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¿Quién nos protege del azote de la guerra?

None | 16 de Enero de 2006 a las 00:00

Defensa del derecho internacional

Por Jean Bricmont, figura destacada del movimiento antiimperialista, Jean Bricmont es profesor de física teórica en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Acaba de publicar Impérialisme humanitaire. Droits de l’homme, droit d’ingérence, droit du plus fort ? (Éditions Aden, 2005). Bricmont abrió la mesa redonda sobre la injerencia humanitaria durante la conferencia Axis for Peace 2005. En este texto, extraído de su último libro, explica que la paz sólo puede estar basada en el derecho internacional y que el derecho de injerencia, al igual que la manipulación de los derechos humanos, sirve de disfraz a la ley del más fuerte.
Desde Louvain-la-Neuve (Belgique)

Como explica perfectamente el jurista canadiense Michael Mandel, el derecho internacional contemporáneo tiene como objetivo, para citar el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, «proteger a las generaciones futuras del azote de la guerra». El principio básico para lograrlo es que ningún país tiene derecho a enviar sus tropas a otro sin el consentimiento del gobierno de este último. Los nazis lo hicieron repetidamente y el primer crimen por el que fueron condenados en Nuremberg fue el de agresión, crimen que «contiene y hace posible todos los demás».

«Gobierno» no quiere decir aquí «gobierno electo» o «respetuoso de los derechos humanos» sino simplemente «que controle efectivamente las fuerzas armadas» porque es ése el factor que determina que haya guerra o no cuando se atraviesan las fronteras. Es fácil criticar este principio básico, y los defensores de los derechos humanos no se abstienen de hacerlo. Por un lado, sucede a menudo que las fronteras de los Estados son arbitrarias, ya que son resultado de procesos antiguos que fueron totalmente no democráticos y porque muchas minorías étnicas no están de acuerdo con dichas fronteras. Por otro lado, nada garantiza que los gobiernos sean democráticos o que se preocupen un mínimo por el bienestar de su pueblo, pero el objetivo del derecho internacional no ha sido resolver la totalidad de los problemas. Como prácticamente todo el resto del derecho, trata de ser un mal menor comparado con la ausencia de derecho, y los que critican el derecho internacional deberían explicar cuáles son los principios que proponen en su lugar. ¿Puede Irán acaso ocupar al vecino Afganistán? ¿Brasil, por lo menos tan democrático como Estados Unidos, puede invadir Irak para instaurar allí una democracia? ¿Puede el Congo atacar Ruanda como autodefensa? ¿Puede Bangla Desh inmiscuirse en los asuntos internos de Estados Unidos para imponerle una reducción de sus emisiones de gases de efecto invernadero y «prevenir» así los daños relacionados con el calentamiento global a los que está expuesto ése país? Si el ataque «preventivo» estadounidense contra Irak es legítimo ¿por qué no lo fueron el ataque iraquí contra Irán, o contra Kuwait? Peor aún, ¿por qué el ataque japonés contra Pearl Harbor no fue un ataque preventivo legítimo? Cuando nos planteamos este tipo de preguntas, nos damos cuenta enseguida de que la única alternativa realista al derecho que actualmente existe sería, aparte del caos generalizado, la posibilidad para el Estado más poderoso del mundo de intervenir donde le parezca, a no ser que autorice a sus aliados a hacerlo.

Sin embargo, toda el pensamiento liberal elaborado desde el siglo XVII está basado en la idea de que existen esencialmente tres formas de vida en sociedad:

  • La guerra de todos contra todos;

  • un soberano absoluto que impone la paz mediante la fuerza;

  • En tercer lugar, un orden legal democrático, como mal menor.

Los regímenes dictatoriales, denunciados por los defensores de los derechos humanos, tienen las ventajas de un soberano absoluto: preservar el orden y evitar la guerra de todos contra todos, cuya expresión actual es la de los llamados failed states o «Estados fracasados». Los inconvenientes son bien conocidos: el soberano actúa según sus propios intereses, los súbditos no aceptan en su fuero interno la autoridad del soberano y éste provoca un ciclo infinito de revueltas y represión. Esta observación constituye la base misma de la argumentación a favor de la tercera solución.

Lo anterior se considera como algo banal en la discusión sobre el orden interno de los Estados democráticos. Veamos ahora el orden internacional. El soberano, si tuviéramos que abandonar los principios del derecho internacional existente, sería inevitablemente Estados Unidos. Este país persigue, evidentemente, sus propios intereses. Hay que señalar que los partidarios de la injerencia no siempre niegan lo anterior; pero sostienen entonces, haciendo una lectura muy selectiva de la historia, que esa búsqueda aporta al resto de la humanidad más beneficios que males. No comparto esa conclusión aunque, como quiera que sea, las consecuencias adversas del ejercicio de ese poder absoluto corresponden exactamente a lo que podría esperar un liberal clásico: Bin Laden, por ejemplo, es fruto del apoyo brindado a los muyaidines en Afganistán durante la época soviética; por otro lado, al vender armas a Irak, Occidente brindó involuntariamente una importante ayuda a la actual resistencia iraquí.

En 1954, Estados Unidos derrocó a Arbenz en Guatemala. Lo hizo sin esfuerzo y, aparentemente, sin riesgos para sí mismo. Pero al hacerlo contribuyó también a la formación política de un joven médico argentino que allí se encontraba y cuyo retrato campea hoy en el mundo entero: el Che Guevara.

