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El peor escándalo de corrupción en décadas

None | 1 de Enero de 2006 a las 00:00

Corrupción que apunta alto

Por Rupert Cornwell, desde Washington para The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Celita Doyhambéhère.

Jack Abramoff, ex superlobbista republicano caído en desgracia, aceptó ayer un trato con los fiscales del gobierno de Estados Unidos abriendo el camino para lo que podría ser el mayor escándalo de tráfico de influencia política en Washington en décadas. En una breve aparición en la Corte Federal aquí, Abramoff se declaró culpable de los tres grupos de cargos que cubren fraude, conspiración para cometer sobornos y evasión impositiva. Según sus abogados, también se declarará culpable en dos fraudes separados conectados a la compra en 2000 de una flota de casinos flotantes en Florida.

Las sentencias podrían enviar al lobbista a la cárcel durante cinco años o más. Pero esa sentencia puede un día resultar una mera nota al pie para un posible escándalo de corrupción que comprometa a unos veinte congresistas, senadores y sus asesores, en su mayoría republicanos pero incluyendo a algunos demócratas, que se cree que están siendo investigados por el Departamento de Justicia. Bajo el acuerdo de culpabilidad, se espera que Abramoff cuente todos sus tratos con los congresistas y los regalos que recibieron para obtener su apoyo. Los favores incluyen millones de dólares en contribuciones de campañas, viajes al exterior con todos los gastos pagos, comidas, palcos de lujo en los eventos deportivos más importantes y generosas donaciones a grupos de intereses especiales relacionados con los legisladores.

Las reglas éticas del Congreso prohíben específicamente a los legisladores y a sus asesores aceptar tales regalos pagados por lobbistas. Pero la acusación de ayer se refirió a que Abramoff “corruptamente” ofrecía regalos y otros incentivos “para influenciar a otros en la actuación de sus deberes oficiales”. Hasta ahora, los congresistas atrapados en la investigación, entre ellos el republicano de Ohio, Bob New, que se fue en un viaje de golf en 2002 a St. Andrews cortesía de Abramoff, han negado haber hecho algo malo. Pero las ramificaciones del caso se extienden al corazón del establishment gobernante en Washington.

Abramoff surgió a la luz por sus vínculos con la joven generación de republicanos liderados por el titular de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, que tomó control del Congreso con la sorprendente victoria del partido en la elección de mitad de mandato de 1994. Uno de sus aliados más cercanos era Tom DeLay, que era el enormemente poderoso y muy temido líder de la mayoría de la Cámara de Diputados, hasta que renunció en septiembre pasado después de ser acusado de supuesta recolección ilegal de fondos en su estado natal de Texas.

Delay, un congresista vital para hacer cumplir la agenda legislativa del presidente Bush, era él mismo huésped de una fiesta de golf organizada por Abramoff en Escocia en 2000. El viaje era pagado en parte por donaciones de varias tribus indígenas que habían contratado al lobbista para proteger sus lucrativas operaciones de su casino.

La caída del lobbista comenzó con una investigación del Comité del Senado que reveló que, juntamente con su socio Michael Scanlon, les había cobrado a las tribus más de 80 millones de dólares por sus servicios, una suma colosal aun para los parámetros de la industria de lobby de Washington de 3500 millones de dólares anuales. Según los fiscales, Abramoff cosechó alrededor de 20 millones en ganancias ocultas con el plan. La presión creció aún más sobre Abramoff cuando Scanlon, en una época el vocero de prensa de DeLay, acordó un trato de culpabilidad propio, admitiendo que había conspirado para sobornar a un miembro del Congreso y a otros funcionarios públicos. Por su propia declaración casi sin un centavo y enfrentándose a un largo período en la cárcel, Abramoff evidentemente terminó asumiendo que su mejor esperanza de clemencia radicaba en testificar contra aquellos que habían resultado beneficiados con él.

El daño y la trepidación, sin embargo, van mucho más lejos del Capitolio, dentro de la misma Casa Blanca. En septiembre pasado, David Safavian, un alto funcionario en la Oficina de Presupuestos de la Casa Blanca, renunció después de ser acusado de mentir y obstruir la investigación federal de Abramoff. También surgió que en 2003 Abramoff le pidió 9 millones de dólares al presidente de Gabon, Omar Bongo, para arreglar un encuentro con Bush. Los dos hombres finalmente se reunieron al año siguiente, aunque no hubo evidencia que fuera gracias a Abramoff.

