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La gran guerra de la civilización

None | 4 de Febrero de 2006 a las 00:00

Los planes del Pentágono para controlar la información

La Nacional Security Archive acaba de publicar un documento desclasificado del Pentágono que redefine el acercamiento que ha de tener los Estados Unidos frente al entorno mediático mundial.

El principio fundamental de la "Hoja de ruta sobre las operaciones de información", firmado por Donald Rumsfeld en 2003, es que no existe límite en la guerra de información, ya que de ahora en adelante "la información destinada a la propaganda, a los Psyops, es consumida por el público estadounidense y viceversa".

Así, el plan prevé diversas actividades militares, desde "la manipulación del pensamiento" del adversario hasta el ataque a las redes de comunicación del enemigo.

La primera prioridad es la de "combatir Internet" y prepararse para una guerra virtual. El departamento de Defensa debe, según este documento, crear un centro destinado a tal efecto.

"Hemos de mejorar nuestra capacidad de ataque electromagnético sobre las redes de comunicación. Para dominar en un combate central de información es cada vez más importante que nuestras fuerzas dominen el espectro electromagnético con capacidad de ataque". (3.Executive Summary - A.Conclusions)

Se menciona de manera frecuente el recurso a los Psyops, rama militar especializada en las operaciones psicológicas: "Deben realizarse esfuerzos considerables para tipificar el potencial de audiencia del adversario y en especial el de los que tienen el poder de decisión y sus prioridades. Si no se realizan estos esfuerzos de análisis no se podrán lanzar asuntos y mensajes de los PSYOPS que sean eficaces para modificar el comportamiento del adversario". (3.Executive Summary - A.Conclusions)

Aunque la propaganda siempre haya sido aceptada por los Estados Unidos, nunca un gobierno había autorizado oficialmente la intoxicación mediática de sus propios electores: los documentos precisan que "los mensajes de los Psyops se difundirán a menudo a través de los medios de comunicación con mayor audiencia, incluyendo al público estadounidense".

Después de esta guerra

Por Howard Zinn, Znet Traducido por Esther Carrera y revisado por Felisa Sastre

La guerra contra Irak, el asalto a sus gentes, la ocupación de sus ciudades llegará a un final más temprano o más tarde. El proceso ha empezado ya. Los primeros signos de rebelión están apareciendo en el Congreso. Los primeros editoriales pidiendo la retirada de Irak han empezado a surgir en la prensa. El movimiento contra la guerra ha ido creciendo, despacio pero sin pausa, por todo el país.

Las encuestas de opinión pública muestran ahora un país tajantemente en contra de la guerra y de la Administración Bush. Las duras realidades se han hecho visibles. Las tropas tendrán que volver a casa.

Y mientras trabajamos con una determinación creciente para que esto ocurra, ¿no deberíamos pensar más allá de esta guerra? ¿No deberíamos empezar a pensar, incluso antes de que esta vergonzosa guerra acabe, en acabar con nuestra adicción a la violencia masiva y utilizar la enorme riqueza de nuestro país para las necesidades humanas? Quiero decir, ¿No deberíamos empezar a hablar de acabar la guerra, no sólo esta guerra u otra cualquiera, sino la guerra en sí misma? Quizás ha llegado el momento de acabar con las guerras y llevar a la humanidad por una vía saludable y reconfortante.

Un grupo de figuras conocidas internacionalmente y aclamadas tanto por su talento como por su dedicación a los derechos humanos como Gino Strada, Paul Farmer, Kart Vonnegut, Nadine Gordimer, Eduardo Galeano y otros están a punto de lanzar una campaña a nivel mundial para reclutar a millones de personas en un movimiento de renuncia a las guerras, con la esperanza de alcanzar un punto en el que los gobiernos, enfrentados a una resistencia popular, encontrarán difícil si no imposible hacer la guerra. Puede ser que haya llegado la hora de poner en práctica esta idea.

