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Irak: los militares mueren, los políticos hacen negocios

None | 1 de Enero de 2006 a las 00:00

Después de la guerra

Por Howard Zinn, Traducción para el diario La Jornada: Ramón Vera Herrera. Publicado con permiso del autor. Originalmente apareció en The Progressive. Howard Zinn es coautor, junto con Anthony Arnowe, de Voices of a People's History of the United States

La guerra en contra de Irak, el asalto a su pueblo, la ocupación de sus ciudades, tendrán que terminar tarde o temprano. El proceso ya comenzó en Estados Unidos. Los primeros signos de amotinamiento aparecen en el Congreso. Comienzan a aparecer en la prensa los primeros editoriales llamando a una retirada en Irak. El movimiento contra la guerra crece, lenta pero persistentemente, en todo el país.

Las encuestas de opinión pública muestran que el país está decididamente contra la guerra y contra el gobierno de George W. Bush. Las duras realidades se han vuelto visibles. Las tropas tendrán que volver a casa.

Y mientras trabajamos con mayor determinación para hacer que esto suceda, ¿no deberíamos pensar más allá de la guerra? ¿No deberíamos comenzar a pensar, aun antes de que termine esta vergonzosa guerra, cómo vamos a ponerle fin a esta adicción a la violencia masiva y cómo, en cambio, darle utilidad a la enorme riqueza de nuestro país abocándola a las necesidades humanas? Es decir, ¿no deberíamos comenzar a pensar en terminar no sólo esta guerra sino la guerra misma? Tal vez ha llegado el momento de ponerle fin a las guerras, y hacer que la raza humana entre en un camino de salud y sanación.

Un grupo de figuras internacionales, celebradas por su talento y por su dedicación a los derechos humanos (Gino Strada, Paul Farmer, Kurt Vonnegut, Nadine Gordimer, Eduardo Galeano y otros), lanzarán pronto una campaña mundial para enrolar a decenas de millones de personas en un movimiento que emprenda la renuncia a la guerra, y esperan que llegue el punto en que los gobiernos, al confrontar la resistencia popular, hallen muy difícil o imposible promover las luchas armadas.

Hay un persistente argumento contra tal posibilidad, uno que he escuchado de personas de todas partes del espectro político. Nunca podremos deshacernos de la guerra porque ésta surge de la naturaleza humana. La contraargumentación más sugerente a estos alegatos proviene de la historia. No hemos visto que el pueblo espontáneamente se lance en guerra contra otros. Lo que hallamos, en cambio, es que los gobiernos tienen que hacer tremendos esfuerzos para movilizar a sus poblaciones a la lucha armada. Deben seducir a los soldados prometiéndoles dinero, educación; apelan a los jóvenes cuyas oportunidades en la vida son muy pobres, diciéndoles que aquí está la oportunidad de que logren respeto y estatus. Y si tales seducciones no funcionan, los gobiernos usan la coerción. Reclutan por la fuerza a los jóvenes, los fuerzan al servicio militar, los amenazan con la cárcel si no obedecen.

Es más, el gobierno debe persuadir a los jóvenes y sus familias de que aunque el soldado muera, aunque él o ella pierdan brazos o piernas, todo será por una noble causa, en nombre de Dios o la nación.

Cuando uno revisa la serie interminable de guerras acaecidas en este siglo no se encuentra una efectuada por demanda popular, y más bien los ciudadanos se resisten hasta que son bombardeados con exhortaciones que apelan, no al instinto asesino, sino al deseo de hacer el bien, diseminar la democracia y la libertad o derrocar a un tirano.

Woodrow Wilson se halló con que la ciudadanía estaba tan renuente a entrar a la Primera Guerra Mundial que tuvo que inundar el país con propaganda y encarcelar a los disidentes con el fin de que el país se sumara a la carnicería que ocurría en Europa.

En la Segunda Guerra Mundial, hubo un fuerte imperativo moral que todavía resuena entre el pueblo de Estados Unidos. Se mantiene la reputación de que fue una lucha armada "buena". Había la urgencia de derrotar la monstruosidad del fascismo. Fue esta creencia lo que me impulsó a unirme a la fuerza aérea y volar en misiones de bombardeo sobre Europa.

Sólo después de la guerra comencé a cuestionar la pureza de tal cruzada moral. Al tirar bombas desde más de ocho kilómetros de altura no veía a los seres humanos, ni escuché los gritos, ni miré a los niños desmembrados. Pero ahora tengo que pensar en Hiroshima y Nagasaki, y en las bombas incendiarias que cayeron sobre Dresden y Tokio, en las muertes de 600 mil civiles en Japón y un número semejante en Alemania.

Llegué a una conclusión respecto de mi sicología y la de otros combatientes: una vez decididos, desde el inicio, nuestro bando era el bueno y el otro bando era el malo, y una vez realizado este cálculo simplista, no teníamos que pensar en nada más. Entonces podíamos cometer los crímenes más innombrables y estaba bien.

Comencé a pensar en las motivaciones de los poderes occidentales y de la Rusia estalinista y me pregunté qué les importaba más, el fascismo o mantener sus propios imperios, su propio poder, y si había sido por eso que tenían prioridades militares más elevadas que bombardear las líneas ferroviarias que conducían a Auschwitz. Seis millones de judíos fueron asesinados en los campos de la muerte (¿se permitió ese asesinato?). Sólo 60 mil se salvaron gracias a la guerra: uno por ciento.

Un cañonero de otra tripulación, un lector de historia del que me hice muy amigo, me dijo un día: "¿Sí sabes que esta es una guerra imperialista? Los fascistas son terribles. Pero nuestro bando no es mucho mejor". En ese momento no pude aceptar esa afirmación, pero se me quedó grabada.