El mayor escándalo de corrupción en un siglo sacude a la clase política de EU

Por David Brooks, diario La Jornada

Una bomba está por estallar sobre Washington. No se trata de un atentado terrorista internacional ni de algo más nativo como lo de la ciudad de Oklahoma, sino de lo que podría convertirse en el escándalo de corrupción política más grande en un siglo.

Unos 12 legisladores federales, si no es que más, y sus asesores podrían ser acusados por actos de corrupción, entre ellos aceptar sobornos, regalos y viajes de manera ilícita, y entre las víctimas podría estar Tom DeLay, una de las figuras más poderosas de la cúpula política y hasta hace poco líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes.

La semana pasada el líder de la minoría demócrata en el Senado, Harry Reid, declaró que éste "es el Congreso más corrupto en la historia del país".

"Creo que esto tiene el potencial de ser el escándalo más grande en el Congreso en más de un siglo", consideró Thomas E. Mann, uno de los especialistas del poder legislativo más reconocido del país y analista del Brookings Institution, en entrevista el mes pasado con el New York Times.

El Senador John McCain, republicano también, ha denunciado que "este pueblo se ha vuelto muy corrupto, no hay duda de ello", y señaló que espera que habrá muchas acusaciones formales ya que existe evidencia de corrupción extensa de varios legisladores estadounidenses.

El analista Norman Ornstein, del American Enterprise Institute -uno de los think tanks más conservadores de la capital-, escribió: "no creo que hayamos visto algo de estas dimensiones, arrogancia y pura venalidad en nuestras vidas. Se está intensificando hacia una explosión, que podría crear daño colateral inmenso dentro del Congreso y en las próximas elecciones".

Todo empezó con Jack Abramoff, quien era uno de los cabilderos más influyentes y poderosos de Washington. El año pasado, se reveló que Abramoff y su socio Michael Scanlon lograron cobrar a tribus indígenas 80 millones de dólares por tareas para cabildear sus intereses de promoción de casinos ante el Congreso.

El "cabildeo" fue realizado con regalos, favores y viajes pagados -entre ellos, una excursión para jugar golf en Escocia- para legisladores y sus asesores que trabajaron en proyectos de ley con Abramoff.

Aunque la investigación de la corrupción comenzó desde el año pasado, todo empezó a desenredarse en las últimas dos semanas por un caso no relacionado con las actividades de cabildeo.

Abramoff enfrenta una acusación legal de fraude en el estado de Florida, donde fiscales dicen que compró una escuadra de barcos casino falsificando documentos sobre su financiamiento. Un socio se declaró culpable para aceptar una pena reducida a cambio de su cooperación en el caso, dejando a Abramoff enfrentando seis cargos criminales y hasta 30 años de cárcel.

Ahora, hay indicios de que Abramoff está por concluir un acuerdo con los fiscales, declararse culpable para recibir una pena de cárcel reducida a cambio de su cooperación, no sólo en este caso sino como testigo clave en la investigación federal sobre la corrupción en Washington.

La presión sobre Abramoff se incrementó con la decisión de su ex socio, Scanlon, de declararse culpable en octubre y cooperar con las autoridades en las investigaciones de ambos casos, el de fraude en Florida y el de corrupción en Washington.

Si Abramoff acepta volverse testigo, ofrecerá evidencia que podría marcar el fin de las carreras de por lo menos una docena de legisladores y sus asesores que son objeto de la investigación federal.

Durante los últimos meses esa investigación se ha ampliado y algunos legisladores y oficiales republicanos ya han sido advertidos que están bajo el escrutinio de los investigadores.

DeLay, el ex líder de la mayoría republicana en la Cámara baja que enfrenta ahora un juicio en Texas acusado de maniobras ilícitas en financiamiento de campañas políticas, íntimo amigo de Abramoff, podría estar entre las víctimas del escándalo con su viejo socio testificando en su contra.

El caso ya cobró víctimas. David Safavian, alto funcionario de la oficina de presupuesto y programación de la Casa Blanca, renunció justo antes de ser arrestado en septiembre pasado por mentir a investigadores federales sobre sus vínculos de negocio con Abramoff.

