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El «deber de injerencia», nuevo disfraz del expansionismo

None | 25 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Por Jean Bricmont, Figura del movimiento antiimperialista, es professor de Psicología Teórica en la Universidad de Louvain, Bélgica. Entre sus obras se cuenta «Imperialismo Humanitario. Derechos del hombre, derecho de injerencia ¿el derecho más fuerte?» Desde Bruselas (Bélgica). Red Voltaire

Al abrir la mesa redonda sobre la injerencia humanitaria durante la conferencia Axis for Peace 2005, el profesor Jean Bricmont subrayó que el imperativo moral al que se somete a la opinión pública en las naciones de Europa Occidental no es más que una imposición propagandística para obligarla a aceptar la expansión de la hegemonía. En aras de una comprensión lúcida de dichos conflictos, se hace necesario abstraerse de los presupuestos morales y volver a un análisis político de los hechos.

Una de las características del discurso político, ya se trate de la derecha o de la izquierda, es que éste se encuentra hoy dominado por lo que podríamos llamar el imperativo de ingerencia.

Se nos está llamando constantemente a defender los derechos de minorías oprimidas en países lejanos (Chechenia, Tíbet, Kosovo, Kurdistán) sobre los cuales, no queda más remedio que reconocerlo, la mayoría de nosotros no sabemos gran cosa; a protestar contra las violaciones de los derechos humanos en Cuba, China o Sudán; a exigir la abolición de la pena de muerte en Estados Unidos o a denunciar la persecución contra las mujeres musulmanas.

El derecho de ingerencia humanitaria no sólo es generalmente admitido sino que se ha convertido a menudo en un «deber de ingerencia». Se nos asegura que urge la creación de tribunales internacionales para juzgar diversos crímenes que se cometen dentro de los Estados-Naciones. Se presupone que el mundo se ha convertido en una aldea global y que no podemos permanecer indiferentes ante nada de lo que en ella suceda.

La sabiduría de quienes pretenden «cultivar su jardín» es considerada anacrónica y reaccionaria. La izquierda se destaca en ese discurso aún más que la derecha, acusada entonces de egoísmo, y cree hacerse así continuadora de la gran tradición internacionalista del movimiento obrero y de la solidaridad surgida durante la guerra de España o las luchas contra el colonialismo.

Por otro lado, la izquierda actual insiste en que hay que evitar a toda costa «repetir los errores del pasado» como abstenerse de denunciar los regímenes que se oponen a Occidente, lo que hizo en el pasado la izquierda «estalinista» en relación con la Unión Soviética o, siguiendo el ejemplo de ciertos intelectuales «tercermundistas», en el caso de Camboya durante la época de los khmers rojos o de otros regímenes surgidos de la descolonización.

Correlativamente a esta situación, los movimientos pacifistas no son más que la sombra de lo que fueron, por ejemplo, durante la crisis de los misiles de los años 80, y los movimientos tercermundistas prácticamente han desaparecido. No hubo prácticamente oposición alguna a la guerra de 1999 contra Yugoslavia, la guerra «humanitaria» por excelencia, y existió muy poca cuando la invasión contra Afganistán, en 2001.

Cierto es que contra la guerra Irak hubo manifestaciones gigantescas, únicas en la historia y realmente portadoras de esperanza. Pero hay que reconocer que desde que la administración Bush proclamó la victoria, la opinión pública, por lo menos en Occidente, se quedó relativamente muda, aún cuando en Irak siguen teniendo lugar combates que están lejos de ser incidentes de retaguardia.

Además, Faluya fue un Guernica sin Picasso. Una ciudad de 300,000 habitantes fue privada de agua, de electricidad y víveres, y sus habitantes se vieron expulsados y confinados en campos. Vino después el bombardeo metódico y la ciudad fue tomada de nuevo, casa por casa. Cuando se ocupa un hospital, el New York Times justifica el hecho diciendo que era utilizado como centro de propaganda e inflando la cantidad de víctimas.

Precisamente, ¿Cuántas víctimas ha dejado ya la guerra en Irak? Nadie lo sabe, no se lleva la cuenta de los muertos (iraquíes). Cuando se publica algún estimado, aún si lo hacen las más prestigiosas revistas científicas, como Lancet, se le denuncia como una exageración.

