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Capital dilapidado, títere sin poder

None | 7 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Está Bush en peligro de tornarse en líder sin poder político

(EFE) El respaldo al presidente de EEUU, George W. Bush, ha dado un gran vuelco en el año transcurrido tras su triunfo electoral, lo que, según los expertos, pone en entredicho la posibilidad de que logre sus metas para este mandato.

Esta semana se cumplió un año desde que un 51 por ciento del voto nacional le dio la victoria sobre el senador demócrata John Kerry.

Un Bush ambicioso emergió de los comicios con la promesa de gastar ese "capital político" para lograr sus objetivos, centrados en política interna: privatizar parcialmente el sistema de pensiones, establecer un programa de trabajo temporal para inmigrantes y reformar el sistema tributario.

Nada de eso ha conseguido y, por el contrario, se han profundizado las riñas partidistas en el Congreso.

"Su agenda está actualmente muerta y enterrada a dos metros bajo la tierra", dijo a EFE Allan Lichtman, un historiador de la Presidencia de EEUU de la American University.

"Ni siquiera está intentando rescatar su agenda, simplemente está intentando sobrevivir", añadió Lichtman, quien considera que a Bush se le ha esfumado el "capital político".

Por ello, Bush corre el peligro de convertirse en un "lame duck" prematuro.

En EEUU se usa esa expresión, que se podría traducir como "pato rengo") para referirse al presidente que al final de su segundo mandato ya no controla la agenda política, pues todo Washington, incluyendo los miembros de su propio partido, está pensando en las comicios siguientes.

En ese período es ya incapaz de lograr que un Congreso envuelto en maniobras electorales le apruebe cualquier proyecto de ley que entrañe ni siquiera una pizca de polémica.

Pero para Bush ese momento podría haber llegado inusualmente temprano, pues se encuentra en un punto muy bajo en los sondeos.

El 60 por ciento de los ciudadanos le da un suspenso a su gestión como presidente, la mayor cifra hasta ahora, según una encuesta del diario "The Washington Post" y la cadena de televisión "ABC" divulgada esta semana.

Además, un 58 por ciento duda de su honestidad. Por eso, Bush corre el peligro de verse abocado al sino del "pato renco" cuando aún le faltan tres años para completar su segundo mandato, según algunos analistas.

"Se pueden oír los graznidos desde la Avenida Pensilvania", donde se encuentra la Casa Blanca, dijo a EFE Larry Sabato, un politólogo de la Universidad de Virginia.

El motivo principal de su caída en desgracia se debe en parte al aumento diario del número de ataúdes estadounidenses que vuelven de Irak, donde los soldados muertos superaron los 2.000 la semana pasada.

En lugar de reducir las tropas en Irak, el Pentágono anunció el martes que "seguramente" tendrá que aumentar a finales de año el número actual de 158.000 soldados, que es un contingente mayor que los efectivos que participaron en la invasión inicial de ese país, en marzo de 2003.

A los problemas en política exterior se añade una larga lista de fiascos internos este año, incluyendo la respuesta deficiente al huracán "Katrina" y el enjuiciamiento del líder republicano de la Cámara de Representantes, Tom DeLay, por uso ilícito de fondos electorales.

La semana pasada fue especialmente negra para Bush, quien tuvo que retirar a su candidata al Tribunal Supremo, Harriet Miers, tras ser rechazada por los conservadores, y luego vino la acusación formal contra Lewis Libby, el ex lugarteniente del vicepresidente, Dick Cheney, en el caso relacionado con la filtración del nombre de una espía de la CIA.

El nubarrón lo siguió hasta Mar del Plata (Argentina), donde participó en la IV Cumbre de las Américas, pero fue recibido con gritos de "Fuera Bush" durante manifestaciones multitudinarias.

Para Lichtman, la única forma de que Bush salve su segundo mandato es lograr un triunfo en política exterior que le devuelva el prestigio político perdido, como consiguió Ronald Reagan con el fin de la Guerra Fría.

Pero el experto reconoce que no sabe ni dónde, ni cómo podría Bush alcanzar una victoria así.