Se espera que sean ligados al escándalo otros funcionarios del gobierno de Bush.

Aunque esto promete ser un gran regalo de Navidad para los opositores de los republicanos, el problema para los demócratas es que a pesar de que la mayoría de los legisladores ligados a Abramoff son republicanos, también hay algunos demócratas.

Sin embargo, es un desastre potencial más que nada para los republicanos, ya que son los que se presentaban como el partido con "valores morales" y familiares".

De hecho, algunas de las figuras ahora enlodadas por su relación con Abramoff incluyen a líderes del movimiento cristiano conservador como Ralph Reed, ex presidente de la Coalición Cristiana.

Y hablando de "valores familiares", algunas de las gentes bajo investigación son esposas e hijos de algunos legisladores que aparentemente se beneficiaron con el generoso negocio de Abramoff.

Entre los legisladores que están bajo investigación o sospecha, además del antes todopoderoso conservador DeLay, aparecen el representante Bob Ney, presidente del Comité de Administración de la Cámara baja, y John T. Doolittle (cuya esposa asistió a Abramoff).

Peor aún, esta semana se reveló otra faceta de este escándalo cuando dos columnistas admitieron que habían aceptado pagos de Abramoff para escribir columnas que favorecían a clientes del cabildero.

Copley News Service se deshizo de Doug Bandow -quien también renunció como catedrático de la influyente organización de estudios políticos Cato Institute- después de reconocer que había aceptado hasta 2 mil dólares por cada una de hasta 24 columnas que había escrito, después de que Business Week divulgó la historia.

Peter Ferrara, del Institute for Policy Innovation, también reconoció haber aceptado pagos de varios cabilderos, incluyendo Abramoff para escribir columnas en periódicos -Washington Times y Manchester Union Leader-; dos de los rotativos que lo publicaban han tenido que romper relaciones con él, aunque Ferrara insistió en que nada malo había éticamente en "tomar dinero de alguien y escribir un artículo".

Este no es el único caso de corrupción en Washington. La Comisión de Valores y Cambios -agencia reguladora de Wall Street- está investigando ventas de acciones posiblemente ilícitas del líder republicano del Senado, Bill Frist, mientras que el mes pasado el representante republicano Randy Duke Cunningham fue obligado a renunciar a su curul después de declararse culpable de aceptar sobornos por más de 2.4 millones de dólares para promover contratos militares.

Mientras tanto, cientos de miles de dólares fueron robados en Irak por oficiales militares estadounidenses, entre ellos un teniente coronel. Ni hablar de lo que se sospecha está ocurriendo con los contratos federales para el desastre de Katrina, y más. Pero no cabe duda que si este escándalo sigue creciendo, habrá una explosión política en Washington que se escuchará por todo el país.

Los dueños del planeta: corporaciones 2005

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC. Diario La Jornada, México

La petrolera BP es la segunda empresa más grande del mundo, seguida por Exxon Mobil, Shell, General Motors, Daimler Chrysler, Toyota Motor, Ford Motor, General Electric, Total, Chevron en orden de magnitud de sus entradas hasta 2005. Cada una de ellas son economías mayores que Portugal, Israel, Irlanda o Nueva Zelanda. La empresa más grande del mundo sigue siendo Wal-Mart, cuyo volumen de ventas es mayor que el producto bruto interno de Noruega, Arabia Saudita y Austria. Wal-Mart es la vigésima economía de planeta. Entre las 100 economías mayores del globo, hay otros supermercados como Carrefour, Home Depot, Metro y Royal Ahold, procesadoras de alimentos, como Nestlé y el Grupo Altria (propietaria de Kraft Foods y Phillip Morris), junto a grupos financieros como Citigroup, ING y HSBC, y empresas de informática y telecomunicaciones como IBM, Siemens, Hitachi, Hewlet Packard, Samsung y Sony.

