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Lo que Katrina sacó a flote

None | 18 de Septiembre de 2005 a las 00:00

Por Juan Gelman, Página/12

Katrina sumergió a Nueva Orleans, pero no todo sepultó. Al revés: sacó a luz el verdadero rostro del Organismo federal de gestión en situaciones de emergencia (FEMA, por sus siglas en inglés), no menos infeccioso que las aguas que todavía contaminan la ciudad. Su función declarada es salvar las vidas y atender las necesidades de los estadounidenses afectados por catástrofes naturales. Pero en el caso de Nueva Orleans hizo todo lo contrario: rechazó la ayuda que la compañía ferroviaria Amtrak ofreció para evacuar a las víctimas de la inundación, negó a la Cruz Roja el permiso para entregarles comida y medicinas, hizo pegar la vuelta a los camiones de Wal Mart cargados de abastecimientos, rechazó las ofertas de generadores y de otros equipos necesarios para el desagote de las aguas, bloqueó una flotilla de 500 botes en los que ciudadanos particulares traían ayuda (www.rense.com, 9-9-15). En otras palabras, se dedicó a acelerar la muerte por deshidratación, hambre y falta de asistencia médica de damnificados cuyo número tal vez nunca se conocerá. Por añadidura, FEMA trata de controlar el acceso de los medios a la zona de desastre (Editor&Publisher, www.mediainfo.com, 7-9-05) y, siguiendo sus indicaciones, efectivos del ejército han confiscado cámaras y anotaciones a periodistas y fotógrafos (Der Spiegel, 8-9-05). Se trataría de algo inexplicable, pero no.

Desde su instalación en 1979 hasta 1995, "FEMA sólo ha invertido el 6 por ciento de su presupuesto en situaciones de emergencia nacionales y destinado el grueso de su financiamiento a la construcción de instalaciones subterráneas para garantizar la continuidad (de las actividades) del gobierno en caso de situaciones de emergencia graves, exteriores o locales" (Harry V. Martin, Free America, www.sonic.net/sentinel, 1995). Agrega Martin que el general Frank Salzedo, director de la División de seguridad civil de FEMA, aclaró perfectamente en una conferencia de prensa que tuvo lugar en 1983 la finalidad del organismo: proteger a los miembros del gobierno de intentos de asesinato, "a las instalaciones civiles y militares de sabotajes y/o ataques, e impedir que grupos disidentes ganen acceso a la opinión pública norteamericana, o a una audiencia mundial en tiempos de crisis". Cuando el huracán Andrew azotó el sur de Florida en 1992 se descubrió que FEMA, en vez de haber invertido en la prevención de las consecuencias anunciadas de un desastre semejante, había gastado 1300 millones de dólares en la construcción de bunkers secretos a lo largo y lo ancho de EE.UU. en cumplimiento de los objetivos anunciados por el general Salzedo. ¿Y los desastres naturales? Bien, gracias.

En realidad, FEMA ha estado involucrado en cuestiones de seguridad nacional desde el comienzo mismo de sus actividades (www.lew rockwell.com/orig5/sam ples7.html). Por ejemplo, en el diseño de la operación REX-84, actividad que el Miami Herald del 5-7-87 describió como propia de "un gobierno secreto dentro del gobierno". El plan incluía la vigencia de la ley marcial, la suspensión de las garantías constitucionales y acciones agresivas contra manifestaciones de protesta, así como la puesta en marcha de "medidas nacionales de previsión de casi todo, desde un ataque nuclear (del exterior) hasta una insurrección civil" (www.totse.com/en/cons piracy/163636.html). En la elaboración del proyecto participó nada menos que Oliver North. Se recuerda que el coronel impune organizó en 1986 el operativo Irán-contras: a cambio de la liberación de cinco norteamericanos que el grupo pro iraní Hezbolá había capturado en el Líbano, Reagan vendió 4 mil misiles Tomahawk a Irán –pese al embargo de armamentos que pesaba sobre el régimen del ayatollah Jomeini– mediante una operación encubierta que incluyó a Israel como mediador. North fue elarquitecto del operativo y desvió millones de dólares de las ganancias obtenidas con esa venta a los grupos nicaragüenses que combatían contra el gobierno sandinista. Katrina también sacó su nombre a flote y permitió lo que parece un ejercicio de las facultades reales del FEMA.