¿Cuántas protestas ha habido ante esto? ¿Cuántas manifestaciones ante las embajadas estadounidenses? ¿Cuántas peticiones para exhortar a nuestros gobiernos a que le exijan a Estados Unidos que paren? ¿Cuántos editoriales han aparecido en los periódicos para denunciar estos crímenes?

¿Quién recuerda, entre los defensores de la «sociedad civil» y de la no violencia, que las desgracias de Faluya empezaron cuando, después de la invasión, sus habitantes realizaron una manifestación pacífica y los estadounidenses dispararon sobre la gente matando a 16 personas? El caso de Faluya no es único.

Están también los de Nayaf, Al Kaim, Haditha, Samarra, Bakuba, Hit y Buhriz, entre otros. El Brussels Tribunal, un tribunal de opinión que examina los crímenes estadounidenses en Irak y del cual forma parte el autor, recibe frecuentemente informaciones sobre desapariciones y asesinatos en Irak. Pero, ¿a quién transmitir esos informes? ¿A quién le interesa eso?

La doble constatación de omnipresencia de la ideología de la injerencia, por un lado, y de la debilidad de la oposición a las guerras imperiales, por el otro, nos lleva a ver con ojo crítico los prejuicios que sirven de base a la ideología de la injerencia y a plantear cierto número de interrogantes raramente expuestas y a las que más raramente aún se les da respuesta: ¿Cuál es la naturaleza del agente que se supone esté a cargo de llevar a cabo la injerencia? Ya que se trata, en la práctica, de países poderosos, ¿qué razones tenemos para creer en la sinceridad de los objetivos humanitarios que proclaman? ¿Cuál será el efecto a largo plazo de la injerencia occidental en el Tercer Mundo?

¿Es verdaderamente obsoleta la visión tradicional del derecho internacional que prohíbe la injerencia unilateral? ¿Nuestra historia y nuestra forma de desarrollo nos dan acaso derecho a decirles a otros países lo que deben hacer? Cuando se habla de derechos humanos, ¿se piensa también en los derechos económicos y sociales? Y si así fuera, ¿son siempre compatibles esos derechos con los derechos políticos e individuales? Y si no lo son, ¿cómo establecer prioridades entre diferentes tipos de derechos?

Por otro lado, es posible plantear también cierta cantidad de interrogantes a los movimientos progresistas, pacifistas o ecologistas. ¿No estarán dando crédito demasiado rápidamente a las declaraciones de los medios de difusión y a los dirigentes occidentales? En particular los dirigentes del Tercer Mundo que Occidente presenta como demonios,

¿Son realmente nuevos Hitler ante los cuales todo compromiso equivaldría a un nuevo Munich? ¿Ofrece la construcción europea una esperanza de alternativa ante la hegemonía estadounidense? ¿La política de injerencia es acaso realmente internacionalista?

Finalmente, es posible proponer otra actitud política distinta a la injerencia, que esté basada en una visión radicalmente diferente de las relaciones Norte-Sur y en el deseo de hacer de nuevo de la crítica del imperialismo el aspecto central de nuestras preocupaciones políticas. Esta forma de actuar puede contribuir al resurgimiento de una oposición firme y exenta de complejos ante las agresiones estadounidenses presentes y futuras.

El terrorismo, la agricultura, Estados Unidos e India

Por Vandana Shiva, Traducido por: Felisa Sastre. Título original Terrorism, Agriculture and U.S. India Cooperation, publicado en ZNet Sustainers; Miércoles 10 de Agosto, 2005.

El terrorismo y la agricultura han sido temas abordados en la declaración conjunta India-Estados Unidos, emitida el 18 de julio de 2005, durante la reunión mantenida por el primer ministro Man Mohan Singh con el presidente Bush. Según se afirma en la declaración, los dos líderes decidieron:

– Crear un clima internacional que conduzca a la promoción de los valores democráticos, y a reforzar las prácticas democráticas en sociedades que desean llegar a ser abiertas y pluralistas.

– Combatir implacablemente el terrorismo.

Los dos líderes acordaron, asimismo:

– Lanzar un programa estadounidense-indio sobre conocimientos agrícolas, centrado en la promoción de la enseñanza, de la investigación y en las conexiones comerciales y de servicios.

El Memorando de Entendimiento, (Memorandum Of Understanding, en inglés), sobre Ciencia y Tecnología, firmado entre Estados Unidos e India el 20 de julio de 2005, deja bien claro que la formación y la investigación se centrarán en la Biotecnología o ingeniería genética, frecuentemente aludidos como la segunda Revolución Verde. El Acuerdo sobre Ciencia y Tecnología cita la Revolución Verde de los años 60 como el comienzo de la cooperación entre India y Estados Unidos. Para evaluar el impacto del nuevo Acuerdo es preciso llevar a cabo un examen objetivo del impacto que tuvo la Revolución Verde.