Al 2004, las 200 multinacionales más grandes del planeta concentraban 29 por ciento de la actividad económica mundial. Muchos analistas pensaban que la ola de fusiones corporativas que comenzó en los noventas estaba bajando, pero el valor de las fusiones y compras entre empresas alcanzó 1.95 billones de dólares en 2004, 40 por ciento más que en 2003. Cada vez menos empresas, más grandes y con mayor porcentaje de mercado. En la sombra, pero con enorme poder, crece la dominación de mercado a través de oligopolios de propiedad intelectual, cuyo vencimiento se manipula con mínimas modificaciones para extender la vida de las patentes y asociado a éste, el fortalecimiento de cárteles globales de tecnologías.

Con tal poderío y cada vez más legislaciones nacionales e internacionales a su favor, las multinacionales condicionan diariamente la vida de todos, creando guerras reales y de mercado, entretejidas en gobiernos y medios de comunicación, desplazando un enorme poder de propaganda y apropiándose de los mercados, desde la producción hasta la compra directa del consumidor.

Según el informe del Grupo ETC, Oligopoly Inc 2005 (www.etcgroup.org), que monitorea las actividades de las corporaciones globales, fundamentalmente en agricultura, alimentación y farmacéutica, desde el informe anterior, publicado en 2003, las 10 mayores industrias de semillas saltaron de controlar un tercio del comercio global, a la mitad de todo el sector. Con la compra de la empresa mexicana Seminis, Monsanto pasó a ser la mayor empresa global de venta de semillas (no sólo transgénicas, de las que controla 90 por ciento, sino de todas las semillas vendidas comercialmente en el globo), seguida por Dupont, Syngenta, Groupe Limagrain, KWS Ag, Land O'Lakes, Sakata, Bayer Crop Sciences, Taikii, DLF Trifolium y Delta and Pine Land.

En agrotóxicos, las 10 principales perciben 84 por ciento de las ventas globales. Son: Bayer, Syngenta, BASF, Dow, Monsanto, Dupont, Koor, Sumitomo, Nufarm y Arista. Con tal nivel de concentración, los analistas prevén que únicamente sobrevivirán tres: Bayer, Syngenta y BASF. Monsanto no ha renunciado a este lucrativo mercado, pero su rezago relativo -del tercer al quinto puesto- se debe a que está enfocada a la producción de transgénicos como frente de venta de agrotóxicos.

Varias de las mismas empresas están entre las 10 mayores farmacéuticas y de productos veterinarios. Las 10 farmacéuticas más grandes controlan 59 por ciento del mercado: Pfizer, Glaxo SmithKline, Sanofi-Aventis, Jonson y Jonson, Merck, AstraZeneca, Hoffman-La Roche, Novartis, Bristol Meyers Squibb y Wyeth. Las diez mayores en productos veterinarios tienen 55 por ciento del mercado.

Las 10 mayores empresas biotecnológicas (dedicadas a subproductos para la farmacéutica y la agricultura) son apenas 3 por ciento de la totalidad de ese tipo de empresas, pero controlan 73 por ciento de las ventas. Las principales son Amgen, Monsanto y Genentech.

En procesado de alimentos y bebidas, Nestlé mantiene su poderío duplicando o triplicando el volumen de ventas de sus competidores más cercanos: Archer Daniel Midlands, Altria, PepsiCo, Unilever, Tyson Foods, Cargill, Coca-Cola, Mars y Danone. Juntas controlan 24 por ciento del mercado global y perciben 36 por ciento de las ganancias de las 100 mayores.

Todas las anteriores finalmente dependen de las ventas al consumidor. Ahí están los tiranosaurios del mercado global, condicionando desde quién y dónde produce, hasta lo que llega al consumidor, con qué calidad y precio, pasando por los procesadores y distribuidores. Encabeza la lista Wal-Mart, cuyas ventas son casi iguales a la suma de las de los cuatro competidores más cercanos: Carrefour, Metro, Ahold y Tesco.

Cuando el New York Times comenzó a hablar de la "walmartización" se refería a cómo Wal-Mart había presionado la baja de salarios y la seguridad social de los trabajadores en sus tiendas en Estados Unidos. Situación que se repite por todo el mundo donde se instala, además de liquidar a las tiendas locales pequeñas, efecto que tienen todos estos grandes supermercados.