He decidido que la guerra crea, insidiosamente, una moralidad común para todos los bandos. Envenena a todos los que se involucran, no importa qué tan diferentes sean, y los vuelve asesinos y torturadores, como ahora nos queda claro. Finge implicar una preocupación por derrocar a los tiranos, y de hecho puede lograrlo, pero las personas que mata son las víctimas de tales tiranos. Parece limpiar al mundo del mal, pero eso no dura, porque de su naturaleza surge más mal. La guerra, como la violencia en general, concluí, es una droga. Te prende momentáneamente, con la emoción de la victoria, pero al deslavarse te provoca desesperanza.

Reconozco la posibilidad de una intervención humanitaria para evitar atrocidades, como en Rwanda. Pero debemos resistirnos a la guerra, definida como el asesinato indiscriminado de grandes cantidades de personas.

Sin tomar en cuenta lo que pueda decirse de la Segunda Guerra Mundial (entendiendo su complejidad), los conflictos que siguieron -Corea, Vietnam- estuvieron lejos de implicar una amenaza como la que Alemania y Japón representaban para el mundo, y sólo pudieron justificarse abrevando del aura de aquella "guerra buena". La histeria en torno al comunismo condujo al macartismo en Estados Unidos y a las intervenciones militares -abiertas o encubiertas- en Asia y América Latina, que se justificaban por "la amenaza soviética", la cual se exageró lo suficiente como para movilizar a ciudadanos hacia la guerra.

Vietnam, sin embargo, resultó ser una experiencia que desemborrachó a los estadunidenses, quienes después de varios años comenzaron a darse cuenta de todas las mentiras que les habían dicho para justificar tal baño de sangre. Estados Unidos se vio forzado a retirarse de Vietnam, y el mundo no se derrumbó. La mitad de un diminuto país en el sureste asiático se unió a su otra mitad comunista y 58 mil vidas estadunidenses y millones de vidas vietnamitas se desperdiciaron para evitarlo. Una mayoría de estadunidenses llegó al punto de oponerse a dicha guerra, lo que condujo al mayor movimiento contra la guerra en la historia de la nación.

La guerra de Vietnam terminó cuando el pueblo se hartó de ella. Una vez disipada la neblina de propaganda, creo que los estadunidenses recuperaron un estado más natural. Las encuestas de opinión mostraron que los ciudadanos en Estados Unidos se oponían a enviar tropas a cualquier parte del mundo, no importaba qué razones se invocaran.

El establishment se alarmó. El gobierno se abocó deliberadamente a remontar lo que llamaba "el síndrome de Vietnam". La oposición a las intervenciones militares en el extranjero era una enfermedad que había que curar. Y comenzaron a intentar sacar al pueblo estadunidense de esta actitud "poco sana", ejerciendo un control más estricto de la información, evitando el reclutamiento forzoso e involucrándose en guerras breves, rápidas contra oponentes débiles (como en Granada, Panamá e Irak), que no dieron tiempo a que el pueblo desarrollara un movimiento de oposición.

Argüiría que el fin de la guerra de Vietnam permitió que el pueblo estadunidense se sacudiera del "síndrome de la guerra", enfermedad que no es natural al cuerpo humano. Pero podían infectarse de nuevo, y el 11 de septiembre dio al gobierno la oportunidad. El terrorismo se volvió una justificación para la guerra, pero la guerra misma es terrorismo, que alimenta el odio y la rabia, como ahora vemos.

La guerra contra Irak ha revelado la hipocresía de la "guerra contra el terrorismo". Y el gobierno de Estados Unidos, de hecho los gobiernos de todos lados, quedaron exhibidos como indignos de confianza, a los que no se les puede confiar la seguridad de los seres humanos, ni la del planeta, ni la custodia de su aire, su agua o su riqueza natural, o el alivio de la pobreza y las enfermedades. Tampoco se les puede confiar el que enfrenten los desastres naturales que amenazan a 6 mil millones de personas en la Tierra.

No creo que nuestro gobierno sea capaz de hacer otra vez lo que hizo después de Vietnam: preparar a la población para sumirla de nuevo en la violencia y el deshonor. Me parece que cuando concluya la guerra en Irak y sane el síndrome de la guerra, habrá una oportunidad muy buena para que la sanación sea permanente.

Mi esperanza es que el recuerdo de la muerte y la desgracia sea tan intenso que el pueblo de Estados Unidos sea capaz de escuchar el mensaje que el resto del mundo, sobrio ya de tanta guerra sin fin, puede entender también: que la guerra misma es el enemigo de la raza humana.

Los gobiernos se resistirán ante este mensaje. Pero su poder depende de la obediencia de la ciudadanía. Cuando esa obediencia se les niega, los gobiernos se vuelven impotentes. Lo hemos visto una y otra vez a lo largo de la historia.

La abolición de la guerra se ha vuelto no sólo deseable, sino absolutamente necesaria si es que vamos a salvar al planeta. Esta es una idea que está madura hoy.

Entrevista a Robert Dreyfuss: el juego del diablo

Por Melanie Colburn, traducción Amaranta Süss. www.sinpermiso.info Mother Jones, 10 noviembre 2005

El reciente libro de Robert Dreyfuss, Devil's Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam (El Juego del Diablo: Cómo los EEUU contribuyeron al fundamentalismo islámico) proporciona una panorámica completa del modo en que la estrategia de los EEUU durante la Guerra Fría dio origen a los mismos grupos islamistas y terroristas a los que recientemente a declarado una Guerra sin cuartel. Basándose en entrevistas con funcionarios del gobierno y de la CIA, el libro describe con detalle las políticas y las operaciones de inteligencia y espionaje que contribuyeron a fundar y armar a los grupos terroristas islámicos, haciendo luego la vista gorda respecto de las actividades de éstos. Durante la Guerra Fría, los EEUU frecuentemente se aliaron con déspotas teocráticos, con regímenes monárquicos y con grupos como el de la Hermandad Musulmana, una estrategia heredada de los poderes imperiales europeos y calculada para liquidar los impulsos nacionalistas y democráticos que socavaban el control extranjero del Oriente Medio.