Los miembros del cuerpo "Blackwater USA", la fuerza principal de los mercenarios que el Pentágono alquiló para luchar en Irak, patrullan las calles de la ciudad arrasada. "La catástrofe que devastó Nueva Orleans y el sur del Golfo de México dio lugar a la mayor movilización militar en territorio norteamericano de la historia moderna. Casi 65 mil efectivos están desplegados en la zona de desastre, convirtiendo a la ciudad portuaria en una zona de guerra", observa el dirigente socialista estadounidense Bill Van Auken (www.wsws.org, 8-9-05). Y propone: "No hay duda alguna de que la incompetencia y la indiferencia jugaron un gran papel (en retrasar la asistencia a las víctimas del huracán), pero también hay evidencias sólidas de que la Casa Blanca y el Pentágono retuvieron deliberadamente esa ayuda en función de una estrategia ideada para imponer un control militar absoluto en la ciudad". Van Auken subraya que el Comando Norte del ejército norteamericano preparó ya varios "planes de guerra" en caso de conmoción interna y/o de ataques terroristas, incluso con armas nucleares, en alguna ciudad importante del país, y que "la catástrofe que se abatió sobre Nueva Orleans creó condiciones ideales para ensayarlos". Los planes del Pentágono son planes del Pentágono y nada importan las vidas que cobran.

Esos planes además parecen un ejercicio de "destrucción de la demanda" de quienes Henry Kissinger calificó alguna vez de "inútiles que comen". FEMA prometió entregar cheques de 2 mil dólares a los damnificados por Katrina, es decir, a pobres que en su mayoría no tienen cuentas bancarias, ni documentos de identidad, ni techo, ni trabajo. Ahora no usan electricidad ni gas y eso alivia la crisis energética de EE.UU. Esta clase de contracción del consumo es algo viejo: recuerda las prácticas infanticidas de muy antiguas civilizaciones. El calentamiento global azota Nueva Orleáns

Por Jeremy Rifkin, diario El País, España

Primero fue el ensordecedor estruendo del Katrina que se cernía a 240 kilómetros por hora sobre la costa del Golfo, en Estados Unidos. Luego fue el silencio sobrecogedor, mientras las víctimas eran arrastradas hasta la orilla y al mar. Y en los días posteriores, parece que todo el funcionariado de Washington esté aguantando la respiración, por si el vergonzoso secreto sale a la luz: que el Katrina es la factura de la entropía por haber incrementado las emisiones de CO2 y el calentamiento global. Los científicos llevan años advirtiéndonos. Nos dijeron que vigiláramos el Caribe, donde es probable que aparezcan los primeros efectos dramáticos del cambio climático en forma de huracanes más rigurosos e incluso catastróficos. En los últimos años se ha reanudado la actividad e intensidad de los huracanes en la cuenca del Caribe. Ahora, la tormenta asesina del Katrina se ha cobrado su venganza y ha sembrado una devastación incomprensible en una amplia franja de la zona sureste de Estados Unidos.

La realidad es que se recordará al Katrina como la "gota que ha colmado el vaso" en la era de los combustibles fósiles, el momento en el que la ciudadanía estadounidense comenzó a descartar el cómodo mito de que el fin de la etapa del petróleo y los catastróficos efectos del calentamiento global pertenecen a un futuro lejano. El futuro llegó a las costas del lago Ponchartrain con una gigantesca ola que se precipitó por las calles de Nueva Orleans para sembrar la destrucción y el caos en las tierras bajas de la región del golfo de Misisipi el lunes 29 de agosto, y el resultado es que Estados Unidos y el mundo han cambiado para siempre.