El caso Libby y la guerra interna en Estados Unidos

Por James Petras, Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández

El debate nacional que está produciéndose en los medios de comunicación a causa del procesamiento de Irving Lewis Libby, por perjurio y obstrucción a la justicia, no está teniendo en cuenta cuestiones más fundamentales que afectan al contexto estructural profundo y que son las que han motivado la conducta criminal de aquél. La explicación más superficial sobre el asunto se basaría en la idea de que Libby, al revelar la identidad de Valerie Plame (como agente de la CIA), actuó movido por el deseo de "venganza" para castigar a su marido, Wilson, por denunciar las mentiras inventadas por Bush acerca de la "importación" de uranio de Níger por parte de Iraq. Otros periodistas han afirmado que Libby actuó así para "tapar" las mentiras que llevaron a la guerra. Sin embargo, las declaraciones efectuadas plantean una cuestión más profunda: ¿Quiénes fueron los que fabricaron la propaganda de guerra, a quién estaba Libby protegiendo? Y no sólo los "fabricantes de la guerra", sino también los planificadores estratégicos, los que elaboraron el discurso de guerra y los arquitectos de la misma, que actuaron de la mano junto a los propagandistas y los periodistas que difundieron la propaganda? ¿Qué vínculos existen entre todos esos funcionarios de alto nivel, los propagandistas y los periodistas?

Igualmente importante es averiguar, teniendo en cuenta los puestos de poder que ese ‘cabildo’ ocupa y la influencia que ejercen en los medios de comunicación y en el diseño de la política estratégica, cuáles han sido las fuerzas que han intervenido en la presentación de cargos criminales contra un operativo clave del ‘cabildo’ en cuestión.

Para comprender mejor el ascenso y aparente caída de Irving Lewis "Scooter" Libby, es imprescindible saber que era miembro de un grupo ideológicamente cohesionado con una larga historia de ideología compartida, propósitos comunes y colaboración organizativa.

La subida de Libby al poder fue parte integrante del ascenso de los neo-conservadores sionistas (Zioncons) a las cimas del poder político en EEUU. Libby fue estudiante, protegido y colaborador de Paul Wolfowitz durante 25 años. Libby, junto con Wolfowitz, Elliot Abrams, Douglas Feith, Kagan, Cohen, Rubin, Pollack, Chertoff, Fleisher, Bristol, Marc Grossman, Shumsky y una caterva de políticos influyentes vienen siendo desde hace mucho tiempo los partidarios y los defensores agresivos de una corriente virulentamente militarista del sionismo que va unida de forma orgánica al derechista Partido Likud de Israel. En los primeros años de la década de 1980, Wolfowitz y Feith se encargaron de pasar documentos confidenciales a Israel, lo que hizo que Feith perdiera temporalmente su acreditación de seguridad.

Los ideólogos Zioncons iniciaron su "Larga Marcha" a través de las instituciones del Estado. En algunos casos, como consejeros de congresistas de derechas pro-Israel; en otros, en los niveles inferiores del Pentágono y del Departamento de Estado; y, durante los regímenes de Reagan y Bush padre, también como académicos o dirigentes de grupos de expertos conservadores en Washington. Con la elección de Bush en 2001, se trasladaron a puestos estratégicos importantes en el gobierno, emergiendo como los ideólogos y propagandistas principales de una secuencia de guerras contra los adversarios árabes del Estado de Israel. Importantes Zioncon, como Libby, prepararon una estrategia de guerra para el gobierno del Likud en 1996, y después reciclaron el documento para la guerra de EEUU contra Iraq antes e inmediatamente después del 11-S. Junto a su ascenso a los puestos de poder más influyentes en la administración Bush, los Zioncons atrajeron a nuevos reclutas, como la reportera del New York Times Judith Miller. Lo que resulta sorprendente de las operaciones del ‘cabildo’ Zioncon es la forma absolutamente abierta y directa con la que actuan: el antiguo Director de la Agencia Nacional de Seguridad (con Reagan) el Teniente General William Oden, el General de Marina jubilado Anthony Zinni, el Coronel K. Wilkerson (antiguo director del gabinete de Powell), el Teniente Coronel jubilado de la Fuerza Aérea Karen Kwaiatkowski, el Asesor de Seguridad Nacional del Presidente George Bush (padre) Brent Scowcroft, y numerosos funcionarios desencantados, incluyendo veteranos de las agencias de inteligencia, observadores de alto nivel y antiguos diplomáticos criticaron abiertamente la toma del poder de la política estadounidense por parte de los Zioncons y la promiscua relación existente entre ellos y los generales israelíes y la policía secreta internacional de Israel, el Mossad, quienes tenían acceso libre y total a sus despachos.

