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Argentina no olvida y rinde tributo a sus mártires

None | 25 de Marzo de 2006 a las 00:00

Cien mil voces para sostener la memoria

Por Marta Dillon

Una corriente de aplausos sacudió la primera cuadra de la Avenida de Mayo. Las manos tan rojas como los ojos, los cuerpos tan juntos que se confundían; la marea de gente uniformaba esa avenida que podría relatar, siguiendo las huellas impresas sobre su superficie, la historia política argentina. Frente a la ausencia de 30 mil desaparecidos, el eco de las palmas fue más contundente que cualquier consigna para saludar la entrada a la Plaza de Mayo de la cabecera de la marcha que reunió a más de cien mil personas, convocadas por 35 organismos de derechos humanos, 213 organizaciones barriales, sociales y culturales, 50 organizaciones políticas y 30 agrupaciones extranjeras. Eran esas personas a las que se suele llamar "sueltas" en las crónicas, pero que ayer estuvieron enlazadas por la misma necesidad de repudiar el último golpe de Estado, las que saludaron la bandera con la imagen de las y los desaparecidos. Y fueron también las que se desconcertaron cuando supieron, por boca de una de las Madres de Plaza de Mayo, que el extensísimo documento que se leyó desde el escenario no había sido firmado por todos los convocantes. Esa interna, sin embargo, no alcanzó para silenciar el grito emocionado que daba el presente para los 30 mil desaparecidos y parecía rasgar el cielo que ya empezaba a tronar anunciando la lluvia que acompañó la desconcentración.

Habría que rastrear muy atrás en la historia para encontrar una concentración tan masiva como la que ayer sacudió hasta los cimientos de los edificios de la Avenida de Mayo. Desde mucho antes de la hora de la convocatoria la Plaza recibió manifestantes, la mayoría muy jóvenes. A la misma hora, casi las tres de la tarde, en el Obelisco empezaban a flamear las banderas de Patria Libre y Barrios de Pie, los grupos más cercanos al kirchnerismo que ocuparon la Plaza hasta que llegó la cabecera de la marcha. Así mostraron su desacuerdo con el documento que se leyó en el escenario y que denunciaba eventos tan distantes como el uso de fósforo blanco en Falujah, la prisión a Romina Tejerina o la prisión en Estados Unidos a cinco ciudadanos cubanos, mezclados con duras críticas a variadas políticas del Gobierno. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de detenidos desaparecidos, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, H.I.J.O.S. regional Capital, el Serpaj, la Casa de la Juventud de Avellaneda, el Partido de la Liberación y el Socialismo Libertario también se recortaron de las casi 300 organizaciones que forman el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia que desde hace diez años convoca a marchar cada 24 de marzo. Las razones por las cuales no firmaron el documento fue la amplitud y desproporción de las demandas. Aunque todos acordaron seis consignas (ver aparte) que resultaban más fáciles de entender para los millares que se sintieron comprometidos a denunciar el último golpe como si 30 años fueran apenas un parpadeo en la historia.

Y fue esa emoción la que circuló como un río bravo a lo largo de las diez cuadras de marcha abigarrada. La certeza de que la memoria no es sólo una enunciación que se cumple mecánicamente sino un motor que sacó a miles de sus casas para poner el cuerpo en el lugar que creyeron correcto: junto a otros, en la calle, pidiendo justicia. "Esta es la expresión del pueblo que repudia el terrorismo de Estado pero también es una declaración que se proyecta en este presente y que habla de qué tipo de sociedad queremos para nosotros: una sociedad justa, sin el ahogo de la deuda externa, sin marginados, sin represión", dijo Adolfo Pérez Esquivel sosteniendo la bandera que contenía el inicio de más cien mil pasos y que decía "30 mil desaparecidos, reivindicamos sus ideales y continuamos su lucha". A su lado, Adriana Calvo, de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos, forzaba la voz para transmitir la "emoción de que 30 años después sigámonos manifestando y repudiando no sólo los crímenes de la dictadura sino también la pobreza y la represión en el presente".

Si hubo una canción, de las muchas que se entonaron a lo largo del recorrido entre Congreso y Plaza de Mayo, que se coreaba sin fallas fue la que promete que "como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar". Esos dos versos iban y volvían del centro de la calle hacia las veredas, se repetían en boca de quienes se habían subido a los puestos de diarios y a los árboles, incluso de quienes se asomaban a los balcones y que cuando se cansaban de cantar volvían a aplaudir reconociendo en la tenacidad de los que marchaban una razón que parecía demostrada: si todos estos años no se hubiera caminado ese mismo trayecto estos 30 años, tal vez hubieran pasado desapercibidos. Pero no.

