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Danos hoy el crimen nuestro de cada día

None | 25 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Por Umberto Eco, crítico literario, semiólogo y novelista italiano. Semanario El Espectador, Colombia

En mi opinión, si el huracán que destruyó Nueva Orleans no hubiese llegado a una región que ha sido excavada, nivelada, dragada, deforestada y saqueada, los efectos de la tormenta tropical hubieran sido menos devastadores. Creo que todos estamos de acuerdo con eso.

Donde el debate realmente comienza, es si un huracán aquí, un tsunami allá, son obra o no del calentamiento global de la atmósfera. Deseo señalar claramente desde el comienzo que si bien no soy un experto en la ciencia meteorológica, estoy convencido de que la alteración de muchas condiciones ambientales causa fenómenos que no acaecerían si mostráramos más preocupación por el destino del planeta.

Es por eso que estoy en favor del Protocolo de Kioto. Pero también creo que los tornados, ciclones y tifones siempre han ocurrido. De otra manera, no contaríamos con algunas de las mejores novelas de Joseph Conrad o con muchas famosas películas acerca de desastres.

Por consiguiente, me animo a sugerir que los siglos pasados han sido testigos de catástrofes terribles, que mataron a decenas de miles de personas, y que tal vez ellas ocurrieron dentro del mismo (muy breve) espacio de tiempo que el transcurrido entre el reciente tsunami en Asia y el Katrina en los Estados Unidos.

Hemos oído y leído sobre algunos de ellos. Algunos fueron registrados por la literatura, como los terremotos de Pompeya y Lisboa; otros fueron rodeados por una información insegura y aterrorizante, como la erupción de Krakatoa.

Pero, en resumen, es legítimo suponer que decenas de miles de otros cataclismos han devastado costas y poblaciones distantes mientras nosotros estábamos ocupados en temas muy diferentes. En el mundo globalizado, la velocidad de las comunicaciones nos permite conocer de inmediato cualquier trágico evento, incluso si ocurre en el lugar más alejado del mundo. Tal vez por eso tenemos la impresión de que ahora hay más catástrofes de las que hubo en el pasado.

Por ejemplo, creo que un espectador promedio de televisión podría preguntarse qué virus misterioso induce a tantas madres a matar a sus bebés. Y es difícil culpar al agujero en la capa de ozono por esto. Algo más debe haber.

En realidad hay algo más, pero ni es secreto ni está escondido. Lo cierto es que, a lo largo de los siglos, el infanticidio siempre ha sido un deporte popular. Los antiguos griegos acostumbraban a ir al teatro para llorar por Medea quien, como todos sabemos, mató a sus hijos hace miles de años y solamente con el propósito de molestar a su esposo.

Sin embargo, y tal vez esto nos sirva de consuelo, de los seis mil millones de habitantes del planeta, las madres asesinas han constituido siempre un porcentaje ínfimo, así que no debemos mirar con sospecha a cada dama que pasa al lado nuestro empujando un cochecito de bebé.

Aun así, cualquiera que vea las noticias en la televisión tiene la impresión de que vivimos en un círculo infernal. No sólo las madres asesinan a sus bebés, sino que también los niños de 14 años de edad usan armas de fuego, los inmigrantes roban, los secuestradores cortan orejas, los padres disparan contra sus familias, los sádicos inyectan veneno en las botellas de agua mineral y cariñosos sobrinos cortan en rebanadas a sus tíos.

Naturalmente, todo es verdad. Pero también es normal si se toman en cuenta las estadísticas. Basta recordar los felices, pacíficos días de hace 50 ó 60 años cuando, sólo para dar unos pocos ejemplos italianos, una dama hirvió a sus vecinos en un tanque para hacer jabón, otra destrozó con un martillo la cabeza de los hijos de su amante y una cierta condesa Bellentani perturbó una cena de sociedad cuando con un revólver le voló la cabeza a su amigo.

Ahora, aunque es casi "normal" que una madre de vez en cuando mate a su hijo, es menos normal que cotidianamente tantos estadounidenses e iraquíes vuelen en pedazos. Sabemos todo sobre la muerte de los hijos, pero muy poco sobre la muerte de los adultos. Lo cierto es que la prensa de calidad dedica sus primeras páginas a problemas políticos, la economía y la cultura; seguidas por otras páginas dedicadas a la bolsa de valores, avisos clasificados, y a las columnas de obituarios, que eran el material de lectura favorito de nuestras abuelas.