El Katrina no es sólo una cuestión de mala suerte, el envite ocasional y por sorpresa de la naturaleza contra una humanidad desprevenida. No se equivoquen. Nosotros hemos creado esta tormenta monstruosa. Conocíamos el impacto potencialmente devastador del calentamiento global desde hace casi una generación. Aun así, pisamos el acelerador, como si nos importara un bledo. ¿Qué esperábamos? El 25% de los vehículos estadounidenses son utilitarios deportivos, todos ellos con motores mortíferos que arrojan cantidades récord de CO2 a la atmósfera de la Tierra. ¿Cómo explicar a nuestros hijos que los estadounidenses representan menos de un 5% de la población mundial, pero que devoran más de una cuarta parte de la energía de combustibles fósiles producida anualmente? ¿Cómo decir a los apesadumbrados familiares de las víctimas que han perdido la vida en el huracán que hemos sido demasiado egoístas como para permitir tan siquiera un modesto impuesto adicional de tres céntimos por cada cuatro litros de gasolina para fomentar el ahorro de energía? Y cuando nuestros vecinos europeos y de todo el mundo pregunten por qué la ciudadanía estadounidense estaba tan poco dispuesta a convertir el calentamiento global en una prioridad mediante su firma del Tratado de Kioto sobre el cambio climático, ¿qué les diremos?

En los próximos días y semanas, millones de estadounidenses saldrán al rescate de las víctimas del huracán Katrina y ofrecerán sangre, cobijo y ayuda económica. Las catástrofes naturales sacan lo mejor del carácter estadounidense. Nos enorgullecemos de estar ahí para el prójimo cuando pide ayuda a gritos. ¿Por qué no somos capaces de dar la misma respuesta apasionada cuando es la Tierra la que la pide? Vergüenza tenía que dar a Estados Unidos y a los pueblos de otros países -no somos los únicos- el haber antepuesto sus caprichos y gratificaciones personales a corto plazo al bienestar del planeta. Por supuesto, ahora estamos pagando el precio. Nos encontramos atrapados entre dos frentes tormentosos. Por un lado, la demanda petrolífera global está eclipsando, por primera vez en la historia, al suministro global de petróleo. El precio de un barril de crudo es ahora de 62 dólares en los mercados mundiales. La gasolina y el petróleo para calefacciones están subiendo tan rápido como las aguas que inundan los Estados del Golfo, en parte porque la tormenta ha arrasado plataformas petrolíferas de todo el golfo de México y ha inutilizado un elevado porcentaje de nuestras refinerías.

Estamos entrando en las últimas décadas de la era del petróleo, con consecuencias que no presagian nada bueno para el futuro de la economía global, dominada casi totalmente por los combustibles fósiles. Aunque nuestros petrogeólogos no están seguros de cuándo alcanzará la producción global de petróleo su techo -el momento en que se haya consumido la mitad del petróleo recuperable del mundo-, todo el mundo, excepto las ilusas almas del sector petrolífero, tiene claro que el principio del fin está en el horizonte. Por otro lado, nuestra biosfera se retuerce por el aumento de los gases de CO2, y no hay salida ni escapatoria. Nuestro planeta se está calentando y nos está atrapando en un nuevo periodo impredecible de la historia. Durante las próximas semanas se celebrarán miles de misas conmemorativas para presentar nuestros respetos a los muertos, desaparecidos y heridos. Habrá nerviosismo y recriminaciones. La ciudadanía exigirá saber por qué fallaron los diques que protegían Nueva Orleans y la región del puerto del Golfo, por qué no se adoptaron las precauciones necesarias para reducir al mínimo el impacto del Katrina, por qué la ayuda fue tan escasa y llegó tan tarde. Sin embargo, lo que probablemente no oiremos del presidente Bush y la Casa Blanca, de los líderes empresariales ni, de hecho, de quienes todavía conducimos deportivos es un "¡lo sentimos!" colectivo.

En estos momentos de dolor, el presidente Bush ha realizado un llamamiento al pueblo estadounidense para que se una a las tareas, para que ayude a restaurar los diques y pasos elevados, para que arregle las carreteras y reconstruya las casas y comunidades perdidas en la devastación. ¿Con qué fin, si no ponemos barreras al fantasma del calentamiento global? La próxima vez será una tormenta de categoría 5 o algo mucho peor e inimaginable. Si pudiera tener la atención del presidente Bush sólo por un momento, esto es lo que le diría: "Señor presidente, si usted hubiera mirado en las profundidades del ojo del huracán, lo que habría visto es la futura desaparición del planeta en el que vivimos". Es hora de decir a los ciudadanos de Estados Unidos y del mundo que la verdadera lección del Katrina es que debemos movilizar el talento, la energía y la determinación del pueblo de Estados Unidos y de todas partes para desengancharnos del oleoducto que amenaza el futuro de todas las criaturas de la Tierra. Presidente Bush, ahórrese sus homilías sobre las agallas y la determinación del pueblo estadounidense para "capear el temporal y perseverar". Mejor, díganos la verdad sobre por qué se ha producido el Katrina. Pídanos a todos que nos planteemos un cambio de actitud respecto al derroche de energía que exige nuestro despilfarrador estilo de vida. Exhórtenos a conservar nuestras reservas de combustibles fósiles y a hacer sacrificios en nuestro uso futuro de la energía. Facilítenos una estrategia para llevar a Estados Unidos de los combustibles fósiles a un futuro energético sostenible basado en fuentes renovables de energía y alimentación por hidrógeno. Estamos esperando...

