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La historia, míster Callahan, siempre condena al imperio

Managua. Por Aldo Díaz Lacayo, Radio La Primerísima | 8 de Marzo de 2011 a las 00:00
Aprovechando su próximo retiro y siguiendo la política histórica del Estado norteamericano, el embajador Callahan habla de la historia como "el pasado", como hechos sucedidos en épocas pretéritas que no inciden en la política actual de su gobierno. No es, pues, una idea original del embajador. Es una política de estado que orienta la acción de los funcionarios estadounidense cuando la oportunidad así lo requiere, en particular como respuesta a las demandas del Sur fundamentadas en la historia. Una pretendida política ahistórica. La última intervención en ese sentido le correspondió al entonces flamante presidente Barack Obama, en Trinidad y Tobago. Respondiendo la intervención del presidente Daniel Ortega Saavedra, basada precisamente en la historia de las relaciones Latinoamérica/USA, el presidente Obama reiteró con la misma falsa convicción de siempre que la historia es el pasado, que solo cuenta el presente. El pasado hay que olvidarlo. No tiene sentido removerlo. Falsa convicción porque nunca han ignorado que la historia refleja la lucha del hombre, en sentido genérico, por su liberación, por derrotar las fuerzas que le impiden su realización plena. Una lucha sin término que empieza a parir del deslumbramiento de la conciencia humana. Y tampoco ignoran que desde aquel deslumbramiento nacieron fuerzas que se oponen a la libración humana, porque cada salto a favor de la liberación implica pérdida de poder para esas fuerzas, en forma más que proporcional. En la historia moderna esta fuerza es el imperialismo. En otras palabras, es consustancial al imperialismo oponerse a la liberación de los pueblos oprimidos. Dicho de otra forma, esta oposición siempre es presente, una tendencia permanente que se repite de coyuntura en coyuntura. Esta es la razón por la cual los pueblos oprimidos recurren a la historia como instrumento estratégico de oposición al imperialismo, a la opresión. Pero, precisamente por esto, como contrapartida dialéctica, el imperialismo lucha por ocultar la historia del oprimido— borrándola incluso del pensum escolar y universitario, como sucedió en la década de los noventa, cuando proclamaron el fin de la historia. Más aún, esta pretendida política a-histórica es la base de la lucha imperialista por lograr que la opresión sea asumida por los oprimidos de todos los confines como un acto sublime de liberación. "Porque la identidad con el opresor le garantiza su liberación. Ser como el opresor es ser libre". Un absurdo que logra parcialmente el imperialismo a través de la transculturización, en importantes núcleos poblacionales, por diversas causas. Y es que como la cultura capitalista se base en el individuo como única categoría social, el imperialismo lucha por lograr la identidad del individuo oprimido con el sistema opresor, por enajenar al individuo del sistema —haciendo un malabarismo filosófico para negar que el hombre genérico es colectivo. A pesar de todo, el embajador Callahan recurre a una carta de Sandino como dato histórico nicaragüense para justificar la demanda imperial de observación electoral en Nicaragua. Lo hace consciente del valor estratégico de la historia para los pueblos del Sur, pero haciendo de esa carta una interpretación perversa, dolosa, distorsionada, para estar a tono con la pretendida política de la ahistoria. Sacando la cita de contexto. La cita que hace el embajador, corresponde a la respuesta del general Sandino a una carta del almirante Seller (a quien llama "representante del imperialismo en Nicaragua") en la cual éste le demanda en tono imperial "contestar inmediatamente, y por escrito, su voluntad de discutir los caminos y medios de su aceptación, de usted, y sus compañeros de los Arreglos Stimson" —el Pacto del Espino Negro. Aquel Pacto proponía: 1) Paz inmediata, mediante entrega de las armas con la supervisión de los marines yankees 2) Amnistía general, 3) Participación de liberales en el gobierno de Adolfo Díaz, 4) Organización de un ejército no partidario, llamado entonces Contabularia, 5) Supervisión norteamericana de las elecciones de 1928, y de los años siguientes —es decir, supervisión indefinida—, 6) Continuación de la intervención, con el eufemismo de temporal, y un punto no escrito 7) garantizar el triunfo electoral de José María Moncada. Es en este contexto que debe juzgarse la respuesta de Sandino. Dice así la parte medular de esa respuesta a Sellers, de febrero de 1928 (no precisa ni el sitio ni el día, aunque tuvo que ser después del 20 de febrero, que es la fecha de la carta de Sellers): "...Respecto de los tratados Stimson-Moncada hemos repetido mil veces su desconocimiento". Sandino, pues, reitera por enésima vez lo que ya había expresado desde el 4 de mayo de 1927 —fecha de la traición de Moncada, del Pacto, y del día de la Dignidad Nacional. Reiterando no solo su rechazo al Pacto sino su desconocimiento, que es una decisión mucho más radical. Pero, tomando en cuenta que no podía impedir que se realizaran las elecciones de 1928, aunque estaba absolutamente en contra de ellas, continúa su respuesta en forma magistral, genial: "La única manera de poner fin a esta lucha es el retiro inmediato de las fuerzas invasoras de nuestro territorio, cambiando a la vez al presidente actual (...) y que las elecciones sean supervigiladas por los Representantes de la América Latina, en cambio de marinos norteamericanos". El problema se resuelve, dice Sandino, con el retiro de las fuerzas interventoras y el cambio de presidente. Y como las elecciones van, deben ser supervigiladas por América Latina y no por los yankees. Una decisión igualmente radical. Una condición absolutamente inaceptable para Washington. La sola presencia de México, asociado primero a Sacasa y después a Sandino, era razón suficiente para el rechazo imperialista de esta condición —aunque al final el presidente mexicano Emilio Portes Gil traicionó al general Sandino. Pero, además, a juzgar por el texto de esa carta, ese mes de febrero Sandino ya estaba pensando en la unidad de América Latina. Apenas cinco meses después, el 4 de agosto de 1928, escribe su primera carta a los gobernantes de América "dictada no por hipócritas y falaces cortesías diplomáticas, sino con la ruda franqueza del soldado". Y con esa ruda franqueza les lanza una pregunta que hasta hoy día resuena en los oídos de todos los gobernantes actuales, de América y del Sur: «¿Acaso piensan los gobiernos latinoamericanos que los yankis sólo quieren y se contentarían con la conquista de Nicaragua?» La historia, míster Callahan, niega la política de la a-historia del imperio y sus aliados. La historia, míster Callahan, siempre condena al imperialismo.

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