Hay un argumento persistente contra esta posibilidad que he estado oyendo de personas que vienen de todos los sectores del espectro político: nunca podremos suprimir la guerra porque está en la naturaleza del hombre. La respuesta más convincente a este argumento está en la historia: Nunca hemos encontrado gente que espontáneamente se haya lanzado a la guerra contra otros. Lo que sí nos encontramos es con que los gobiernos deben hacer un esfuerzo tremendo para movilizar a los ciudadanos para que vayan a la guerra. Deben atraer a los soldados con promesas de dinero y educación; deben ofrecer a la gente joven, cuyas posibilidades en la vida son muy escasas, que hay una oportunidad para alcanzar respeto y estatus. Y si estos incentivos no funcionan, el gobierno debe usar la coacción, tienen que reclutar gente joven, forzarlos a que cumplan el servicio militar y amenazarles con la cárcel si no obedecen.

Además el gobierno tiene que persuadir a la gente joven y a sus familias de que aunque el soldado puede morir, aunque puede perder los brazos y las piernas o quedarse ciego, todo es por una noble causa, por Dios, por la patria. Si analizamos la interminable serie de guerras de este siglo no encontraremos a la gente exigiendo la guerra sino mas bien resistiéndose a ella hasta que se les bombardea con exhortaciones que apelan no a un instinto asesino sino a un deseo de hacer algo bueno como extender la democracia y la libertad o derrocar a un tirano.

Woodrow Wilson se encontró con una ciudadanía tan reacia a meterse en el matadero de la primera guerra mundial que en su campaña presidencial de 1916 prometió no entrar en ella: "Existe una nación que tiene la dignidad de no luchar". Pero una vez elegido, pidió y recibió del Congreso la declaración de guerra. La arremetida de lemas patrióticos empezó, se aprobaron leyes para encarcelar a los disidentes y los Estados Unidos se unieron a la matanza que estaba ocurriendo en Europa.

En la segunda guerra mundial había sin duda un imperativo moral que todavía resuena entre la mayoría en este país y que mantiene la reputación de que la segunda guerra mundial era "una guerra buena". Había una necesidad de derrotar al monstruoso fascismo. Y esta fue la creencia que me hizo enrolarme en las Fuerzas Aéreas y volar en misiones de bombardeo en Europa.

Me empecé a cuestionar el decoro de la moralidad de la cruzada cuando la guerra ya había acabado. Arrojando bombas desde una altura de cinco millas no veía seres humanos, no oía gritos, no veía a los niños destrozados. Pero ahora tenía que pensar sobre Hiroshima y Nagasaki, las bombas incendiarias de Tokio y Dresde, la muerte de 600.000 civiles en Japón y un número similar en Alemania.

Llegué a una conclusión sobre mi propia psicología y la de otros combatientes: Una vez que habíamos decidido que nuestro lado era el lado bueno y el contrario el malvado; una vez que habíamos hecho ese cálculo tan sencillo y simplista no tuvimos que pensar en nada más. Podíamos cometer los crímenes más innobles ya que todo estaba bien.

Empecé a pensar acerca de los motivos de las potencias occidentales y de la Rusia stalinista y me preguntaba si lo que les importaba era el fascismo o mantener sus propios imperios, su propio poder, y si esa era la razón por la cual sus prioridades militares eran tan sublimes que no podían bombardear las vías del tren que llevaban a Auschwitz. De los seis millones de judíos asesinados en los campos de exterminio (¿dejados asesinar?), sólo 60.000 se salvaron por la guerra, un uno por ciento. Un artillero de otra tripulación, profesor de historia con el que había entablado amistad me dijo un día: "Sabes, esta es una guerra imperialista. Los fascistas son malvados pero nuestro bando no es mucho mejor". No pude aceptar la idea entonces pero se me quedó grabada.

La guerra es indudable que crea de manera insidiosa una moral común para todos los bandos. Envenena a todo el que se compromete con ella por muy distintos sean unos de otros; les convierte en asesinos y torturadores como vemos en la actualidad. Simula preocupación por derribar tiranos, y de hecho puede hacerlo, pero la gente que mata son las víctimas de esos tiranos. Da la impresión de limpiar el mundo de malvados pero esta impresión no perdura porque su propia naturaleza engendra más maldad. Concluí que la guerra, como toda clase de violencia, es una droga. Provoca una euforia rápida, la emoción de la victoria, pero se pasa pronto y entonces se convierte en desesperación.