No es la primera vez que Estados Unidos impone un programa agrícola a la India. La supuesta Revolución Verde se llevó a cabo hace cuarenta años, y alentó el terrorismo y el extremismo en el Punjab en los años 80.

Mientras los dos dirigentes decidían "combatir el terrorismo implacablemente" estaban promoviendo las tecnologías y los modelos comerciales que sirven a los intereses de las multinacionales estadounidenses y destruyen la seguridad alimentaria de los agricultores, convirtiéndolos en campo abonado para la aparición del terrorismo, tal como he puesto de manifiesto en mi libro "The Violence of the Green Revolution" (Zed Books).

Cuando obtuvimos la independencia, nuestra agricultura estaba en crisis debido a la negligencia y la explotación. El ministro de Agricultura, K.M. Munshi consideró como prioritaria la reimplantación de los ciclos naturales hidrológico y alimenticio, que son los principios que se siguen en la agricultura ecológica sostenible.

Sin embargo, mientras los científicos indios y los responsables políticos trabajaban en alternativas independientes y ecológicas para regenerar la agricultura en la India, en las fundaciones estadounidenses y agencias de cooperación se diseñaba otra perspectiva del desarrollo agrícola, que no se basaba en la cooperación con la naturaleza sino en su conquista.

Desarrollo que no se sustentaba en la intensificación de los procesos naturales sino en el incremento del crédito y en la compra de bienes de producción como fertilizantes y pesticidas químicos; que se cimentaba en la dependencia en lugar de en la independencia; en la uniformidad en lugar de en la diversidad. Llegaron de Estados Unidos consejeros y expertos para cambiar las líneas de investigación y la política agrícola de la India, transformándola de un modelo ecológico y tradicional a otro extranjero que exigía grandes inversiones, y que encontró, por supuesto, socios en sectores de la elite porque el nuevo modelo satisfacía sus prioridades políticas y sus intereses.

En la transferencia del modelo agrícola estadounidense a la India, se implicaron tres grupos de instituciones internacionales - Fundaciones privadas, el Gobierno estadounidense y el Banco Mundial. La Fundación Ford se había involucrado en la formación y en la extensión agrícola desde 1952. La Fundación Rockefeller se había involucrado en la reorganización del sistema de investigación agrícola en la India a partir de 1953. En 1958, el Instituto Indio de Investigación Agrícola (Indian Agricultural Research Institute), creado en 1905, fue reorganizado y Ralph Cummings, director de campo de la Fundación Rockefeller se convirtió en su primer decano. Fue sucedido en 1960 por A.B. Joshi, y en 1965 por M.S. Swaminathan.

Además de reorganizar los institutos indios de investigación según los criterios estadounidenses, la Fundación Rockefeller financió también viajes de investigadores indios a instituciones estadounidenses. Entre 1956 y 1970, se concedieron 90 becas para estancias cortas de dirigentes indios para que conocieran los institutos agrícolas y las plantas experimentales de Estados Unidos. 115 estudiantes terminaron sus estudios con la ayuda de la Fundación. En este mismo periodo, otros 2.000 indios recibieron financiación de la Agencia de Cooperación para el Desarrollo estadounidense (USAID) para visitar Estados Unidos y obtener formación agrícola.

El trabajo de las Fundaciones Rockefeller y Ford se vio facilitado por instituciones como el Banco Mundial, que aportó el crédito para la introducción del modelo de agricultura intensiva capitalista en un país pobre. A mediados de los años 60 se obligó a la India a devaluar su moneda hasta en un 37,5 %. El Banco Mundial y la Agencia de Cooperación estadounidense presionaron, asimismo, para conseguir condiciones favorables para las inversiones extranjeras en la industria india de fertilizantes, para la liberalización de las importaciones y la eliminación de controles internos.

El Banco Mundial proporcionó crédito para la obtención de las divisas necesarias para llevar a cabo aquellas políticas. Para el periodo de cinco años (1966-71) la necesidad de divisas de la estrategia de la Revolución Verde se previó en 11.140 millones de rupias, que al cambio oficial suponían cerca de 2.800 millones de dólares, lo que supuso algo más de seis veces la cantidad total dedicada a la agricultura durante el tercer plan precedente (1.910 millones de rupias). La mayoría de las divisas se necesitaron para importar fertilizantes, semillas y pesticidas, que constituían las nuevas inversiones en una estrategia de utilización intensiva de productos químicos.