En la elaboración de la invasión de Iraq, los Zioncon Wolfowitz y Libby fueron los arquitectos de la estrategia militar para Rumsfeld y Cheney, sus jefes putativos. Douglas Feith estableció la "Oficina de Planificación Especial" para fabricar las mentiras que justificaran la guerra. Judith Miller, David Frum y Ari Fleisher fueron de utilidad en la difusión de las mentiras y la propaganda de guerra a través de artículos, entrevistas, conferencias de prensas y discursos escritos para el Presidente Bush. Una revisión de los principales periódicos y documentos gubernamentales revela que los Zioncons, en todo momento, se hicieron eco al pie de la letra de las demandas políticas que emanaban del régimen de Sharon: EEUU invadiría y destruiría el régimen iraquí y su aparato de estado. Ni un solo Ziocon en el gobierno, fuera de prestigiosas universidades privadas o grupos influyentes, expresó la más mínima desviación de la política de guerra del régimen de Sharon. En lo que es posiblemente una de las más cínicas estratagemas de la historia reciente, Zioncons anti-arabes definieron la cruzada anti-Islam, en nombre del Gran Israel, como una política de democratización del Oriente Medio… - los mismos que bombardearon la ciudad de Jenin hasta reducirla a escombros o los que arrojaron napalm arrasando Faluya.

La Guerra Interna

En su arrogante avance para hacerse con el control absoluto de la política gubernamental, y motivados por su fanática lealtad al Gran Israel, los Zioncons se esforzaron para manipular o marginar a muchas de las instituciones clave del estado imperial estadounidense. Para burlar los servicios de inteligencia de la CIA que no apoyaban la agenda israelí de guerra con Iraq, el Zioncon Douglas Feith (número 3 en el Pentágono) estableció la Oficina de Planificación Especial, que fabricaba propaganda y la hacía llegar directamente a la Oficina del Presidente evitando y marginando cualquier análisis crítico de la CIA. Wolfowitz y Rumsfeld prescindieron totalmente de los generales importantes, favoreciendo que "partidarios" anodinos y desconocidos llegaran hasta altos puestos, rechazando cualquier consejo que pudiera oponerse o cuestionar sus planes de guerra contra Iraq. El Secretario de Estado llegó a definir como "chorradas", debido a sus descaradas falsedades, un discurso que Irving Libby había preparado para él. Su jefe de confianza, el Coronel Wilkerson, ha escrito en términos despreciativos sobre el ‘cabildo’ Zioncon, que marginó al Departamento de Estado, incluyendo a su jefe, Colin Powell.

Finalmente, el FBI se ha visto implicado en una guerra permanente con el Mossad israelí por la llamativa y masiva entrada de espías israelíes en EEUU – desde septiembre de 2001 se ha deportado a cientos de ellos.

El delito de Libby (perjurio por revelar la identidad de una agente de la CIA) es un crimen menor comparado con los crímenes a gran escala y largo plazo contra la humanidad, el Derecho Internacional y la Constitución de EEUU cometidos por los Zioncons empotrados en el Estado de EEUU. Sin embargo, el procesamiento de Libby revela la intensa lucha interna por el control del estado imperial estadounidense entre los Zioncons y los tradicionales dirigentes de sus instituciones más importantes. Junto al arresto de Libby llevado a cabo por el Fiscal Federal, el FBI ha arrestado a dos importantes consejeros políticos del lobby pro-israelí más influyente (AIPEC) por espiar para el Estado de Israel. Estas no son las simples acciones aisladas de unos funcionarios individuales o de unos investigadores. Para poder proceder contra poderosos dirigentes Zioncons como Libby y los de AIPEC (Rosen y Weissman), contaron con poderosos respaldos institucionales; de otra manera, las investigaciones hubieran terminado incluso antes de empezar.

La CIA se siente profundamente ofendida por la usurpación Zioncon de su misión de inteligencia, por sus canales directos con el Presidente, por su absoluta lealtad hacia el Estado de Israel y por ignorar cualquier fuente fidedigna. Los militares están inmensamente enfadados por su exclusión de los consejos de "gobierno" en las cuestiones relativas a la guerra, por la desastrosa política de guerra que ha restringido el reclutamiento de fuerzas armadas, por la devastada moral de la tropa y por la grotesca ignorancia de los Zioncon de los elevados costes de la ocupación colonial. No es por tanto prodigioso que el General Tommy Frank se haya referido al Zioncon Douglas Feith como "el más estúpido bastardo con que jamás me he encontrado".