El peso de tres décadas se sacudía como polvo viendo los niños a hombros de sus padres, escuchando las respuestas que algunos daban cuando, por ejemplo, alguna consigna aludía a la asunción de Luis Patti como diputado. "Es uno malísimo, uno de los que estuvo con el gobierno militar ¿te acordás que te conté?", le explicaba una mamá a su hijo de diez que saltaba como todos cuando la consigna era hacerlo o ser militar. "Estoy contento, por supuesto –dijo Carlos Pizzoni, de H.I.J.O.S.– pero no satisfecho. Satisfecho voy a estar cuando no quede nadie en su casa, cuando nos digan qué paso con nuestros padres, dónde están sus cuerpos, quién dio cada orden, quién la ejecutó. No hay autocrítica que valga mientras no digan qué pasó, mientras no abran los archivos." Del extenso documento que finalmente se leyó en el escenario, ese tramo que repudió las supuestas autocríticas de las Fuerzas Armadas fue de los más aplaudidos.

Sobre el final de la marcha, cuando el espacio era tan cerrado que resultaba imposible caminar sin hacerlo codo a codo, esas personas que no habían encontrado ninguna bandera con la cual marchar acercaban desde pastillas hasta agua a quienes estaban encolumnados, era un gesto espontáneo que se mezclaba con los aplausos. "Yo quiero ayudar –decía una señora mayor–, no sé si viniendo lo hago, pero si fuera por mí abrazaría a todos los que sufrieron la represión, les daría un beso a cada hijo." Cerca, el subsecretario de Cultura de la Nación, Pablo Wisnya, caminando en la columna de H.I.J.O.S. se esforzó para que quedara claro que "estoy acá para reafirmar que no hubo errores ni excesos como se dijo en algunos medios gráficos, hubo un plan sistemático de exterminio, de usurpación cultural, de desprecio por la vida".

¿Cómo relatar los abrazos emocionados de quienes se encontraban en la misma marcha seguros de haber abandonado una isla para habitar ahora el continente seguro de un repudio masivo? Gastón Goncalvez y su hermano Claudio, que recuperó su identidad hace diez años, mostraban remeras con una imagen que decía "papá" y presentaban a sus hijos a otros Hijos, los integrantes de la agrupación que convirtió esa palabra en sigla. Feministas, representantes de los pueblos originarios, de casi todas las colectividades que viven en el país, centros de estudiantes secundarios y universitarios, gremios, agrupaciones barriales: enumerar el modo en que la gente se agrupó para marchar sería extenso, pero lo cierto es que da cuenta de un ánimo de construir con otros, el mismo ánimo que alentó a la generación de las y los desaparecidos y que ayer, sin duda, estuvieron presentes.

Las consignas

Estas fueron las consignas aprobadas por todos los organismos convocantes de la marcha:

  • Juicio, castigo y cárcel común, efectiva y perpetua a todos los genocidas. Anulación de los indultos.
  • Restitución de la identidad a los 500 jóvenes apropiados.
  • Basta de represión. Retiro de la Gendarmería de Las Heras y todos los conflictos sociales. No a la impunidad de ayer y de hoy. Libertad a los presos políticos. Amnistía o desprocesamiento a los luchadores populares.
  • Basta de políticas que generan hambre, desocupación y pobreza.
  • No al pago de la deuda externa, no al ALCA, no a los Tratados de Libre Comercio.
  • Fuera yanquis de Irak y de América latina. Retiro inmediato de las tropas argentinas de Haití.