El Banco Mundial y la USAID intervinieron para proveer con la inversión financiera necesaria para el paquete tecnológico que habían desarrollado y transferido las Fundaciones Rockefeller y Ford.

La sequía de 1966 ocasionó un grave descenso de la producción alimentaria en India y dio lugar a un aumento sin precedentes del suministro de cereales provenientes de Estados Unidos. La dependencia alimentaria se utilizó para imponer nuevas condiciones políticas a la India. El presidente estadounidense, Lyndon Johnson, apretó las tuercas con el abastecimiento de cereales al negarse a suministrar ayuda alimentaria para más de un mes hasta que se firmó el acuerdo, por el que se adoptaba todo el paquete de la Revolución Verde, entre el ministro indio de agricultura, C.S. Subramanian y el secretario de Agricultura estadounidense, Orville Freeman.

La combinación de ciencia y política para la instauración de la Revolución Verde se remonta al periodo de los años 40, cuando Daniels, embajador estadounidense ante el gobierno de Méjico, y Henry Wallace, vice-presidente de Estados Unidos, pusieron en marcha una misión científica para asesorar en el desarrollo de tecnologías agrícolas en Méjico. La Oficina de Estudios Especiales se estableció en Méjico en 1943 en el Ministerio de Agricultura como una empresa de cooperación entre la Fundación Rockefeller y el Gobierno mejicano.

En 1944, el Dr. J.George Harrar, director del nuevo programa de investigación mejicano y el Dr. Frank Hanson, funcionario de la Fundación Rockefeller en Nueva York, invitaron a Norman Borlaug a cambiar su trabajo en el laboratorio secreto de guerra en Dupont por el programa de cultivo de plantas en Méjico. Hacia 1954, aparecieron "las semillas milagrosas" de Borlaug con variedades enanas de trigo. En 1970, Borlaug recibió el Premio Nóbel de la Paz por "su gran contribución al establecimiento de una nueva situación mundial en relación con la alimentación".

No obstante, la Revolución Verde no trajo la paz al Punjab, trajo el terrorismo.

La Revolución Verde, premiada con el Premio Nobel de la Paz en 1970, contribuyó a provocar dos desastres sociales y medioambientales en India. Uno, fue el movimiento extremista y el terrorismo en Punjab que llevó al asalto militar del Golden Temple y, finalmente, al asesinato de Indira Gandhi en 1984. El otro, el escape de gas de la fábrica de pesticidas de la Union Carbide en Bhopal, que mató a 3.000 personas en aquella trágica noche de diciembre de 1984. En las dos décadas transcurridas desde la tragedia, 30.000 personas han muerto en Bhopal por el escape de aquellos gases tóxicos. La violencia en Punjab se cobró la vida de otras 30.000 personas en los años que siguieron a 1984.

¿Por qué una "revolución", premiada con el Premio Nobel de la Paz, pudo provocar tanta violencia? La Revolución Verde llegó con la promesa de la paz, pero su cruda linealidad: tecnología-> prosperidad-> paz, fracasó. La razón de este fracaso fue que las tecnologías de la Revolución Verde, como las de la guerra, empobrecen a la naturaleza y a la sociedad. Esperar que la prosperidad aumente gracias a tecnologías que destruyen la tierra, erosionan la biodiversidad, contaminan y agotan el agua, y endeudan y arruinan a los campesinos fue la falsa premisa con la que se lanzó la Revolución Verde. Y esta falsa premisa es la que se repite en el lanzamiento de la Segunda Revolución Verde, basada en la biotecnología y en la ingeniería genética, que se encuentran en el núcleo del acuerdo entre Estados Unidos e India.

El "terrorismo" y "extremismo" en el Punjab surgieron de la experiencia de la injusticia de la Revolución Verde como modelo de desarrollo, en el que se centraliza el poder y se apropian de los recursos y tierras de la gente. En palabras de Gurmata de la All Sikh Convention (Citadas en mi libro, The Violence of the Green Revolution) del 13 de abril de 1986:

"Si los bien merecidos ingresos de la gente o los recursos naturales de cualquier nación o región son saqueados por la fuerza; si los bienes que producen se pagan a precios establecidos arbitrariamente mientras los bienes que compran se venden a precios más altos y, llevando este proceso de explotación económica a su conclusión lógica, se pierden los derechos humanos de una nación, una región o un pueblo, entonces la gente se sentirá como se sienten hoy los Sikhs, con los grilletes de la esclavitud".