Durante la Conferencia de Versalles, después de la Primera Guerra Mundial, un joven nacionalista vietnamita vino a Europa para defender la causa de la autodeterminación de su pueblo ante Robert Lansing, secretario de Estado de quien se presentaba entonces como el campeón de la autodeterminación, el presidente estadounidense Wilson. El joven vietnamita no fue tenido en cuenta. ¿Qué riesgo podía representar? Se fue entonces a Moscú, a perfeccionar su educación política, y se hizo célebre: se llamaba Ho Chi Min.

¿Quién sabe lo que engendrará en el futuro el odio que producen hoy las políticas estadounidense e israelí?

En el orden internacional, la tercera solución, la solución liberal, consistiría en brindar más democracia a nivel mundial, a través de las Naciones Unidas. Bertrand Russell decía que hablar de la responsabilidad de la Primera Guerra Mundial era como discutir de la responsabilidad de un accidente automovilístico en un país sin código del tránsito. La toma de conciencia sobre la idea de que el derecho internacional debe ser respetado y que los conflictos entre Estados deben poder ser controlados mediante una instancia internacional constituye de por sí un progreso esencial en la historia de la humanidad, comparable a la abolición del poder monárquico y de la aristocracia, a la abolición de la esclavitud, al desarrollo de la libertad de expresión, al reconocimiento de los derechos sindicales y de los derechos de la mujer e incluso a la idea de la seguridad social.

Es evidentemente al fortalecimiento de ese orden internacional a lo que se oponen Estados Unidos y todos aquellos se apoyan las acciones de ese país en nombre de los derechos humanos. Es de temer que las reformas de la ONU actualmente en estudio conduzcan a legitimar aún más acciones unilaterales. Según el argumento más comúnmente utilizado es escandaloso poner en igualdad de condiciones, en la ONU y particularmente en su comisión de derechos humanos, a los países democráticos y a los que no lo son. Ese argumento equivale a olvidar que en todas las reuniones de los países no alineados y en todas las cumbres del Sur, que representan al 70% del género humano, han sido condenadas –y no sólo por las «dictaduras»– todas las formas de injerencia unilateral, ya sean embargos, sanciones o guerras. A fin de cuentas, los imperialistas liberales, o sea la mayoría de los demócratas estadounidenses y buena parte de la socialdemocracia y de los Verdes europeos –quienes defienden la democracia en el plano interno mientras que predican la injerencia, o sea la dictadura de un solo país o de un grupo restringido de países, en el plano internacional– son totalmente incoherentes.

Finalmente, al quejarse, como sucede a menudo, de la ineficacia de la ONU, hay que pensar en todos los tratados y acuerdos de desarme o de prohibición de armas de destrucción masiva cuyo principal opositor es principalmente Estados Unidos. Son precisamente las grandes potencias las que se oponen con más hostilidad a la idea de que su última carta, el uso de la fuerza, pueda ser contrarrestada mediante el derecho. Pero, al igual que nadie sugiere, en el plano interno, que la hostilidad de la mafia hacia la ley pueda justificar la abolición de ésta, no se puede invocar el sabotaje de la ONU por Estados Unidos como argumento para desacreditar dicha institución.

Existe un último argumento a favor del derecho internacional que puede resultar quizás más importante aún que los demás: el derecho internacional es el escudo de papel que el Tercer Mundo creyó poder utilizar ante Occidente durante la descolonización. Quienes utilizan los derechos humanos para socavar el derecho internacional en nombre del «derecho de injerencia» olvidan que, durante todo el periodo colonial, no hubo fronteras ni dictadores que impidieran a Occidente implantar el predominio de los derechos humanos en los países sometidos. Si tal era su intención, lo menos que se puede decir es que los pueblos colonizados no tuvieron pruebas de ello. Esa es probablemente, además, una de las razones fundamentales que tienen los países del Sur para condenar con tanta fuerza el derecho de ingerencia.

Entrevista con Jean Bricmont

Por Joaquim Da Fonseca y Michel Collon, Red Voltaire

En su nueva obra, Imperialismo humanitario, Jean Bricmont denuncia la utilización del pretexto de los derechos humanos para justificar las agresiones contra los países del sur. Encuentro con un pacifista e intelectual comprometido. ¿Cómo un profesor de física teórica llega a escribir un libro sobre el imperialismo?

Siempre me ha interesado la política, al menos de manera pasiva. El principio de mi compromiso se remonta a 1999: lo suscitó la guerra contra Yugoslavia. Los motivos humanitarios invocados por Estados Unidos para justificar esta agresión me dejaron perplejo. También me sorprendió la falta de oposición de la izquierda –e incluso, en parte, de la extrema derecha– frente a esta agresión. He sido invitado a dar conferencias en todo tipo de lugares: iglesias protestantes, movimiento musulmán, círculos de estudiantes, Attac... Mi obra Imperialismo humanitario es, entre otras cosas, una reacción ante las preocupaciones y las conversaciones mantenidas con las personas y grupos con los que me encontré en estas conferencias. Este libro también es una respuesta a las actitudes de algunos militantes políticos que se dicen de izquierda. Legitiman las agresiones a países soberanos en nombre de los derechos humanos. O reducen hasta tal punto su oposición que ésta se vuelve simbólica.

¿Los derechos humanos a la basura?

Defiendo las aspiraciones contenidas en la Declaración universal de los derechos humanos de 1948. Ésta contiene un conjunto de derechos económicos, sociales, políticos e individuales. El problema surge cuando el no respeto, real o supuesto, de estos derechos sirve para legitimar una guerra, el embargo y otras sanciones contra un país. Cuando los derechos humanos se convierten en un pretexto de una injerencia violenta.