Katrina, acto segundo

Por Cándido,Rebelión

La tragedia del Katrina tendrá larga duración y se desarrollará en varios actos. El primero puso al desnudo, la insensibilidad, la injusticia, la incompetencia y la vulnerabilidad de un sistema. Y sobre todo, la sordidez detrás de la fachada de la "potencia más poderosa del planeta". En este caso la miseria y marginación de la mayoría de la población negra y latina de Nueva Orleans y, como inevitable consecuencia, el elevado índice de criminalidad que se multiplica hasta lo indescriptible en situaciones extremas como las vividas por sus habitantes. El desamparo de las víctimas, su impotencia y su rabia ante la inoperancia de los organismos responsables, en un país que se vanagloria de su poder en todos los terrenos, marcó el tempo del primer acto. Como en el atentado terrorista del 11-S, en el que también Bush estuvo en una galaxia hasta muchas horas después de ocurrido, y en el que, según testimonios posteriores no desmentidos, hubo anuncios y alertas previos de que se iba a producir, así fue en Nueva Orleans. En un caso por rivalidades y zancadillas entre los distintos servicios de seguridad, como causas más visibles, y en esta tragedia, menos natural de lo que ha querido presentarse, por la suma de las carencias enunciadas, más la presunción de un ingrediente racista, la respuesta fue catastrófica. Imposible no comparar con lo que ha sucedido en Cuba en situaciones similares, donde la disciplinada coordinación entre autoridades y organizaciones populares, propias de una sociedad basada en la solidaridad, ha hecho posible en más de una oportunidad la evacuación anticipada de hasta medio millón de personas, con un costo insignificante de vidas humanas.

Ahora ha comenzado el segundo acto de la tragedia, caracterizado por: 1) la búsqueda de "chivos" expiatorios, ante la avalancha de críticas que dentro de los propios Estados Unidos, (lo que hace suponer que no provienen de "antiamericanos ") y del mundo en general ( "antiamericanos" según los terroristas mediáticos), han puesto contra las cuerdas a Bush, sus asesores y al sistema que representan. En esa búsqueda de "culpables", altos responsables que un lunes fueron elogiados por Bush "por la heroica tarea cumplida", eran despedidos de sus cargos al día siguiente. 2) Búsqueda desesperada de "mejorar la imagen" (misión imposible) del presidente, con el concurso de alguna prensa "encamada" del interior y la mayoría de los "perros guardianes" de afuera, que es mucho más obsecuente que la anterior. Estos que habían permanecido en silencio, sin razones para defender lo indefendible, se plegaron a los "argumentos" de los asesores de la Casa Blanca, de trasladar a las autoridades locales de Nueva Orleans las culpas del manejo criminal antes y después del huracán. 3) Como esa táctica no dio resultados, porque las mentiras no destruyen los hechos, una nueva carta se puso en juego: el reconocimiento, con rostro compungido, falso de toda falsedad. del presidente Bush asumiendo sus culpas, y admitiendo, casi con las mismas palabras empleadas por los "antiamericanos" que el " Katrina ha puesto en evidencia graves fallos" en el manejo de la tragedia y en la propia seguridad de la nación. Y la promesa de "investigar a fondo los hechos".

La estrategia de "lavado de cara" tuvo un capítulo más en la apertura de la Asamblea General de Naciones Unidas donde los asesores de Bush, por primera vez desde el 11-S, pusieron en su boca la idea de una relación entre la pobreza y la marginación de millones de seres, y el terrorismo.Y por último ha anunciado, desde el lugar de la tragedia, que la ciudad será reconstruida y que los habitantes tendrán viviendas, trabajo, salud y educación. Un programa similar al de Cuba y Venezuela, casualmente. Los medios del mundo, siempre crédulos a la voz del imperio, han difundido profusamente la noticia.