Está claro que "los campesinos y la gente del Punjab no percibieron la Revolución Verde como una fuente de prosperidad y libertad. Para ellos significó la esclavitud. La Revolución Verde, el impacto social y ecológico que tuvo y las reacciones que provocó entre un campesinado enfurecido y desilusionado, nos ofrecen muchas lecciones para entender las raíces del terrorismo y para buscar soluciones a la violencia.

Esas son las conexiones que nuestros líderes son incapaces de establecer. Cuanto más luchan contra el terrorismo, más lo alimentan con sus políticas que producen inseguridad económica. Cuanto más hablan de democracia, más destruyen la libertad al imponer normas comerciales y políticas que niegan a la gente la libertad y se vuelven contra los agricultores y ciudadanos. El Acuerdo sobre Agricultura de la OMT lo redactó un funcionario de Cargill; el Tratado sobre Derechos de Propiedad Intelectual en el Comercio lo escribió un grupo de corporaciones estadounidenses entre las que se encontraba Monsanto. El monopolio de semillas de Monsanto ya ha empujado en la India a miles de agricultores al suicidio, y la promoción del comercio para Monsanto y Cargill a través del Acuerdo sobre Agricultura llevará a la muerte a más campesinos, y en último término, acabará con la seguridad alimentaria de India, con su soberanía y democracia, produciendo más terrorismo y extremismo.

El Tratado de Cooperación en Ciencia y Tecnología entre EE.UU. e India establece protocolos de propiedad intelectual sobre la investigación sin consultar a los científicos indios ni a la opinión pública que se ha estado resistiendo al estilo estadounidense de los regímenes IPR que obligan a los países a pagar patentes de por vida, y crean monopolios de semillas, en la medicina y en el software.

Para nosotros estos acuerdos son instrumentos de la dictadura de las corporaciones; no son instrumentos de la democracia. Y como las dictaduras, producirán más cólera, más descontento y más frustración.

El terrorismo es hijo de las políticas económicamente injustas y anti-democráticas, tal como ha quedado claro en Punjab en la India, y en Oklahoma en EE.UU. Como Joel Dyer expone en The Harvest of Race (La cosecha de la cólera), una investigación sobre el atentado de Oklahoma y sus raíces en la crisis agrícola estadounidense, en los agricultores que pierden sus granjas y medios de vida, y que son víctimas de una gran tensión sostenida mucho tiempo. Si no se les ayuda, se vuelven violentos. Si se culpabilizan dirigen su violencia hacia sí mismos y se suicidan. Si responsabilizan a otros, vuelcan su violencia hacia el exterior.

Esta es la violencia del terrorismo y del extremismo, y la única solución duradera para tratar con el terrorismo es aumentar la libertad y seguridad de la gente protegiendo sus medios de vida, sus culturas, sus derechos a disponer de recursos y sus elecciones democráticas sobre cómo organizar su sociedad y sus vidas.

El Acuerdo EE.UU.-India sobre Agricultura, Ciencia y Tecnología va a hacer todo lo contrario. Creará mayor inseguridad y erosionará la capacidad de la gente para elegir. De ahí que va a fracasar en sus dos objetivos principales de promover la democracia y acabar con el terrorismo. www.EcoPortal.net

Pirómanos en Jordania

Por Jorge Camil, La Jornada

Parece que a Bush se le está complicando la cosa, porque a pesar de la invasión los "terroristas" salen ahora de las alcantarillas para poner en jaque al gobierno francés. Y Abu Musab al-Zarqawi, hasta ayer únicamente jefe de la insurgencia iraquí, y hoy quizá sustituto de Osama Bin-Laden como cabeza de Al Qaeda, transportó el movimiento fuera de Irak para atacar Jordania. Bush no debería sorprenderse, al-Zarqawi sólo está actuando como fiel discípulo de la globalización, que amenaza involucrar a Medio Oriente en una guerra civil y servir de inspiración para que los movimientos autóctonos incendien el continente europeo.