Testimonios en la Plaza de Mayo

Producción: Werner Pertot

  • Sebastián, 62 años, de la UOM Quilmes: "Era técnico de Techint cuando nos vinieron a buscar los militares. Nos llevaron a un lugar que no sé dónde era. Nos echaban agua y no nos dejaban dormir. Por suerte, a la semana me largaron y me tuve que ir a vivir a Venezuela. Volví en el ’83, cuando el país estaba destruido. Pienso que en este aniversario hubo un cambio en el Gobierno y que está cumpliendo con lo que el pueblo pide".
  • Silvina, 39 años, abogada, con su hija en brazos: "El 24 de marzo representa todo lo que no quiero que mi hija tenga que vivir nunca. Hoy le tuve que explicar cosas espantosas sobre esas fotos. Me preguntó por qué son tantos y cómo pudo pasar".
  • Agata, 17 años, estudia en el CBC para Psicología: "Es la primera vez que vengo. Al ser los 30 años, se merece que lo recordemos con más fuerza. Esta fecha representa la pérdida de un montón de gente valiosa. Mis viejos estudiaban en esa época y fue terrible. Te bajaban del colectivo y te ponían contra la pared. O te revisaban al entrar a la facultad".
  • Luis, 62 años, geólogo: "El 24 es para pensar, para tener memoria y que no vuelva a pasar. En 1976 estaba trabando en Neuquén y fui a visitar a un ex compañero de Acción Comunista en La Plata, donde yo estudié. Mi amigo estaba viendo cómo escapar, porque el Ejército había entrado a la casa de su hermano y lo estaba buscando. Yo los saqué en mi auto a su novia y a él y los escondí. Después me enteré de que a los diez minutos que nos fuimos llegó el Ejército. Nos salvamos por diez minutos".
  • Alejandro, 49 años, profesor de computación: "Es la primera vez que vengo y lo hago porque siento que la impunidad sigue. No hubo un cambio concreto para que venga, simplemente es la primera vez que me entero de estas marchas. La dictadura la viví con mucho miedo. Me enteraba de lo que pasaba por amigos que salían del país por trabajo y volvían con una visión que acá nos trataban de ocultar".
  • Luciano, 29 años, motoquero de Simeca: "Mi papá y mi mamá eran militantes del PRT. Tienen montones de amigos desaparecidos, exiliados y muertos. El 24 de marzo es la noche más oscura del pueblo argentino, donde el imperialismo tuvo que detener el avance de la lucha revolucionaria. Nosotros estuvimos el 20 de diciembre y ese día también vimos morir compañeros. Pero cuando un pueblo está enojado, no hay quien lo pare".
  • Adriana, 49 años, no docente de la UBA: "Militaba en la JP. Hoy le contaba a mi hija que después del golpe vivía en un edificio de un gremio. Los hombres se fueron antes de que llegaron los milicos y las que resistimos fuimos las mujeres y los niños, que preguntaban dónde estaban sus papás. En esta marcha hay mucha más gente, porque la incentivaron los mismos medios que en otro momento miraron para otro lado".
  • Alejandro, 21 años, con una remera de "Atento Telefónica": "Creo que hay cierto métodos que se mantienen de la dictadura, sobre todo en el ámbito laboral. Los 24 los vivo siempre como el recuerdo a una generación, pero también como una jornada de lucha contra el gobierno de turno, que lo quiere convertir en un feriado para que la gente se vaya a Mar del Plata".
  • Hernán, 38 años, bioquímico, disfrazado de esqueleto: "Creo que hay que evitar la falacia de dividir los derechos humanos del pasado y del presente. Con nuestra murga expresamos la continuidad de los desaparecidos, que son los muertos de hambre de hoy. Me acuerdo de que cuando fue el golpe –yo vivía en un pueblito de provincia– vinieron a mi casa a ver si encontraban algo que no les gustara. En la secundaria, todo era silencio es salud y el pelo corto por encima del cuello de la camisa".
  • Andrés, 46 años, médico, acompañado por su mujer y tres hijos: "Militaba en el PO en el Colegio Nacional de Buenos Aires en 1976. Poco tiempo después del golpe, me fueron a buscar a lo de mis viejos. Viví un tiempo de casa en casa y me salvé. Vengo con toda mi familia, porque quiero que se mantenga viva en mis hijos la memoria para que no vuelva a ocurrir.
  • –¿Papaaaaaa, por qué hay muñecos de los milicos?, preguntó su hija.

    –Para representar el horror y lo que no queremos que vuelva a pasar.

    –Guauauuuuu.

Diferencia de Abuelas y Madres

Por Luis Bruschtein

Al promediar la lectura del extenso mamotreto, desde abajo del escenario, donde había grupos de HIJOS y de otros organismos de derechos humanos, empezaron a gritar para que hablaran las Madres. De la mitad de la concentración para atrás nadie prestaba atención a la lectura ni podían enterarse de lo que sucedía en el escenario. Algunos de los que escuchaban, incluso hacían chistes sobre varias de las afirmaciones que se alcanzaban a entender, como si soportar esa amansadora soporífera fuera una pequeña molestia a cambio de participar en la masiva concentración de repudio al golpe militar.

No estaba previsto que hubiera oradores en el acto. Por eso sorprendió cuando Martha Vázquez, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se acercó al micrófono. "Nosotras no firmamos el documento, no estamos de acuerdo", aseguró e inmediatamente tuvo problemas con el sonido. Algunos aseguran que los organizadores apagaron el micrófono para evitar que hablara. Otros afirman que se trató simplemente de un problema técnico.

En realidad, la primera en molestarse había sido la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, que, al promediar la lectura del documento, se había levantado de su silla para hacer comentarios con las Madres que se encontraban en el escenario. Los gritos desde abajo para que hablen las Madres se extendían hasta bastante atrás de la concentración.

Cuando Martha Vázquez aclaró que las Madres no habían firmado el documento, se escuchó gritar desde otro sector que "la Plaza es de los que luchan". Entonces, la dirigente de Madres, sin alterar el tono tranquilo de voz, respondió que "la plaza no es nuestra, ni de ustedes, es de los 30 mil desaparecidos". Todas estas situaciones aumentaron la confusión porque había quienes no estaban de acuerdo con el documento pero como no habían escuchado lo que le habían gritado, esa frase de Martha Vázquez les pareció agresiva. De todos modos, la dirigente prosiguió un discurso referido a la problemática de los derechos humanos.