Uno quisiera creer que su autocrítica es sincera.Y que las promesas serán cumplidas. Pero a un hombre que mintió para "justificar" una guerra, que sigue mintiendo sobre su secuela de muerte y destrucción, torturas e inestabilidad global, es difícil creerle. Uno podría empezar a creerle -y sería grato poder hacerlo- si en esa misma comparecencia ante la comunidad internacional hubiera dicho: "perdón, me equivoqué, mi país se va a retirar de Irak, va a firmar el Protocolo de Kioto, va a levantar el bloqueo a Cuba que tanto daño causa al pueblo cubano y va respetar la legalidad internacional y los derechos humanos liberando o sometiendo a juicio a los prisioneros de Guantánamo" Pero nada de esto ha ocurrido. Puede que el acto tercero aclare algunas de estas interrogantes. Pero lo que es seguro es que estará dominado por la tragedia de los que salvaron la vida en Nueva Orleans, pero lo perdieron todo y están hacinados en diversos locales, sin ninguna esperanza de que las ayudas prometidas por el gobierno servirán para rehacer, si es posible, en la insalubre y devastada región de la que se vieron obligados a huir, sus maltrechas vidas.

Katrina y la locura

Por John Berger, Traducción para La Jornada Ramón Vera Herrera

A veces ocurre que por un momento una pregunta es más pertinente que las respuestas o las explicaciones. No estoy seguro de que la pregunta que quiero hacer sea de este orden, pues tiene aire de ser ingenua. Sin embargo quiero compartirla con ustedes.

En septiembre, a consecuencia de la catástrofe ocurrida en Nueva Orleáns, cuyos efectos y aflicciones durarán por años, la gente en Estados Unidos y en todo el mundo comienza a examinar de nuevo la cuenta de Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Rove et al, hasta hoy líderes de la primera superpotencia mundial. Un cambio en la opinión de las personas ocurrió de la noche a la mañana. Tumbándonos en nuestros asientos, la historia abrió de pronto su vórtice.

Mientras en Nueva Orleáns 20 mil personas quedaban atrapadas y varadas en el Superdome, Katrina reveló (todo mundo se refiere al huracán por su nombre, como si fuera una especie de avatar) que en Estados Unidos hay una aguda y rampante pobreza, que es común que los negros sean tratados como indeseables ciudadanos de segunda clase, que los sistemáticos recortes de la inversión gubernamental en las instituciones públicas ha producido un vasto desequilibrio y abandono social (40 millones de estadounidenses viven sin asistencia alguna cuando enferman o se lastiman), que la llamada guerra contra el terrorismo está produciendo un caos administrativo y que en esta situación, y contra todo esto, comienzan a elevarse voces de protesta claras y fuertes.

Para quienes lo padecen, y para quienes quieren entender, todo esto era evidente antes de Katrina. Lo que cambió fue que los medios, por una vez, estuvieron ahí, mostrando lo que ocurría. Con su terrible gesto Katrina barrió y limpió la pantalla opaca. En forma fantasmal los todavía innumerables muertos del Golfo de México hablaron no en favor de, sino con, los cientos de miles de iraquíes que murieron a consecuencia de la desastrosa y criminal guerra que ahí continúa. Una y otra vez, la prensa estadounidense mencionó a Katrina e Irak juntos.

Y con todo, Katrina obedeció las reglas. Pertenecía a las condiciones climáticas familiares que afectan al golfo mexicano. No estaba escondida en Afganistán. Y con todo lo inmisericorde que fue no pertenecía a ningún eje del mal. Era simplemente una amenaza natural para las vidas y propiedades estadounidenses en su camino a Luisiana. Que el presidente y sus colegas selectos enfrentaran los retos que implicaba Katrina habría ido en favor de sus propios intereses (y de la nación), como también lo era prever las necesidades de sus víctimas y reducir lo más posible el dolor y el pánico que se instalaron. Si ellos, el gobierno, no pudieron hacer esto, no podrán culpar a nadie más: son los responsables. Un niño puede darse cuenta de esto. Y ellos fracasaron rotundamente. Su fracaso fue técnico, político, emocional. "Pasan cosas", murmura Rumsfeld.

