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El gran oso y el gas venenoso

None | 7 de Noviembre de 2005 a las 00:00

El abrazo del oso de Estados Unidos

Por Mike Marqusee, CounterPunch. Traducido para Rebelión por Felisa Sastre. http://www.counterpunch.org/marqusee10262005.html

En la época de auge del colonialismo británico, francés, belga o portugués, si se hubiera preguntado a los ciudadanos de Londres, París, Bruselas o Lisboa si sus países eran la sede de un gran imperio transcontinental, habrían contestado sin dudar que "sí", y la mayoría lo hubiera hecho con orgullo. Pero hoy, si se para a un estadounidense en la calle, y se le hace la misma pregunta, es probable que todo lo que se consiga sea una mirada de sorpresa.

Estados Unidos mantiene bases militares en 140 países extranjeros (no es necesario recordar que en su territorio no existen bases de otros países). Gracias a su desmesurado gasto militar- que supone más que el del conjunto de los siguientes 32 países mejor armados del mundo-, EE.UU. dispone de un poder coercitivo mundial y único: un monopolio que trata de conservar a cualquier precio, tal como la actual National Segurity Strategy deja bien claro. Estados Unidos reclama y ejerce la prerrogativa, que deniega a las demás naciones-estado, de derribar a otros gobiernos y ocupar otros países. Valiéndose del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio, determina el destino económico de la mayoría de la gente del planeta. La realidad es que el destino de miles de millones de personas que viven fuera de las fronteras de Estados Unidos depende de las decisiones tomadas en Washington.

Sin embargo, se nos dice, no es un Imperio. La verdad es que Estados Unidos prefiere el dominio indirecto al directo, de forma que su dominación, en la mayoría de los casos, se lleva a cabo a través de alianzas militares y comerciales en lugar de recurrir a las conquistas abiertas. Pero los imperios del pasado también utilizaban esos métodos, así que lo que constituye la singularidad estadounidense es su persistencia, en la mayoría de los casos sincera, en negar su imperialismo.

Poco después de la invasión de Irak, Donald Rumsfeld insistía en Aljazira: "No somos una potencia colonial; nunca lo hemos sido". Lo mismo aseguraba Colin Powell: "Nunca hemos sido imperialistas. Tratamos de instaurar un mundo en el que la libertad, la prosperidad y la paz lleguen a constituir el legado de todo los pueblos. Ambos parecían sorprendidos y ofendidos ante la idea de que nadie pudiera pensar de otra manera.

La letanía de negativas se remonta a épocas pasadas. Sandy Berger, consejero de Clinton para la Seguridad Nacional, describía Estados Unidos como "la primera potencia mundial de la historia que no tiene un poder imperial". Nixon, en sus memorias, afirma que EE.UU. "es la única gran potencia sin una historia de aspiraciones imperialistas". Cuando, en 1965, Johnson envío tropas para derribar al Gobierno electo de la República Dominicana, insistía " Durante toda nuestra historia nuestros soldados se han despegado en el exterior, en muchas tierras, pero siempre han vuelto cuando ya no eran necesarios. El objetivo de Estados Unidos nunca es el suprimir la libertad, sino el de protegerla siempre".

La historia de la negación coincide con la historia de las intervenciones, y ello nos retrotrae hasta las primeras décadas de la República, cuando las fuerzas estadounidenses se implicaron en acciones militares para proteger a sus barcos mercantes en el Mediterráneo, el Caribe, Sumatra y Perú. En la política exterior estadounidense, el respeto a la soberanía de otros países siempre ha ocupado un segundo lugar a continuación de los intereses comerciales propios. A finales del siglo XIX, EE.UU. se anexionó Hawaii y docenas de pequeñas islas en el Pacífico, e hizo uso de la fuerza militar para asegurarse puntos de apoyo para los mercados de China y Japón.

En 1898, cuando Estados Unidos arrebató Filipinas, Cuba y Puerto Rico al agonizante imperio español, anunció la llegada de "una nueva época de libertad" en las tierras "liberadas". Los filipinos se tomaron en serio aquella retórica y se rebelaron contra la dominación, mediante la fuerza, de los estadounidenses. 250.000 filipinos y 4.200 estadounidenses murieron tras más de una década de brutal contra-insurgencia. Las víctimas estadounidenses se habían multiplicado por diez en relación con las habidas en la guerra hispano-estadounidense, sin embargo en los libros de texto de historia, de forma rutinaria, se dedica mucho más espacio a esta última guerra que a la primera.