Pero, aparte de los casos realmente sensacionales, escasas páginas interiores están dedicadas al crimen. En realidad, hubo una época en la cual la información sobre crímenes era tratada de un modo aún más superficial que en la actualidad; tanto, que los lectores sedientos de sangre tenían que comprar revistas especializadas con nombres como Crimen de Verdad, del mismo modo que los chismes sobre las personalidades de la televisión eran relegadas a esas baratas revistas ilustradas que uno encontraba en las peluquerías.

Pero en la actualidad, después de dar las noticias importantes sobre las guerras, las masacres, los ataques terroristas y cosas por el estilo, y después de unas pocas y prudentes indiscreciones sobre los asuntos políticos actuales pero sin asustar demasiado a los televidentes, nuestros programas de televisión se dedican a toda clase de "cidios", ya sea uxoricidios, matricidios, filicidios, parricidios o infanticidios, además de asaltos, robos y tiroteos.

Y, para que los espectadores no se pierdan nada, cada día parece que los cielos se han abierto sobre nuestra región y está lloviendo como nunca antes, al punto que el bíblico Diluvio Universal parece tan dramático como si hubiera reventado una cañería.

Y es aquí donde encontramos ese algo entre bastidores, o mejor aún, en el centro del escenario. Como los directores del Niagara Channel no quieren verse comprometidos con historias peligrosas a nivel económico o político, han decidido seguir la ruta de los "crímenes de verdad". Una agradable secuencia de cuerpos decapitados mantiene a la gente tranquila y asegura que no empiecen a tener extrañas ideas.

Confesión de un sicario económico estadounidense

Por Michael Sondow, Globalización.org

John Perkins, ciudadano estadounidense, era un respetado miembro de la comunidad financiera internacional, pero en realidad se dedicaba a operaciones económicas ilícitas en el Tercer Mundo para el gobierno de Estados Unidos.

Acaba de publicarse en Estados Unidos la autobiografía (2) en la que John Perkins detalla cómo ayudó a Washington a estafar a países pobres prestándoles dinero que no podrían devolver para después apoderarse de sus economías. En una reciente entrevista (3) con Amy Goodman, locutora del programa Democracy Now (La democracia ahora) del National Public Radio en Estados Unidos, Perkins confiesa lo que todos sospechan pero nadie ha querido creer. Lo que sigue fue extractado de esa extensa entrevista.

- Explíquenos qué quiere decir sicario económico.

- Básicamente, lo que nos enseñaron a hacer es reforzar el imperio estadounidense. Crear situaciones donde el máximo número de recursos naturales fluyan a este país, a nuestras corporaciones y nuestro gobierno, y en efecto hemos tenido mucho éxito. Construimos el imperio más grande de la historia. Esto se logró durante los últimos cincuenta años, desde la Segunda Guerra Mundial, con muy poca intervención militar. Es sólo en casos como Irak donde lo militar entra como último recurso. Este imperio, a diferencia de cualquier otro de la historia, fue constituido principalmente a través de la manipulación económica, de la estafa, el fraude, la seducción de la gente por nuestra manera de vivir, y a través de operativos económicos. Estuve muy involucrado en todo eso.

- ¿Cómo llegó a eso? ¿Para quién trabajaba?

- Inicialmente fui reclutado, cuando estudiaba negocios en la universidad en los años sesenta, por la National Security Agency (Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos), la organización nacional de espionaje más grande y menos conocida, pero luego trabajé para corporaciones privadas. El primer verdadero sicario económico en los años cincuenta fue Kermit Roosevelt, nieto de Teddy, quien derrocó al gobierno de Irán, un gobierno elegido democráticamente –el gobierno de Mossadegh-, y quien fuera el "hombre del año" de la revista Time. Y tuvo enorme éxito haciendo eso sin derramar sangre, bueno, hubo algo de sangre pero ninguna intervención militar, sólo gastando millones de dólares y reemplazando a Mossadegh por el sha. Entonces nos dimos cuenta de que esta idea del sicario económico era muy buena. El problema fue que Kermit Roosevelt era agente de la CIA. Era un empleado del gobierno. Si lo hubiesen atrapado, nos habríamos encontrado en un lío. Habría sido un escándalo. Entonces allí se tomó la decisión de usar organizaciones como la CIA y la NSA para reclutar potenciales sicarios económicos como yo, y después enviarnos a trabajar para empresas privadas, consultorías, de ingeniería, de construcción para que, si nos agarraban, no hubiera conexión con el gobierno.

