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Tiemblan los grupos de presión conservadores

None | 8 de Enero de 2006 a las 00:00

Por Jim Lobe, Agencia Inter Press Service (IPS)

La declaración de culpabilidad en varios cargos del influyente republicano estadounidense Jack Abramoff amenaza con exponer una red de grupos de presión y legisladores derechistas cuyo auge, desde inicios de los años 90, se alimentó de dinero, tráfico de influencias y convicciones ideológicas.

Abramoff se declaró a principios de enero, culpable de fraude, evasión impositiva y conspiración para sobornar a funcionarios públicos. Y el miércoles hizo lo mismo en relación a acusaciones de fraude por otro caso en el sudoriental estado de Florida. Esta figura fue un puntal de la conservadora política republicana desde 1994, cuando el partido del actual presidente George W. Bush ganó control de la Cámara de Representantes por primera vez en 50 años. Su caída –y la amenaza que ahora supone para otros republicanos poderosos, como su patrocinador político más importante, el ex jefe de la mayoría en la cámara baja, Tom DeLay– reforzará los esfuerzos del opositor Partido Demócrata de exponer la corrupción oficial con vistas a las elecciones legislativas de noviembre. Los demócratas esperan recuperar en esos comicios el control de por lo menos una de las cámaras del Congreso legislativo.

Los demócratas no salieron indemnes, sin embargo, dado que algunos importantes dirigentes opositores también recibieron contribuciones para sus campañas de Abramoff. De acuerdo a su declaración acordada entre sus abogados y los fiscales federales que trabajaron más de dos años en el caso, Abramoff, de 47 años, tendrá que pagar más de 26 millones de dólares a sus ex clientes –la mayoría de ellos tribus indígenas que administran casinos en sus reservas– y al Tesoro de Estados Unidos. También podría ser sentenciado a 30 años de prisión. Pero es probable que la sentencia resulte reducida, dado que Abramoff coopera con una investigación más amplia. Según informes publicados por la prensa, los fiscales están investigando a media docena de legisladores, incluyendo a DeLay, quien presuntamente aceptó favores o pagos de Abramoff a cambio de votos, pero la cantidad podría ampliarse a otros 15 o 16.

Según el diario The Wall Street Journal, el propio Abramoff dijo tener información que podría implicar a unos 60 legisladores y a sus equipos, así como a varios funcionarios del gobierno del presidente Bush. "El caso es significativo y el plan de corrupción con Abramoff es muy amplio", dijo Alice Fisher, fiscal federal a cargo de la investigación. Observadores señalan que el escándalo parece el peor en décadas. En septiembre, el ex director de la sección de adquisiciones federales de la Oficina de Administración y Presupuesto de la Casa Blanca, David Safavian, fue arrestado por "mentir y obstruir una investigación penal" sobre la negociación de Abramoff con el gobierno federal. La Casa Blanca ha anunciado la devolución de 6.000 dólares de una contribución electoral vinculada a Abramoff, quien alcanzó el grado de "pionero" en la campaña para la reelección de Bush, en 2004, recaudando más de 100.000 dólares en su nombre.

El anuncio de la Casa Blanca es el último de una serie por parte de dirigentes republicanos, incluyendo a DeLay, el presidente de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert, y el jefe en funciones de la mayoría, Roy Blount, que buscan desvincularse de la generosidad de Abramoff. Las declaraciones prometen devolver o donar a organizaciones benéficas decenas de miles de dólares de contribuciones de Abramoff. Éste comenzó su ascenso al poder en los años 80, cuando se alineó, en su calidad de presidente del Comité Nacional de Republicanos Colegiados, con otras dos ascendentes superestrellas republicanas. Una de ellas fue Grover Norquist, actual director de Americans for Tax Reform (Estadounidenses por la Reforma Impositiva), uno de los estrategas clave de la extrema derecha y estrecho asesor del principal colaborador político de Bush, Karl Rove. El otro fue Ralph Reed, ex director de Christian Coalition of America (Coalición Cristiana de Estados Unidos), quien se desempeñó como mariscal de campo de la campaña de 2004 en los estados meridionales y ahora se postula a vicegobernador en el sudoriental estado de Georgia.