El 8 de febrero de 2004, Peter Goodman y Philip Pan escribían en el Washington Post: "Mientras el capital registra el globo en busca de trabajadores más baratos y maleables, y mientras los países pobres recurren a las multinacionales para que les provean empleos y abran mercados de exportación, Wal-Mart y China se han constituido en la empresa conjunta de capital de riesgo más extrema, su simbiosis influye las condiciones de trabajo y consumo por todo el mundo". Actualmente, debido a condiciones laborales y precios tan baratos que las maquilas miserables de Bangladesh no consiguen superar, 80 por ciento de las 6 mil fábricas que proveen a Wal-Mart están en China.

Frente a la enormidad, el fortalecimiento de las estructuras comunitarias y solidarias no es una opción ideológica: es un principio de sobrevivencia.

Drogas, aparatos y doctores

Por Paul Krugman, xolumnista de ‘The New York Times’. Profesor de economía y relaciones internacionales en la Universidad de Princeton.

Merck, el gigante farmacéutico, está asediado. Y uno de los efectos colaterales de dicho asedio es una crisis de relaciones públicas para la Clínica Cleveland, un célebre hospital y organización proveedora de salud.

Pero la historia real es más grande que la de la compañía o la clínica. Es la historia de cómo crecientes conflictos de interés pueden estar distorsionando tanto la investigación médica como la asistencia de salud en general.

Merck es acusada de restarle importancia a evidencia de que Vioxx, un analgésico líder en ventas hasta que fue retirado del mercado el año pasado, incrementaba el riesgo de ataque al corazón. La acusación más reciente de ocultamiento de evidencia vino de The New England Journal of Medicine, que descubrió que los autores de un trabajo financiado por Merck, publicado en esa revista, removieron datos que no favorecían al Vioxx. La revista reclamó de los autores que emitieran una corrección.

El doctor Eric Topol, un famoso cardiólogo de la Clínica Cleveland, ha estado advirtiendo sobre los peligros del Vioxx desde 2001. En un testimonio en video en el juicio federal contra Vioxx (que terminó en nulidad), acusó a Merck de mala conducta científica y testificó que el ex director de Merck había llamado al director de la Clínica Cleveland para quejarse de su trabajo –un acto que el doctor Topol calificó de "repulsivo".

Dos días después de ese testimonio, de acuerdo con el doctor Topol, se le notificó temprano en la mañana que no atendiera una reunión a las 8 a.m. de la junta de gobernadores de la clínica, porque la posición de jefe académico, que le daba un puesto en la junta, había sido abolido. Un portavoz de la clínica negó que la abrupta eliminación del cargo tuviera algún nexo con su testimonio contra el Vioxx.

Unos días después, el The Wall Street Journal reportó sobre una red de conexiones financieras entre la Clínica Cleveland, su director y AtriCure, una compañía que vende un aparato médico que se utiliza en procedimientos quirúrgicos que promueve la clínica. El doctor Topol –cuyo descenso de rango le costó también su silla en el comité de conflicto de intereses– estaba "entre aquellos que criticaron los nexos", decía el periódico.

O.K., suena complicado. Pero la esencia es simple: investigación científica y decisiones médicas cruciales deben ser miradas con sospecha por los nexos financieros entre las compañías médicas, investigadores médicos y proveedores de salud.

Esto no debería causar ninguna sorpresa. El último cuarto de siglo ha mostrado la emergencia de un vasto complejo médico industrial, en el cual doctores, hospitales e instituciones de investigación mantienen profundos nexos financieros con las compañías farmacéuticas y los fabricantes de equipos. Los conflictos de interés no son la excepción, son la norma.

La lógica económica de ese complejo médico industrial es evidente. Las drogas de prescripción y los aparatos médicos de alta tecnología comprenden una creciente parte del gasto en salud. Ambos son productos costosos de desarrollar pero baratos de fabricar. De manera que la ganancia por cada unidad adicional que se venda es grande, lo que genera en los productores un fuerte incentivo para hacer cualquier cosa que se requiera con el fin de persuadir a los doctores y hospitales para que escojan sus productos.

Las herramientas de persuasión van más allá de contratar porristas y vendedores. Existen también incentivos financieros, a veces disfrazados, a veces flagrantes. Hace unos meses, Reed Abelson, de The New York Times, reportó sobre una práctica en la cual los productores de aparatos médicos ofrecen a los cirujanos que están en posición de escoger sus productos (el costo lo pagan los demás) lucrativos contratos de consultoría, en algunos casos llegando a los cientos de miles de dólares al año.