- Bien, ahora explíquenos el trabajo que hizo.

- La compañía para la cual trabajé se llamaba Charles T Main, de Boston, Massachussets. Éramos alrededor de dos mil empleados y yo era el economista principal. Terminé teniendo cincuenta personas en mi equipo. Pero mi verdadero trabajo fue el de hacer tratos, dar préstamos a otros países, enormes préstamos, mucho mayores de la que ellos podrían devolver. Una de las condiciones de un préstamo, digamos de unos mil millones de dólares, a un país como Indonesia o Ecuador, era que este país tendría que dar 90 por ciento del préstamo a una empresa estadounidense para construir infraestructura, una Halliburton o Bechtel. Eran grandes. Esas empresas entonces entraron y construyeron un sistema de energía eléctrica o puertos o autopistas, y estos proyectos básicamente servían sólo a algunas de las familias más ricas de esos países. La gente pobre de aquellos países quedaba clavada con esta asombrosa deuda que no podrían devolver. Un país como Ecuador hoy debe destinar más del 50 por ciento de su presupuesto nacional sólo para pagar la deuda. Y no puede hacerlo. Lo tenemo con el agua al cuello. Entonces, cuando queremos más petróleo, vamos a Ecuador y le decimos: "Mire, no puede pagar sus deudas, pues entregue sus bosques amazónicos, que están llenos de petróleo, a nuestras compañías petroleras". Y hoy estamos entrando y destrozando la Amazonia, obligando a Ecuador a entregárnosla porque acumuló tanta deuda. Hacemos un préstamo enorme, la mayor parte del cual vuelve a Estados Unidos, el país queda con la duda más los intereses, y básicamente ellos se convierten en nuestros sirvientes, nuestros esclavos. Es el imperio. No hay que equivocarse. Es un inmenso imperio, y ha sido muy exitoso.

- Usted dice que a causa de sobornos y otras razones no escribió este libro durante mucho tiempo ¿Qué quiere decir? ¿Quién lo sobornó? ¿Qué sobornos aceptó?

- Acepté un soborno de medio millón de dólares en los años noventa para no escribir el libro.

- ¿De?

- De una empresa importante de la construcción.

- ¿Cuál?

- Se llama Stoner Webster. Legalmente, no fue un soborno, fue ... me pagaron como consultor. Todo de acuerdo con la ley. Pero esencialmente no hice nada. Estaba entendido, como expliqué en "Confesiones de una sicario económico", que cuando acepté el dinero como consultor no tendría que hacer mucho trabajo, sólo no escribir este libro, que en ese momento se llamaba "La conciencia de un sicario económico".

- En su libro usted habla de cómo ayudó a poner en práctica un plan secreto para redirigir miles de millones de petrodólares de Arabia Saudita a la economía de Estados Unidos, y que cimentó la íntima relación entre la familia Saud y sucesivos gobiernos de Estados Unidos. Explique.

- Fuimos a Arabia Saudita a principios de los años setenta. Sabíamos que Arabia Saudita era la clave para acabar con nuestra dependencia de la OPEP, o para controlar la situación. Arreglamos un trato a través del cual la familia real Saud aceptó reenviar la mayor parte de sus petrodólares a Estados Unidos e invertirlos en bonos del Tesoro. El Departamento del Tesoro usaría los intereses de esos bonos para pagar a empresas estadounidenses que construirían en Arabia Saudita -ciudades, nueva infraestructura-; cosa que hemos hecho. Y la familia Saud aceptó mantener el precio del petróleo dentro de los límites aceptables para nosotros, lo que hicieron todos estos años, y nosotros prometimos mantener a la familia Saud en el poder mientras respetaran el trato, cosa que también hemos hecho, y es una de las razones por las cuales invadimos Irak. Allí, intentamos implantar la misma política que tuvo tanto éxito en Arabia Saudita, pero Saddam Hussein no aceptó. Cuando los sicarios económicos fracasamos en este escenario, viene la próxima etapa que es la que llamamos de los chacales. Los chacales son individuos habilitados por la CIA que entran e intentan fomentar un golpe de Estado o una revolución. Si eso no da resultado emplean asesinatos, o lo intentan. En el caso de Irak, no pudieron llegar a Saddam Hussein. Sus guardaespaldas eran demasiado buenos. Él tenía dobles. No pudimos llegar a él. Entonces la tercera etapa, si los sicarios económicos y los chacales fracasan, son nuestros jóvenes, que enviamos para matar y morir. Que es obviamente lo que ha pasado en Irak.