Aunque el resto del mundo quedó sorprendido por los ataques del 11 de septiembre, Dreyfuss arguye que los servicios norteamericanos de inteligencia habían ya recibido numerosas señales de alerta, en el sentido de que la estrategia que el país estaba siguiendo en Oriente Medio estaba convirtiéndose en un “Juego del Diablo”. No supieron interpretarlas. “No es nosotros creáramos este movimiento [islámico radical] –ya tenía vida por sí propio—, pero parece que lo vimos como un buen caballo cabalgable”, dice Dreyfuss. “Y en eso, nos equivocamos”. Dreyfuss ha concedido a Mother Jones la entrevista que a continuación se reproduce.

Mother Jones: Repetidamente, la CIA, los británicos, e incluso aliados de los EEUU en Oriente Medio como Anuar El Sadat, se han manifestado sorprendidos por el hecho de que grupos radicales islámicos a los que habían apoyado irrumpieran en la región desbaratando el control occidental de la misma, atacando violentamente por su cuenta. ¿Cómo no lo vieron venir?

Robert Dreyfuss: Las señales de alarma existían, pero no supieron interpretarlas. A veces, la gente cree que puede controlar las fuerzas que desencadena, y se lleva el chasco de que se le escapan. Es el viejo problema del aprendiz de brujo.

En el caso de Sadat, cuando llegó a Presidente de Egipto, carecía por completo de base social, y se sirvió de la Hermandad Musulmana para que le ayudaran a combatir y a liquidar a los nasseristas y a la izquierda egipcia. Les animó a combatir a los estudiantes de izquierda en los campus de las universidades egipcias en los años setenta, y estoy seguro de que, como patrocinador suyo, pensaba que nada malo habría de surgir de eso. De hecho, su mujer, Jihan, le previno de que las cosas podrían ir por mal camino. Como así ocurrió: lo vio todo el mundo, en directo, por televisión, cuando esos islamistas fanáticos, provistos con jeeps, camiones y armamento pesado, lo acribillaron ante las cámaras de la televisión islámica.

MJ: Había signos de que ese fundamentalismo islámico estaba empezando a quedar fuera de control. ¿Ocurrió simplemente que los EEUU y Gran Bretaña no supieron interpretarlos, o pensaron que podrían, si necesario, refrenar y encauzar a los radicales?

RD: El problema básico es que los estrategas norteamericanos y las gentes de los servicios secretos no se tomaron la molestia de hacer una pausa y tratar de ver el bosque entero. Lo vieron árbol a árbol, es decir, país por país. Realmente, nunca se pararon a pensar: “¿Habla este tipo con este otro? Está este movimiento conectado con este otro?"

El caso más claro y llamativo es el de Afganistán. Aquí estuvimos dando apoyo a una Jihad y reclutando islamistas de todo el mundo para luchar contra los comunistas, y en el preciso momento, esos mismos islamistas asesinaron al Presidente de Egipto, que era nuestro principal aliado en el mundo árabe. Nadie se paró a reflexionar. ¿Qué me dice de los islamistas que derrocaron a nuestro principal aliado en Oriente Medio, el Sha de Irán? A nuestros estrategas ni siquiera les pasó por la cabeza que, tal vez, eso podría estar conectado con alguna otra cosa a algún nivel.

Ignorar el hecho de que todos esos acontecimientos estaban múltiplemente conectados y que los islamistas estaban en contacto unos con otros, basándose unos en los éxitos de los otros, y aprendiendo de los reveses ajenos, es sencillamente absurdo. En mi investigación preparatoria del libro, me encontré con gentes que escribían informes para algún departamento de inteligencia y que decían: “Debería empezar a preocuparnos este fenómeno islamista”. Pero nunca dejaron de ser una pequeña minoría ignorada.

MJ: ¿Puede decirse que, en parte al menos, el fracaso de los servicios secretos de los EEUU a la hora de predecir la aparición del islamismo radical, se debió a la escasez de especialistas en el estudio de los países islámicos? ¿Todavía se da ese problema?

RD: Ser un arabista nunca ha sido cosa popular entre la burocracia norteamericana. En los últimos veinte años, casi ha sido un anatema. Se ha levantado toda una industria destinada atacar a los arabistas y a cargarles con todo tipo de reproches, como el de estar a sueldo de los jeques sauditas y cosas por el estilo.

En el ultimo año y medio, desde que Porter Goss se hizo cargo de la dirección de la CIA, ha habido otra purga en la CIA, que ha afectado sobre todo a su División del Oriente Próximo y a los arabistas de la CIA, muchos de los cuales se fueron disgustados. Es claro que, desde la elección del Presidente Bush, nadie en la Casa Blanca estaba interesado en las conclusiones que sacaron esos profesionales arabistas. Los servicios secretos de inteligencia en Irak fueron sesgados, dejados de banda, distorsionados, y en algunos casos, falsificados. Las cosas fueron a peor bajo Porter Goss, al que se envió a la CIA para sellar una reconocida fuente de rebelión contra la Casa Blanca en la agencia. De manera que en el preciso momento en que necesitábamos que la CIA tuviera una clara inteligencia de lo que está ocurriendo en el Oriente Medio con el Islam político, y de la naturaleza de la amenaza terrorista que tenemos enfrente, se priva a la agencia de sus mejores y más brillantes cerebros en esa materia.

MJ: ¿Qué lecciones se han sacado de la complicidad occidental en el desencadenamiento de lo que en el mundo de hoy se percibe como la amenaza más grave para la seguridad global?

RD: Henry Ford dijo una vez: “Nada de lamentos; nada de explicaciones”. A lo que yo añadiría: “Nada de disculpas”. No, yo no espero consciencia alguna de culpa por parte de los viejos poderes imperiales europeos ni de los EEUU respecto de su papel de partera en el nacimiento de los movimientos políticos radicales islámicos.