Pero en este punto, detrás del escenario ya había mucha tensión y nervios entre los organizadores, en general enojados con la actitud de las Madres y las Abuelas, ya que Estela Carlotto había comenzado a retirarse. En un momento se superpusieron dos voces en los micrófonos, tratando de explicar que sí se habían consensuado las seis consignas principales del acto (ver aparte).

El documento en sí, cuya redacción se ha convertido en un verdadero vía crucis que demora meses antes del acto, no había sido firmado por Abuelas, Madres (LF), Familiares, HIJOS, Serpaj y APDH. El CELS, que compartió la convocatoria, no participó en las discusiones ni firmó el controvertido y extenso texto. Desde el otro sector, donde se alinean las otras 365 organizaciones que participan en la convocatoria, en especial el Partido Comunista y los partidos trotskistas y otros organismos como MEDH, LADH y Ex Detenidos-Desaparecidos, aseguran que las Madres y las Abuelas conocían el contenido de lo que se leyó y que la lectura se había acordado previamente aunque no lo firmaran los organismos más convocantes y que también se había acordado que nadie aclararía esta situación antes del acto.

Resulta bastante ilógico que los manifestantes que son convocados por esos organismos tengan que escuchar una única declaración con la cual no están de acuerdo ellos ni los organismos que los convocan. En ese caso, lo más correcto sería publicar el documento previamente con las firmas de quienes lo respaldan para que la gente pueda decidir si asiste a ese o a otro acto de repudio a la dictadura. Es absurdo que los organismos más representativos no puedan ni siquiera decir que no están de acuerdo con esos contenidos que se leen en una actividad de la que ellos son los principales protagonistas.

"Es una estafa, se utiliza políticamente al dolor. Hubo un aprovechamiento de la fecha que es injusto y falto de ética. Toda esta gente que ha venidoacá ha tenido que escuchar lo que nosotras no aprobamos", afirmó tras el acto y visiblemente molesta, la presidenta de Abuelas. Los organizadores la acusan de faltar a los acuerdos previos.

Ya en el acto del año pasado se había suscitado un problema similar. Se leyó un documento extensísimo y muy sesgado. Había que ser experto en política y economía para empezar a discutirlo, no ya estar de acuerdo. Los organismos de derechos humanos y la CTA debieron realizar un miniacto dentro del acto para diferenciarse, pero pasó inadvertido para la mayoría que asiste en esa fecha y que no conoce las discusiones internas.

Esta vez, el documento, que abordaba una enorme variedad de conflictos internacionales mezclados con todos los puntos que los grupos de izquierda critican al Gobierno, fue discutido hasta unas horas antes sin llegar a un acuerdo pese a los esfuerzos de Adolfo Pérez Esquivel para consensuar las diferentes posiciones. Si el acuerdo de silencio existía, llevaba en sí el germen del conflicto porque es ilógico y no es honesto con la gente que asiste al acto y no sabe nada de eso. La gran mayoría de los manifestantes de ayer no fueron convocados por partidos o fracciones políticas, sino por la fecha y por los organismos de derechos humanos más representativos, sobre todo Madres y Abuelas. Para esa inmensa mayoría, la declaración fue un plomazo aunque nadie le diera demasiada importancia porque no la escuchó ni le prestó atención. Y en ese sentido tienen razón porque el hecho más destacable de la marcha y la concentración de ayer no fue el documento ni las críticas que generó sino la masividad impresionante que la convirtió en una de las más importantes de todos estos años.

PRESENTE

Por J. M. Pasquini Durán

La jornada de la víspera, a treinta años de aquel asalto al poder por las Fuerzas Armadas, será recordada para siempre porque provocó una movilización popular impresionante, como hace mucho tiempo que no se veía en el país. Una muchedumbre policlasista, con fuerte presencia de clases medias, de una vasta pluralidad ideológica y multietaria con predominio juvenil, la mayor parte de los presentes integrada a la marea humana sin encuadramientros orgánicos, por propia decisión, mostró que con esfuerzo está arraigándose, al fin, una cultura nueva, ajena a dogmas y prejuicios pero con una vocación definida por la libertad y la justicia. Pese a algunas provocaciones y a la mezquina pretensión de grupúsculos por manipular el contenido del acto en la Plaza de Mayo, la ciudadanía allí congregada supo pasar por encima de esos incidentes y rendir solidaridad con las Abuelas y las Madres, heroínas indiscutidas de una resistencia inclaudicable de veintinueve años sucesivos.