Encima de todo, la línea entre el investigador y el empresario médico se ha borrado. En su libro The Truth About the Drug Companies (La verdad sobre las compañías de drogas), Marcia Angell, ex editora del The New England Journal of Medicine, escribe que pequeñas compañías fundadas por investigadores universitarios ahora "se mueven alrededor de las grandes instituciones académicas de investigación... a la espera de lucrativos acuerdos con las grandes compañías de drogas". Por lo general, dice ella: "Tanto los investigadores académicos como sus instituciones tienen participación propietaria" en esas compañías, lo que les da un fuerte incentivo a mantener felices a las grandes compañías de drogas.

El punto es que el olor a corrupción en el sistema médico no emana de unas pocas manzanas podridas. Todo el sistema de incentivos promueve que doctores e investigadores sirvan los intereses de la industria médica.

La buena noticia es que las cosas no tienen que ser así. Las tendencias económicas dieron paso a ese complejo médico industrial, pero sólo porque interactuaban con malas políticas, que pueden ser ser corregidas. En futuras columnas hablaré de cómo una reforma seria en salud puede reducir los conflictos de intereses que manchan el actual sistema.

Afganistán multiplica la producción de drogas

Por Piotr Goncharov, analista de Ria Novosti

Los narcóticos procedentes de Afganistán siguen siendo un serio problema para Rusia. Así, por ejemplo, solamente en 2005 se retiraron de la venta cuatro toneladas de heroína, toda de origen afgano. Cuatro toneladas de heroína equivalen a 40 millones de dosis. Y eso que para lograr que surja narcodependencia bastan 2-3 dosis.

Los narcóticos procedentes de Afganistán siguen siendo un serio problema para Rusia. Así, por ejemplo, solamente en 2005 se retiraron de la venta cuatro toneladas de heroína, toda de origen afgano. Cuatro toneladas de heroína equivalen a 40 millones de dosis. Y eso que para lograr que surja narcodependencia bastan 2-3 dosis.

Ya a comienzos de los años 90 en Rusia no existía problema de drogadicción como tal. En aquella época el número de quienes consumían drogas apenas pasaba de 60 mil, que eran en su mayoría personas enfermas que las necesitaban. Hoy día, en cambio, se menciona una cifra de seis millones.

Esta dinámica de crecimiento del número de consumidores de drogas en un país como nuestro puede calificarse catastrófica. Analizando las causas y la cronología de este «salto», volvemos a enfrentar el factor afgano.

Desde luego que la rápida narcotización de Rusia se debe ante todo al derrumbe de un sistema social hermético como el soviético. Se trata más bien de un colapso sufrido por los anteriores regímenes aduanero y fronterizo, así como la destrucción del medio social anterior a que la gente estaba acostumbrada. Y, como proceso paralelo, un rápido aumento de la producción de drogas en Afganistán, país antaño vecino de la URSS con una frontera común que se extendía a 2 mil 200 kilómetros, frontera que después de la desintegración de la superpotencia socialista ya casi no existe.

Las drogas se producen en Afganistán tradicionalmente. Igual de tradicional era su contrabando. Pero antes esto se hacía en forma limitada y prácticamente bajo el control de los servicios policiales de los países a que iban destinadas clandestinamente. Mas, después de la entrada del contingente militar soviético «limitado» en Afganistán la producción de drogas, estimulada por la CIA, fue en aumento.

Luego, después de la retirada de las tropas soviéticas, con la llegada al poder de los mojaheddines, que acusaban a los anteriores dirigentes prosoviéticos de connivencia con los narconegocios, la producción de opiáceos aumentó en flecha. Mientras que en 1992 (año en que los mojaheddines llegaron al poder) la producción global de opio se mantuvo a un nivel de 1,800 – 1,900 toneladas al año, lo que equivale 180 – 190 toneladas de heroína, ya en 1994 la cosecha de opio crudo excedió 3,400 toneladas.

Veamos cómo anda la situación ahora. Pues no es mejor que en 1994. Según datos en poder de la ONU, el año pasado en Afganistán se produjo 4,200 toneladas de opio crudo (cantidad equivalente a 420 toneladas de heroína) y este año saliente, algo menos de 4,100 toneladas.