La lección más clara que se ha sacado es ésta: “Mira la historia, y no hagas eso”. Pero alguien mucho más listo que yo dijo: “La historia se repite”. A mí me produce un asombro que no puede expresarse con palabras el hecho de que una Administración que declara como su principal misión la de exterminar el terrorismo islamista, esté hoy apoyando hoy en Bagdad con 150.000 soldados islamistas a un gobierno, uno de cuyos partidos, al-Da´wa, es un partido terrorista. En mi libro escribo sobre la historia del al-Da´wa. Se trata de una organización que en 1992 trató de volar la Embajada Americana en Kuwait. Eso, para mí, es una acción terrorista. Y ahora, de repente, estamos apoyándolos, al partido y a su dirigente, [Ibrahim] Jaafari, Presidente de Irak. No encuentro palabras para expresar mi estupefacción ante el hecho de que no haya nadie de la Administración Bush que venga y diga: “¡Ojo! Cometimos un error. No nos percatamos de que contribuimos a que estas gentes acabaran dominando el país. ¡Cuanto lo lamentamos!."

MJ: El ascenso de los militantes islamistas egipcios ante las mismísimas narices de Sadat resultó asombroso, y hay incontables ejemplos de este tipo de ceguera de los s ervicios secretos estadounidenses. ¿Hay actualmente proyectos y programas religiosos similares que pudieran llegar a tener en el futuro consecuencias no pretendidas e igualmente negativas en el futuro?

RD: Estamos creando un Frankenstein en Irak, obviamente. Puesto que estamos construyendo el monstruo, hay islamistas por toda la región que están mirando eso y diciéndose: “Vaya, vaya; también nosotros podríamos hacer algo así”. Por ejemplo, en Siria, la Hermandad Musulmana, que representa allí a la mayoría de los sunitas, mira a Irak y dice: “El tío Sam invadió Irak, derrocó a Sadam, y la mayoría chiíta se impuso y está ahora a punto de lograr el poder. Puede que si el Tío Sam sigue ese mismo camino en Siria, y nos libra del Presidente [Bashar] Assad, la mayoría sunita acabe logrando el poder en Siria.” La Hermandad Musulmana está mirando al Irak como un modelo esperanzador de lo que podría acabar ocurriendo en Siria.

MJ: ¿Ha desarrollado la actual Administración una inteligencia suficiente de los grupos islamistas radicales, y qué papel juega esa inteligencia en las actuales políticas hacia los mundos islámico y árabe?

RD: ¿Es una broma eso de la inteligencia suficiente del Islam? Yo diría que, en una escala de uno a diez, la comprensión que la Administración Bush tiene del Islam político se sitúa entre cero y uno. Creo, sencillamente, que carecen por completo de concepto, tanto en lo que hace a la magnitud de las fuerzas en presencia –es decir, cómo opera el Islam como fuerza política en el mundo moderno—, cuanto en lo tocante a la específica naturaleza de lo que Bush llama ahora el “islamofascismo."

Por una parte, creo que el Presidente exagera bestialmente la amenaza del terrorismo islámico cuando lo compara con amenazas institucionales globales, como el fascismo o el comunismo. Por otra parte, creo que subestima la importancia del Islam político como institución en el Oriente Medio, porque con lo que ahora nos encontramos, desde la invasión de Irak, es con una teocracia islámica apoyada por nosotros mismos en Bagdad. Al mismo tiempo, el Presidente está desarrollando una política tendente a reemplazar por democracias los regímenes actualmente existentes en Oriente Medio, lo cual no puede sino robustecer el poder de grupos como la Hermandad Musulmana, que constituyen los grupos de oposición más fuertes en países como Egipto, Siria y otros.

MJ: ¿Está la política exterior norteamericana operando todavía en Oriente Medio con esquemas heredados de la Guerra Fría?

RD: La estrategia de la Guerra Fría en Oriente Medio se fundaba en la premisa de que teníamos que apoderarnos de la región, o en caso contrario, lo harían los soviéticos. Bueno, pues la Unión Soviética ha dejado de existir. Pero ahora se tiene una idea similar: Tenemos que apoderarnos de la región o, en caso contrario, los chinos pondrán sus sucias manos sobre ella, y tal vez otros tipos, también. La lucha por el control de los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico no tiene un punto final. Durante la Guerra Fría, simplemente, teníamos un conjunto distinto de tipos malos por los que preocuparnos.

MJ: ¿Cree Usted que tomar consciencia de esa historia podría traer consigo un cambio en nuestra política exterior?

RD: Soy totalmente escéptico ante la idea que un libro pueda llegar a tener un gran impacto en material de política. Y le voy a decir por qué. Porque hay mucha, muchísima gente hoy en los EEUU que comprende perfectamente cómo se imbrican política y religión en Oriente Medio. Pero hay un hiato enorme entre los conocimientos de esas gentes y la información con la que trabajan los políticos.

En los meses y años previos a la invasión de Irak, prácticamente todos los que sabían algo sobre Irak se opusieron a la Guerra. Lo hicieron en parte porque se percataban de que era manifiestamente estúpido y temerario invadir un país sin tener una idea clara de las consecuencias de hacerlo. Porque se opusieron a la guerra, fueron excluidos de la planificación de la Guerra. Y esto es un catch-22: cualquiera que supiera algo sobre Irak, puesto que se oponía a la aventura, fue excluido de la planificación de la guerra. Lo que significa que la única gente que se incorporó a la planificación de la invasión fueron los que no sabían nada, los que no tenían ni idea. Y así, quienes no tenían ni idea fueron quienes acabaron planificando la Guerra, y esa es la causa que nos ha llevado a la actual catástrofe en Irak.