Al mediodía de ayer, la expresión de ese pensamiento nuevo tuvo otro momento excepcional con el mensaje presidencial pronunciado en el solemne recinto del Colegio Militar. Nunca antes, ni siquiera en la etapa del Juicio a las Juntas, un jefe de Gobierno expuso con tanta precisión y amplitud el relato de lo que ocurrió, las culpas y responsabilidades, los compromisos éticos con la memoria, la necesidad de identificar y castigar a los culpables para emancipar del estigma a los inocentes y el compromiso del Estado con la verdad y la justicia. En su mensaje, Kirchner se pronunció por la inconstitucionalidad de los indultos decretados por Menem, pero confió en la Corte Suprema para que confirme o modifique esa opinión. La noche anterior, en otra ceremonia, el Presidente promovió a generales a los coroneles Cesio, expulsado con deshonor por los verdugos del terrorismo de Estado, y Rico, asesinado por los sicarios de la Triple A, gestos que ratifican esa política de Estado.

La profusión de recordatorios, que colmó la semana de toda clase de actos, alcanzó grados de saturación porque parecía que nadie quería figurar ausente, algunos tal vez motivados por la oportunidad, ya que el empuje del Estado y el gobierno nacional impulsaban con fuerza la evocación de aquella tragedia. Hay muchos actos de gobierno que merecen controversia, pero en estos temas el mérito es incuestionable. Basta comparar las conductas: durante poco más de dos tercios de los años posdictatoriales las formas de república democrática rigieron la vida en sociedad. Sin embargo, dentro y fuera de los sucesivos gobiernos, las representaciones cívicas, con honrosas pero escasas excepciones, tuvieron inflexiones de conciliación con el ominoso pasado (leyes de olvido, indultos, propuestas de reconciliación aunque no hubiera confesión y arrepentimiento). Sin la activa presencia de los familiares de las víctimas y de los defensores de los derechos humanos, quién sabe en qué recodo de la historia se habrían atascado las legítimas e imprescriptibles demandas de verdad, memoria y justicia.

No fue un recorrido lineal hacia adelante porque hubo tramos en zig-zag y otros de franco retroceso, pero en cada etapa las ondas expansivas de esa labor constante logró penetrar en capas más amplias de la población, desprendiendo antes que nada los mitos sembrados por el terror y las confusiones aparecidas con la democracia, como la teoría de los dos demonios que pretendía comparar peras con manzanas. La Nación, actual vocera de esa teoría, en el editorial del domingo 19 afirma "entre el 25 de mayo de 1973 y el 23 de marzo de 1976 los distintos grupos subversivos produjeron más de 6500 hechos de violencia, en los que murieron 1358 personas", pero no cita fuentes de la estadística. En cambio, el mismo matutino en su edición de ayer informa sobre documentos desclasificados enWashington de los cuales se puede inferir que después del Mundial de 1978, el Ejército se hacía cargo de 22 mil muertos.

Sin contar esta semana, hay mil quinientas marchas de la resistencia, que dan cuenta de esa formidable experiencia de constancia y paciencia, sin linchamientos ni revanchas particulares, que será para siempre una referencia ejemplar, porque desde el abismo de una tragedia supo elevar su causa hasta los actuales niveles. El mitin de ayer fue como la cúspide de esa gesta, aunque todavía el final pertenece al horizonte. Tamaño comportamiento elevó la calidad de la convivencia democrática en la medida que instaló el principio de igualdad ante la ley, pese a que algunos sectores tratan de interpretar que si uno es víctima de algo no sólo tiene razón sino el derecho a destruir al victimario de cualquier manera.

Ese victimismo revanchista no tiene nada que ver con la conducta de treinta años de los movimientos que defienden y promueven los derechos humanos. Lo que sí puede aceptarse como un legado verdadero es el duro aprendizaje acerca de la relación con los poderes: aunque sea parte funcional del sistema, la delegación de responsabilidades nunca puede ser tan absoluta que el ciudadano se siente a esperar que alguien, elegido, provea a sus necesidades y bienestar. No habrá progreso verdadero y sostenido si cada porción de la comunidad desecha la responsabilidad particular por el futuro colectivo.

Hoy en día, sea por convicción o por oportunismo casi no importa, la multiplicación de los mensajes provocaron el interés y la curiosidad de muchos, sobre todo de las nuevas generaciones, para quienes sucesos de hace treinta años pueden percibirlos tan remotos como el primer viaje a la Luna. Los relatos, por supuesto, no tienen un solo enfoque, ya que todavía la sociedad no hizo la síntesis necesaria para tener una versión acabada y completa de lo que pasó. Por ahora hay acumulación de saberes y memorias que van sumando a la conciencia general. El abanico es tan amplio que en una punta están los que todavía califican a las masacres de la dictadura como "excesos y errores", algo así como los "daños colaterales" que invoca el ejército de ocupación en Irak cada vez que arrasan con la vida y los bienes de civiles desarmados, hasta los que, en la otra punta, anuncian el triunfo del bien sobre el mal como un destino inexorable. Si fuera así, ¿para qué luchar?, bastaría con esperar el buen final. Por fortuna, los defensores de los derechos humanos nunca cejaron en el empeño. Esa trayectoria de lucha tal vez sea el legado más sobresaliente de las tres décadas pasadas.