Todo lo que podamos decir sobre la segunda guerra mundial para entender su complejidad, la situación que la siguió, Corea, Vietnam, estaba tan lejos de la clase de amenaza que Alemania y Japón habían supuesto para el mundo que esas guerras sólo podían justificarse mediante el uso del reclamo de "una guerra buena". Una histeria contra el comunismo nos llevo al macartismo en casa y a las intervenciones en Asia e Hispanoamérica – de manera abierta o encubierta- justificadas por " la amenaza soviética", exagerada lo suficiente para movilizar a la gente a la guerra.

Vietnam, sin embargo, demostró ser una experiencia aleccionadora en la que la opinión pública estadounidense, durante un periodo de varios años, empezó a comprender a través de las mentiras que le habían contado para justificar todo aquel derramamiento de sangre. Los Estados Unidos fueron obligados a retirarse de Vietnam y el mundo no se acabó. La mitad de un pequeño país en el sureste de Asia ahora se había unido a su otra mitad comunista y 58.000 vidas estadounidenses y millones de vietnamitas se habían desperdiciado para evitarlo. La mayoría de los estadounidenses habían llegado a oponerse a la guerra en lo que constituyó el mayor movimiento antibélico en la historia de la nación. Cuando la guerra de Vietnam acabó, la gente odiaba la guerra. Creo que el pueblo estadounidense, una vez que se había levantado la niebla de la propaganda, regresó a una situación más normal. Las encuestas de opinión pública mostraban que la gente en Estados Unidos se oponía a enviar tropas a cualquier parte del mundo por motivo alguno. Las clases dirigentes estaban alarmadas. El gobierno se propuso deliberadamente superar lo que se había llamado "el síndrome de Vietnam". La oposición a la intervención de las tropas fuera del país era una enfermedad que tenía que ser curada. Por lo cual debían alejar al público estadounidense de su insana actitud manteniendo bajo estrecho control la información, evitando el reclutamiento, y metiéndose en guerras cortas y rápidas contra oponentes débiles (Granada, Panamá, Irak) para no dar tiempo a que la gente pusiera en marcha un movimiento antibélico.

Yo diría que el final de la guerra de Vietnam permitió al pueblo de Estados Unidos sacudirse el síndrome de guerra, una enfermedad no natural para el cuerpo humano. Pero podían contagiarse una vez más y el 11 de septiembre le dio al gobierno esa oportunidad. El terrorismo se convirtió en la excusa para la guerra. El terrorismo sigue siendo un fenómeno que aterroriza al mundo entero. Pero la guerra no puede parar el terrorismo porque la guerra en sí misma es terrorismo, reproduciendo el odio y la rabia como estamos viendo actualmente. La guerra es una excusa para no llegar a las raíces del terrorismo y Estados Unidos se está aprovechando de esto porque ocuparse de las causasen lugar de los síntomas requeriría un cambio radical en su política.

La guerra en Irak ha sacado a la luz la hipocresía de "la guerra contra el terrorismo". No creo que nuestro gobierno sea capaz de hacer una vez más lo que hizo después de la guerra de Vietnam: preparar a la población para hundirse otra vez en la violencia y la infamia. Me parece que cuando la guerra de Irak acabe y el síndrome de la guerra se haya curado entonces habrá una gran oportunidad para que la curación sea permanente. Mi esperanza es que el recuerdo de la muerte y la deshonra será tan intenso que la gente de Estados Unidos será capaz de escuchar un mensaje que el resto del mundo, liberado de guerras sin final, pueda también entender.

Podemos estar al borde del entendimiento a nivel mundial de que la guerra, definida como una matanza indiscriminada de un gran número de personas (teniendo en cuenta la posibilidad de intervenciones humanitarias para prever atrocidades), no puede ser aceptada ya más por ninguna razón, porque la tecnología de la guerra ha alcanzado un punto donde inevitablemente el 90% de sus victimas son civiles y muchas de éstas son niños, por lo cual cualquier guerra, no importa las palabras que se usen para justificarla, es una guerra contra los niños.

