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Playa Girón, Carlos Ulloa y una efeméride monumental, por Aldo Díaz Lacayo

None | 21 de Abril de 2006 a las 00:00

Hace cuarenta y cinco años, un 17 de abril de 1961 marca un nuevo hito en la historia de América. No era, pues, el primero --porque han habido muchos desde la independencia--, pero sí el de mayor permanencia histórica, y en consecuencia el más ejemplar. O quizás sería más apropiado decir: el verdaderamente ejemplar.

Entonces, a través de una fuerza mercenaria de ciudadanos mal nacidos «que mezclaba al señorito millonario con el esbirro y con el lumpen», como la calificó Fidel Castro un año después, el Gobierno de los Estados Unidos decidió invadir Cuba. Tenía el antecedente exitoso de la invasión contra el gobierno revolucionario de Guatemala, en 1954, y sobre ese modelo se organizó.

Había sido en realidad una operación largamente planeada, desde mediados de 1960, acompañada de una serie de publicitados antecedentes político-diplomáticos que perseguían el ablandamiento a la opinión pública continental. No sólo para justificar la acción norteamericana y la participación activa de los gobiernos de Guatemala (Miguel Ydígoras Fuentes), Venezuela (Rómulo Betancourt), Nicaragua (Anastasio Somoza, el segundo) y Puerto Rico (Luis Muñoz Marín), sino principalmente para darle visos de legitimidad a la monstruosa violación del derecho internacional. Vieja táctica del imperio, que con todas las artimañas del mundo se las ingenia para convertir en responsables de sus propias agresiones a los pueblos revolucionarios.

Mientras el gobierno de Ydígoras Fuentes permitió que el grueso de los mercenarios cubanos recibiera entrenamiento militar en Retalhuleu, el de Somoza convertía a Puerto Cabezas en base de agresión. Así lo recoge el Acta de acusación del Departamento Jurídico de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba: «A las 2:30 horas de la mañana del 17 de abril del año 1961, comenzó a desembarcar por la costa sur de la Provincia de Las Villas, en la zona conocida como Ciénega de Zapata, procedente de Puerto Cabezas, República de Nicaragua, una brigada mercenaria constituida aproximadamente por 1.500 hombres» --históricamente conocida como la invasión a Playa Girón

Mucha gente de Bilwi aún la recuerda.

Pero se equivocaron. El pueblo y el gobierno revolucionario de Cuba respondieron patrióticamente a la sorpresa de los invasores. Setenta y dos horas bastaron para liquidarlos. Y desde ese momento los mercenarios narraron en detalle la responsabilidad del gobierno norteamericano, tanto que obligaron al propio presidente Kennedy a asumir públicamente su responsabilidad diez días después. Aquí empieza el parteaguas histórico.

Porque la derrota de los mercenarios cubanos fue realmente la derrota del imperialismo norteamericano. Y porque esta derrota, asumida no como delito punible de obligada reparación, sino como la pérdida de una batalla, ha obligado durante cuarenta y cinco años a los subsecuentes gobiernos norteamericanos a continuar la guerra contra Cuba, con el nuevo pretexto de la implementación del modelo socialista en este país a partir de Playa Girón. Una guerra tan repudiable de parte de los Estados Unidos como admirable de parte de Cuba --no sólo como ejemplo de resistencia heroica, sino principalmente como ejemplo de dignidad.

Porque el objetivo final del imperio, entonces como ahora, era escamotearle el futuro al pueblo cubano, destruyendo con él, también para siempre, las esperanzas de los otros pueblos americanos, como bien lo señaló entonces Fidel Castro. Y también en esto han fracasado. No es hiperbólico afirmar que desde la revolución independentista de principios del siglo diecinueve y después del interrumpido pero siempre presente hito histórico bolivariano del Congreso Anfictiónico, ha sido la revolución cubana el hito histórico americano más importante: sin duda y sin exagerar gracias a la victoria cubana en Playa Girón, que la consolidó.

Todo cambió desde entonces. El mundo desarrollado --que en algunos honrosos casos se solidarizó entonces con ella-- volvió sus ojos a América no para explotarla y escarnecerla, como había sido desde siempre, sino para moderar por lo menos su histórica visión de presa cautiva, disfrazándola con los supuestos bienes culturales que le ha heredado, incluyendo el inefable de la democracia representativa.

Pero también aquí Playa Girón es un parteaguas. Porque desde Playa Girón, desde la consolidación de la revolución cubana, empezó a entrar en crisis el modelo de la democracia representativa en los otros países americanos --que ahora hace aguas con el resurgimiento de la unidad regional, gracias, en parte nada despreciable, a la resistencia heroica y digna de la revolución cubana. Una crisis potenciada ahora por el nuevo desorden internacional producido por el neoliberalismo, llevándola también a los países del Norte.

Porque desde Playa Girón los pueblos de América retomaron con mayor vigor sus luchas ancestrales, en el más estricto sentido del término. Hoy día son los pueblos originarios, o la parte de ellos que se conserva en el espíritu mestizo --que también reivindica con orgullo sus ancestros nativos--, los que vuelven por sus fueros.

Son ellos los que reclaman participación en contra de la representatividad, los que reivindican la igualdad jurídica y de oportunidades como sustento real de la democracia, los que demandan libertad para distribuir de forma equitativa los beneficios de sus bienes comunes, los que rechazan el inalcanzable escaparate de la abundancia que impúdicamente les expone en todas las latitudes el modelo de la democracia representativa --hoy día en forma exponencial, debido al espejismo neoliberal que ha creado la cada vez más indemostrable tesis del derrame.

A cuarenta y cinco años de Playa Girón --menos que un instante histórico-- se empiezan a ver con mayor definición los contornos del grandioso monumento que desde entonces han estado levantando los pueblos americanos a esa victoria del pueblo cubano, que asumieron como propia. Tal vez al principio sin plena conciencia de ello, aunque quizás no es éste el caso del pueblo de Nicaragua.

En efecto, en desagravio a la irresponsable entrega del país que hizo el dictador Somoza a los mercenarios cubanos y sus creadores, el pueblo de Nicaragua aportó la sangre limpia, pura y también heroica de Carlos Ulloa Aráuz, el aviador nicaragüense que con la entrega de su vida, el propio 17 de abril de 1961, contribuyó al triunfo cubano en Playa Girón: echando a pique el buque norteamericano que cargaba parte importante del armamento que utilizarían los invasores una vez tomada la cabeza de playa donde se fincaría el autollamado gobierno provisional designado por Washington. Así lo recoge la tradición oral de su familia.

Carlos Ulloa estaba por cumplir entonces treinta y dos años, pues había nacido en Masaya el 24 de mayo de 1929. Se graduó como piloto aviador en la Academia Militar de Nicaragua el 14 de julio de 1951. Dejó viuda a su compatriota Fanny Manfut Borge, posteriormente fallecida, y huérfanos a seis hijos. Uno de ellos, el último, Javier Alberto Ulloa Manfut, concebido en La Habana y nacido en Nicaragua siete meses después de Playa Girón.

Carlos Ulloa

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