- ¿Puede explicarnos cómo murió Torrijos?

- Omar Torrijos, el presidente de Panamá. Omar Torrijos había firmado el Tratado del Canal con Carter ... y usted sabe que nuestro Congreso lo ratificó por un solo voto, fue un asunto muy contencioso. Torrijos entonces se adelantó a negociar con los japoneses para construir un canal al nivel del mar. Los japoneses querían financiar y construir un canal al nivel del mar en Panamá. Torrijos habló con ellos de este tema, lo que molestó mucho a la empresa Bechtel, cuyo presidente era George Schutz y su consejero mayor Caspar Weinberger. Cuando echaron a Carter (y ésa es una historia interesante; ver cómo sucedió realmente), cuando perdió las elecciones y entró Reagan con Schutz como secretario de Estado -que venía de Bechtel- y Weinberger -que vino también de Bechtel- como secretario de Defensa, estaban muy enojados con Torrijos. Intentaron convencerlo de renegociar el Tratado del Canal y no hablar con los japoneses. Se negó rotundamente. Era un hombre de principios. Tenía sus problemas, pero era un hombre correcto. Un hombre asombroso, Torrijos. Entonces murió en la caída de un avión en llamas, conectado a una grabadora con explosivos dentro, que ... yo estaba allí, estaba trabajando con él. Sabía que nosotros, los sicarios económicos, habíamos fracasado. Sabía que los chacales se acercaban. Y acto seguido, explotó su avión con una grabadora conteniendo una bomba. No cabe duda de que fue organizado por la CIA y muchos investigadores estadounidenses llegaron a la misma conclusión. Por supuesto, nunca nos enteramos de eso en nuestro país.

- ¿Con qué proximidad trabajó usted con el Banco Mundial?

- Muy, muy de cerca. El Banco Mundial proporciona la mayor parte del dinero que financia a los sicarios económicos, él y el FMI. Pero cuando ocurrió el 11 de setiembre, tuve un cambio de sentimientos. Sabía que tenía que contar esta historia porque lo que pasó el 11 de setiembre es el resultado directo de lo que están haciendo los sicarios económicos. Y la única manera en que vamos a estar seguros otra vez en este país, y en que vamos a sentirnos bien de nosotros mismos, es si usamos estos sistemas que creamos para efectuar cambios positivos en el mundo. Creo sinceramente que podemos hacer eso. Creo que el Banco Mundial y otras instituciones pueden ser recreadas para cumplir su misión original, que es la reconstrucción de las partes del mundo devastadas. Ayudar, genuinamente ayudar a los pobres. Cada día mueren 24 mil personas de hambre. Podemos cambiar eso.

(1) Michael Sondow es periodista y traductor.

(2) Confessions of an Economic Hitman (Confesiones de un sicario económico), San Francisco: Berrett-Koehler, 2004. Todavía no traducido al castellano.

(3) El derecho de reproducción de la entrevista en América Latina ha sido concedido a este periodista por el productor del programa radial.

La economía de la salud en Estados Unidos

Por Paul Krugman, columnista de ‘The New York Times’. Enseña e investiga sobre economía y relaciones internacionales en la Universidad de Princeton. Semanario El Espectador, Colombia.

Varios lectores me han hecho una buena pregunta: nos fiamos del libre mercado para procurar la mayoría de bienes y servicios, entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con el sistema de salud? Algunos corresponsales fueron beligerantes, otros honestamente curiosos. En ambos casos, ellos merecen una respuesta.

