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Nueva Orleáns e Irak

None | 18 de Septiembre de 2005 a las 00:00

Por Boaventura de Sousa Santos, doctor en sociología del derecho por la Universidad de Yale; profesor titular de la Universidad de Coimbra. Traducción para La Jornada Rubén Montedónico

En los últimos cuatro años presencié en Estados Unidos dos acontecimientos gravísimos, causantes de muchas muertes y destrucción, uno de ellos provocado por la mano humana -el ataque contra las Torres Gemelas- y otro natural, el huracán Katrina, que acaba de destruir la ciudad de Nueva Orleáns. Más allá de la dimensión de ambas tragedias, esos dos acontecimientos parecieran no tener algo en común. Pero las apariencias engañan. En primer lugar, ambos revelan -cada cual a su modo- las enormes fragilidades de la seguridad interna del país más rico y poderoso del mundo. Al contrario de lo que se afirma, estos acontecimientos fueron previstos, y con detalle. Los informes secretos de la CIA anticipaban un inminente ataque con ribetes trágicos contra Nueva York por la red Al Qaeda, usando la aviación civil. Del mismo modo, son muchos los informes de varias agencias de protección civil que en los últimos años llamaron la atención sobre la necesidad de reforzar los diques de Nueva Orleáns, evitar la erosión de los pantanos y prever acciones de evacuación en gran escala.

En el caso de Nueva Orleáns la falta de previsión fue particularmente grave debido a que, todavía el año pasado, el gobierno redujo en cerca de 50 por ciento el presupuesto del Cuerpo de Ingenieros encargado de la infraestructura de protección de la ciudad. En segundo lugar, las acciones del gobierno estadounidense en estas catástrofes revelan algunos trazos comunes, igualmente inquietantes para los ciudadanos de Estados Unidos. La respuesta a los atentados de Nueva York fue la invasión de Afganistán, seguida por la de Irak. La eficacia (para no hablar de la justificación jurídico-política) de estas medidas está dramáticamente puesta en tela de juicio. La mayoría de los estadounidenses no se siente hoy más segura y piensa que el presidente George W. Bush les mintió cuando justificó la invasión de Irak por la existencia de armas de destrucción masiva y la inminencia de su uso contra Estados Unidos. Esta convicción va seguramente a pesar todavía más después de la patética confesión de Colin Powell de que se mofó (del Consejo de Seguridad y del mundo) cuando mostró en Naciones Unidas armas que no existían, por lo que considera ahora ese discurso como una negra mancha en su carrera política.

En lo que respecta a la tragedia de Nueva Orleáns, los estadounidenses están atónitos e indignados por la incompetencia e ineficacia de la respuesta gubernamental. ¿Cómo fue posible que millones de personas hayan tenido que esperar entre tres y cuatro días para ser evacuadas o recibir agua potable y alimentos, razón por la cual muchos murieron innecesariamente? Las comparaciones con tragedias ocurridas en otras regiones son inevitables. Cuando el tsunami asoló Asia, la ayuda llegó en 24 horas. Cuando el año pasado Cuba fue barrida por un violento huracán, el gobierno evacuó a más de un millón de personas sin que hubiese pérdidas humanas. Y, para muchos, el fantasma de Irak y la lucha contra el terrorismo vuelven a la superficie. El Wall Street Journal, conservador, se pregunta: ¿cómo es posible que una división de la fuerza aérea estacionada cerca de Nueva Orleáns, entrenada y preparada para trasladarse a cualquier parte del mundo en 18 horas, haya requerido varios días para llegar a la ciudad? ¿Cómo es posible que en un país con el ejército tecnológicamente más avanzado, las policías de diferentes localidades usen sistemas de transmisión incompatibles entre sí y no haya baterías de repuesto cuando falla la energía eléctrica?

El mismo periódico, en su edición del 9 de septiembre, informa que ya comenzó la carrera hacia el oro de los contratos millonarios para la reconstrucción de Nueva Orleáns y, para sorpresa de los ingenuos, las empresas contratadas por el gobierno son las mismas que fueron seleccionadas para reconstruir... Irak. Ocurre que el mercado es el que impone su ley alimentándose de la desgracia de los ciudadanos, con la misma lógica individualista y ciega con que las autoridades federales ordenaron la evacuación de la ciudad sin darse cuenta que 100 mil personas no poseían vehículos ni tenían un lugar a donde ir.

