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Fotografía de la precariedad laboral en Nicaragua, de la BBC

None | 27 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Rosa tiene 33 años y se puede decir que trabaja de sol a sombra vendiendo "cajetas de leche" (un dulce tradicional) por las calles de Managua, capital de Nicaragua.

A las siete de la mañana y salteándose únicamente los domingos, Rosa se ubica en un cruce de semáforos de la carretera a Masaya y comienza la labor que le da los córdobas (la moneda local) que necesita para sobrevivir, y no la abandona sino hasta que oscurece y el tráfico comienza a mermar.

Junto a ella está su esposo Amílcar, de unos 35 años, su hija Carla y su sobrino Sergio, de siete y once respectivamente. Amílcar vende frutas tropicales, mientras que los dos niños limpian los parabrisas de los coches que hacen un alto en el concurrido semáforo.

Entre todos hacen en promedio 65 córdobas por día (US$3.80) ya que, según explica Rosa, hay días malos, "como cuando llueve o hace mucho calor", en los que reúnen unas 35 córdobas, y otros buenos, "cuando la gente está mejor o con más dinero", en los que pueden llegar a ganar hasta 85 o 90.

"Sólo hace falta darse una vuelta por Managua para comprobar la habilidad de los nicaragüenses para vender en las calles todo tipo de productos"

Sea día bueno o malo, lo que está claro es que lo que ganan apenas les alcanza para vivir en un país donde el salario mínimo nacional (en el área agropecuaria) asciende a 792 córdobas (US$47), el boleto de transporte capitalino cuesta 2.50 córdobas (15 centavos de dólar) y un litro de leche (dependiendo de la calidad y del lugar donde se compre) unos 9 córdobas (53 centavos de dólar).

Y dónde el Producto Interno Bruto (PIB) por habitante es de US$809, según cálculos del Banco Central de Nicaragua, y más del 40% de la población vive bajo la línea de la pobreza.

La familia de Rosa no es la única en Nicaragua que recurre a la economía informal para ganarse el pan de cada día. Sólo hace falta darse una vuelta por Managua para comprobar la habilidad de los nicaragüenses para vender en las calles todo tipo de productos, que van desde frutas y comidas tradicionales hasta prendas de vestir o artículos para el hogar.

Según datos de la encuesta de empleo elaborada por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) de Nicaragua en 2004, el 56,7% de los trabajadores urbanos (unas 656.000 personas) y el 71,7% de los rurales (580.000 personas) pertenecen al sector informal, entendiendo por éste a todos aquellos que se ganan la vida en un centro de trabajo de 1 a 5 trabajadores y que no cumplen con las reglas establecidas para el sector formal.

Aunque vale aclarar que estas cifras han registrado una caída en ambos grupos si se compara con la encuesta del año anterior.

Entre los empleados en el sector informal están incluidos los que trabajan por cuenta propia (excluidos técnicos y profesionales), los trabajadores familiares no remunerados y los trabajadores de micro–empresas (patrones y sus empleados). Estos trabajadores informales pertenecen a casi todas las actividades económicas, pero se concentran en el agro y las actividades afines, el comercio, los restaurantes y hoteles y la industria manufacturera.

Se calcula que la economía informal nicaragüense contribuye con aproximadamente un 40% del Producto Interno Bruto (PIB) del país.

Y si lo que se gana como producto de la actividad informal no alcanza, una de las opciones que consideran los nicaragüenses, mas que nada los más pobres, es la de emigrar. Los destinos preferidos son Costa Rica, El Salvador y Estados Unidos, donde trabajan en la construcción, las labores agrícolas y en el servicio doméstico.

Luego, desde estos lugares envían remesas a sus familias (unos US$810 millones en 2004, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo, BID). "Allá en El Salvador se gana en dólares y hay más trabajo", explica Rosa. Se calcula que sólo en el Salvador viven más de 40 mil nicaragüenses.

Es por eso que Amilcar está considerando cruzar la frontera para ganarse unos dólares con la recolección de la cosecha de café en ese país. En el Salvador, Amilcar podría ganar entre 70 y 80 centavos de dólar por cada arroba que corte, mientras que en Nicaragua recibiría entre 60 y 70 centavos de dólar por cada lote de café.

No se puede negar que la economía informal tiene dos caras. Una negativa, que promueve la evasión fiscal (el no pago de impuestos), la competencia desleal, la venta de artículos "piratas" y la inestabilidad pública, generando un ciclo vicioso en el que se perpetúa la pobreza y el bajo crecimiento.

Pero también tiene otra cara positiva, la que justamente juega el papel de rescate al brindar trabajo a una fuerza laboral desocupada y ofrece la posibilidad de que miles de familias puedan sobrevivir y contribuir con su trabajo a la economía nacional.

El desafío está en que el gobierno y las instituciones financieras continúen fomentando las políticas de acceso al crédito o las iniciativas educativas y de apoyo a las pequeñas cooperativas puestas en práctica en los últimos años, para que familias como la de Rosa puedan abandonar lo "informal", salir adelante y contribuir sin claroscuros con la economía nicaragüense.


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