"Estados Unidos", declaró Woodrow Wilson, era "la única nación idealista del mundo". Wilson pregonó la "autodeterminación nacional" como la piedra angular del nuevo orden mundial pero desplegó las tropas en el exterior con más frecuencia que ninguno de sus predecesores: contra Méjico, Haití, República Dominicana, Cuba, Panamá, Nicaragua y la recién nacida Unión Soviética.

Gracias a los libros de texto de historia, a Hollywood, a la televisión y a los políticos (demócratas y republicanos), el pueblo estadounidense se mantiene en la ignorancia de su pasado imperial. Cada una de las intervenciones estadounidenses se presenta como una respuesta altruista a un momento de crisis. Al no existir un imperio estadounidense, ni modelo, costumbres o sistema de dominación extraterritorial, las razones para cada intervención se evalúan según las apariencias. De algún modo, siempre coinciden de forma mágica los principios de la libertad y la felicidad humana con los intereses nacionales de Estados Unidos o, para ser más precisos, con los intereses económicos de la elite estadounidense.

En los últimos años, la realidad de que Estados Unidos es un Imperio ha dejado de ser un secreto, incluso entre los propios estadounidenses. Comentaristas como Robert Kaplan y Niall Fergusson han apremiado a Estados Unidos para que deje de lado sus remilgos y afronte sus responsabilidades imperiales. Rememorando de nuevo "la pesada carga del hombre blanco" (que Kipling exigió que asumiera Estados Unidos en la época de la guerra en Filipinas), alegan que los imperios han sido y pueden se beneficiosos, y que Estados Unidos es un Imperio liberal, o, en palabras de Michael Ignateff: " Un imperio light, una hegemonía mundial que se basa en el libre mercado, la democracia y los derechos humanos".

Parece que el uso de esta nueva retórica imperial queda, en gran medida, reservada a algunos sectores de intelectuales- tanto liberales como conservadores. Bush y sus portavoces tiene mucho cuidado en evitarla o refutarla, ya que la mayoría de los estadounidenses se sienten incómodos o desconcertados con ella, y resulta inaceptable para aquellos en Asia, África y Latinoamérica cuyas vida y conciencia han quedado marcadas por los movimientos anticoloniales.

La oposición a la dominación extranjera no es una sacudida emocional, sino que se basa en la historia y la experiencia y en el estudio de probabilidades (entre las que no hay que olvidar que la potencia imperial pondrá sus propios intereses por encima de los de la gente a la que gobierna. La racionalización e incluso las formas de dominio imperial cambian, pero la realidad subyacente no varía: el poder decisivo, militar y económico, permanece en manos de una elite distante.

Tanto si se habla de un "Imperio descafeinado" o del unilateralismo de Bush, se puede escuchar la antigua cantinela sobre el excepcionalismo estadounidense; la difusión de que Estados Unidos tiene un solo destino, y éste está inmerso en el destino de la humanidad. Pero la Historia nos ha enseñado que muchos pueblos, en muchos lugares del mundo, temen el altruismo de los Estados Unidos. En un poema de los primeros años 20, titulado " Evening Land" (La tierra del atardecer), D.H. Lawrence decía:

Estoy tan aterrorizado, Estados Unidos,
por el abrazo metálico de tu contacto humano,
y, tras él,
el afilado, tortuoso y altruista amor desinteresado
el amor infinito
como un gas venenoso.

«La derrota de EE.UU. es una derrota política»

El filósofo italiano Toni Negri analiza como una "derrota" la invasión de Estados Unidos en Irak. Disertó en el recuperado Hotel Bauen y ante Página/12 auguró una perspectiva auspiciosa para América latina y criticó a la izquierda "tradicionalista" de Europa.
Por Verónica Gago, Página/12

El filósofo y militante italiano Toni Negri está en la Argentina por segunda vez. Viene de Chile y va hacia Brasil. Después de haber lanzado la polémica en el ámbito mundial con su libro Imperio sobre el fin del imperialismo clásico, ahora está convencido de que es un tiempo anómalo para América latina porque ha dejado de ser el "patio trasero" de los Estados Unidos. De la crisis argentina del 2001 a la actual crisis brasileña, pasando por el fallido golpe en Venezuela y las revueltas andinas, lee un cambio profundo y continental, capaz de dar lugar a un multilateralismo que dispute la pretensión norteamericana de soberanía imperial. En su diálogo con Página/12 insiste con que América latina está más avanzada que Europa para pensar la relación entre los movimientos sociales y los gobiernos en la experimentación de un radicalismo democrático.

–¿Qué actualidad tienen las tesis de Imperio luego de la intervención militar de los EE.UU en Irak?