El modelo de sociedad que impulsa Estados Unidos y que la diplomacia y las fuerzas armadas de ese país quieren imponer al mundo, con el apoyo entusiasta del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, está hoy, más que nunca, desacreditado. El informe de Naciones Unidas sobre las desigualdad en el mundo, que acaba de salir, denuncia -con inusitada vehemencia- actos que los políticos y gobiernos conservadores prefieren ignorar: en el país más rico del mundo no existe un sistema nacional de salud y 40 millones de ciudadanos carecen de algún tipo de seguro; la mortalidad infantil tiende a aumentar desde 2000 y es hoy igual a la de Malasia, mientras que entre los negros de Washington DC su incidencia es más alta que la de los habitantes del estado indio de Kerala. La tragedia de Nueva Orleáns revela que en este modelo de sociedad, el Estado está cada vez menos dispuesto a garantizar el bienestar y la seguridad de los ciudadanos. Cuando los damnificados son, sobre todo, pobres y negros, como sucedió en este caso, esa indisposición se transforma en repugnante indiferencia. Ante estos hechos, la facilidad con que nuestras elites políticas se dejan seducir por este modelo de sociedad y de Estado no puede ser atribuido a la ignorancia: es producto de la mala fe y de la corrupción moral y política.

Halliburton, Irak y Katrina

Por John Saxe-Fernández, [email protected] La Jornada

La "no prevención" de catástrofes que tipifica al gobierno de Bush, es "maná del cielo" para Halliburton -y su subdidiaria Kellog, Brown and Root (KBR)-, la gigantesca firma de servicios petroleros encabezada por Dick Cheney hasta que asumió la vicepresidencia de EU.

Sean calamidades creadas por mano humana, como el 11/09 y su secuela en Irak, o por fuerzas naturales, como el devastador huracán Katrina, los contactos -y la simbiosis- de la empresa con la cúpula político-militar de la presidencia imperial, le permiten aprovechar esas adversidades para hacer buenos negocios.

Si se revisan los detalles pronto se develan los mecanismos y operaciones que permiten y facilitan este proceso. Los principales contratos gubernamentales de Halliburton se realizan con el Pentágono, por medio del Cuerpo de Ingenieros del Ejército (ACE, por sus siglas en inglés) o de la Marina, bajo una modalidad conocida como Logistics Civilian Augmentation Program (LOGCAP), un esquema de privatización -y "mercenarización"- de las funciones de "logística" del Pentágono iniciado en 1985, que permite a cientos de firmas suplir servicios y suministros como transporte, habitación, construcción de cárceles, preparación y distribución de alimentos y combustible, interrogatorio (sic) de prisioneros, limpieza, lavandería, etcétera, "liberando" a miles de tropas que son usadas en el frente de batalla.

El LOGCAP no logró gran aliento sino hasta que Dick Cheney, como secretario de Defensa de Bush padre, lo impulsó y generalizó en 1992 por medio de un estudio que contrató precisamente con KBR para determinar si los contratistas podían hacerle frente a las necesidades logísticas "básicas" del Pentágono.

El estudio, clasificado, concluye que un LOGCAP generalizado beneficiaría al gobierno con "la ventaja" de que las empresas no están sometidas al código militar, por ejemplo en materia de atrocidades -caso de los contratistas del Pentágono en Colombia-. En agosto de 1992 Cheney otorgó el primer contrato "ampliado" de LOGCAP a favor de KBR y poco después, en 1995, fue nombrado presidente de Halliburton. Este tráfico de influencia y manejo presupuestal, Estado-empresa (pork and barrel) y de personal (revolving door) es parte del modus operandi del capital monopolista.

En 1997 la Auditoría General detectó irregularidades y Halliburton fue sustituida por DynCorp, pero mantuvo un contrato sin licitación por cinco años para reconstruir los campos petroleros de Irak. En 2001, con Cheney en la Casa Blanca, KBR logró un contrato LOGCAP por 10 años y hoy domina el 90 por ciento de todo el LOGCAP en Irak, pasando de 320 millones de dólares en junio de 2003 a 2 mil millones (mm) en septiembre de ese año. Según Lolita Baldor de AP, entre 2003 y 2004 Halliburton realizó contratos en Irak valorados en 10.7 mm, pero éstos pueden llegar a los 18 mm, sin incluir otros LOGCAP de KBR en decenas de países como la construcción de las cárceles en Guantánamo y Afganistán o los 1.22 mm de Halliburton con Pemex, empresa estatal sujeta a iniciativas del Banco Mundial para su desmantelamiento (divestiture) y extranjerización, intensificadas por Fox. Halliburton está sometida a "auditorías" y se detectan copiosas anomalías ("sobornos" al por mayor, cobro de 10 mil comidas diarias que no sirvió, sobreprecio en la gasolina para el Ejercito, uso de alimentos con un año de caducidad, etcétera). Aún así, la prensa informa que en julio pasado el Ejército le asignó 5 mm a Halliburton para el apoyo logístico de las tropas en Irak hasta julio de 2006, un aumento de mil millones por los mismos servicios.