La presente guerra institucional recuerda un conflicto anterior entre el Senador derechista Joseph McCarty y el Departamento de Estado. Por entonces, a mediados de la década de 1950, el Senador McCarthy fue acumulando poder a base de hacer depuraciones, primero en los sindicatos, luego en Hollywood y en las universidades, a la vez que promovía a funcionarios conservadores que pensaban como él. Extendió con éxito sus investigaciones y purgas al Departamento de Estado y, finalmente, intentó hacer lo mismo con los militares. Fue ahí donde el Senador McCarthty encontró su "Waterloo", saliéndole el tiro por la culata; el Ejército se le plantó, rechazó sus acusaciones y desacreditó sus mentiras y saqueos para hacerse con el poder.

¿Estamos siendo testigos hoy en día del despliegue de un proceso similar? ¿Podrán llegar a desbaratarse las mentiras de los Zioncons para absorber el poder al haber llegado descaradamente lejos en el núcleo estatal? En cualquiera de las vistas abiertas entre los Zioncons y los órganos constituidos del Estado, se debería revelar a la gente la naturaleza real del conflicto y todo lo que nos estamos jugando: fundamentalmente, la opción entre "Ante todo, primero Israel’ y los intereses políticos de EEUU.

Mientras tanto, los Zioncons no se están acobardando en absoluto por los juicios contra sus colegas del AIPEC y de la oficina del Vicepresidente: siguen presionando a toda vela para que EEUU ataque a Siria e Irán, vía sanciones económicas y bombardeos militares. El 30 de octubre de 2005, el anterior jefe de la policía secreta israelí (Shin Bet) le dijo a AIPEC que intensificara su campaña de presiones para que EEUU ataque a Irán (Israel National News.com). AIPEC se aseguró en el Congreso estadounidense un voto casi unánime a favor de las sanciones económicas contra Siria. A pesar de las manifestaciones masivas y con un Congreso ‘capturado’, parece, de forma paradójica, que las únicas fuerzas capaces de derrotar al monstruo Zioncon, como en otro tiempo se hizo con Joe McCarthy, más que por los hechos de aquél, serán las voces con poder que en el interior del Estado se sienten amenazadas por inminentes guerras desastrosas.

De Philip Agee al caso Wilson

La historia del ex agente CIA que transformó en delito revelar nombres de espías

Diario La Tercera, Santiago de Chile

En 1975, el ex agente Philip Agee publicó un texto sobre operaciones oscuras, jugadas sucias y conspiraciones montadas y protagonizadas por los colaboradores de esa agencia. El texto contenía los nombres reales de un gran número de personal encubierto. La divulgación del nombre de la espía de la CIA Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph Wilson, volvió a poner de actualidad el caso de Agee.

La vida de Philip Agee, un controvertido ex agente de la Agencia Central de Informaciones (CIA), cobra vigencia hoy en Estados Unidos. Su historia se entrecruza con la acusación contra Lewis Libby, el ex asesor de Dick Cheney, ya que un controvertido libro de Agee está en la génesis de una ley que mantiene complicado al gobierno de George W. Bush, en el caso por la divulgación del nombre de la espía de la CIA Valerie Plame.

Fue en 1975 cuando Agee, un destacado ex agente estadounidense en América Latina que había renunciado a la CIA seis años antes, puso en venta el libro Inside the Company: CIA Diary (Dentro de la compañía: Diario de la CIA). El texto, que no tardó en convertirse en un best-seller, traduciéndose a 30 idiomas, entregaba los nombres reales de un gran número de colaboradores de la CIA y era todo un manual de operaciones oscuras, jugadas sucias y conspiraciones en las que los agentes de la CIA eran los grandes responsables y protagonistas. Producto de esta incómoda divulgación, en 1982 se promulgó la ley llamada Acta de Protección de Identidades de Inteligencia, paradójicamente promovida por Bush padre cuando era Vicepresidente. Esta prohíbe a funcionarios norteamericanos revelar la identidad de espías.