Además, muchas veces la Declaración solo se lee parcialmente. Cuando se habla de respeto a los derechos humanos, los derechos económicos y sociales suelen importar poco en relación a los derechos individuales y políticos. Tomemos la calidad de sanidad en Cuba. Se trata de un desarrollo absolutamente destacable de un derecho socio–económico. Sin embargo se ignora completamente.

Aun admitiendo que Cuba corresponde perfectamente a la descripción muy crítica que Periodistas sin fronteras hace de ella, esto no disminuye en nada la importancia de la calidad de su sanidad. Si se expresan reservas sobre el respeto a los derechos políticos e individuales cuando se habla de Cuba, al menos habría que mencionar la importancia de los derechos económicos y sociales de los que se benefician los cubanos. Podríamos preguntarnos, entonces, qué es más importante, los derechos individuales o el derecho a la sanidad. Sin embargo, nadie razona de esta manera. Los defensores de los derechos humanos ignoran generalmente el derecho a la vivienda, a la alimentación, a la existencia o a la salud.

Precisamente su libro indica que estos elementos son ignorados en las campañas mediáticas contra los países socialistas como Cuba o China. Usted escribe que si India hubiera adoptado la vía china se podrían haber salvado cuatro millones de vidas.

Partiendo de una base similar, los economistas Jean Drèze y Amartya Sen calculan que China e India han seguido caminos de desarrollo diferentes y que la diferencia entre los sistemas sociales de ambos países implica 3.900.000 muertos suplementarios al año en India. En América latina se habrían salvado 285,000 vidas al año si se hubiera aplicado el sistema cubano de sanidad y de alimentación. No digo que los éxitos en materia social y económica puedan justificar lagunas en otros derechos. Pero nadie afirmará lo contrario: el respeto de los derechos individuales y políticos no puede justificar que los derechos sociales y económicos sean ignorados. ¿Por qué los defensores de los derechos humanos nunca hacen estas declaraciones

Volvamos a Cuba. ¿Se puede justificar la falta de libertades individuales con una sanidad competente?

Se discute eso. Si en Cuba hubiera un régimen pro–occidental, seguramente los servicios sanitarios no tendría tan buenas prestaciones. Al menos esto es lo que se deduce si se constata el estado sanitario en los países «pro–occidentales» de América latina. Así pues, en la práctica nos encontramos con una opción: ¿qué tipo de derechos son más importantes, los socio–económicos o políticos e individuales? Se querría tener ambos a la vez. El presidente venezolano Chávez, por ejemplo, trata de conciliarlos. Pero la política de injerencia estadounidense hace difícil esta reconciliación en el tercer mundo. Lo que quiero subrayar es que no somos nosotros, personas que en occidente nos beneficiamos de ambos tipos de derechos, quienes tenemos que elegir. Más bien deberíamos consagrar nuestra energía a permitir un desarrollo independiente de los países del tercer mundo. Esperando que a largo plazo el desarrollo favorezca la emergencia de estos derechos.

¿La percepción de los derechos humanos y del deber de injerencia no es muy diferente según se viva en el norte o en el sur del planeta?

En 2002, poco antes de la guerra, estuve en Damasco (Siria) y Beirut (Líbano). Allí conocí a varias personas. Decir que se opponían a la guerra contra Iraq es un eufemismo. Y ello incluso en la universidad estadounidense de Beirut. ¡El antiamericanismo y la oposición feroz a la guerra eran fortísimos! ¡Cuando volví a Bélgica no percibí el menor eco de ello! Tomemos la cuestión del desarme de Iraq. Algunos miembros del CNAPD [coordinación belga contra la guerra] me decían que había que imponer este desarme, no por la vía militar desde luego, sino por medios pacíficos. Si se dice lo mismo en Oriente Medio, la gente responde: «¿Y por qué no hay que desarmar a Israel?»

En América Latina y en el mundo arabo–musulmán sobre todo, la percepción del derecho internacional es totalmente diferente de la que hay en nuestros países, incluso en la izquierda y extrema izquierda. A estos últimos no parece que les interese lo que piensan las poblaciones directamente concernidas por nuestras injerencias. ¿Por qué? ¿Por egocentrismo, por etnocentrismo?

Durante la colonización y la guerra de Vietnam, la izquierda antepuso una nueva reflexión. Defendió un punto de vista anti–imperialista en materias económica, militar, social. Después esta reflexión fue mermada por la injerencia de los derechos humanos. La oposición al neo–colonialismo fue remplazada por la voluntad de ayudar a los pueblos del sur a luchar contra sus gobiernos dictatoriales, ineficaces, corruptos...Los defensores de esta opción no se dan cuenta de la profundidad del abismo que les separa de los pueblos del tercer mundo. Estos generalmente no aceptan la injerencia de los gobiernos occidentales en sus asuntos internos. Muchos de ellos, por supuesto, aspiran a gobiernos más democráticos o más honestos. Pero, ¿con qué objetivos? En primer lugar para que sus dirigentes aseguren una gestión racional de sus recursos naturales, para obtener mejores precios para sus materias primas, para que sus dirigentes les preserven del control de las multinacionales e incluso para crear ejércitos poderosos. Cuando algunos hablan aquí de gobiernos más democráticos, no se refieren en absoluto a todo esto. Unos gobiernos verdaderamente democráticos en el sur se parecerían más al de Chávez que al actual gobierno iraquí.

¿No habría en ello un fondo de ideología colonial?

Quizá, pero en el marco de un leguaje post–colonial. Todo el mundo condena la colonización. Quienes defienden las guerras actuales afirman que las injerencias humanitarias son «completamente diferentes» del colonialismo. Si embargo, es forzoso constatar la continuidad en el cambio. Las injerencia fueron legitimadas primero por el cristianismo y después por una misión civilizadora. También por el anticomunismo. En cualquier época se supone que nuestra supuesta superioridad nos autoriza a cometer una serie de acciones.