En 2003 se dijo que la guerra costaría 60 mm. En marzo de 2005 la erogación de las operaciones militares llegó a 135.3 mm, de un total de 250 mm. Se gastan 6 mm al mes y en cinco años la cifra acumulada se calcula en más de 1.3 billones.

Malo para el mundo y los contribuyentes, bueno para Halliburton, el principal entre cientos de contratistas militares en Irak que, además, se beneficia de los desastres naturales: una de sus subsidiarias acaba de recibir un contrato de 500 millones de dólares de la Marina para realizar reparaciones de emergencia en instalaciones navales dañadas por Katrina. En julio de 2005, KBR Services Inc obtuvo un contrato para prestar servicios de emergencia, retiro de escombros y basuras, en caso de desastres naturales.

La Casa Blanca tenía una idea clara y precisa del impacto que tendría un huracán de categoría 3, 4 o 5 proveniente del Sur-Sureste de Luisiana sobre Nueva Orleáns. Así se lo hizo saber hace un año la Agencia Federal de Gestión de Crisis que pidió a la Casa Blanca, por medio del secretario de Seguridad Interior, Michael Chertoff, tomar medidas para mitigar el desastre, incluyendo el reforzamiento y ampliación de los diques de protección al Norte de la ciudad. El ACE estimó su costo en 14 mm. Ante el drenaje presupuestal de la "reconstrucción" de Irak sólo se asignaron 700 millones. Se habrían salvado miles de vidas. Pero las utilidades empresariales, por la "no prevención" de estas tragedias humanas, son fabulosas.

Los efectos de Katrina que no han visto las cámaras

Por Gonzalo Martínez Corbalá, La Jornada

Todos los medios de comunicación de México y del mundo se han ocupado de cubrir extensamente y con todo detalle los efectos verdaderamente desastrosos que en las regiones de Nueva Orleáns, muy especialmente, y en general, en los estados de Luisiana y Mississippi, causó el huracán Katrina, dejando a la intemperie y totalmente desprotegidos a sus pobladores, sin haber podido salvar una sola de sus posesiones, incluidos los muebles de sus casas, que fueron totalmente destruidas y de las cuales muchas permanecen hasta la fecha cubiertas por el agua, produciéndose una tan lamentable como increíble pérdida de vidas humanas. Así como los desafortunados habitantes de estas regiones quedaron incluso sin siquiera alguna identificación, habiendo perdido seguramente también sus cuentas de bancos y tarjetas de crédito, y dependiendo hasta en lo más elemental de la tardía y lenta ayuda del gobierno federal, el que quedó descubierto en lo que hace a lo inadecuado de sus sistemas para prevención y ayuda en casos de desastres causado por las fuerzas de la naturaleza, pues parece ser que están mucho más preparados y en guardia para prevenir posibles actos terroristas que para acudir con oportunidad y eficacia a atender los desastres provocados por la naturaleza.

Sin embargo, no parece que hayan llamado tanto la atención de los medios en general los daños del que fueron objeto los sistemas de producción y distribución de petróleo y de gas en la región, que han tenido un alcance que trasciende por mucho los límites, no solamente de Luisiana y de Mississippi, sino también los de todo el país, que han afectado más allá del Atlántico al continente europeo y al Medio Oriente, de donde Estados Unidos ha tenido que abastecerse con urgencia por la suspensión de la producción de petróleo en la región, en más de 90 por ciento, y de 85 por ciento de la de gas natural, además de haber sufrido fuertes daños que han imposibilitado su operación como efecto inmediato en los energéticos fósiles, tanto del crudo como de los productos refinados, pues tuvieron una pérdida que no se sabe hasta cuándo podrá mantenerse y repararse, para recuperar el déficit de producción total de 2 millones de barriles diarios de petróleo, que significa 10 por ciento del consumo diario nacional de Estados Unidos.