A mediados de los años 80, Abramoff se alistó en varias actividades relacionadas con la llamada "Doctrina Reagan", la política que brindó apoyo encubierto a militares y paramilitares "anticomunistas" en el mundo en desarrollo, según una investigación del periódico The Washington Post. De ese modo, trabajó de cerca con los dirigentes de la "contra" nicaragüense, haciendo cabildeo por su causa en el Congreso, con el líder rebelde angoleño Jonas Savimbi, y con el régimen segregacionista sudafricano del apartheid, finalizado en 1994. El régimen racista de Sudáfrica pagó en secreto a la International Freedom Foundation (Fundación Internacional para la Libertad) de Abramoff alrededor de 1,5 millones de dólares por varios servicios, según testimonios recogidos por la Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación.

Su carrera como cabildante despegó en 1994 con la "Revolución republicana", liderada por Newt Gingrich, cuando comenzó reclutar como clientes a tribus indígenas, de las cuales recaudó casi 82 millones de dólares a cambio de que el Congreso y el Poder Ejecutivo no perturbaran sus lucrativas operaciones de casinos. Esos aportes se tradujeron luego en contribuciones a las campañas, a menudo concretadas a través de una red de organizaciones "pantalla", partidos de golf en el exterior, cenas gratuitas en los restaurantes de Capitol Hill (sede parlamentaria) y palcos en espectáculos deportivos de Washington.

Abramoff y DeLay se vincularon en 1995, y el constante ascenso del segundo en la escalera del liderazgo republicano reforzó la imagen del primero como persona decisiva para influir en la Cámara de Representantes. Ambos constituyen una extraña pareja. DeLay es un ferviente cristiano evangélico y líder de la derecha cristiana en la cámara baja, mientras Abramoff es un judío ortodoxo. Pero tenían intereses en común, particularmente consolidar el control republicano del Congreso y promover una agenda ultraconservadora tanto en Estados Unidos como en Medio Oriente.

A comienzos de este año, la revista Newsweek informó que varios de los clientes indígenas de Abramoff donaron más de un millón de dólares a Capital Athletic Foundation (Fundación Atlética Capital), una organización benéfica supuestamente establecida para la juventud urbana pobre, y muy favorecida por DeLay. Según Newsweek, más de 140.000 dólares fueron enviados a colonos judíos radicales en Cisjordania, que usaron ese dinero para comprar trajes camuflados, aparatos de luz infrarroja, visores nocturnos y otros equipos de "seguridad".

Según la revista American Conservative, Abramoff también persuadió al diputado Robert Ney –otro miembro de la dirigencia republicana que parece ser un importante blanco de la investigación judicial– de otorgar un contrato por tres millones de dólares para mejorar la recepción de los teléfonos lugar de oferentes estadounidenses. Abramoff también tuvo una larga relación con Daniel Lapin, un rabino de extrema derecha originario de Sudáfrica, que fue pionero en la construcción de una alianza entre algunos líderes judíos ortodoxos y la derecha cristiana, de la cual Reed fue figura importante.

Sus intereses en el exterior tampoco se limitan a Israel. Pese a su ferviente sionismo, Abramoff representó a las fuerzas armadas pakistaníes en Washington a fines de los años 90, a Malasia, a Zaire (hoy República Democrática de Congo) durante el gobierno del presidente Mobuto Sese Seko (1965-1997) y, últimamente, a empresas petroleras rusas. A comienzos de 2005 se supo que en 2003 el gobierno del presidente de Gabón, Omar Bongo, pagó a Abramoff nueve millones de dólares para obtener una reunión con Bush en la Casa Blanca, que se llevó a cabo en mayo de 2004. Según el Post, tanto él como un ex asesor de DeLay, Michael Scanlon –quien también se declaró culpable en la misma investigación federal– crearon un "grupo de expertos" sin fines de lucro, que en realidad era un arma de cabildeo a favor de clientes a quienes ellos no querían representar oficialmente, como Malasia o compañías petroleras que operaban en Sudán.

Vicios privados, virtud pública

Por Lisandro Otero, Rebelión. [email protected]

La ultra derecha que se ha apoderado del poder en Estados Unidos está compuesta de cuatreros de chaleco y corbata, de verdaderos forajidos que no solamente bombardean, asesinan y reprimen sino que atracan la propiedad pública, entran en complicidades furtivas con la empresa privada y defraudan la confianza de los electores. Un verdadero dechado de primores. Esto ha salido a la luz una vez más con el escándalo en torno al cabildero Jack Abramoff, quien fue objeto de investigaciones durante dieciocho meses y, acusado, se confesó culpable de conspiración y fraude, corrupción y evasión de impuestos, con lo cual arriesga una sentencia de diez años de cárcel.