La dictadura más cruel del país en el siglo XX no nació de un repollo. Tampoco fue la repuesta ineludible a un gobierno grotesco o a la insurgencia de milicias juveniles, porque aquel golpe de Estado formó parte de una sucesión de asaltos al gobierno en el Cono Sur y en casi toda la región. Eran piezas de un plan más amplio cuyo propósito central era desarmar la oposición popular a una reorganización de las economías regionales según las pautas conservadoras más estrictas. Hay archivos, documentos y toda clase de evidencias para comprobarlo. Sin embargo, esta dictadura tuvo una ferocidad superior a las demás. ¿Cuánto de lo monstruoso que pasó había incubado antes en la sociedad argentina? ¿Qué sustratos perversos salieron a la superficie para que jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad actuaran con semejante desprecio inmisericorde por el otro?

Por lo pronto, habría que reconocer que los militares pudieron avanzar hasta donde llegaron porque encontraron las puertas entreabiertas. Igual que otros golpes anteriores, aunque éste peor que ninguno, no hubiera sido posible sin el consentimiento, entusiasta o resignado, de los civiles que tenían responsabilidades decisorias en todo tipo de instituciones, los partidos políticos en primer lugar y luego, de la Iglesia cupular a los medios de prensa, de los sindicatos a los organizadores del Mundial deFútbol, de los indiferentes a los nacionalistas sobresaltados de Malvinas. Es uno de los más tremendos fracasos de aquella república plagada de facciones antagónicas que sólo concebían el futuro a través de la aniquilación del Otro.

La revisión no es un ejercicio morboso de repartición de culpas, sino el honrado intento de identificar las raíces de la tragedia, puesto que la dictadura fue la pústula abierta de una cultura que estaba allí, en la sociedad. Reconocer esas raíces, con los ojos bien abiertos, hará más fácil en el presente distinguir los rescoldos de lo que quedó, algo así como muros de subjetividad que se niegan a la convivencia en pluralidad, no sólo en la derecha también en la izquierda como se pudo ver anoche en el tramo final de la impactante marcha.

Los desaparecidos políticos son una realidad convulsionante, pero ¿acaso lo son menos los excluidos económicos? ¿Cuántas veces treinta mil han muerto en estas tres décadas por alguna consecuencia de la hambruna y la miseria? ¿Cuántos niños de hoy tienen su propio futuro desaparecido? Es un desperdicio, por cierto, que entre tanta memoria desplegada durante estos días, en la mayoría de los informes hayan estado ausentes o tuvieran escasa relevancia civiles de la talla de José Alfredo Martínez de Hoz, mencionado en el mensaje presidencial de ayer, cuyo primer discurso después del golpe ilumina el sentido profundo de la asonada militar. En esos textos y hechos, además, están las semillas de lo que terminaría por florecer en la década de los noventa y que todavía hoy se aferra a ciertos poderes económicos como la hiedra al muro. La oligarquía ganadera es un ejemplo apropiado en las actuales circunstancias.

Si es verdad que ya quedó en claro que el respeto a los derechos individuales y civiles son obligaciones permanentes de la república democrática y de todas sus instituciones, es tiempo de pensar en los derechos humanos por lo que tienen que ver con el pasado, pero también por sus implicancias más amplias del presente. Para decirlo en términos sencillos y directos: los derechos ciudadanos estarán siempre incompletos si no se realiza la justicia social, desde el derecho a la protesta hasta la equitativa distribución de las riquezas. Cada mujer u hombre en derecho de ciudadanía no puede ser desmembrado: si vota, la democracia ya cumplió, si no come, no trabaja o no se educa es culpa de cada individuo, pretenden los demócratas formalistas. No habrá verdadera democracia si las mayorías no gozan de la plenitud de oportunidades. Eso es lo bueno de este presente: la vida empuja más que la muerte.

"No han sufrido castigo alguno"

Ante los oficiales y cadetes de las tres Fuerzas Armadas, Néstor Kirchner apuntó contra "los dueños del modelo económico" de la dictadura que siguen impunes. En el patio de honor del Colegio Militar, les rindió homenaje a las Madres y Abuelas y se abrazó con Hebe de Bonafini.

Por Martín Piqué

El párrafo terminó con la intriga. "Aquel golpe no se redujo a un fenómeno impulsado por las Fuerzas Armadas. Sectores de la sociedad, de la prensa, de la Iglesia, ciertos sectores de la ciudadanía lo apoyaron. Había algunos que hasta decían que Videla era un general democrático." Cuando Néstor Kirchner leyó esa frase, en el patio de honor del Colegio Militar el suspenso dejó lugar a cierto asombro. Antes de entrar a la base del Palomar, una parte del público se había preguntado con qué podía sorprender Kirchner. Era difícil que pudiera encontrar algún gesto impactante que compitiera con el retiro de los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Benito Bignone. Pero el Presidente se las ingenió para sorprender. Y lo hizo con un discurso que apuntó a la complicidad empresarial en el golpe. "Es lamentable que los verdaderos dueños de ese modelo no hayan sufrido castigo alguno", agregó. El público, donde predominaba el peronismo, festejó, entendiendo lo dicho y lo no dicho. Aunque la acusación a los sectores civiles, y en especial al poder económico, tuvo su máxima expresión en una persona, la única a la que Kirchner mencionó con nombre y apellido: "Ese modelo tuvo un cerebro. Se llama José Alfredo Martínez de Hoz", dijo. Después el Presidente provocó nuevos aplausos al decir que "espero, como reclama permanentemente la sociedad, que prontamente la Justicia determine la inconstitucionalidad de los indultos".