Y ella termina reducida a tres cosas: riesgo, selección y justicia social. Primero, el riesgo: en cualquier año dado, una pequeña fracción de la población da cuenta de la mayoría de los gastos médicos. En 2002, por ejemplo, apenas un 5% de los estadounidenses incurrieron en casi la mitad de los costos médicos del país. Si usted fuera uno de los malhadados en ese 5%, sus gastos médicos lo estarían agobiando, a menos que fuera muy rico o tuviera un buen seguro.

Pero un buen seguro es difícil de conseguir, porque los mercados privados para la seguridad en salud sufren un caso severo del problema económico conocido como "selección adversa", en el cual los malos riesgos excluyen los buenos.

Para entender la selección adversa, imaginen lo que sucedería si existiera solamente una compañía de seguros de salud, y todos estuviéramos obligados a comprar la misma póliza. En ese caso, la compañía de seguros podría cobrar un precio que reflejara los costos médicos del promedio, más un pequeño cargo extra por costos administrativos.

Pero en el mercado asegurador real, una compañía que ofreciera semejante póliza a cualquiera que quisiera comprarla, perdería dinero a manotadas. La gente saludable, que no prevé tener que pagar altas cuentas médicas, buscaría otra oferta o se mantendría sin seguro. Entre tanto, aquellos que comprarían la póliza serían un autoseleccionado grupo de personas con alta probabilidad de tener altos costos médicos. Y si la compañía aseguradora respondiera a esta selección sesgada cobrando precios más altos por el seguro, ahuyentaría a todavía más gente sana.

Esa es la razón por la cual las compañías de seguros no ofrecen una póliza de salud estándar, disponible para cualquiera que la quiera contratar. Por el contrario, dedican mucho esfuerzo y dinero en escudriñar a los aplicantes, de manera que puedan asegurar a aquellos que consideran con pocas posibilidades de demandar altos costos, y rechazar a aquellos con preexistencias u otros indicadores de altos gastos futuros.

Este proceso de selección es la principal razón por la cual las aseguradoras de salud privadas gastan una mayor proporción de sus ganancias en gastos administrativos de lo que lo hacen los programas de salud gubernamentales, como el Medicare en Estados Unidos, que no trata de rechazar a nadie. Es decir, que las aseguradoras privadas gastan enormes sumas de dinero, no en proveer asistencia médica, sino en negarle el seguro a aquellos que más lo necesitan.

¿Qué sucede con aquellos a quienes se les niega el cubrimiento? Los ciudadanos de los países avanzados –entre ellos Estados Unidos– no creen que porque no puedan pagarlo, a sus compatriotas se les deba negar el servicio de salud esencial. Y esa creencia en la justicia social se traduce en acción, aunque de manera imperfecta. Algunos de quienes no pueden acceder a un seguro de salud privado, están cubiertos en Estados Unidos por el Medicaid. Otros reciben tratamiento "sin compensación", que termina siendo pagado bien por el Gobierno o bien a través de facturas médicas más altas para los asegurados. De manera que lo que tenemos es una inmensa burocracia de la salud privada, cuyo principal propósito es, de hecho, pasarles la cuenta a los contribuyentes.

En este punto, algunos lectores pueden objetar que estoy pintando un escenario demasiado oscuro. Después de todo, la mayoría de los estadounidenses demasiado jóvenes para recibir el Medicaid tienen un seguro de salud privado. ¿Funciona entonces el libre mercado mejor de lo que he sugerido? No, en la medida que tenemos funcionando un sistema privado de seguridad en salud como resultado de grandes, aunque escondidos, subsidios.

La seguridad privada en salud en Estados Unidos se presenta casi en su totalidad en la forma de un cubrimiento originado en el empleo: seguros proveídos por las corporaciones, como parte de sus paquetes de remuneración. Clave en este cubrimiento es el hecho de que las compensaciones en la forma de beneficios de salud –contrario a lo que sucede con los salarios– no paga impuestos. Un estudio reciente sugiere que este subsidio tributario puede ser tan grande como US$190 mil millones por año. E incluso con este subsidio, el cubrimiento originado en el empleo va en rápido declive.

