque provocará el resentimiento popular, creará mártires y abrirá el camino para los nuevos insurgentes". Entonces la única salida lógica que queda a EE.UU. es irse de Irak, aunque sea, sin cubrir las huellas de sus crímenes visibles en todas partes del destruido y arrasado país. Pero Bush no lo hará, está poseído por la vorágine de la destrucción que lo arrastrará al mismo precipicio que ha creado. Será tarea del próximo gobierno el atreverse a declarar la derrota como lo hizo el presidente Lyndon B. Johnson cuando anunció el fin de la guerra en Vietnam.

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