El público estaba sentado en un enorme semicírculo que confluía sobre el sitio reservado para las máximas autoridades. Todo alfombrado de rojo, con una bandera argentina colgando en forma vertical como único decorado, el lugar de privilegio consistía en varias filas de sillas con una ubicada en el medio: la que ocuparía el Presidente. Kirchner se sentó ahí, flanqueado por el vice Daniel Scioli a su derecha y Cristina, a su izquierda. La ministra de Defensa, Nilda Garré, y su antecesor José Pampuro completaban la primera línea. Un poco más atrás y a la derecha, estaban los gobernadores y el jefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman. Del otro lado, el gabinete completo.

El acto comenzó con el Himno Nacional. Mientras sonaba el estribillo, en el in crescendo de "o juremos con gloria morir", algunos miraron para arriba: en el aire se agitaban brazos con los dedos en V, el famoso gesto de la Tendencia peronista. Quienes desviaron la mirada hacia allí no pudieron evitar seguir la panorámica hasta el techo muy alto con vitrales repartidos entre cuadrados de cielo raso blanco. Los vidrios estaban decorados con figuras militares y exaltaban supuestos valores militares: "orden", "tenacidad", "gloria". También recordaban a héroes de la historia argentina, como el "general Martín Güemes" y el "general Lamadrid". El contraste entre los brazos haciendo la V de la victoria y las efemérides castrenses encerraban una paradoja, quizá representativa del presente.

Tras cantar el Himno, el locutor anunció el descubrimiento de una placa. El contenido lo decía todo: "Nunca más golpe y terrorismo de Estado. Por siempre respeto a la Constitución Nacional. Verdad y Justicia". De blanco, al igual que los jefes navales que llevaban su uniforme de gala y se veían mezclados en una mayoría de ropa verde, Garré se paró y quitó el paño que tapaba el mármol. Hubo aplausos. Luego sonó el toque de silencio. En primera fila estaba Hebe de Bonafini (ver recuadro), con su pañuelo blanco, sentada al lado de los secretarios de Derechos Humanos de la Nación y la provincia de Buenos Aires, Eduardo Luis Duhalde y Edgardo Binstock. Los funcionarios tenían algo en común con Hebe: perdieron gente muy cercana en la dictadura.

Para organizar su discurso, Kirchner eligió primero criticar a los militares para profundizar luego sobre la responsabilidad de los civiles. "Desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983 se irradió en nuestra patria un gobierno de facto que se atribuyó la suma del poder político y aplicó un terrorismo de Estado que se basó en la práctica sistemática del secuestro y la tortura", describió. Luego citó la causa contra Videla, en la que la Justicia demostró la existencia de un plan sistemático de exterminio. "En este propio Colegio Militar fueron secuestrados cadetes que luchaban por la vida", agregó. Era una mención a los jóvenes que fueron secuestrados de los propios regimientos militares. Un ejemplo fue el Luis "Huevo" García, un joven militante de la Federación Juvenil Comunista que fue detenido mientras hacía la conscripción.

Las palabras de Kirchner no parecían generar entusiasmo entre el personal militar. "Yo los miraba y ninguno aplaudía. Y los que peinan canas parecían muy nerviosos", comentó luego el diputado oficialista Edgardo Depetri. Un periodista, especialista en temas castrenses, se ocupó en aclarar: "Ojo, no pueden aplaudir por cuestiones de protocolo. Ni siquiera cuando un jefe les anuncia un aumento".

Tras la crítica a las Fuerzas Armadas, el Presidente se metió de lleno en lo que sería el eje de su discurso: la acusación a los grupos civiles que apoyaron la dictadura. "Hubo poderosos intereses económicos que pidieron el golpe. Muchas instituciones fueron cómplices. Y habían algunos que hasta decían que el general Videla era un general democrático", cargó. La última frase no pasó inadvertida. Es uno de los cuestionamientos históricos al Partido Comunista argentino, que en el ’76 creyó ver diferencias entre Augusto Pinochet y Videla. Lo diferenciaban de una supuesta línea dura encabezada por el entonces jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez.