El problema es que muchos dirigentes republicanos se encuentran envueltos en las prácticas de soborno que practicaba Abramoff, entre ellos el Presidente Bush que se ha visto obligado a donar precipitadamente seis mil dólares que Abramoff le había entregado para su campaña. Al menos, es lo que se sabe hasta ahora y es probable que se callen muchas transacciones y desaparezcan las pruebas de otras fullerías. Abramoff estaba tan bien relacionado con los Bush que formó parte del equipo de transición cuando el tejano dio el golpe judicial que le llevó a la presidencia.

En Estados Unidos, el "paraíso de la democracia y la libertad", existe la costumbre de que agentes de grandes corporaciones financieras y otras naciones establezcan oficinas para influir en los resultados de la legislación. Mediante un sutil cohecho logran alterar los resultados de la votación en el Congreso y lograr que se aprueben o desaprueben leyes que convengan a sus intereses.

Jack Abramoff era uno de estos cabilderos y a menudo se le comparaba con Don Corleone. Uno de los legisladores que sufrió su contacto con él fue el representante republicano Tom DeLay quien se vio obligado en fecha reciente a dimitir temporalmente de sus funciones por su asociación con Abramoff quien representaba, entre otros, al Consejo de Intercambio Corea-Estados Unidos y en tal calidad le facilitó viajes de recreo a DeLay. Abramoff había abierto dos distinguidos restaurantes en las proximidades del Capitolio al cual los senadores y representantes acudían de gorra con frecuencia aceptando sus generosas invitaciones. Abramoff entregaba boletos para espectáculos, invitaciones a partidas de golf, viajes y dinero en efectivo a los "respetables" legisladores que practicaban esta rapacería elegante sin pestañear. Por si todo esto fuera poco Abramoff era un gran benefactor de la comunidad judía y donaba fuertes sumas para sus escuelas.

Pero hay más. Abramoff compró una flota de barcos casino, dedicados al juego, que le costó 147.5 millones de dólares transacción para la cual logró un préstamo bancario de sesenta millones de dólares. Lo más interesante es que quien le facilitó esa compra, el trapichero del juego, Konstantinos Baulis, apareció muerto en forma misteriosa poco después.

En total se considera que Abramoff ha donado 1.25 millones de dólares al Partido Republicano. Solamente el presidente de la Cámara, Dennis Hastert se ha visto obligado a devolver a obras de caridad sesenta y nueve mil dólares que le donara Abramoff. Porque en muchas ocasiones los fondos que entregan los cabilderos son supuestamente para fondos electorales o necesidades del partido pero los "honorables" congresistas logran distraídamente que esas sumas se integren a su patrimonio privado.

Un legislador necesita en Estados Unidos considerables sumas de dinero para ser electo y por ello muchos de ellos suelen ser opulentos hombres de negocios. Quienes necesitan redondear sus fondos electorales acuden a los cabilderos. Uno se preguntará qué tipo de ética puede prevalecer en un país en el cual quienes reciben la confianza del electorado para establecer regulaciones que favorezcan al bien común, utilizan el poder recibido para beneficio personal y acrecentar su nivel de vida. ¿Cómo puede llamársele democracia a una estructura integrada esencialmente por una oligarquía millonaria?

Este nuevo escándalo viene a asociarse con el de la poderosa Emron, el principal operador mundial de energía, que se declaró en bancarrota a finales del año 2000 tras haber estado fuertemente comprometida con la elección de Bush y haberle entregado ingentes sumas para su campaña electoral. El reinado del hijo idiota en la Casa Blanca no solo rezuma sangre y lágrimas, sino que está podrido hasta la raíz por su conducta desvergonzada, e inmoral de atracadores sin principios.

Washington for sale

Por Rupert Cornwell, The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Virginia Scardamaglia.

El restaurante con paneles de madera propiedad de Jack Abramoff en la avenida Pennsylvania, donde daba de beber y de cenar a sus amigotes del Congreso, ahora permanece cerrado y vacío. Los millones de dólares que entregó a políticos en contribuciones de campaña están siendo rápidamente desviados a obras de caridad. Pero el Washington oficial no se librará de él tan fácilmente. Casi dos años atrás, Abramoff era el rey sin corona de K Street o el Pasaje Gucci, la calle más importante para los lobbistas de Washington. Ahora es la figura central en el mayor escándalo político en una generación –un embrollo de comisiones, fraude, tráfico de influencias, y soborno que pueden destruir algunos de los nombres más importantes del Congreso–.