¿Será posible que este gobierno esté loco? Es mi pregunta ingenua. Esperen. Intentemos definir esta variante de locura, porque tal vez nunca antes haya ocurrido. No tiene nada que ver con la locura de un Nerón que canta y toca la lira mientras arde Roma. Toda locura, sin embargo, implica una desconexión con la realidad o, para ponerlo de forma más precisa, con lo existente. La variante de la que hablamos toca las relaciones entre el miedo y la confianza, entre ser amenazado y ser supremo.

No hay negociación posible entre estos dos polos. Su "locura", entonces, opera como obturador que instantáneamente apaga un polo y prende el otro.

Y lo grave de esto es que en los largos periodos de negociación entre el miedo y la confianza es donde lo existente se analiza y observa en su complejidad multitudinaria. Es ahí donde uno aprende algo acerca de lo que uno enfrenta. Una "locura" binaria excluye esta reflexión.

En el portaviones Abraham Lincoln Bush anunció hace dos años: "¡Misión cumplida en Irak!" De alguna manera esta aflicción binaria hace eco con los mecanismos de la bolsa de valores, donde sólo hay la posibilidad de comprar o vender, sólo operan dos polos -aguantar o empujar- y apenas si se siente el resto de lo que existe: no pesa ni dónde ni cómo existe.

En Wall Street los analistas financieros predicen un aumento en las ganancias de las corporaciones petroleras como resultado del desabasto ocasionado por la catástrofe del Golfo de México.

Cinco días después del impacto de Katrina, cuando por fin el presidente Bush visitara la devastada ciudad, dejó mudos a los periodistas al decir: "No creo que nadie haya anticipado ese desconcierto de los que huían". El mismo día, en el pequeño poblado de Biloxi, un equipo se anticipó a la visita aérea del presidente y con presteza limpió los escombros y los cadáveres en la ruta que tomaría el cortejo. Dos horas después el equipo se desvaneció, dejando el resto del pueblo como estaba.

Apenas si se siente el resto de lo que existe. Nos equivocamos en el diagnóstico al pensar que esto es cinismo o mera dureza del alma. Sus visitas fueron una operación planeada como preludio a la aseveración: "Mostraremos una vez más al mundo que las peores adversidades sacan lo mejor de Estados Unidos". El obturador cambia de fase.

Los cálculos del actual gobierno estadounidense están íntimamente relacionados con los intereses globales de las corporaciones y de lo que se define como supervivencia de los más ricos, aquellos que también, constante y abruptamente, vacilan entre el miedo y la confianza. El economista Grover Norquist, vocero de los intereses corporativos, y a quien Bush & Company escuchan al planear sus reformas fiscales para beneficio de los pudientes, dijo: "No quiero abolir el gobierno. Simplemente quiero reducirlo al tamaño necesario para poder arrastrarlo al baño y ahogarlo en la tina".

Una ignorancia de casi todo lo que existe, y una abdicación de lo mínimo que puede esperarse de un gobierno. ¿No nos aproximamos a desconexiones que pueden considerarse locura cuando se presentan en quienes creen que dominan el planeta?

Todos los líderes especulan alguna vez con la verdad, pero aquí las desconexiones son sistemáticas y cercenan no sólo sus anuncios sino sus cálculos estratégicos. De ahí su ineptitud. Su operación en Afganistán falló, su guerra en Irak la ganó Irán (o al menos eso se dice). Katrina pudo producir la peor catástrofe natural en la historia de Estados Unidos y las actividades terroristas aumentan.

En mi teléfono celular recibí un mensaje de texto. La propuesta era que si quería ayudar a los desamparados de Luisiana enviara la palabra FLOOD (inundación) a un número determinado, más el equivalente de cinco dólares descontables a mi cuenta, que se transferirían de inmediato a la organización. Me gustaría enviar más palabras que escribiéramos entre todos nosotros: ???? + el poder global / manos inútiles d los q nada saben?

Nota: el mensaje de "texto" escrito en forma abreviada se ha vuelto tradición en los mensajes de celular, y dice: ¿Cuánto más el poder global en las manos inútiles de los que nada saben?

