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Los desafíos de Schafik al FMLN, por William Grigsby Vado

None | 7 de Febrero de 2006 a las 00:00

Los desafíos de Schafik

Por William Grigsby Vado, para la Revista Envío del mes de febrero de 2006

Más allá del dolor (compartido con centenares de miles de salvadoreños humildes) la muerte de Schafik puede convertirse en una extraordinaria oportunidad para el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Desde la distancia y el cariño, me atrevo a mencionar algunos aspectos que me parecen relevantes en la coyuntura interna ahora abierta.

  1. El FMLN como organización, sus propuestas para el país y sus dirigentes como líderes, han calado en lo que otros denominan "El Salvador profundo" y es simplemente el pueblo salvadoreño. Por eso los homenajes populares tan masivos, tan emotivos, tan llenos de afecto pero sobre todo, tan repletos de convicción. La gente que llegó a despedirse de Schafik (¿quién dice que es un rito católico? ¿no es acaso mucho más indígena?) durante cinco días consecutivos, no lo hizo por cumplir un protocolo partidario o motivada por la morbosidad o estimulada por los medios (cuyo silencio fue aún más morboso). La mayoría tenía su propio motivo, y este, a su vez, tenía un profundo arraigo ideológico. Por eso es que esa poderosa demostración política tiene un significado cualitativo sustancialmente distinto a cualquier otra manifestación en la historia del FMLN.
  2. Después de las elecciones del 12 de marzo corresponderá asumir la ausencia de Schafik. Y para entonces, habrá no solo mayor sensatez, reposo y ecuanimidad, sino también motivos para celebrar. Porque seguramente los resultados electorales serán mucho mejores de lo que anticipaban las encuestas antes del 24 de enero. Y quizás serán tan buenos como los de hace tres años. Decía el padre José María Tojeira que la muerte de Schafik "aumenta la conciencia. El crecimiento de conciencia en un país pobre con una pésima distribución de la riqueza favorece el pensamiento de izquierda y a la izquierda política del país". En efecto, si bien habrá un ingrediente de tributo en ese crecimiento del voto, también habrá otro de conciencia. Y eso, no es simplemente fruto de un evento trágico: es el fruto de una semilla hace tiempo sembrada.
  3. El liderazgo de Schafik no ha sido fruto ni de la improvisación ni de la publicidad ni siquiera de la guerra. No ha sido un liderazgo a la usanza del caudillismo de otras fuerzas tan cercanas como el Frente Sandinista. Fue tejido durante muchos años y su principal sustento han sido –entre otros factores– la firmeza ideológica, la flexibilidad política, la coherencia personal y la consecuencia revolucionaria. Son cualidades por desgracia cada vez más escasas también en los movimientos revolucionarios, sobre todo en esta parte del mundo. Tras los acuerdos de paz de 1992, derivó como un natural reconocimiento primero, de los militantes del FMLN, luego de vastos sectores sociales y finalmente coronado a nivel nacional durante la campaña electoral presidencial de 2004.
  4. Esa diferencia entre líder y caudillo, no es de matices. Ha sido posible porque en fin de cuentas, Handal es fruto de una dirección colectiva forjada en la guerra y desarrollada en la paz, que trascendió a la Comandancia de la guerrilla y a la Comisión Política del partido, y se trasladó a un conjunto de cuadros intermedios. Ese estilo colectivo amplio fue de importancia vital para que el FMLN pudiese no sólo sobrevivir (pese a los apocalípticos vaticinios de los desertores y otras especies semejantes), sino crecer y conquistar espacios políticos sin precedentes Algunos disfrazaron su cobardía política, sus vergüenzas personales y sus reniegos ideológicos, alegando que los otros eran ortodoxos, atrasados, trogloditas, dogmáticos y otros epítetos. Curiosamente, una vez que abandonaron el barco y se lanzaron a la mar de la democracia y el mercado, han naufragado como individuos y como políticos de la "izquierda moderna", porque se han quedado en el pasado. La gente no les cree, por muy comandantes o jefes guerrilleros que con mucho mérito llegaron a ser. Y en cambio, le sigue creyendo al FMLN. Schafik es uno de los "culpables", el más importante, pero no el único. "¿Y ahora qué?", es una pregunta que implica una concepción equivocada del papel de Schafik, porque supone que sin él, el FMLN pierde casi todo o que después de él, no hay futuro. Es un grave error de juicio. De paso, conviene subrayar que el liderazgo de Schafik no ha sido caudillismo, entre muchas otras razones porque los cuadros, los militantes y los electores del FMLN, no lo permitieron con él, ni creo que lo permitan con nadie más.
  5. Una de las cosas que más se extrañarán ahora será la experiencia (y cómo no, también la astucia) política de Schafik, para saber conciliar posiciones, a veces ásperas y ríspidas entre compañeros y compañeras, sin más motivo que la miopía. Schafik era un factor de unidad y no de división, como con tanta perfidia había sembrado la derecha en la opinión pública. Pero su muerte no significa que no lo pueda seguir siendo.
  6. Ahora a los compañeros y compañeras del FMLN les corresponde resolver desafíos. Leonel (Salvador Sánchez Cerén) tiene ahora sobre sus hombros una enorme responsabilidad. Es el único de la conducción histórica que se mantiene en el partido y su experiencia (más allá del cargo que ocupe) será crucial para conservar, estimular y consolidar la dirección colectiva en todos los niveles, como componente estratégico para asegurar el futuro de la organización. Ese solo factor –el carácter colectivo de la dirección política– es la esencia de la vida democrática de una organización revolucionaria, cuyo objetivo no es tomar el poder para convertirse en un buen administrador, sino para transformar el sistema. Los nuevos líderes y las nuevas líderes, surgirán naturalmente.
  7. El FMLN, con una dirección colectiva y un nuevo liderazgo, tendrá que revolucionar sus estructuras partidarias a todos los niveles y en todos los sectores, para que sean capaces de absorber y canalizar toda esa energía desplegada por el pueblo salvadoreño durante los actos fúnebres de Schafik. Hasta ahora han permanecido estancadas, muchas veces atrincheradas en sus propias disputas de poder y con un celo ideológico desproporcionado. Y en este sentido, el partido tendrá que encontrar la fórmula salvadoreña para reconstruir una organización que sea capaz de articular militantes ideológicos, luchadores sociales, activistas electorales, pero sobre todo soñadores que no sólo tienen ganas de hacer cosas, sino conciencia suficiente para tomar la oportunidad de transformar la realidad que les aprisiona.

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