El discurso se extendió por las causas estratégicas del golpe. "No se trataban de excesos ni de actos individuales. Fue un plan criminal ejecutado desde el Estado bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional. Fue la sociedad la principal destinataria del mensaje de terror. Se buscaba una sociedad fraccionada, inmóvil, obediente. Sólo así pudieron imponer otro modelo económico, con un disciplinamiento social que pudiera establecer un orden que la democracia no les garantizaba", dijo Kirchner. "Es lamentable que los verdaderos dueños de ese modelo no han sufrido castigo alguno", agregó. Era otra mención a Martínez de Hoz y, con él, a los grupos económicos que respaldaron el orden militar.

El discurso duró 29 minutos. El público aplaudió varias veces y sólo se animó a un cantito cuando Kirchner homenajeó a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. "En el momento más terrible de la noche de la dictadura, fueron hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres, las que se organizaron para enfrentar la barbarie. Fueron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo", dijo. Hebe aplaudía, emocionada. Un poco más lejos, Ana Pérez de Aguirre, también Madre de Plaza de Mayo, miraba todo con sus ojos azules. Vecina de Luján, ella perdió a su hijo Raúl Esteban el 7 de julio de 1976. Esa noche lo secuestró un grupo de tareas al mando de un teniente del regimiento 6 de Mercedes. "Militaba en la Juventud Peronista. Había estudiado dos años en el comercial de Luján y estaba trabajando de jornalero. En Luján fueron 21 los desaparecidos", contó a Página/12.

En los asientos que habían colocado en el patio de honor, se codeaban diputados, intendentes y dirigentes de organizaciones sociales. Todos alineados en el kirchnerismo. Una de las excepciones fue Martín Sabbatella, jefe comunal de Morón. Todos aplaudieron cuando Kirchner dijo que esperaba que la Corte dictara la inconstitucionalidad de los indultos. "Espero, como reclama permanentemente la sociedad, que prontamente la Justicia determine la validad constitucional o, como pienso yo, la inconstitucionalidad de los indultos", dijo. "Que la Justicia proceda, y a fondo", agregó, con uno de sus latiguillos habituales. Entre las invocaciones a la Justicia, Kirchner se hizo un tiempo para enviar un mensaje a la oposición. Para parte del público, se trató de una crítica —indirecta– a ciertos partidos de izquierda. "Esta es una fecha que debe ser consolidada y no debe adueñarse nadie de ella por intereses políticos de corto plazo." En el patio aplaudieron peronistas de todos los colores, desde viejos colaboradores de Menem hasta flamantes funcionarios que ingresaron al gobierno tras años de ostracismo en los ’90.

"No lo puede explicar con palabras"

Por Martín Piqué

El cantito comenzó tímidamente y luego se extendió por el patio de honor del Colegio Militar. "Madres de la Plaza/ el pueblo las abraza." Nunca se sabrá quién lo inició, pero se prendieron casi todos los invitados. Aunque duró poco, quizá por el impacto que significaban los uniformes verdes o las inscripciones de las paredes. Una de ellas, que pocos pudieron ver, estaba medio oculta en un pasillo detrás del palco que ocupaba Néstor Kirchner. Era el "Código de Honor Sanmartiniano", un decálogo de mandamientos que el Libertador creó ex profeso para los oficiales del Ejército de los Andes. Según la inscripción en piedra, eran los "deberes por los cuales deben ser arrojados los oficiales". Página/12 detuvo su mirada en el número 10: "Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella". El castigo por cometer esa falta no estaba expuesto, aunque podía imaginarse. A pocos metros de la pared que ostentaba esas reglas estaba sentada la mujer más saludada del acto. Era Hebe de Bonafini. En primera fila, casi enfrente de Kirchner, Hebe siguió el acto en silencio. Cuando se iba habló con los periodistas.

–¿Qué sintió al estar acá, en este lugar? –le preguntaron.

–Lo que para mí es más fuerte es la reivindicación de la lucha de nuestros hijos. Cantar el Himno en este lugar me pareció muy fuerte. No lo puedo explicar con palabras. Que el Presidente dijera lo que dijo acá es muy fuerte también.

–¿Qué opina de la mención a Carlos Menem que hizo el Presidente cuando habló de los indultos?

–Me parece sensacional que se revean los indultos de ese señor, que también entregó el país, como la dictadura, y que no tuvo el coraje de presentarse en las elecciones. Es una basura.

Hebe salió del patio de honor casi abrazada por un asesor del secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde. Se fue no mucho después de que terminara el discurso de Kirchner. Ana Pérez de Aguirre, quien también tiene un hijo desaparecido, se quedó más tiempo. Vestida con una remera negra con la leyenda "¡Aguante la memoria!", Ana charló con Página/12 frente a la placa que inauguró la ministra de Defensa.

–En Luján hubo 21 desaparecidos. Pero la gente es muy dura –dijo ella–. –Y... está la Iglesia, que fue ciega, sorda y muda –completó su hijo.


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