Agee, quien entró a la CIA en 1957, le correspondió cumplir misiones y llevar a cabo una intensa labor al sur del río Grande durante toda la década de 1960, desarticulando grupos izquierdistas y dando asesoramiento a organizaciones contra guerrilleras. Más adelante afirmaría que lo único que hacía esa agencia era "apoyar las estructuras tradicionales del poder en América Latina. Esas estructuras del poder que había estado ahí durante siglos (...) manteniendo excluida a la mayoría de la población de muchos países". Esgrimiendo ese tipo de argumentos fue que Agee renunció a la CIA en 1969 y se impuso la misión de escribir un libro donde relatara sus experiencias como agente.

Alertados sobre lo que se proponía el ex espía, Ted Shackley, jefe de la división de la CIA para el Hemisferio Occidental, fue encargado por sus superiores para impedir la divulgación de las memorias de Agee, en vista de lo cual el ex agente decidió mudarse a un territorio abiertamente enemigo: Cuba. Desde allí terminaría su tarea y en 1975 veía la luz Inside the Company. Su publicación, así como la divulgación de nombres, estrategias y operaciones, desataron una cacería en contra de Agee. Fue expulsado de cinco países de la OTAN y en 1979 el Departamento de Estado le retiró el pasaporte de EE.UU., acusándolo de poner en peligro la seguridad nacional.

La mayor carta usada por las autoridades norteamericanas en contra de Agee era su presunta responsabilidad en la muerte de Richard Welch, jefe de la oficina de la CIA en Atenas, quien fue asesinado por el grupo terrorista 17 de Noviembre, en la capital griega, el 23 de diciembre de 1975, el mismo año de la aparición del libro. Agee desmiente que haya entregado datos para identificar a Welch.

De todas formas fue por todo el escándalo derivado de la publicación del libro que gobierno y congresistas de EE.UU. buscaron la forma de impedir nuevos casos de divulgación de nombres de espías, que pusieran en peligro sus vidas y sus operaciones. Así nació la Intelligence Identities Protection Act, con el fuerte impulso de los "halcones" de la política norteamericana.

Mientras seguía publicando libros y artículos donde pretendía desenmascarar a la CIA, Agee repartía su tiempo entre Cuba y Alemania, y en vista de que había sido revocado su pasaporte, el ex agente recibió un pasaporte del gobierno de Grenada. En esa isla permaneció residiendo hasta que el derrocamiento del gobierno de Maurice Bishop, en 1983, lo obligó a mudarse a la Nicaragua sandinista y después nuevamente a Cuba, país donde escribió su autobiografía On The Run, la cual fue publicada en 1987.

Durante los 90, poco se supo de Philip Agee hasta que en 2000 volvió a aparecer, nuevamente para desafiar a Washington. Montó una agencia de turismo en La Habana para atraer viajeros norteamericanos a la isla, en abierto desafío a las leyes existentes en EE.UU., que impiden que ciudadanos norteamericanos viajen en plan de turismo a Cuba.

El principio del fin de la era Bush

Por Lisandro Otero, [email protected]

El escándalo ha sido mayúsculo. Hace casi dos siglos que no se encausaba a un alto funcionario de la Casa Blanca. La acusación del fiscal especial Patrick Fitzgerald, por perjurio y obstrucción de la justicia, contra Lewis Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Cheney, es un fortísimo golpe político contra el gobierno republicano. Libby se vio forzado a renunciar y enfrenta una condena de treinta años de prisión y un millón 250 mil dólares de multa si es hallado culpable por los tribunales. Para colmo, el principal asesor político del Presidente, Kart Rove, es también sospechoso de la infidencia y sigue siendo investigado. Todo ello pudiera desembocar en un nuevo Watergate y la inhabilitación legal del Presidente Bush.

El origen del embrollo es simple. Cuando el gobierno de Bush sostuvo que Sadam Hussein compraba uranio en Níger para elaborar armas atómicas la CIA envió al embajador Joseph Wilson a una misión investigativa que arrojó que tal compra no existía. Al ser revelada públicamente la inconsistencia de la imputación del gobierno de Bush los altos funcionarios Karl Rove y Lewis Libby se vengaron de Wilson filtrando a la prensa que su esposa, Valerie Plame, era agente de la CIA, lo cual según la legislación de Estados Unidos es un crimen federal.