Puede Usted ver en mi libro un montón de ejemplos de gentes que entendían el problema y que fueron excluidas –por razones políticas— de la toma de decisiones. Es imposible desafiar las políticas norteamericanas de apoyo a Israel. Es imposible manifestarse a favor de la retirada de Irak, porque te darán con un gran bastón en la cabeza cuando te presentes a la reelección. Si mi libro acaba contribuyendo a que más gentes cobren consciencia de los disparates de nuestros políticos, tal vez tenga algún impacto, pero solo si los votantes votan de acuerdo con la nueva comprensión adquirida del problema.

MJ: Usted menciona en su libro que Irán, Siria, Arabia Saudita y los Estados del Golfo son todos objetivos de primera magnitud en una especie de proyecto neoconservador de construcción imperial. ¿Pueden llegar muy lejos esas ambiciones, bajo la actual Administración?

RD: Al comienzo del proyecto de Irak, yo creo que el punto de vista mayoritario en la Administración era “Primero Irak, luego Siria, luego Irán, y luego el resto de la región. Y enseguida, todo será nuestro”. Cuando se hizo claro que la americanización de Irak no iba por muy buen camino, se dio un proceso de reflexión entre algunas de las gentes más sensibles de la Administración, pero otros empujan hacia delante. Nos hallamos ahora en una situación en la que los países que más necesarios nos resultan para ayudarnos a estabilizar Irak –Siria e Irán— son precisamente los dos países a los que la Administración Bush trata con mayor empeño de afrontar y afrentar.

Si yo fuera el Presidente, me dirigiría a Siria y a Irán para decirles confidencialmente: “De acuerdo, metimos la pata en Irak. ¿Quieren ayudarnos a sacarla?” Pero en vez de eso, están organizando una chillería con que no vamos a tolerar a Siria y a Irán, que vamos a presionar a éste, a acosar a este, a amenazar a este y a bombardear a este. Eso no es precisamente preparar una perspectiva para un mejor Irak. Al contrario: es aumentar las probabilidades de que las cosas vayan todavía peor en Irak.

MJ: ¿Pero no representa Siria una amenaza para los EEUU, tanto porque suministra a Irak nuevos insurgentes, como por su papel en el asesinato del anterior primer ministro libanés, Rafiq Hariri?

RD: Siria es un país pequeño y con poco peso. Es verdad que es capaz de volar gente en el Líbano. Pero todo tipo de países han estado volando políticos en el Líbano, incluyendo Israel y los propios EEUU. No me parece que tengamos las manos limpias en esta partida. Cualquiera que piense que Siria constituye una amenaza global ignora de qué está hablando realmente. Siria, créame, está más temerosa de nosotros de lo que nosotros deberíamos estarlo respecto de ella.

MJ: Mencionó Usted que los EEUU están actualmente sosteniendo una teocracia en Bagdad: ¿cómo resulta ésta por comparación con la de Irán?

RD: Yo diría que la teocracia islámica instalada en Bagdad es una hermana menor de la iraní. Está menos desarrollada y se ve forzada a compartir su poder con los kurdos, que son laicos, lo que pone un obstáculo en el camino que tiene por delante los partidos religiosos en Irak. Pero, dejados a sus propios impulsos, los grupos iraquíes como Consejo Supremo para la Revolución Islámica (CSRI), crearían un estado que asemejaría mucho al de Irán, y de hecho, formaría probablemente algún tipo de alianza de colaboración permanente con el régimen de Irán.

MJ: Ni el apoyo norteamericano a los grupos radicales islámicos en el pasado, ni la actual agresión –incluida la Guerra de Irak— han tenido efectos deseables, ni desde la perspectiva de la política exterior estadounidense, ni desde la de los musulmanes moderados que tienen que arrostrar las consecuencias. ¿Tiene solución el complejo problema del terrorismo islámico fundamentalista?

RD: Sí, eso tiene respuesta. La manera mas sencilla de responder a eso es decir que necesitamos rebajar la temperatura. En alguna parte de mi libro hablo de un punto de ebullición del agua. Si Usted tiene la llama bajo el caldero y el agua hierve, las moléculas más calientes se evaporan en el aire. Y eso es lo que ha ocurrido.

[Rebajar la temperatura] significa, lo primero y más importante, reducir nuestra presencia militar en la región –salir de Irak y de Afganistán, cerrando algunas de las bases que hemos construido en el área que va del Mediterráneo oriental hasta el Asia central y el Océano índico—, dejando claro que no tenemos intención ni de mantener bases permanentes en esa parte del mundo, ni de hacernos con su petróleo. Y emprender luego pasos en serios en la vía de internacionalizar y resolver algunos de los más enquistados problemas que inflaman los ánimos musulmanes desde Palestina hasta Chechenia y Cachemira.

Si lográramos hacer eso, creo que habríamos recorrido un largo trecho en el camino que lleva a rebajar la temperatura, y entonces, solo necesitaríamos quitarnos de en medio y dejar que las gentes que viven en el Oriente Medio se comprometan y participen en el proceso que yo llamo de “construcción de la religión”, un término que tome prestado de Cheryl Bernard del [instituto de investigación] RAND, y que refiere a la idea de que necesitamos crear una nueva filosofía de la religión en Oriente Medio. Pero eso es algo que no deben hacer los EEUU; es algo que los musulmanes necesitan hacer. Lo que sé de la región me permite decir que allí hay un sinnúmero de miles, millones de gentes completamente libres de la fe obscurantista de esos islamistas y que no desean otra cosa, sino liberarse por sí mismos de las sombras del Islam político, construyendo autónomamente su sociedad.

MJ: ¿Y qué perspectivas le augura Usted a eso?

RD: Malas. ¿Tengo que explicárselo? Quiero decir, malas. Probablemente, estamos en vías de invadir otro país. Eso es malo. Es horrible, y va a peor.