¿Cuál es el papel de los medios de comunicación en la propagación de este «imperialismo humanitario»?

Fundamental. En el caso de la guerra en Yugoslavia, los medios de comunicación se emplearon en preparar a la opinión pública para estos ataques. En relación a Iraq los periodistas repiten sin cesar: «En cualquier caso, está bien que se haya derrocado a Sadam». Pero, ¿en qué medida es legítimo que Estados Unidos derroque a Sadam? He aquí una pregunta que los periódicos no plantean nunca. ¿Consideran los iraquíes esta injerencia como beneficiosa? En caso afirmativo, ¿por qué más del 80% desea que Estados Unidos se vaya de su país? La prensa critica a Estados Unidos, pero la crítica se refiere sobre todo a los medios utilizados durante la guerra y durante la ocupación, no al principio mismo de la injerencia.

¿Con un presidente demócrata Estados Unidos sería menos propenso a emprender guerras?

Esto depende mucho de cómo acabe la ocupación de Iraq. En Estados Unidos se están alzando muchas voces que piden la retirada de las tropas. En muchos sectores de la sociedad se ha instalado un clima de pánico. Si como en Vietnam la guerra de Iraq termina en una catástrofe para los estadounidenses, durante algún tiempo podría producirse un repliegue significativo. Si consiguen retirarse suavemente, sin perder demasiadas plumas, entonces podrían emprender rápidamente otra guerra. Pero creer que los demócratas son menos agresivos o no preconizan las intervenciones militares es una ilusión que está muy viva.

¿Por qué la respuesta a la guerra de los progresistas europeos es tan débil?

En efecto, los ecologistas, la izquierda socialista, los partidos comunistas tradicionales, los trotskistas y la mayoría de las ONG han dado muestras de una oposición muy débil. Estas corrientes se han visto mermadas por la ideología de la injerencia humanitaria y ha abandonado toda referencia seria al socialismo en sus programas. Una parte de esta izquierda ha sustituido sus objetivos iniciales de mejora o de revoluciones sociales por la lucha por los derechos humanos. Como para estos movimientos es difícil defender una guerra de EEUU contra Yugoslavia o Iraq, adoptan esta postura tan cómoda del «Ni Ni». Esta postura permite evitar todas las críticas: «Ni Bush ni Sadam». Evidentemente puedo comprender que Sadam Husein no guste. Pero el «Ni, Ni» va mucho más allá de esta constatación. En primer lugar esta postura no reconoce la legitimidad del derecho internacional. No distingue entre agresores y agredidos. Haciendo una comparación, durante la Segunda Guerra Mundial hubiera sido muy difícil decir algo como «Ni Hitler, Ni Stalin» sin ser considerado colaborador. En segundo lugar, esta fórmula desdeña el poder destructor de Estados Unidos desde 1945. Desde el final de la Segunda Guerra mundial interviene en todas partes del mundo para apoyar o instalar fuerzas conservadoras, reaccionarias, desde Guatemala al Congo, de Indonesia a Chile. Estados Unidos se esfuerza por matar el espíritu de cambio social de los pobres en todas partes del mundo. Es este país, y no Sadam Husein, quien quiere revocar a Hugo Chávez. La guerra de Vietnam tampoco de debió a Sadam. Aun admitiendo el discurso de demonización contra Milosevic o Sadam Husein, situarlos en pie de igualdad en el plano internacional con EEUU es totalmente injusto y falso. Por ultimo, lo que más me molesta de este «Ni, Ni» es la postura que adoptamos frente a nuestra propia responsabilidad al seguir estas consignas.

Cuando vemos unos políticos que no nos gustan en el tercer mundo, hay que empezar discutiendo con quienes viven en él y hacerlo con las organizaciones representativas de masas, no con grupúsculos o individuos aislados. Hay que tratar de ver si sus prioridades son las mismas que las nuestras. Espero que el movimiento altermundista ponga en funcionamiento canales que permitan una mejor comprensión de los puntos de vista del sur. Por el momento, la izquierda occidental tiende a quedarse en su rincón, al mismo tiempo que tiene muy poca influencia ahí donde vive y hace el juego al imperialismo, demonizando al árabe, al ruso, al chino...en nombre de la democracia y de los derechos humanos. De lo que somos fundamentalmente responsables es del imperialismo de nuestros propios países. Empecemos, pues, por dedicarnos a eso. Y de manera eficaz.

El estado del Imperio: 2006

Por James Petras, traducido del inglés para Rebelión por Carlos Sanchis y revisado por Marina Trillo.

La predicción más difícil para el año 2006 es la dirección y trayectoria de la economía estadounidense. En el 2005 la economía de este país desafió todos los principios conocidos de teoría económica: Ante el record de elevados déficits de comercio, monstruosos déficits en el presupuesto, una guerra fracasada e importantes escándalos políticos implicando a los ayudantes presidenciales, el dólar se fortaleció frente el Euro y el Yen, la economía creció en un 3,4% y todas las firmas inversoras importantes batieron records de beneficios. Parece que la economía estadounidense desafió las leyes de la gravedad y flota sobre el tumulto político y las vulnerabilidades estructurales. Pero el propósito de la "profecía" no es especificar el día y la hora del acusado declive y recesión sino identificar las profundas vulnerabilidades estructurales y los posibles hechos desencadenantes que podrían detonar una crisis.