Pero el problema principal es algo mayor que eso. Ha quedado en evidencia, una vez más, que la guerra contra Irak se basó en una serie de tergiversaciones, embustes, alteraciones de los informes de inteligencia, distorsión de los hechos y fraudes a la opinión pública. El grupo Cheney-Rumsfeld, con la colaboración de Paul Wolfowitz y Dougas Feith planearon la agresión a Irak.

Esto reabre el debate sobre la manera en que el gobierno actual llevó al país a una guerra desastrosa mediante engaños, sobre cómo un pequeño grupo tomó el control de la política exterior para beneficio de las grandes corporaciones petroleras. La familia Bush está orgánicamente ligada a los intereses petroleros. Bush padre siempre fue accionista de esas corporaciones y la Guerra del Golfo de 1991 obedeció a los intereses de ese cartel en la región arábiga. Bush hijo no está menos comprometido que su padre.

Estratégicamente no puede ignorarse que, pese a sus vastas reservas nacionales, Estados Unidos depende en gran medida del petróleo árabe. Cualquier interferencia en ese suministro es tomada como una amenaza a su seguridad nacional. La necesidad de Estados Unidos del oro negro del mundo árabe lo inclina a desatar cualquier guerra antes de permitir que sus fábricas se paralicen y sus ciudades se oscurezcan.

Arabia Saudita es un protectorado norteamericano, como lo es Kuwait. De la misma manera el gobierno de Washington ha contado siempre con el apoyo incondicional de Israel, Egipto, Turquía y Jordania, pero Irán era una potencia que mantenía su propia estrategia y alentaba una reservada enemistad hacia EU. Algo similar ocurría con Siria.

La posesión del área circundante al Golfo Pérsico es vital para Estados Unidos. Durante muchos años Washington confió en el despótico Shah de Irán y le proporcionó armamento para que fuese el eje de su política en el Golfo. Desde la revolución de 1979 Irán, bajo el liderazgo del ayatollah Jomeini, se convirtió en un implacable enemigo. Pese a todas las máscaras que el gobierno de Estados Unidos coloca ante su acometida el objetivo real de esta guerra es el petróleo.

Dentro de medio siglo los yacimientos de los países árabes estarán casi agotados, solamente persistirá el suministro de los pozos entre Azerbaiján y Kazajstan. Será necesario tender más oleoductos al Mediterráneo y al Golfo Pérsico para llevar el hidrocarburo a Occidente, por ello esa región es de interés estratégico para Estados Unidos. Sin la energía que proporciona el combustible proveniente de los pozos árabes los medios industriales básicos estadounidenses sufrirían un colapso en su producción.

Bush se hunde en el descrédito. La ineficacia de su administración quedó demostrada en el torpe manejo del ciclón Katrina y su devastador efecto en Nueva Orleáns y acaba de repetirse con el paso de Wilma por la Florida, con igual ineptitud y desconcierto. La desafortunada postulación de Harriet Miers para el cargo vacante en la Corte Suprema demostró la debilidad política del gobierno republicano. El apoyo a Bush ha descendido al 34% según encuesta de la cadena ABC y el diario Washington Post.

La ola crítica contra los desaciertos de Bush crece cada día. Hasta Brent Scowcroft, ex asesor de seguridad nacional, amigo del Bush padre, ya critica la política bélica de este gobierno. Ya hay algunos, como el columnista Nicholas Kristof, del New York Times que están pidiendo abiertamente la renuncia de Cheney si no puede abordar claramente las interrogantes sobre su conducta y los funcionarios de su oficina. La Casa Blanca se está desmoronando.

La sombra de Nixon

Por Jorge Camil, diario La Jornada, México.

La historia registra cómo terminó el escándalo de Watergate. La víspera de su renuncia, enfrentado a un desafuero inevitable, Richard Nixon apareció en cadena nacional y, con voz que manifestaba la tragedia, anunció: "mañana al mediodía renunciaré a la presidencia; inmediatamente después, el vicepresidente rendirá el juramento de ley". Al día siguiente, a la hora señalada, abandonó la oficina oval, y frente a una multitud de camarógrafos se despidió de sus más cercanos colaboradores desde la escalerilla del helicóptero que lo trasladaría al juicio inflexible de la historia. Con los brazos elevados, y los dedos de ambas manos haciendo una "v" de la victoria fuera de lugar, el controvertido presidente dijo adiós, sólo que ahora la sonrisa enigmática de Tricky Dick (Dick el Tramposo, el mote que lo persiguió durante su vida pública) revelaba una tristeza infinita.