La medida del éxito

Por Thomas L. Friedman, ganador del Premio Pulitzer en 2002 por sus columnas en "The New York Times". Semanario El Espectador, Colombia

Me gustaría proponer una prohibición: una prohibición sobre funcionarios de la administración Bush que miden nuestro éxito en Irak por el número de soldados Irakuíes que hemos "entrenado". Yo propongo esta prohibición debido a que se trata de una métrica completamente engañosa, y si nos volvemos adictos a ella, vamos a cometer en Irak algunos errores incluso mayores de los que ya hemos cometido.

El problema ahora no radica en cuántos soldados Irakuíes hay en Irak. La cuestión es cuántos ciudadanos Irakuíes hay en Irak. Sin más ciudadanos Irakuíes, nunca habrá suficientes soldados Irakuíes. El incesante parloteo de Bush con respecto al entrenamiento del ejército Irakuí es una gran pérdida de aliento. Después de todo, ¿quién esta entrenando a los insurgentes? Nadie, hasta donde sabemos, pero incluso así han demostrado que son una fuerza de combate astuta, adaptable y letal. Eso debido a que en la guerra, la motivación siempre tiene mayor importancia que el entrenamiento. Los insurgentes saben quiénes son y por qué pelean. Yo pienso que es horrendo quiénes son ellos y que están peleando por un apartheid: el derecho de la minoría sunnita de Irak a gobernar de manera permanente por encima de la mayoría chiíta y curda del país. Sin embargo, ellos tienen la voluntad, y por tanto tienen la forma de hacerlo.

El ejército Irakuí será efectivo solamente si tiene la voluntad de seguir con la forma en que lo estamos entrenando. Y el ejército de Irak tendrá la voluntad para pelear sólo si sus soldados tienen un gobierno en el cual creer y están motivados a defenderlo. Y eso nos lleva de nuevo a la ciudadanía. Es magnífico que los Irakuíes hayan celebrado otras elecciones libres y justas y que aproximadamente 11 millones de personas hayan salido a votar. Los estadounidenses deberían estar orgullosos de que hayamos ayudado a producir lo anterior en una región que muy rara vez ha experimentado cualquier tipo de política democrática.

Con todo, lo que aún no es claro es lo siguiente: ¿Quién y por qué estuvieron votando los Irakuíes? Estuvieron votando por líderes sectarios de los curdos, de quienes albergan la esperanza que escindan gradualmente a Curdistán de Irak? ¿Estuvo la población votando a favor de clérigos chiítas que favorecen a Irán, de los cuales esperan que logren formar una zona teocrática del chiísmo entre Basora y Bagdad? ¿Estuvo el electorado Irakuí votando por líderes tribales de la minoría sunnita, de quienes esperan que devuelvan a los sunnitas a su lugar "por derecho", que gobiernen a todos los demás? ¿O estuvieron votando por un Irak unificado y por políticos de quienes esperan que se comprometan y vuelvan a redactar la Constitución para convertirla en un acuerdo nacional de amplia aceptación?

Si ellos estuvieron sufragando por sectas Irakuíes, entonces eso significa que no hay ciudadanos Irakuíes, sólo chiítas, curdos, sunnitas, etc., atrapados dentro de las fronteras artificiales de Irak. Si, con todo, la gente estuvo votando por un Irak unificado y dirigentes Irakuíes que hagan que eso ocurra, nosotros aún tenemos una oportunidad de obtener un resultado decente.

Esto debido a que, si efectivamente hay ciudadanos Irakuíes y dirigentes nacionales, entonces los estadounidenses tenemos socios para el tipo de Irak que albergamos la esperanza de ver construido. En ese caso, debemos mantener el rumbo. Si no hay ciudadanos Irakuíes, o no hay suficientes, entonces nosotros carecemos de socios reales y si mantenemos el rumbo, nunca se dará origen al Irak capaz de sostenerse por sí solo que nosotros deseamos.

El presidente Bush habla de Irak como si fuera un hecho que existe una sola aspiración Irakuí para exactamente el tipo de democracia pluralista que a Estados Unidos le gustaría ver erigida en Irak, y que la única variable consiste en saber si permanecemos ahí el tiempo suficiente para ver su conclusión. Desearía que así fuera: nuestro trabajo sería fácil. Sin embargo, no es así. Aún no es clara la voluntad del pueblo Irakuí. Después de estas elecciones, con todo, estamos por averiguarlo.

Ahora todo depende del tipo de mayoría que quieran ser los Irakuíes chiítas y el tipo de minoría que los sunnitas deseen ser. ¿Acaso los chiítas demostrarán que son magnánimos en la victoria y redactarán de nuevo la Constitución de una forma que puedan aceptar los sunnitas decentes, quienes buscan convertirse en ciudadanos de un Irak unificado? ¿Accederán los sunnitas a reconocer su justa parte de los ingresos derivados del petróleo Irakuí y los puestos gubernamentales y nada más?

Mis propias visitas a Irak me han dejado convencido de que, debajo de todo el tribalismo, existe un sentido de ciudadanía e identidad nacional ansioso por manifestarse. Empero, se requerirá de mayor seguridad y de muchos más líderes Irakuíes animados por la reconciliación nacional, para que este salga de forma sostenida.

A diferencia de muchos integrantes de la izquierda, yo no estoy convencido de que lo anterior nunca vaya a ocurrir y que todo esto haya sido para nada. A diferencia de muchos integrantes de la derecha, yo no estoy convencido de que eso ocurrirá de manera inevitable si nosotros solamente mantenemos el rumbo durante el tiempo suficiente. De lo único que estoy seguro es que luego de las elecciones efectuadas, Irak será lo que los Irakuíes hagan de él, y los próximos seis meses nos van a decir mucho. Yo mantengo una esperanza atenta.

¿Cómo sabrán que las cosas van bien? Eso es fácil. El ejército Irakuí repentinamente se volverá efectivo sin la guía de Estados Unidos. Sabrá cómo pelear, debido a que sabrá por qué —y en contra de quién— está peleando.