La embarrada contra Nueva Orleáns

Por Lisandro Duque Naranjo, [email protected] Semanario El Espectador, Colombia

No se imaginan todavía los estadounidenses los cambios que se producirán en su sociedad apenas se repongan del atolondramiento que les produjo el Katrina. Y que ojalá sean para su bien y el del resto del mundo. Un personaje de las características de Bush, por ejemplo, así concluya lo que le falta de gobierno —que en todo caso no podrá ejercerlo de igual forma a como lo hizo hasta la fecha—, quedará descontinuado por un tiempo, y posiblemente del todo. Su indiferencia e incredulidad, bastante primitivas, respecto a los acertados pronósticos de la ciencia sobre lo que le esperaba al delta del Mississippi, han puesto en evidencia —por si hiciera falta— su exigua calificación como mandatario de una potencia con altos y complejos desarrollos.

Si el episodio de las Torres Gemelas les permitió a los americanos la confortable, y muy provisional, certeza de que el enemigo era el mundo islámico, la devastación de Nueva Orleans no tardará en convencerlos de que la amenaza principal habita dentro de ellos mismos, en su modo de vida y en sus hábitos de consumo. Que el terrorismo realmente bravo, y contra el cual los métodos del Pentágono y de cualquier presidente nada pueden, está en esa alianza entre el "efecto invernadero" y la debilitada capa de ozono, a cuya disminución ellos contribuyen en un 25% con su emisión de gases. Comprendido esto, pero además que la naturaleza no se calienta apenas contra el Tercer Mundo —así haya sido humilde e inocente el pedazo de territorio gringo al que acaba de agredir—, tendrán, forzosamente y por mero instinto de conservación, que modificar sus costumbres y creencias, tan afincadas en el despilfarro. Y asumir que, después del 29 de agosto de 2005, dejaron ya de ser el pueblo elegido por excelencia e inmune a las calamidades. Que de ahora en adelante, y mientras se resignan a montar menos en carro, cada tanqueada de gasolina les va a producir complejo de culpa ante sus hijos, contra cuyo futuro se sentirán conspirando.

La paradoja que les tocará resolver es inédita y de resultados imprevisibles. Acostumbrados a atribuirles, sin ningún fundamento, carácter de amenazas a países remotos como Corea, Vietnam, Afganistán e Iraq, o a personajes como Bin Laden, Saddam Hussein, Fidel Castro y Hugo Chávez, o a productos como el ántrax, la cocaína, el cigarrillo, el colesterol y las vacas locas, de repente se les viene encima la revelación de que uno de los grandes peligros contra su felicidad y existencia radica en el abuso de lo que siempre han tenido como el supremo símbolo del sueño americano: el automóvil. Sobre este artefacto edificaron su concepto de prosperidad individual. En él se inspiraron para diseñar sus largas y anchas autopistas. Por él abandonaron sus "downtowns", yéndose a vivir a distantes suburbios y construyendo más lejos aún sus centros comerciales. Y por él han hecho, también, las últimas guerras. ¿Podrán dejar de usarlo la cuarta parte del tiempo, alterando rutinas y conductas, o le impondrán al resto del mundo —que aporta el 75% de gases tóxicos— la restricción que deben cumplir ellos?

Cualquiera sea la respuesta, lo indudable es que los americanos han quedado súbitamente advertidos, y nada menos que por un factor que sólo pueden enfrentar con prudencia y humildad, de que son vulnerables y no pueden continuar igual. Por simple defensa propia, pues los elementos desatados les demostraron que no estaban exentos de desgracias.

Otros serán ahora el rumbo y el valor de una cantidad de fenómenos que sacuden y hacen infeliz nuestro tiempo. Las invasiones motivadas en el petróleo, por ejemplo, comenzando por la actual guerra contra Iraq, ya no se medirán con el mismo rasero que hasta hace poco, y puede que hasta disminuyan o pierdan el escaso apoyo con que cuentan. Ojalá que en breve se vuelva antigua la frase reciente de la señora Cindy Sheenan, madre de un soldado americano muerto en Bagdad: "¿Por qué será que cada que nuestro ejército marcha a algún lugar a salvar la humanidad, termina encontrando petróleo?".

No bastó, para ganar conciencia sobre el peligro de la Tierra, el drama asiático del tsunami hace unos meses, sino que fue preciso que la naturaleza arrasara a la muy emblemática —y casi sin automóviles— cuna del jazz, los blues, los gospels y los spirituals. El que quedara en el Golfo de México, cerca de donde sabemos, sirvió de campanazo.