La economía estadounidense continuará divergiendo en un doble sentido. El sector financiero se extenderá en el exterior, sobre todo las principales firmas inversoras como Goldman Sachs, JP Morgan y Citibank, mientras que el sector industrial encabezado por los "Tres Grandes" del sector automovilístico, retrocederá incluso aún más, existiendo la posibilidad de que General Motors entre en quiebra. Las multinacionales estadounidenses se extenderán a escala mundial, comprando acciones de bancos e industrias importantes, sobre todo en China, extendiendo el alcance económico del imperio, mientras que la economía doméstica sufrirá según se derrumbe la burbuja especulativa de la vivienda y bienes inmobiliarios, los altos precios de la energía minen la competitividad de las exportaciones y produzcan un marcado declive en el gasto del consumidor. Se identificará al imperio estadounidense cada vez más con sus gigantes económicos a medida que sus fracasadas guerras lleven a una retirada de las tropas de combate y dependa de la potencia aérea, de cipayos, de sanciones económicas y de la acomodación a regímenes social–liberales.

La crisis social doméstica se ahondará al tiempo que se expanden las oportunidades de beneficios en el extranjero. En el 2006, más del 90% de los trabajadores norteamericanos estarán pagando su costosa atención sanitaria individual y su plan de pensiones o, si no pueden pagarlos, perderán las coberturas. Los contratos de trabajo precario son la norma para todos menos para un pequeño sector de empleados públicos. La inflación real (incluyendo el aumento de los costos sanitarios, la educación, la energía y el coste de las pensiones) subirá aproximadamente dos veces el índice de precios al consumo y contribuirá al amplio deterioro del nivel de vida actual. El estallido de la burbuja de la vivienda reducirá el "valor del papel" de los propietarios a la mitad y forzará a la quiebra a muchos que están muy endeudados. No obstante, como pasó en recientes décadas (después de Savings and Loans, Dotcom, Enron y otras quiebras especulativas), aunque millones de pequeños especuladores e inversores en bienes inmobiliarios perderán decenas de millones de dólares, su descontento no encontrará ninguna expresión política. Cuanto mayores son las desigualdades en la renta, propiedades y riqueza entre las elites económicas financieras e imperiales, por una parte, y el sueldo doméstico y clases asalariadas, por la otra, tanto más bajo es el nivel de oposición política y social organizada. En el 2006 EE.UU. se convertirá en el país desarrollado con mayores desigualdades, con el mayor y continuado deterioro del nivel de vida y en la nación menos capaz de organizar una defensa de los derechos sociales – ya no digamos una alternativa – contra el modelo de acumulación capitalista centrada en el imperio. En una palabra; la crisis doméstica del nivel de vida financiará aún más la construcción del imperio económico en lugar de desafiarlo.

La expansión global estadounidense es sostenible debido a cambios fundamentales que tienen lugar en la India, China, Indochina y las monarquías petroleras de Oriente Próximo. Estos países han bajado muchas barreras a la inversión extranjera, empresas conjuntas e incluso a la propiedad mayoritaria en industrias de alto crecimiento, bancos y fuentes de energía. Multinacionales y bancos estadounidenses, europeos y japoneses acelerarán su entrada más allá de las cabezas de puente iniciales y se moverán por todos los sectores de la economía, con una mayor profundidad: El 2006 marcará la transición de China del "capitalismo nacional" a un modelo nacional e imperial de crecimiento capitalista.

Los EE.UU. continuarán sustituyendo guerra terrestre por guerra aérea en Irak: Por cada 10.000 soldados que se retiren, habrá centenares de ataques aéreos que se añadan. La política norteamericana respecto a Irak es el caso clásico de "dominio o ruina" de proporciones bíblicas. Puesto que ni EE.UU. ni sus regímenes títeres pueden gobernar, la política de Washington es retrogradar el país a un "Afganistán" de belicosos señores de la guerra clericales y étnicos y de jefes tribales basados en mini feudos. El debate sobre una nueva guerra contra Irán todavía no se ha resuelto debido a las divisiones profundas en Washington, las amenazas militares israelíes y al proceso Federal por espionaje de dos importantes líderes del lobby pro–israelí (AIPAC – Comité de Asuntos Públicos Israelo–Americano). Puede esperarse que Washington presione para que el Consejo de Seguridad imponga sanciones económicas que probablemente fracasarán debido al veto de China/Rusia. Seguidamente es probable, sobre todo si Netanyahu es elegido primer ministro, que Israel ataque lugares de experimentación con energía nuclear iraníes, con la complicidad de sus socios en la Casa Blanca y en el Congreso. La agresión israelí desatará una serie de guerras interpuestas probablemente en Líbano, Iraq (incluyendo el Iraq "Kurdo") y más allá, llevando a un incremento de las bajas estadounidenses y debilitando a los regímenes clientelares de Washington (Arabia Saudita, Jordania, Egipto etc.) Los precios del petróleo se pondrán por las nubes, por encima de 100 dólares el barril, si los iraníes bloquean el Estrecho de Ormuz. Si el ataque israelí lleva a una subsiguiente recesión económica mundial, la conmoción económica puede neutralizar la influencia de los sionistas en los círculos políticos de Europa y quizás, incluso en los Estados Unidos.

Aunque hay muchas contingencias que puedan llevar a un retroceso económico mundial y a una repercusión negativa anti–israelí, es prudente ponderar lo peor. Aunque el extremismo militar israelí puede minar cualquier reducción de las tropas estadounidenses en Oriente Próximo, el debilitamiento de los grupos de presión pro–israelíes podrían permitirle a Washington confiar su apoyo delegado a una fuerza militar y policial iraquí y kurda.