Así terminó, en menos de 24 horas, el cerco político que surgió con las investigaciones de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, y que después de dos años de audiencias legislativas acorraló al presidente y a su círculo de incondicionales, provocando la renuncia de aquél y las consignaciones de Harry Robbins Haldeman, John Ehrlichman y John Dean. Nixon recibió el indulto presidencial del sucesor, pero sus asesores cumplieron penas carcelarias. Su crimen no fue autorizar o condonar el espionaje en las oficinas del candidato demócrata; su pecado fue mentir y fabricar historias para encubrir al presidente.

Las investigaciones fueron más allá de Watergate: revelaron una administración clandestina, dirigida por un estadista colérico, desconfiado y maldiciente, que bebía más de la cuenta y espiaba a sus enemigos. Otros, como el periodista William Shawcross, habrían de revelar el contubernio de Nixon y Kissinger, y sus maquinaciones para utilizar la excusa de Vietnam y los recursos militares destinados a ese conflicto para destruir Camboya a espaldas del pueblo.

John Dean, protagonista importante de Watergate -hoy analista político-, publicó un libro que proyecta 30 años después la sombra ominosa de Nixon sobre la administración actual. En Peor que Watergate: la presidencia secreta de George W. Bush, el autor reconstruye los discursos presidenciales sobre la invasión de Irak y concluye que el engaño consistió en presentar datos imposibles de verificar, o que teniendo visos de autenticidad no resisten un análisis profundo. El Waterloo de Nixon fue la filtración de los archivos secretos sobre la guerra de Vietnam, pues a medida que los asombrosos "papeles Ellsberg" (el analista que filtró la información) eran publicados por The New York Times, Nixon comenzó a retirarse de los reflectores anticipando el principio del fin. Las mentiras, la manipulación y los caprichos del presidente se convirtieron entonces en el orden del día para el círculo íntimo, hasta que explotó el escándalo Watergate.

En el caso de Bush, el principio del fin pudiera ser el tema de las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein; mentira urdida por Dick Cheney, Paul Wolfowitz y los neoconservadores que secuestraron la política exterior de Estados Unidos para justificar la invasión. Con el fin de adquirir credibilidad, la oficina de Cheney, quizá por conducto del hoy atribulado Lewis Scooter Libby, pidió al embajador Joseph Wilson que viajara a Africa para corroborar el rumor de que Hussein compraba uranio enriquecido de Níger. A su regreso, y habiendo comprobado que el rumor era parte de una maquinación, Wilson publicó en The New York Times su famoso artículo "Lo que no encontré en Africa", donde concluyó con una frase lapidaria: "han muerto 200 jóvenes en Irak (escribía en julio de 2003, hoy son 2 mil muertos); debemos asegurarnos que su sacrificio no haya sido en vano".

La venganza no se hizo esperar: Karl Rove, asesor principal de Bush, y Libby, ex jefe de gabinete de Cheney, filtraron a los medios que Valerie Plame, esposa de Wilson, era agente encubierta de la CIA, mientras ésta cumplía una misión. Libby ha sido consignado por perjurio, y la investigación contra Karl Rove continúa. En un comentario que parece extraído de Watergate, el fiscal afirmó que la oficina de Cheney "era el centro donde se concentraban informes sobre los enemigos de la guerra de Irak". La consignación de Libby llegó después que Brent Scowcroft, amigo personal y asesor de Bush padre, y mentor de Condoleezza Rice, rompió lazos con Bush hijo denunciando los verdaderos motivos de la invasión.

En una entrevista que denota fastidio con el gobierno actual, describió un George W. Bush cada vez más parecido a Richard Nixon. Con la mira en Watergate algunos se preguntan: ¿caerá Cheney? ¿Habrá desafuero? La gran diferencia con Watergate es que ahora el Congreso está controlado por republicanos. Pero habrá elecciones legislativas en 2006, y Bush, habiendo perdido popularidad, y sin ayuda de Rove, pudiese perder el control. Algunos imaginan ya el helicóptero que trasladó a Nixon al exilio político sobrevolando la Casa Blanca como ave de mal agüero...


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