El impacto real en su totalidad sobre las ocho refinerías afectadas y los cientos o miles de kilómetros de oleoductos y gasoductos destruidos no se conocerá con precisión sino hasta que pueda ser bombeada el agua que actualmente permanece inundando las zonas bajas de la región, pero sí se conocen con bastante precisión los efectos del faltante de la producción de energéticos, que está repercutiendo actualmente en los mercados internacionales, y que muy probablemente -se teme- este efecto se llegue a sentir también por países tan lejanos como China e India, al demandar los estadounidenses una fuerte cantidad de petróleo y de gas natural de los mercados europeos y de Medio Oriente, que está creando una escasez, como efecto colateral, en el mercado mundial de los energéticos fósiles, y también una presión importante, incluso sobre el transporte marítimo por cargueros, cuyo efecto inmediato fue aumentar las tarifas en el Atlántico.

Esta contracción en las posibilidades de abastecimiento de la OPEP ha provocado un mayor adelgazamiento del colchón de capacidad instalada no productiva de Arabia Saudita, que normalmente actúa como un amortiguador que estabiliza los precios del petróleo en el mercado internacional, lo cual ha repercutido también en el alza de los precios en el mercado, que ya de por sí estaba muy presionado, como bien se sabe, desde por lo menos octubre de 2004, alcanzando niveles hasta de más de 70 dólares el barril.

Otros efectos colaterales se dejarán sentir muy pronto con la contracción de la economía de Estados Unidos y de su capacidad de compra en los mercados de importación, y esto, desde luego, repercutirá sobre los exportadores de México hacia el poderoso vecino del norte, que se ve ahora acotado y disminuido en sus posibilidades de importación de bienes y de productos, que a su vez sostienen el ritmo de crecimiento de muchos países en el mundo, lo cual puede significar igualmente una desaceleración de la economía global.

Todo esto sucede a medida que se acerca ya el próximo invierno de 2005-2006, y los efectos de la reparación de los daños que muy probablemente pudiera no ser realizada con la prontitud deseable podrían provocar que se acentuara la escasez de energéticos para este invierno, y que se recuperara la normalidad del abastecimiento hasta la primavera de 2006.

Por otra parte, el gobierno estadounidense se ha visto obligado a liberar cantidades importantes de petróleo de su reserva estratégica, con lo cual alivia la escasez del crudo en el mercado, pero no es así en lo que a los productos refinados se refiere, puesto que la normalización del abastecimiento de éstos sólo se alcanzará cuando se pongan nuevamente en operación las refinerías afectadas por el huracán.

En conclusión, se puede decir que no es posible olvidar, sin exponerse a graves consecuencias, los efectos que pueden provocar los fenómenos naturales, cuya fuerza y poder destructivo parece que esta vez ha superado la del terrorismo, una de cuyas más destructivas e impactantes manifestaciones se está conmemorando con el luto y el pesar de todos los estadounidenses, y la solidaridad en ello de todo el mundo, precisamente el 11 de septiembre.

La embestida de Katrina

Por Miguel Marín Bosch, Director del Instituto Matías Romero y ex subsecretario de Relaciones Exteriores de México. La Jornada

A la memoria de Joseph Rotblat

A finales de agosto el presidente George W. Bush llevaba casi un mes de vacaciones en su rancho en Crawford, Texas. Le gusta su rancho. Desde que llegó a la Casa Blanca ha pasado la quinta parte de su tiempo en Crawford. Las llama "vacaciones de trabajo". En esta ocasión tuvo que lidiar con la manifestación cerca del rancho que encabezó Cindy Sheehan, cuyo hijo murió en Irak por una causa que no conoce y quisiera que el presidente se la explicara. Tuvo que azotar el huracán Katrina las costas de Alabama, Mississippi y Luisiana para que los medios de comunicación estadounidenses dejaran de hablar de la madre del soldado desaparecido. Pero el huracán también azotó la imagen del presidente, quien pospuso unos días su regreso a Washington y tardó en reaccionar a la crisis.

Recordemos las reacciones de los dirigentes políticos ante los atentados del 11 de septiembre de 2001 o los sismos que hace 20 años sacudieron a nuestra ciudad. Nadie puede preparase para resistir por completo los embates de la naturaleza. Y cuando ocurren, no todos los dirigentes han sabido qué hacer. Algunos comentaristas han tratado de comparar este huracán con los atentados de hace cuatro años. Quizás se debería comparar con el tsunami del pasado mes de diciembre en el sureste asiático.