Es muy improbable que el ejército y la policía iraquí adiestrados por los EE.UU. se mantengan contra la insurgencia y la oposición masiva. Muy probablemente el ejército se fragmentará y desintegrará y los funcionarios políticos pro–estadounidenses huirán del país devastado y saqueado, vaciando la tesorería en su viaje de regreso a EE.UU. y a Europa. El probable resultado será un régimen clerical–nacionalista heterogéneo basado en un tiempo de guerra, enfrentado a un intento de mini estado kurdo con apoyo israelí determinado a la secesión y a la limpieza étnica de los no kurdos.

En Washington, el Congreso y ambos partidos políticos quedarán aún más desacreditados a medida que Jack Abramoff, un intrigante–estafador auto–confeso implique a docenas de miembros del Congreso, líderes de partido y a funcionarios del gobierno en un enorme escándalo de soborno. La acusación y enjuiciamiento de líderes congresistas, especialmente jefes republicanos en el Congreso, pueden impedir la promulgación de cualquier nueva legislación regresiva y represiva, pero puede estimular al presidente a implicarse en una aventura militar en el extranjero (bombardear Irán) para empapelar la crisis.

Por otro lado, otra intervención militar fallida de la Casa Blanca en el contexto de un Congreso desacreditado dirigido por felones líderes del partido podría encender un movimiento base para la destitución.

Un ejército estadounidense debilitado, el declive de clientes neoliberales ortodoxos, y el fracaso de las iniciativas diplomáticas en los foros regionales, está forzando a EE.UU. a "acomodar" a políticos de centro izquierda en América Latina. La mayor flexibilidad de Washington encontrará expresión en la continuación de las buenas relaciones de trabajo con los presidentes de Brasil, Uruguay, Argentina y probablemente Bolivia. La hostilidad del Departamento de Estado hacia el presidente de Venezuela, Chávez, será atemperada por su pérdida de resortes interiores de poder y las estrechas relaciones operativas entre las compañías petroleras estadounidenses y venezolanas. Los EE.UU. probablemente no intervendrán en las elecciones de Colombia, Chile, México o Brasil, porque cada uno de los principales candidatos está bien dentro de la órbita neoliberal estadounidense.

El resultado incierto en Perú, donde un antiguo oficial militar "nacionalista" cercano a Chávez es un importante contendiente, resultará en un fuerte respaldo al candidato conservador. Washington probablemente se implicará en alguna "mala jugada" de retaguardia en las elecciones presidenciales venezolanas, sabiendo de antemano que Chávez es probable que gane por una importante mayoría.

En otras palabras, Washington perderá su mayoría automática en las elecciones de América Latina y se verá forzado a archivar algunos de sus más ostensibles intentos de imponer el dominio económico. No obstante ninguna de sus bases militares estratégicas, amplias posesiones financieras y de recursos, y lucrativos pagos de la deuda se verán amenazados por la elección de presidentes de "centro izquierda". La principal advertencia al resultado de esta potencial "cohabitación" es un levantamiento popular con éxito si el centro–izquierda fracasa: En ese caso Washington probablemente intervendrá por medio de delegados locales, detonando una oposición regional.

En resumen, el 2006 será ciertamente un año sumamente volátil e incierto para el Imperio. Las derrotas militares, las crisis interiores, un gran declive del dólar y un debilitamiento general de los principios económicos domésticos se yuxtapondrán a la expansión económica en el extranjero, a las altas proporciones de beneficios financieros, a la oposición interior sumamente débil y a las elites serviciales en Asia y América del Sur. La mayor amenaza a la construcción del imperio no es doméstica ni está en el mercado competitivo sino en la guerra pendiente contra Irán; tanto si el ataque es estadounidense como si es israelí podría poner en movimiento una serie de graves conmociones políticas, militares y económicas que cambiarían radicalmente todas las predicciones y resultados anteriores y con respecto al estado del Imperio para el 2006.

La segunda gran conmoción en la construcción es la revuelta popular creciente contra las desigualdades monstruosas y las horrendas condiciones de trabajo impuestas por la clase gobernante china en alianza con el capital extranjero. Otra amplia conmoción podría surgir más allá del 2006 siempre y cuando el actual boom de afluencia de mercancías se colapse y mine la estrategia de exportación de los regímenes de centro–izquierda en América Latina y Central. En este contexto es probable que haya una nueva ola de movimientos extra–parlamentarios, antiimperialistas que podrían enviar convulsiones por todo el Imperio.

«El terrorismo internacional no existe»

Por General Leonid Ivashov, vicepresidente de la Academia de Problemas Geopolíticos. Fue jefe del departamento de Asuntos Generales del Ministerio de Defensa de la Unión Soviética, secretario del Consejo de Ministros de Defensa de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), jefe del Departamento de Cooperación Militar del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa. Red Voltaire. Desde Bruselas (Bélgica)

El general Leonid Ivashov era el jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas rusas en el momento de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Este militar, que vivió los hechos desde dentro, nos ofrece un análisis muy diferente al de sus colegas estadounidenses. Al igual que en su intervención ante la conferencia Axis for Peace 2005, nos explica en estas líneas que el terrorismo internacional no existe y que los atentados del 11 de septiembre fueron un montaje. Lo que estamos viendo no es más que un terrorismo manipulado por las grandes potencias y no existiría sin ellas. Afirma que, en vez de fingir una «guerra mundial contra el terrorismo», la mejor manera de reducir los atentados se encuentra en el restablecimiento del derecho internacional y la cooperación pacífica entre los Estados así como entre sus ciudadanos. Général Leonid Ivashov

Como lo demuestra la situación mundial, el terrorismo aparece allí donde se exacerban las contradicciones, donde se produce un cambio en las relaciones sociales o un cambio de régimen, donde aparece una inestabilidad política, económica o social, donde se libera algún potencial agresivo, donde aparece la decadencia moral, donde triunfan el cinismo y el nihilismo, donde se legaliza el vicio y donde prolifera la delincuencia.