Para ser justos hemos de constatar que los propios afganos jamás han admitido los datos presentados pro la ONU, considerándolos algo exagerados. Ello se nota si se compara los datos de la ONU con los datos, facilitados por, digamos, la Comisión Suprema Antidroga de Afganistán. Hemos de admitir que los datos presentados por la comisión afgana están mejor argumentados que los de la ONU.

Pero eso son detalles. Lo más importante es otro, a saber: ¿existen mecanismos capaces de frenar el flujo de narcóticos afganos, un tercio de los cuales (que, según datos de la ONU, son 110 – 120 toneladas de heroína) todos los años siguen la Ruta Norte (Afganistán – Asia Central – Rusia) hacia Europa?

Dentro de Afganistán estos mecanismos no existen. Hoy día Afganistán no es capaz de resolver este problema ni económicamente ni por la fuerza. Los reproches que a través de los medios de comunicación rusos los servicios secretos de Rusia dirigen a las fuerzas de la coalición antiterrorista al mando de EE.UU. y hacia las fuerzas ISAF que operan en Afganistán, acusándolas de que no destruyen sembrados de adormidera opiácea, no parecen muy procedentes.

Para realizar operaciones de este tipo se necesita un mandato especial de la ONU. Lo mismo se refiere a la misión ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad de Afganistán) cuyas actividades se ven limitadas a las funciones policíacas. De momento ni EE.UU., que encabeza la coalición antiterrorista, ni los dirigentes de la OTAN que encabezan la ISAF, no han expresado mucho deseo de obtener ese mandato y difícilmente lo expresarán. Y es lógico pues ¿para qué complicar las ya de por sí difíciles relaciones con la población local, sin disponer fuerzas suficientes para ello?

En Afganistán son de 3 a 4 millones de personas, incluidos los que trafican con drogas y recogen opio, que se ganan la vida gracias a las drogas. Añádase a este numeroso ejército las bandas de los señores de la guerra que no todos andan desarmados y que protegiendo estos negocios cobran su 10% que les corresponde. Por lo tanto, en Afganistán hay quienes podrán defender el negocio del opio, siendo imposible resolver el problema de un hachazo.

Por otra parte, hay quienes piensan en Kabul que dentro de 10 ó, como máximo, 15 años Afganistán sí podrá resolverlo.

Hace poco, en una reunión del Gobierno de ese país se adoptó una nueva ley de lucha contra el narcotráfico. La ley no sólo define claramente el papel y las funciones de diversos organismos estatales encargados de combatir el narcotráfico sino que establece penas por la actitud connivente con los narcotraficantes en los órganos de Estado.

La ley le otorga a la policía el derecho de escuchar, con autorización judicial, conferencias telefónicas y ver mensajes electrónicos de los sospechosos de narcotráfico. Según otro artículo de la ley, los bienes adquiridos por el narcotráfico se confiscarán a favor del Estado. La ley fue creada según el modelo occidental, teniendo en cuenta las realidades locales, por expertos de Afganistán, la ONU, EE.UU. y Gran Bretaña.

Pero la ley acaba de ser promulgada. Hoy día pueden considerarse como único mecanismo activo destinado a poner coto al narcotráfico los «cinturones antidroga» que se creen en torno a Afganistán a iniciativa de Rusia y mayormente gracias a sus esfuerzos. Al decir de Víctor Cherkasov, director del Servicio Federal de Control del Narcotráfico en Rusia, el «cinturón de seguridad» no supone cavar trincheras o construir fortines o poner alambradas de púas alrededor de Afganistán.

Es, ante todo, un sistema de intercambio de información a base de la cual actuarán los guardafronteras y los servicios antidroga de los países que limitan con Afganistán. Según él, estos últimos tiempos esta cooperación se desarrolla con éxito. Así, por ejemplo, representantes de Irán y Pakistán participaron en la operación especial «Canal’2005» que se ha realizado este año.

También se desarrollan activamente los contactos que los servicios antidroga de estos países mantienen con Rusia, gracias a lo cual Rusia ha logrado disminuir en cierta medida la penetración de narcóticos afganos en el mercado interno de Rusia. Mas, en opinión de Cherkasov, ningún «cinturón de seguridad» alrededor de Afganistán podrá resolver este problema sin antes cambiar la situación dentro de ese país.


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