Katrina y Kyoto

Por Juan Pablo Ruiz Soto, especialista en manejo de recursos naturales en el Banco Mundial. Los puntos de vista aquí expresados, no representan ni pueden atribuirse a la entidad para la cual trabaja. Semanario El Espectador, Colombia.

Mucho se ha dicho sobre el cambio climático y su posible relación con la frecuencia e intensidad de los huracanes. Respecto al cambio climático, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (PICC), máxima autoridad planetaria en el tema, reconoció en su tercer informe que el calentamiento de la superficie de la Tierra estará entre 1,5 a 5,8 grados en los próximos cien años. Hace una década, sólo reconocía entre 1 y 2 grados para el mismo período. Para el año 2007 se espera un cuarto informe con nuevas predicciones y todo indica que incluso pueden ser más alarmantes.

El tercer informe reconoce impactos inevitables, así de inmediato se redujeran al mínimo las emisiones de gases efecto invernadero. Entre los impactos anunciados están: cambios extremos en el clima y temperaturas más altas; cambios en el ciclo del agua con sequías e inundaciones; incremento en el nivel de los océanos; caída en la productividad de la agricultura; y degradación en ecosistemas naturales.

En América Latina, los impactos más importantes se relacionarán con: el deshielo de los glaciares y la degradación de los ecosistemas de alta montaña; el incremento en el nivel de los océanos; el incremento de enfermedades tropicales asociadas a vectores como el dengue y la malaria; la pérdida de biodiversidad; la disminución en la productividad de la agricultura y la mayor frecuencia de incendios forestales.

La relación entre los huracanes y el cambio climático aún requiere más investigación. Los cambios en intensidad y frecuencia de los huracanes, registrados desde 1995, todavía no se consideran científicamente evidencia de cambios que superen ciertos ciclos naturales. Sin embargo, ya es aceptado por el PICC, que el aumento de temperatura en la superficie del mar Caribe tiene un efecto sobre los máximos en la velocidad de los vientos y la intensidad de las precipitaciones, una vez formados los huracanes. Esto incrementa el riesgo de inundaciones, erosión de las costas y destrucción de infraestructura. La relación entre cambio climático y aumento en la frecuencia de los huracanes, aún está en investigación.

El huracán Katrina se enmarca dentro del incremento en frecuencia e intensidad de los huracanes en los últimos 10 años. Lo excepcional fue la ruptura de los diques en Nueva Orleans y su impacto sobre la población, la política y la economía de la mayor potencia económica del mundo. Esto generó una alarma mundial, que no lograría generar la desaparición de islas enteras en el Caribe. Falta ver si la caída en los precios de la finca raíz en los estados caribeños de los Estados Unidos presiona de manera suficiente para que ese país asuma los compromisos de Kyoto.

Así como en Nueva Orleans fue la población más pobre la que por su vulnerabilidad puso el mayor número de muertos, en el mundo entero son los países y las poblaciones pobres las más expuestas a los impactos del cambio climático.

En Nueva Orleans la población económicamente más pudiente pudo evacuar la ciudad a tiempo y encontrar refugio en lugares fuera de la zona de riesgo. Los países desarrollados disponen de infraestructura para disminuir el efecto que sobre la agricultura puede tener el cambio en el clima, pues cuentan con sistemas de riego y capacidad de almacenamiento de agua para mitigar sequías e inundaciones. También tienen mejor infraestructura para resguardarse de los cambios extremos de temperatura. Los países pobres son mucho más vulnerables a la sequía, las inundaciones, la caída en productividad agropecuaria por cambios en el ciclo hidrológico, al dengue, a la malaria y desde luego al impacto de los huracanes.

Lo más desequilibrado del asunto es que mientras Estados Unidos, con el 5% de la población del mundo, aporta el 23% de los gases efecto invernadero, América Latina y el Caribe, con el 15% de la población, aportan sólo el 6% de los gases efecto invernadero, y sin embargo vivirán con mayor rigor e intensidad los efectos devastadores del cambio climático. La dolorosa experiencia del Katrina tiene que modificar la posición de los políticos de Estados Unidos frente a Kyoto y al cambio climático.


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