Es la globalización la que crea las condiciones para esos fenómenos extremadamente peligrosos. Es en ese marco que se produce el nuevo trazado del mapa geoestratégico mundial, que se redistribuyen los recursos del planeta, que se deshacen las fronteras de los Estados, que se hace pedazos el derecho internacional, que se borran las particularidades culturales, que la vida espiritual se empobrece...

El análisis de la esencia del proceso de globalización, y de las doctrinas políticas y militares de Estados Unidos y de ciertos países, prueba que el terrorismo contribuye a concretar un dominio mundial y la sumisión de los Estados a una oligarquía global. Eso significa que el terrorismo no es un ente independiente de la política mundial sino simplemente un instrumento, un medio para instaurar un mundo unipolar con un centro único de dirección mundial, un pretexto para borrar las fronteras nacionales de los Estados e instaurar el dominio de una nueva élite mundial. Precisamente esa élite constituye el tema clave del terrorismo mundial, es su ideólogo y su «padrino».

El blanco principal de la élite mundial es la realidad natural, tradicional, cultura e histórica, es el sistema existente de relaciones entre Estados, el orden mundial nacional y estatal de la civilización humana, es la identidad nacional.

El terrorismo internacional actual es un fenómeno que combina el empleo del terror por parte de estructuras políticas estatales y no estatales como medio de alcanzar sus objetivos políticos mediante la intimidación, la desestabilización social y sicológica de la población, la anulación de la voluntad de resistencia de los órganos del poder y la creación de condiciones propicias para la manipulación de la política del Estado y la conducta de sus ciudadanos.

El terrorismo es el arma utilizada en un nuevo tipo de guerra. Al mismo tiempo, el terrorismo internacional, en contubernio con los medios de difusión, se convierte en el sistema de gestión de los procesos globales. Es precisamente la simbiosis entre los medios y el terror lo que crea las condiciones que permiten imprimir giros a la política internacional y modificar la realidad existente.

Si analizamos en ese contexto lo sucedido el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, podemos llegar a las siguientes conclusiones:

1. Los organizadores de aquellos atentados son los círculos políticos y los círculos de negocios que tenían interés en desestabilizar el orden mundial y disponían de los medios necesarios para financiar la operación. La concepción política de ese acto maduró allí donde aparecieron tensiones en la administración de los recursos –financieros y de otro tipo. Hay que buscar las razones de los atentados en la coincidencia de intereses del gran capital a nivel transnacional y global, en los círculos que no están satisfechos con el ritmo del proceso de globalización o la dirección que toma ese proceso. A diferencia de las guerras tradicionales cuya concepción determinan políticos y generales, los iniciadores fueron esta vez oligarcas y políticos sometidos a éstos.

2. Únicamente los servicios secretos y sus jefes actuales o en retiro –pero que mantuvieron influencia dentro de las estructuras estatales– tienen la capacidad de planificar, organizar y dirigir una operación de tal envergadura. Generalmente son los servicios secretos quienes crean, financian y controlan las organizaciones extremistas. Sin apoyo de los servicios secretos ese tipo de estructuras no puede existir –y mucho menos efectuar acciones de tal envergadura dentro de países particularmente bien protegidos. Planificar y realizar una operación de esa escala es extremadamente complicado.

3. Osama bin Laden y «Al Qaeda» no pueden ser ni organizadores ni ejecutantes de los atentados del 11 de septiembre. No disponen ni de la organización requerida para ello ni de los recursos intelectuales o los cuadros necesarios. Por consiguiente, hubo que crear un equipo de profesionales y los kamikazes árabes son figurantes utilizados para enmascarar la operación.

La operación del 11 de septiembre modificó el curso de los acontecimientos en el mundo en la dirección que habían escogido los oligarcas internacionales y la mafia transnacional, o sea quienes aspiran a controlar los recursos naturales del planeta, la red mundial de información y los flujos financieros. Esa operación favoreció también a la élite política y económica de Estados Unidos que aspira también a la dominación global.

El general Leonid Ivashov con el periodista Christopher Bollyn de la «American Free Press»

La utilización del término «terrorismo internacional» apunta a los siguientes objetivos:

  • Enmascarar los verdaderos objetivos de las fuerzas desplegadas a través del mundo en la lucha por la dominación y el control;
  • Desviar los reclamos de los pueblos hacia una lucha de objetivos indefinidos contra un enemigo invisible;
  • Destruir normas internacionales fundamentales, alterar la concepción de términos como: agresión, terror estatal, dictadura o movimiento de liberación nacional;
  • privar a los pueblos de su legítimo derecho a la resistencia armada contra la agresión y a la acción contra el trabajo de zapa de servicios extranjeros de inteligencia;
  • Establecer la renuncia a la defensa prioritaria de los intereses nacionales, transformar objetivos en el plano militar mediante un deslizamiento hacia la lucha contra el terrorismo, violar la lógica de las alianzas militares en detrimento de una defensa conjunta y que favorezca la coalición antiterrorista;
  • Resolver problemas económicos mediante una fuerte imposición militar que tome como pretexto la lucha contra el terrorismo.