No cabe duda de que el huracán Katrina fue el peor desastre natural de la historia de Estados Unidos. Afectó una región del tamaño del estado de Chihuahua (234 mil kilómetros cuadrados), con una fuerza equivalente a la energía producida por 10 o 15 armas nucleares. Por lo tanto, es comprensible que la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) se haya topado con dificultades para echar a andar sus operaciones de rescate. La FEMA fue creada por el presidente Jimmy Carter precisamente para tener bajo un solo mando la coordinación de las diversas instituciones que se dedican a tareas de rescate. El problema con los principales dirigentes de la FEMA es que varios son amigos de Bush y carecen de experiencia en esta materia. Por ejemplo, se sabe que, cuando la gobernadora de Luisiana insistió en que su estado "requería todo lo que tuviera la FEMA", esos burócratas recién nombrados empezaron a preguntar de qué disponía la agencia. En su primera visita a Mississippi Bush felicitó a su amigo el director de la FEMA, y unos días después lo despidió.

La incompetencia de las autoridades federales corre pareja con la de los dirigentes estatales y municipales. Y esto es lo que ha sorprendido a muchos ciudadanos del país más poderoso y rico del orbe. Al resto del mundo también le sorprendió la impotencia del gigante, pero aún más le han impactado las desigualdades socioeconómicas que se pusieron en evidencia en la ciudad de Nueva Orleáns.

Cuando se dio la orden de evacuar la ciudad hubo quienes se montaron en sus lujosas camionetotas y emprendieron el viaje a otra ciudad o a la casa de amigos y parientes. Pero en Nueva Orleáns había más de 60 mil personas sin acceso a un automóvil y las autoridades no supieron o no pudieron organizar un éxodo en autobuses públicos. Los más pobres, en su mayoría negros, se vieron obligados a quedarse en una ciudad cada día más contaminada. Se teme que haya brotes de hepatitis, cólera, tifoidea, tétanos y difteria.

Hace años que los habitantes de Nueva Orleáns sabían que algún día les pegaría The Big One. Así se intituló una serie de artículos periodísticos publicados en 2002. En uno de esos artículos, el ingeniero Joseph Suhayda, de la Universidad Estatal de Luisiana, describió lo que podría pasar si la ciudad fuera embestida por un huracán de la fuerza de Katrina. Y lo que escribió entonces es lo que ocurrió ahora: la tormenta sobre la ciudad y luego su inundación.

Otro aspecto de la catástrofe que ha impactado a la opinión pública estadounidense e internacional fue la lentitud con que llegó el ejército. Es más, tuvieron que aceptar la presencia de militares extranjeros. Por cierto, ¡cómo nos han impresionado las fotos de soldados mexicanos en territorio de Estados Unidos! Pese a las numerosas medidas de seguridad que Washington ha impuesto desde septiembre de 2001, el ejército no estuvo a la altura y hay muchos que se preguntan qué hubiera pasado si, en lugar del anunciado huracán, hubiera sido un ataque terrorista sin previo aviso. Por otro lado, algunos europeos han señalado que, debido a la importancia del papel del Estado en sus países, el ejército y los cuerpos de protección reaccionaron con rapidez y eficacia durante las recientes inundaciones. La respuesta de Washington ha sido que la escala de Katrina no es comparable con esos casos. Otros han argumentado que el gobierno no debe dedicarse a labores de rescate.

Lo que nos confirma la tragedia causada por Katrina es que en partes de todo país del llamado primer mundo persisten condiciones sociales que se asemejan a las del tercer mundo. También sabemos que en casi todos los países en desarrollo hay lugares con condiciones sociales parecidas a las de los países desarrollados. Lo que quizás muchos no sabían es el grado de desigualdad social que sigue habiendo en Estados Unidos. Hay quienes han utilizado esta situación para retomar unos argumentos que hace décadas vienen avanzando algunos políticos conservadores. La pregunta que se hacen es: ¿por qué hay tantos negros que no han salido de la miseria, mientras que hubo (y sigue habiendo) ola tras ola de inmigrantes que en menos de una generación dieron el brinco a la clase media?

A las autoridades estadounidenses no les ha gustado que los medios de comunicación hayan difundido imágenes de las víctimas del huracán y de la inundación de Nueva Orleáns. Y es comprensible. Nos han impactado mucho las escenas de extrema pobreza, colas de refugiados y habitantes de todas las edades y razas saqueando tiendas. La imagen que buena parte del mundo tenía de Estados Unidos ya no es la misma.


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