La semana pasada su desgracia era completa. El antiguo super-lobbista salió con dificultades de una corte de Washington a cuatro cuadras de su restaurante Signatures, luego de completar un acuerdo con los fiscales federales. Un sombrero negro oscurecía a medias su cara, un piloto negro estaba ajustado fuertemente alrededor de su amplio estómago. Fue un penoso final para una carrera que era un estudio de caso sobre el verdadero modo en que Washington funciona, más allá de las glamorosas recepciones y las conferencias de prensa. El joven Jack Abramoff comenzó a hacerse conocer a principios de 1980 como presidente de los Republicanos Universitarios. Fue a Hollywood y produjo un par de películas, antes de volver a Washington en la cresta de la ola de la impresionante toma republicana del Congreso en las elecciones de mitad de período de 1994. Junto a dos amigos de los Republicanos Universitarios, el líder conservador y cristiano Ralph Reed y el fanático de reducción de impuestos Grover Norquist, era parte de una poderosa red que se expandía hasta incluir un ambicioso parlamentario de Texas llamado Tom DeLay.

Hacer lobby se trata de dinero y acceso –y en ambos, Abramoff tenía las entradas correctas–. DeLay era su contacto y aliado crucial. Simultáneamente, Abramoff dio con un importante abastecedor de dinero en la forma de seis tribus indígenas listas para gastar megadólares para proteger sus lucrativos intereses de casino. Junto con su socio Michael Scanlon (que fue en el pasado vocero de DeLay), Abramoff extrajo 80 millones de dólares de las tribus para hacer avanzar su causa en Washington. El esquema era complejo, aunque hermosamente simple. Se quedaban con parte del dinero de los indígenas, otra parte la utilizaban para distribuir favores a los congresistas, y otra parte la utilizaban para demostrar que eran gente muy poderosa. Además de las tribus, las Fuerzas Armadas paquistaníes se contaban entre los muchos clientes de Abramoff. Su ritmo era frenético, pero incluso encontró tiempo para organizar negocios, incluyendo Signatures y una escuela preparatoria judía en los suburbios de Washington. Para finales de la década, dirigía una verdadera industria de tráfico de influencias.

Abramoff mantenía cuatro lujosos palcos en el estadio de Washington, donde llevó a cabo 72 eventos de recaudación de fondos –mayormente para Republicanos– entre 1999 y 2003. En alrededor de un año, Signatures proveyó de comidas gratis por un valor de 80.000 dólares para sus camaradas; para los más favorecidos hubo viajes a St Andrews y otros santuarios escoceses de golf. Con sus lobbistas autorizados y sed insaciable por financiamientos de campañas, el sistema legislativo norteamericano ha sido calificado como soborno legalizado. Con Jack Abramoff, se convirtió en corrupción completa. Pero las tribus que lo hicieron quien es terminaron destruyéndolo. La sórdida saga salió a la luz en audiencias del Senado a principios de 2004, con emails de Abramoff y Scanlon describiendo a sus clientes como "monos" y "trogloditas".

El FBI comenzó una investigación, y a finales de 2005 Scanlon llegó a un acuerdo con la fiscalía, acusando a Abramoff. Para salvar su pellejo –o, posiblemente, reducir su probable sentencia de 30 años a un máximo de 11–Abramoff hizo lo mismo, admitiendo evasión de impuestos, fraude y conspiración para sobornar, y acordando cooperar con los fiscales. En otras palabras, dirá nombres. Se cree que el FBI está indagando a al menos 20 miembros del Congreso y asesores importantes. La confesión de Abramoff encendió la luz de la cocina en medio de la noche. Las cucarachas se están escabullendo en búsqueda de refugio, entregando sobornos, y repitiendo: "¿Jack Abramoff? Nunca lo conocí." Pero rodarán cabezas. Entre ellas la de DeLay, quien ayer confirmó que su rol como líder de la mayoría en la Cámara de Representantes ha terminado. En el 2000 aceptó un viaje de Abramoff a Escocia. Lo mismo hizo en 2002 el congresista republicano Bob Ney, que probablemente será expulsado de su presidencia de un poderoso comité de la Cámara –y posiblemente le irá peor–. Dennis Hastert, el vocero, ha dado rápidamente los 69.000 dólares de fondos que recibió de Abramoff a una afortunada asociación de caridad, pero puede no ser suficiente para salvarlo.

Este escándalo difícilmente involucra a George Bush. Pero sin embargo ser un desastre para el presidente. La mayoría (aunque no todos) de los involucrados son Republicanos, y los votantes podrían castigar al partido entregando el control del congreso nuevamente a los demócratas en las próximas elecciones de mitad de término. Eso permitiría audiencias controladas por los demócratas sobre Irak y otros papelones, haciendo miserables los dos últimos años de su administración.


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