Fracaso militar, éxito de negocios

Por Lucas Marco, LAvanç
Entrevista a Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador habitual de El País y Rebelión. Invitado por el colectivo Terralada a hablar en el Centro Social Terra sobre la situación olvidada de Chechenia, L’Avanç aprovechó su paso por Valencia para conversar con él sobre las principales cuestiones de la actualidad política internacional.

¿Qué perspectivas se vislumbran en Irak? ¿Cómo ve la posibilidad de una retirada a corto o medio plazo?

Yo me imagino que antes o después, el ejército norteamericano se marchará. Lo hará sólo cuando considere que ha dejado en Irak un gobierno lo suficientemente dócil como para garantizar que los objetivos fundamentales de la operación bélica del año 2003 son objeto de satisfacción plena. Y sospecho que esto no está en el horizonte más cercano. Entre esos objetivos, por cierto, creo que uno de los primeros y el fundamental, es garantizar el negocio para las grandes empresas estadounidenses del complejo militar-industrial, de la construcción civil y de la producción del petróleo y del gas natural. Para estas empresas la situación actual en Irak es muy saludable. Lo enuncio como un dato que me parece interesante rescatar: los EEUU están naufragando en el terreno militar, pero, sin embargo la operación económica que se haya en la trastienda está produciendo los resultados apetecidos, por eso tal vez conviene considerar la posibilidad de que los EEUU no se vayan a retirar, precisamente en virtud de su fracaso militar, pero de su éxito económico, al menos entendido en términos de intereses privados muy singulares.

¿En qué medida piensas que las acciones de la resistencia está siendo un factor decisivo en el declive militar de los EEUU en Irak?

Este es un factor decisivo para explicar ambas cosas. No me cabe ninguna duda. De todas maneras, a mi entender, el problema fundamental que plantea la resistencia es la reflexión relativa a la estrategia argumental norteamericana, y aquí nos hayamos ante una paradoja más. Los EEUU están muy interesados en atribuir todas las acciones de la resistencia a Al-Qaeda o a redes afines. Eso es un arma de dos filos. En primer lugar, yo creo que las evidencias sugieren que el grueso de la resistencia no tiene nada que ver con Al-Qaeda. Es una resistencia nacional y nacionalista que se opone a la presencia de un ejército invasor y no hay que enunciar mucho más. Pero si los EEUU parecen empecinados en atribuir todas las acciones a Al-Qaeda, lo hacen con toda certeza porque consideran que, en términos de legitimación internacional eso es un argumento sólido en su provecho, al final pueden encontrarse con una tesitura muy delicada, en la medida en que pueden acabar por generar el monstruo que ellos mismos dicen rechazar, y propiciar una entrega a redes como Al-Qaeda de una resistencia que exibía un carácter distinto y que probablemnet en algunas de las claves era más propicia a la negociación.

Algunos de los gobernantes Irakuíes han procurado distinguir entre dos modalidades de la resistencia sugiriendo que se puede negociar con la resistencia autóctona, que se opone simplemente a la presencia del invasor. Cuando los norteamericanos prefieren recurrir a semejantes manipulaciones tan groseras, probablemente se estén cerrando ellos mismos determinados horizontes de futuro.

¿Piensas que las próximas acciones bélicas de los EEUU pueden dirigirse hacia Síria a través del informe Mehlis?

Mi impresión general es obvia: los EEUU están naufragando militarmente en Irak y también en Afganistán, aunque de esto hablemos muy poco. Es improbable que en esas condiciones se lance a asumir una estrategia de colisión militar frontal en un país como es Síria o en país como es Irán. Intuyo que, aunque no sea el tipo de posición que defiende Bush, en este caso está servida la conclusión de que es más sencillo que recurran a formas de presión muy severas que no pasan por lo estrictamente militar. En el caso de los gobernantes sirios, hay que convenir que la estrategia norteamericana al respecto ha sido hasta el momento razonablemente exitosa. Cuando los EEUU se han puesto farrucos, Síria ha asumido las presiones, por ejemple han retirado el grueso de los contingentes militares presentes en el Líbano. Si hasta ahora esta estrategia les ha dado resultados, no hay ningún motivo para concluir que Washington la va a abandonar. Va a seguir presionando pero intuyo que no hasta el punto de llevar adelante una acción militar en toda regla.

¿Qué papel juega en este contexto el concepto de alianza de civilizaciones?

Bueno, esto se puede analizar desde muchas prespectivas. Hace unas semanas le preguntaron a José María Aznar qué pensaba sobre la alianza de civilizaciones. Respondió que no había que crearla, que ya existía, era la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Claro, si uno se sitúa en semejante perspectiva tiene que mostrar al menos alguna simpatía inicial por la propuesta de una alianza de civilizaciones. Yo creo que cuando analizas seriamente la cuestión, la alianza es un fiasco. ¿Por qué? Yo lo describo así: pretende separar artificialmente el mundo de lo cultural del ámbito de lo económico y de lo militar. Los problemas de desencuentro entre presuntas civilizaciones, no se verifican en el terreno de lo cultural, se verifican en el terreno económico y en el militar de la mano de una situación de explotación manifiesta del Sur por el Norte, por ejemplo en el Mediterráneo, y de una presión militar del Norte en los países del Sur. Entonces, si la propuesta de Rodríguez Zapatero se contenta sin más con organizar dos macroconferencias, una en Madrid y otra en Beirut, me imagino que el cambio objetivo es nulo. Intuyo, además que las condiciones objetivas no están dadas para que el cambio no sea mayor. No sólo se trata de eso, esto hay que situarlo en un escenario general de retroceso de las atribuciones económicas y sociales de los poderes públicos de los Estados. Si los Estados carecen de estos recursos que podrían modificar las relaciones objetivas, lo que se nos está diciendo es que el protagonismo de este tipo de cambios debe de recaer sobre los empresarios privados y esto es pedirle peras al olmo, los empresarios privados están simplemente por la búsqueda del beneficio más descarnado, con lo cual yo entiendo que, en realidad, por bien intencionado que sea, la propuesta de alianza de civilizaciones es una operación de cara a la galería.

