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Un genocida tras las rejas

Buenos Aires. Télam. | 23 de Diciembre de 2010 a las 00:00
En el alegato previo a la condena a prisión perpetua que recibió el miércoles en Córdoba, el dictador Jorge Rafael Videla reivindicó al terrorismo de Estado pero esta vez eludió mencionar a los desaparecidos y a los bebés apropiados. Otras veces, muy pocas, habló de los desaparecidos, siempre a raíz de preguntas de periodistas y con un cinismo cuyas variaciones, todas del orden de la falacia, parecían responder a circunstancias de época. Por ejemplo, cuando declaró en 1977 a la televisión norteamericana: "Debemos aceptar como una realidad que en la Argentina hay personas desaparecidas. El problema no está en asegurar o negar esa realidad, sino en saber las razones por las cuales estas personas han desaparecido". El jefe del régimen que hizo de la desaparición forzada de personas su práctica sistemática, que admitió y justificó varios años después, en 1977 pretendió sin pudor atribuirlas a decisiones de las propias víctimas y sus compañeros, o en todo caso a "excesos cometidos durante la represión". Más famosa, tal vez porque sigue disponible la versión televisada de la entrevista, fue la explicación de Videla a un grupo de periodistas en 1979: "¿Qué es un desaparecido? En cuanto éste como tal, es una incógnita el desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido". La admisión y justificación por parte de Videla del secuestro y exterminio de prisioneros llegó mucho después, en declaraciones que recogieron en el libro "El dictador" los periodistas María Seoane y Vicente Muleiro. "No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil. No había otra manera. Todos estuvimos de acuerdo en esto. Y el que no estuvo de acuerdo se fue. ¿Dar a conocer dónde están los restos? ¿Pero, qué es lo que podemos señalar? ¿En el mar, el Río de la Plata, el riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo". El dictador obvió dónde había abrevado el régimen genocida esa modalidad de represión, la misma prácticada por los colonialistas franceses en Argelia, por los imperialistas yanquis en Vietnam o, mucho antes, por el nazismo alemán de Adolfo Hitler,que ordenó desaparecer personas mediante el Decreto Noche y Niebla de 1941. Tampoco fue original el modo en que Videla, en su alegato de este miércoles, pretendió justificar los delitos de lesa humanidad como medios, dijo, de "una guerra justa en la que salvamos al país de 'los jóvenes idealistas' que quisieron imponer una cultura ajena a nuestro tradicional estilo de vida, occidental y cristiano". Era ese el discurso invariable de las dictaduras de los países de la región, la mayoría impuestas en los años `70 y `80 por jefes militares que aprendieron ese libreto en la estadounidense Escuela de las Américas, que funcionó de 1946 a 1984 en Panamá. Con esa inspiración, la Doctrina de la Seguridad Nacional, matriz del terrorismo de estado, arraigó desde los años `60 en la Argentina, en la Escuela Superior de Guerra donde impartía clases magistrales sobre el tema Mariano Grondona. En todo caso, en ese invocado "estilo de vida, occidental y cristiano", no cabían personas como las monjas francesas Leonie Duquet y Alice Domon, secuestradas y asesinadas en 1977, junto a fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, por una patota de la ESMA de la que formaba parte el infiltrado Alfredo Astiz. Como lo confirmaron en "El dictador" Seoane y Muleiro, las dos monjas francesas eran bien conocidas por Videla ya que cuidaron a uno de sus hijos, enfermo mental, antes de que los padres lo depositaran en la colonia Montes de Oca, a 12 kilómetros de Luján, el 28 de marzo de 1964. Alejandro Videla murió en ese establecimiento psiquiátrico a los 19 años, el 1 de junio de 1971, unos seis años y medio antes del exterminio de quienes lo habían cuidado, las monjas Duquet y Domon.

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