–Luego de la salida de Imperio, la polémica se centró en el papel de los EE.UU. en la guerra, a partir de quienes sostenían que la política norteamericana se presentaba como política imperialista, lo que tendía a presentar la tesis de Imperio sobre la redistribución del poder en el nivel global como falsa. Viendo esta posición, lo primero que hay que decir es que la guerra en Irak no mostró el renacimiento de la función imperialista sino, más bien al contrario, la derrota definitiva del unilateralismo imperialista norteamericano. Y esto no sólo por la dificultad que los norteamericanos encontraron en la guerra misma, sino porque se ha demostrado que es absolutamente imposible conducir el proceso de acción de policía internacional fuera de un cuadro mundial de acuerdos que abarca otros actores y países. La derrota norteamericana no es sólo una derrota sobre el terreno, es sobre todo una derrota política debido a su incapacidad para instalar un orden en la zona. La guerra de Irak no implica una derrota como fue la de Vietnam, debido a la resistencia de los Viet-Cong, en el contexto de la Guerra Fría. La derrota actual es por falta de capacidad para construir una unanimidad en torno de una operación de guerra. En otro orden de cosas, el viejo derecho internacional, que era un clásico derecho del Estado nación, ha quedado completamente desplazado y, además, hay que considerar la absoluta incapacidad norteamericana de financiar esta guerra: la crisis del presupuesto norteamericano es algo verdaderamente grave.

–En otras oportunidades ha hablado de un "golpe de Estado" en el imperio. ¿Podría explicar esa imagen? ¿Cómo explicaría actualmente la formación de una estructura de poder en el imperio?

–En la situación actual, el proyecto norteamericano se revela en una crisis profunda. Bush es un pequeño Luis Bonaparte que intenta un golpe de Estado en el imperio para imponer un comando unilateral sobre la globalización. Esto no sólo no es posible sino que es extremadamente peligroso desde todo punto de vista. Pero además, ha entrado en crisis, también, la capacidad norteamericana de gestión ideológica para desarrollar políticas económicas: el neoliberalismo que parecía totalmente vigente hace unos pocos años es ahora rechazado por un amplio ciclo de luchas, lo que abre una situación extremamente complicada y variable. La guerra ha confirmado que el problema mayor es que el imperio no sabe hacia dónde se dirige. Lo que veremos, entonces, es una nueva batalla por ver quién comanda en el imperio, cuál es el régimen soberano que va a determinarse. La hipótesis que me parece más plausible hoy es la emergencia de un gran conglomerado aristocrático formado por las grandes potencias continentales tales como la China o la India, y parte de Europa, que se presentan en la primera línea de la mundialización.

–¿Y cómo evalúa la persistencia de una prédica antiimperialista en buena parte de la izquierda?

–De lo que estoy seguro es de que las ideologías antiimperialistas de las izquierdas tradicionales, que son profundamente conservadoras, son equivocadas. Ellas funcionan como una suerte de espejo deformante de las posiciones al estilo Fukuyama y su fin de la historia que piensa en términos de grandes naciones, más que en estas nuevas síntesis soberanas. O de Huntington, sólo él sí es un verdadero enemigo, porque organiza un discurso para las elites norteamericanas. Pienso, en cambio, para volver a lo anterior, que hay que prestar mucha atención al modo en que los movimientos sociales condicionan permanentemente las síntesis políticas, los nuevos modos soberanos. Se trata siempre de variables complejas.

–¿Cómo cree que participa América latina de esta nueva redefinición de la soberanía imperial?

–Parto de una idea básica y es que ésta parece ser la primera vez que América latina no actúa como patio trasero de Estados Unidos. Es muy significativo, en este sentido el derrumbe del ALCA. Esta modificación es realmente importante, aun si tenemos en cuenta la estabilización de este proceso por la presencia global del neoliberalismo. Esta novedad, además, se traslada al terreno político precisamente en un momento en que el gran vecino del Norte está en dificultades y no tiene capacidad de intervenir inmediatamente. De este modo, la situación de Brasil, signada por la victoria de Lula, ha producido una consolidación de una fuerza de izquierda y un equilibrio intercontinental positivo desde el punto de vista de los movimientos. De Uruguay a Venezuela, pasando por las intensas luchas de la zona andina, lo mínimo que se puede decir es que estamos ante una situación de profunda movilidad. Sobre el plano internacional, estos procesos se proyectan presentando a América latina con un gran potencial continental para participar, sobre el terreno trasnacional, de la gestión del mercado mundial. Lo cual, evidentemente, implica una verdadera innovación. Es en este sentido que podemos interpretar la importancia del desarrollo de las relaciones Sur-Sur. Es desde esta perspectiva, creo, que debemos valorar el papel de esta izquierda sudamericana en el gobierno por su impacto sobre el terreno global. ¿Qué significa, entonces, que un gobierno de América latina se plantee salir del FMI?: El fin de la dependencia es una posibilidad, una potencialidad. Y esa posibilidad es la que debemos pensar. Y el problema mayor que se nos presenta, entonces, ahora, es el de las relaciones entre movimientos y gobiernos, en la medida en que estos últimos están ante la posibilidad de profundizar este potencial creativo de nuevas formas soberanas.