Para luchar eficazmente contra el terrorismo internacional es necesario tomar las siguientes medidas:

  • Confirmar ante la Asamblea General de la ONU los principios de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional como principios que todos los Estados están obligados a respetar;
  • Formar una unión geoestratégica de civilización (tomando quizás como base la Organización de Cooperación de Shangai, en la que se agrupan Rusia, China, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán) con una escala de valores diferente a la de los atlantistas; elaborar una estrategia de desarrollo de los Estados, un sistema de seguridad internacional, otro modelo económico y financiero (lo cual significaría asentar de nuevo el mundo sobre dos pilares);
  • Vincular (bajo la égida de la ONU) las élites científicas a la elaboración y promoción de los conceptos filosóficos del Ser Humano del siglo XXI;
  • Organizar la interacción de todas las confesiones religiosas del mundo, en nombre de la estabilidad del desarrollo de la humanidad, de la seguridad y del apoyo mutuo.

Destino final para los prisioneros clandestinos de Estados Unidos

Por Orlando Oramas León, diario Granma, Cuba

Tres años después de recibir a sus primeros prisioneros, la cárcel internacional de Estados Unidos en la base que ilegalmente ocupa en Guantánamo es hoy, más que nunca, símbolo de torturas y de violación de los derechos humanos.

Ese campo de detención abrió sus rejas el 11 de enero del 2002 para encerrar a los primeros 20 "combatientes enemigos", como Washington denomina a sus presos de la alegada cruzada antiterrorista, iniciada en la guerra contra Afganistán. Desde entonces el enclave, de 117 kilómetros cuadrados, amplió sus capacidades en edificaciones y celdas metálicas, que albergan a unos 500 prisioneros de guerra de más de una treintena de naciones. El aniversario ocurre en medio del escándalo de las cárceles clandestinas operadas por Estados Unidos en Europa del Este y otras latitudes, en donde se aplicaron métodos de interrogación y "ablandamiento" estrenados y ensayados en la base aeronaval de Guantánamo.

Y aunque poco se habla ya de Abu Grahib, fue allí donde explotó el asunto de las torturas y vejámenes cometidos por personal militar estadounidense contra detenidos iraquíes, graficados en aquellas fotos que horrorizaron al mundo. Lo peor es que luego se supo que desde la cúpula de la administración Bush salió la directiva para, en nombre de la seguridad nacional, aplicar contra los detenidos prácticas que violan principios adoptados por Naciones Unidas. Y para colmo, el ahora secretario de Justicia, Alberto González, fue el encargado de otorgarle "legalidad" a tales procedimientos antihumanos, que hoy persisten en Guantánamo.

El oscuro aniversario tiene lugar en medio de una prolongada huelga de hambre de decenas de prisioneros, en protesta por el encarcelamiento indefinido sin ser sometidos a juicio, y en reclamo a un trato acorde al articulado de la Convención de Ginebra sobre los prisioneros de guerra. Manfred Nowak, relator especial de la ONU para la Tortura, reveló denuncias respecto a que los carceleros estadounidenses utilizan métodos crueles para alimentar a la fuerza a los participantes en la huelga. Nowak afirma que recibió alegatos "bien fundamentados" de que guardias de seguridad e incluso enfermeras insertan a los prisioneros "sondas gruesas por la nariz hasta el estómago, que se colocan y retiran de forma brusca provocando sangramientos y vómitos".

El relator subrayó que la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU no puede verificar la situación de los detenidos. Luego de infructuosas demandas de varios relatores, entre estos los de detención arbitraria y sobre libertad de jueces y abogados, el Gobierno norteamericano accedió a permitir una visita condicionada a la base, una especie de "tour" dirigido, en el que se denegó de antemano cualquier contacto con los presos. Si solo podemos preguntar a los guardias de seguridad ¿usted tortura?, no estamos hablando de una misión de verificación objetiva, apuntó Nowak.

Cuando eso ocurre en Guantánamo, qué no puede suceder en otros centros de detención secretos de la CIA en Afganistán, Europa del Este y otras naciones, de cuya existencia ya se rumoraba mucho antes del actual escándalo.

En abril del pasado año un reconocido experto de la Comisión de Derechos Humanos (CDH), que prefirió el anonimato, me confesó en la sede de la ONU en Ginebra su preocupación sobre las denuncias de que Estados Unidos tenía incluso barcos convertidos en prisiones secretas. Aunque entonces en la CDH los miembros de la Comunidad Económica Europea se negaron a discutir sobre las torturas en Guantánamo, por estos días la actual Canciller alemana, Ángela Merkel, y otros altos funcionarios del viejo continente se han pronunciado por el cierre de esa "célebre" instalación.

Y si no existiera nada que esconder, el presidente George W. Bush no hubiera convocado a su despacho a los directivos de los principales periódicos y medios de comunicación de aquel país, incluido The New York Times y The Washington Post, a fin de silenciar el tema de las cárceles clandestinas. Para el encuentro, el jefe de la Casa Blanca estaba rodeado por el director de la CIA, Porter Gross y el de la Agencia de Inteligencia Nacional, John Negroponte, con amplia experiencia en estos temas.

Negroponte fue embajador en el Iraq ocupado, pero repitió igual cargo en Honduras entre 1981 y 1985, y allí fue cómplice de los crímenes de los escuadrones de la muerte, que incluso cobraron la vida de ciudadanos estadounidenses. Con tales acompañantes, Bush consiguió temporalmente el silencio de la prensa estadounidense. Para cuando The Washington Post difundió el asunto, en noviembre pasado, muchas de las cárceles secretas habían sido cerradas y sus "huéspedes" despachados. Y esta madeja nos lleva de nuevo al campo de concentración de Guantánamo, adonde es lo más seguro que fueron llevados esos prisioneros clandestinos, probablemente encadenados y encapuchados, como aquellos que lo estrenaron en enero del 2002.


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