No soy opositor a los mercados. Por el contrario, he invertido mucho de mi carrera defendiendo sus virtudes. Pero el hecho es que el libre mercado no funciona para la seguridad en salud, y nunca lo ha hecho. Todo lo que alguna vez tuvimos fue una colcha de retazos, un sistema semiprivado soportado en grandes subsidios gubernamentales.

Ese sistema está ahora derrumbándose. Y una rígida convicción en que los mercados son siempre superiores a los programas del Gobierno –una creencia que ignora la economía básica como también la experiencia– se cruza en el camino del debate racional sobre qué lo debe reemplazar.

Latinos consolidan en Los Angeles la conquista del poder político

David Brooks, de La Jornada

El Che, Marilyn Monroe y Bob Marley están juntos en un puesto que vende retratos en Venice Beach, frente a la playa un hombre patina desnudo, campesinos inmigrantes defienden la granja urbana más grande del país en South Central Los Angeles, un médico tradicional mixteco se reúne con médicos tradicionales mayas de Guatemala, un empresario coreano construyó la "Plaza México", una réplica de pedacitos del México que conoció, y Hollywood continúa inventando y traficando con sueños; esto es sólo parte del mosaico urbano llamado Los Angeles.

Aquí conviven más de 17 millones de personas en la zona metropolitana extendida (unos 4 millones dentro de la ciudad demarcada), y se dice que si fuera país, su economía ocuparía el lugar 24 en el mundo. Aquí conviven unas 30 nacionalidades diferentes hablando 120 idiomas; todo ello nutre a ésta, la segunda ciudad más importante de Estados Unidos y la tercera ciudad más grande de la mexicanidad.

Esta ciudad, según su alcalde, es el futuro del país y propone transformarla en la "Venecia del siglo XXI". Otros, como el reconocido académico Peter Dreier, advierten que también podría convertirse en la Francia de 2005, donde las tensiones raciales y étnicas siempre están a punto de estallar. Aquí queda la memoria fresca de los dramáticos "disturbios" que estallaron después de que un hombre negro, Rodney King, fue golpeado brutalmente por la policía en 1992.

Rascacielos y techos de cartón

Es la capital de los sin techo: aproximadamente unas 80 mil personas sin vivienda, y no son invisibles: justo a un costado del adornado centro de grandiosos y modernos rascacielos, uno pasa por cuadras enteras ocupadas por casitas de cartón, tapizadas con cobijas, carritos de supermercado donde se depositan todas las pertenencias de los habitantes de un inframundo que recuerda escenas de Blade Runner.

Una mitad de los estudiantes latinos y afroestadounidenses de preparatoria no acaban sus estudios, y el desempleo afecta a los jóvenes, particularmente a los latinos y los negros. Los helicópteros de la policía sobrevuelan constantemente una ciudad con brotes diarios de violencia, con sus famosas bandas criminales: los Bloods y los Crips, la Mara Salvatrucha, entre otros. También es la ciudad más contaminada del país, famosa por su smog y la congestión permanente del tráfico. Mientras tanto, aquí continúa el universo paralelo de "Hollywood", nutriendo la obsesión nacional con las "celebridades", perfectos inventos comerciales ofreciendo vistas de lujo, sexo, y todo el montaje artificial de la "buena vida" que se exporta a todo el país y al mundo. También, ahí en el valle al otro lado de la ciudad, está la capital de la industria de la pornografía.

Pero también están algunos de movimientos sociales y proyectos políticos progresistas de mayor vitalidad e impacto en este país; el sindicalismo es una fuerza creciente, y diversas expresiones de movimientos locales y regionales progresistas están logrando hacer de esta ciudad tal vez el lugar donde nace una contracorriente a la marea conservadora que ha inundado al país.

La convivencia simultánea de múltiples mundos está transformando a esta ciudad en metrópolis mundial. "Oaxacalifornia" se presenta junto con "Corea Town", Zacatecas, Michoacán, Jalisco viven junto con los chinos, tailandeses, salvadoreños y hondureños, entre otros. Esta ciudad pertenece tanto a Estados Unidos como a América Latina y Asia.