–¿Cuál podría ser la relación entre gobiernos de izquierda y movimientos sociales?

–Antes decíamos que los gobiernos convivían, a su pesar, con un doble poder. Hoy se trata, en cambio, de un verdadero momento de transformación de la soberanía misma, y de la relación entre estos términos. Y esto se proyecta de modo directo a nivel internacional. Lo cual cobra gran importancia cuando uno recuerda que en la base del imperio está la guerra. Y en América latina es donde se ve cómo estas cosas pasan o no. ¿Qué sucede hoy en Brasil? Seguramente el movimiento va a pagar un precio muy alto por la estabilización actual del gobierno de Lula, al tiempo que los movimientos organizados sienten una enorme desilusión. La situación de la Argentina parece mantenerse en un cierto equilibrio luego de la crisis. Y está la situación venezolana que probablemente presenta el problema de modo caricaturesco, porque la propuesta viene de lo alto y ha desencadenado una energía enorme. Lo cierto es que se trata de la situación más radical de estos países porque puede ser la puerta de entrada de la guerra como variable por parte de los EE.UU.

–¿A qué se refiere cuando habla de un "nuevo pacto"?

–La cuestión de un nuevo pacto es la redefinición de una alianza estratégica. Pero el punto clave es el contenido multitudinario de este nuevo pacto. Por ejemplo, la defensa de la pequeña propiedad en Brasil, de modo que sea compatible con el desarrollo de la agricultura, que es de hecho un punto programático del MST. Contextualizado para América latina, esto implica la discusión de cómo pensar un pacto que no insista en la reproducción de una perspectiva keynesiana que ya no es posible: hoy no se puede discutir un pacto suponiendo una dinámica productiva dada por la gran industria, sino que el nuevo pacto debe referir a la relación entre las organizaciones sociales y la organización productiva en términos de la cooperación social. El gran error de la izquierda tradicional oportunista es que, si no se habla de las formas institucionales y políticas en las cuales la gran reforma deberá advenir, no se habla de nada. Sólo a partir de estas formas aparece la verdadera dimensión de un radicalismo democrático de base. La cuestión es qué significa hoy tener fuerza y cómo se consolida. Evidentemente, no es a través de un ejército. Este problema está muy presente en la Argentina, que es como un cuerpo abierto, óptimo para el análisis.

–Usted apoyó el "sí" a la Constitución europea en el referéndum francés. ¿Cómo explica esta posición que fue contraria a la mayoría de la izquierda europea?

–En Europa estamos presenciando la reconstrucción de la izquierda, como por ejemplo la Linkspartei alemana. La izquierda corporativa europea ha tenido su primera victoria en el "no" al referéndum a la Constitución en Francia. Para mí se trataba de impulsar un debate político sobre la relación que existía entre tres cosas: la presentación de Europa como alternativa necesaria a Estados Unidos, la construcción de un espacio europeo abierto a nuevas dinámicas y, por último, la consideración de la Constitución no como lo que daría definiciones positivas sino como una negatividad abierta a contradicciones bien interesantes. Esto no ha sido posible porque los movimientos sociales han sido absorbidos por esta izquierda tradicionalista, salvo una franja del movimiento que trabaja la cuestión de la migración. Cuando apoyé el sí muchos amigos se molestaron (risas). Pero la unidad en torno del no, sobre todo en Francia, es una unidad de locos: socialistas de derecha, estalinistas, intelectuales trotskistas y otros que se juntaron con la derecha y la ultraderecha en nombre de un resentimiento por el fin del Estado social y una supuesta defensa de derechos en detrimento de los migrantes.

–¿Cómo ve el movimiento de resistencia global?

–En profunda crisis. Lo que empezó en Seattle, siguió en Génova y continuó en el movimiento contra de la guerra ha descendido brutalmente. De esto se ha nutrido la reconstrucción de la izquierda tradicional. Pero lo interesante es que al interior de esta curva descendente ha comenzado otra que empieza a ser ascendente, protagonizada por luchas sociales de nuevo tipo, que se dan fundamentalmente alrededor del trabajo precario y de la migración.


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