Alejado de la historia, o ignorante de sus enseñanzas, Bush enfrenta ahora el anunciado choque de civilizaciones, pero insiste en aislar a Estados Unidos tras una muralla interminable de detectores de metales refugiándose cada vez más en las fuerzas armadas. Las últimas revelaciones sobre los motivos para la invasión han dejado claro que el rey va desnudo, y que está perdiendo la guerra en casa. Pero como la "guerra contra el terrorismo" es el único programa de gobierno, el rey continúa visitando bases militares e instalaciones castrenses con un apremiante mensaje de patriotismo: "criticar la guerra es alentar la insurgencia, y poner en riesgo a las fuerzas de ocupación".

En Francia, en cambio, donde el primer ministro Dominique de Villepin se levanta de madrugada a escribir poesía, "porque es la hora en que fluyen las ideas", el gobierno ha resistido la tentación de recurrir al ejército, y está sofocando la rebelión juvenil con programas que garantizan integración a la cultura francesa y apoyos económicos para incrementar el empleo; el objetivo es alentar la esperanza de las juventudes musulmanas olvidadas.

Veinte millones de musulmanes en la Unión Europea y 70 en Turquía (que no obstante el rechazo de la Europa de los 25 insiste en considerarse país europeo) son suficientes para darse cuenta de la magnitud del problema, y del peligro. Bush sabe que Chirac no lo quiere, que De Villepin se opuso a la invasión en Naciones Unidas y que Francia no es un pequeño país petrolero al que pueda intimidar. Por eso no ha dicho esta boca es mía. Pero en Jordania, un aliado ambivalente, cuya realeza reza el Corán con el pueblo, pero va de compras a Nueva York, envió a Giuliani Partners a encargarse de los medios: "los atentados no tienen relación alguna con la guerra en Irak", repetía una y otra vez Amman Bernard Kerik, socio del ex alcalde de Nueva York que prometió erradicar la inseguridad mexicana a cambio de una suma multimillonaria.

Para quienes no lo conozcan, Kerik es el típico incondicional de Bush: ajeno a los secretos del Islam, pero sabe hacer negocios y controlar a los medios. Fue jefe de policía en Nueva York y ex ministro de gobernación en Irak, hasta que abandonó el país acusado de recibir sobornos. En el segundo mandato de Bush fue designado secretario para la Seguridad del Territorio, pero renunció vergonzosamente antes de tomar posesión, asediado por dos escándalos extramaritales.

Y hay quienes se preguntan por qué el ataque a Jordania... Al norte de Ammán, en Zarca, cuna de al-Zarqawi, los vecinos atribuyen los atentados a Israel, porque se niega a creer que uno de los suyos haya ordenado la matanza. Pero el mensaje fue de una claridad meridiana: el fundamentalismo del jefe insurgente ha trascendido la lucha contra Estados Unidos para alcanzar las dictaduras complacientes de los Emiratos Arabes, Arabia Saudita y el reino de Jordania. Todos, aliados incondicionales de Estados Unidos por razones económicas.

En Europa, los pirómanos franceses han comenzado a ser imitados por activistas musulmanes en Bélgica, Holanda y Alemania, y amenazan revivir el fantasma ultranacionalista de Jean-Marie Le Pen, derechista más intransigente que Bush. Su partido, el Frente Nacional, fue fundado para detener la inmigración africana y expulsar a los indocumentados.

Tras los recientes disturbios los partidarios de Le Pen volvieron a subir a Internet el video utilizado para las elecciones europeas de 1999, sólo que ahora con el sugestivo título de "inmigración: explosión en los barrios".

Tras una vista de pájaro de escenas dantescas de destrucción urbana y deterioro ambiental, que culminan con los recientes incendios nocturnos, aparece en el cielo un cometa luminoso con una estela esplendorosa de la bandera francesa. El meteoro desciende sobre París para limpiar el desorden mientras se escuchan lejanos, hasta convertirse en un tutti orquestal ensordecedor, los acordes de La Marsellesa. El cometa efectúa un recorrido por las demás ciudades afectadas y termina pasando revista a los gloriosos monumentos de la cultura europea: la Torre Eiffel, el Partenón, el Coliseo Romano, la Torre de Pisa, Stonehenge. Al final aparece un mapa continental en tercera dimensión del que surgen enhiestas, entre los cañonazos espectaculares de la Overtura 1812, de Chaikovsky, las banderas nacionales de la Unión Europea: "¡Le Pen lo advirtió: cambiemos Europa!" Bush estaría orgulloso de Jean-Marie.


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