Sobre todo, hoy día, esta ciudad es capital de esa comunidad ambiguamente llamada "latina". Aquí los nuevos inmigrantes se encuentran o desencuentran con generaciones de latinoamericano-estadounidenses, los hijos de más de 150 años de inmigración junto con pobladores originales de los tiempos de la colonia española. Y justo por eso, por primera vez en 133 años, hoy la alcaldía está ocupada por un latino, Antonio Villaraigosa, hijo de migrantes mexicanos, hoy el político electo latino de mayor perfil y poder a nivel nacional.

Esta ciudad, a pesar de los 120 idiomas que se hablan aquí, es sobre todo una ciudad bilingüe y, cuando es monolingüe, el idioma dominante es el español. Hay unas 22 estaciones de radio y cuatro canales de televisión en español, los espectaculares, los anuncios de información oficial, direcciones en los hoteles, todo es bilingüe.

Pero hay el español de los recién llegados, y el de los que han estado aquí durante generaciones, y aunque están juntos no necesariamente están mezclados. El concejal Ed Reyes, hijo de inmigrantes mexicanos del D.F. y de Guanajuato, dice a La Jornada que los mundos de los inmigrantes recién llegados y los latinos que tienen más de una generación nacida aquí generalmente viven "en dos universos paralelos".

La falta de confianza, dice, temor y sospecha de los nuevos inmigrantes, y la idea de que entrar a participar con los latinos ya establecidos es arriesgar a ser demasiado visible, "todo eso nos mantiene aparte, ya que nadie quiere complicar sus ya complicadas vidas como migrantes". Sin embargo, afirma que hay esperanza, ya que gente como él quien se crió en estas calles con padres inmigrantes, ya está en puestos de poder, y entienden mejor estas dinámicas y las necesidades para incorporar a toda la comunidad al desarrollo de sus barrios.

Lo más sobresaliente en esta coyuntura es la inexorable conquista del poder político formal por los latinos, lo cual ha llegado a su máxima expresión con la elección de Antonio Villaraigosa como el primer alcalde latino en casi siglo y medio. El Instituto William C. Velásquez celebró su 20 aniversario la semana pasada con un foro cuyo objetivo era "una nueva visión de California: una estrategia latina progresista para la participación cívica y el desarrollo sustentable". El alcalde abrió la sesión planteando su visión de la ciudad por medio de una política de "inclusión", y un enfoque sobre educación, salud, vivienda y desarrollo como temas de una agenda de derechos civiles para la mayoría.

Ante unos 200 participantes, candidatos, académicos, líderes de organizaciones comunitarias, sociales, sindicales y políticos electos locales, ofrecieron propuestas y críticas a las políticas y los desafíos para generar cambios y armar propuestas progresistas desde el punto de vista de los latinos tanto en las bases como en la cúpula de esta entidad.

La ciudad parece estar siempre al borde del caos, en el diario enfrentamiento entre múltiples mundos. Beverly Hills y Hollywood están aquí, sí, con sus tiendas, mansiones y hoteles de lujo, ofreciendo su imagen de lo que es ser "ricos y famosos". Pero a la vez está el mundo cada día contado en las rolas de rap, de las balas, la pobreza y la marginalidad que podría compararse con cualquier lugar del tercer mundo. Hay el barrio "bohemio" de Venice Beach, donde un hombre casi desnudo patina por la banqueta junto a la playa, el ambiente está envinado con mota y nostalgias para los hippies y los beats, varios músicos tocan reggae, rock, hip hop y blues, mientras unos 200 o 300 jóvenes practican capoeira ante un incesante tamborileo.

De todo esto el nuevo alcalde propone construir la Venecia del siglo XXI. Es de aquí que se plantea que ésta no puede ser una "gran ciudad" ante la existencia de tanta pobreza entre tanta riqueza, que el modelo de desarrollo y la falta de una política urbana contemporánea mantienen atorado a este lugar al pasado, a su descomposición, a su fragmentación y autoenfrentamiento. El alcalde dice que desde aquí se plantea un "nuevo New Deal", construido desde y para todos los mundos -incluido el migrante- dentro de esta ciudad.

Por el momento la ciudad está entre una nueva Venecia y una Francia actual, aunque su destino se debate en español, inglés, mandarín y coreano, entre otros. Puede ser cuna de un renacimiento iluminado, o puede acabar con un terremoto geológico o social.


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