La retirada de las tropas de Irak por parte del PSOE al llegar al poder marcó sin duda un cambio respecto a la anterior política exterior del gobierno de Aznar. Sin embargo, ¿qué limitaciones y qué similitudes mantiene la actual política exterior respecto de la anterior?

Yo creo que, por desgracia, las similitudes son mucho más notables que las diferencias. El único dato indiscutiblemente saludable de la política exterior de Rodríguez Zapatero es la retirada de los contingentes presentes en Irak. Pero no ha llegado ninguna noticia en el mismo camino con posterioridad. Si el gobierno español quiere que creamos que está rompiendo amarras con los EEUU, que está cancelando una relación de cincuenta años de supeditación, lo que tiene que hacer es muy fácil de identificar: desmantelar las bases de Morón y de Rota, denunciar los convenios de defensa hispano-norteamericanos y propiciar el abandono de la OTAN. Con toda evidencia, ninguna de estas medidas están en la agenda del gobierno socialista. No se trata sólo de esto, en el propio terreno económico y comercial, la política del gobierno socialista es literalmente continuista de los gobiernos de Aznar. Lo acabamos de ver con ocasión de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Hong-Kong, con el ministro Montilla defendiendo claramente las subvenciones a los productos agrícolas y a otros bienes productivos en la Unión Europea. Cuando el gobierno español no asume ninguna actitud crítica ante lo que es la OMC o ante lo que es el Fondo Monetario Internacional, pues difícilmente puede uno creer que está rompiendo amarras con una relación de integración en el Norte desarrollado y de ratificación, por ejemplo, de las reglas del juego del intercambio desigual. Por eso digo que, más allá de que el gobierno Aznar pudiera llevar a circunstancias extremas, por ejemplo la relación de sumisión con los EEUU, los cambios objetivos son menores.

Centrándonos en esta cuestión, nos encontramos además con el caso de Haití y de Afganistán, donde tropas españolas están colaborando en unas misiones extremadamente desconocidas por el público en general. ¿Cómo se explican estos dos casos?

Tanto Afganistán como Haití lo que reflejan del lado del gobierno español es el designio de congraciarse con los gobernantes norteamericanos, de colocar sobre la mesa el argumento de que, aunque había una discrepancia precisa y coyuntural en relación con Irak, la relación de cordialidad sigue siendo fundamental. Por desgracia, me temo que en este caso lleva razón este inefable personaje que es José Bono cuando afirma que España es un aliado fiel de los EEUU. Tal vez el caso de Afganistán es, pese a todo, más claro. Uno retira los contingentes militares en Irak y los redespliega en cierto sentido en Afganistán, creando en la opinión pública la imagen de que son dos conflictos totalmente diferentes. Cualquier persona sensata sabe que las semejanzas entre esas dos situaciones son abrumadoras. En ambos casos, los EEUU, en el pasado, dispensaron su apoyo a gobiernos o a movimientos que hoy se encargan de rechazar agriamente. En los dos casos, han asumido operaciones bélicas saldadas violaciones gravísimas de los derechos humanos más básicos. En los dos casos defienden opciones geoestratégicas y geoeconómicas muy interesadas y muy similares, en los dos casos, y se diga lo que se diga, están violentando el espíritu y la letra de la Carta de Naciones Unidas, con lo cual cualquier persona sensata sabe que no hay ninguna razón que venga a explicar porque se retiran los soldados de un lugar y se despliegan sin embargo en otro. Y esto, de nuevo, nos emplaza ante una relación objetiva de continuidad en la sumisión al dictado que llega de Washington.

Finalmente, ¿qué opinión te merecen los resultados de la última cumbre euromediterranea celebrada hace un tiempo en Barcelona?

Yo creo que nadie sensato sostiene que no ha sido un fiasco. El dato que puedo admitir, que en si mismo tiene cierta dimensión simbólica y que no invita a establecer ninguna conclusión pero resulta interesante, es que la mayoría de los jefes de Estado de los países del Sur no acudieran. Esto da cuenta de la importancia que le atribuian a algo que, de nuevo, ha sido difundido entre nosotros a bombo y platillo, como si fuera un indicador muy sólido del relieve de la política exterior española, y donde al final lo que hay por detrás a penas es nada.

Además, no nos engañemos mucho, creo que es interesante comparar el relieve objetivo que en términos de esa política exterior ha tenido la Conferencia Euromediterránea y el relieve otorgado en cambio a las negociaciones con la Unión Europea para conseguir más recursos. Obviamente, lo segundo es mucho más importante a los ojos de nuestros gobernantes que lo primero. ¿Qué quiere decir eso? Que lo que ocurre en el Mediterráneo interesa sólo en relación con una dimensión expresa, que es la inmigración ilegal y los problemas de seguridad. Lo otro, en cambio interesa, aunque yo creo que también es un reflejo cabal de la miseria de la política exterior española a día de hoy. Cualquier persona sensata sabe que en los diez candidatos incorporados a la UE en 2004 hay un sinfín de regiones más pobres que las Comunidades Autónomas más pobres del Estado español. Sin embargo, aquí la clase política se empecina en seguir pidiendo recursos que otros necesitan con mucha mayor urgencia. Esto nos emplaza ante las paradojas de quienes acusan a los responsables de sacar adelante un proyecto de reforma del Estatuto catalán de insolidadaridad y luego se manifiestan conforme a las mismas claves cuando se trata de negociar en Bruselas.

Otro ejemplo que me pareció fascinante de la incoherencia: la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, que propugna un discurso neoliberal extremo, es sin embargo partidaria de que el presupuesto público permita financiar la enseñanza concertada. Me imagino que es algo que desmiente radicalmente lo que el neoliberalismo reivindica. Pues así estamos...


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