El gobierno de los Estados Unidos, como los gobiernos de cualquier parte, están siendo denunciados como poco dignos de confianza, es decir, que no se les puede confiar la seguridad de los seres humanos, o la seguridad del planeta, o la protección del aire, el agua y las riquezas naturales, o el acabar con la pobreza, la enfermedad o el alarmante crecimiento de los desastres naturales que son como una plaga para muchos de los seis mil millones de habitantes de la tierra.

Es verdad que son los gobiernos los que tienen el poder, los que monopolizan la riqueza, los que controlan la información, pero este poder con todo lo abrumador que pueda ser, también es frágil. Depende de la sumisión y la obediencia de la gente. Cuando esa obediencia se les retira, las entidades más poderosas, los gobiernos más armados, las corporaciones más ricas no pueden llevar a cabo sus guerras o sus negocios. Huelgas, boicots, no cooperación puede convertir en impotente a la más arrogante de las instituciones.

El gobierno más poderoso de la tierra, el de Estados Unidos, tuvo que retirarse de Vietnam cuando ya no pudo contar con la lealtad de sus militares y el apoyo de sus ciudadanos. Hay un poder mayor que las armas y la riqueza. De vez en cuando, en la historia hemos podido contemplar el cese de las guerras y el derrocamiento de tiranías. A lo mejor ha llegado el momento de acabar con las guerras y llevar a la raza humana a un camino de bienestar y curación.

Quiero citar a Einstein quien reaccionó a los intentos de "humanizar" la guerra diciendo: "la guerra no se puede humanizar, solamente se puede abolir". Esta clase de verdades valientes deben reiterarse hasta que se fijen de manera que no se puedan erradicar de nuestras mentes; hasta que las palabras se propaguen a otros; hasta que se conviertan en un mantra repetido en todo el mundo; hasta que el sonido de esas palabras se vuelva ensordecedor; hasta que silencien el ruido de las pistolas, los misiles y los aviones.

Entrevista a Robert Fisk

Por Justin Podur, un escritor afincado en Toronto. Znet

Robert Fisk es uno de los periodistas más conocidos del mundo. Ha sido corresponsal en Oriente Medio para el periódico británico The Independent durante casi 30 años, durante los cuales ha informado de dos guerras estadounidenses contra Irak, dos guerras en Afganistán, el conflicto Israel/Palestina, la invasión del Líbano por parte de Israel y la guerra civil en la antigua Yugoslavia.

Su nuevo libro, La gran guerra de la civilización: La conquista de Oriente Próximo (The Great War for Civilization, HarperCollins 2005) reúne sus reportajes en un único libro de 1300 páginas. Un libro anterior, Lástima de nación (Pity the Nation, Nation Books 2002), cubría la guerra civil libanesa.

Fisk es respetado por todos como un reportero infatigable que lucha por conseguir información de primera mano y que transmite en sus reportajes una sensación de justicia, conocimiento e historia. Su trabajo se basa en un esquema moral que considera la guerra como "el fracaso total del espíritu humano" y a los periodistas como responsables de informar desde la perspectiva de las víctimas. Me encontré con él en Toronto el 24 de noviembre para hablar de su libro y sus opiniones sobre el periodismo, la guerra e incluso sobre Canadá.

Audiencias y periodismo

Podur: ¿Qué explicación le da a la cantidad de lectores que ha conseguido usted?

Fisk: La versión de los hechos de la prensa convencional –odio esa frase, por cierto-, el New York Times, Los Angeles Times, el Washington Post, no satisface a millones de personas, así que cada vez más gente intenta encontrar una explicación diferente y más realista de los acontecimientos en Oriente Medio. Es un tributo a su inteligencia que en vez de buscar en cualquier blog o lo que sea, examinen los periódicos "convencionales" europeos, como The Independent, The Guardian, The Financial Times.

Una de las razones por las que leen The Independent es que pueden escuchar cosas que ya suponían pero no veían publicadas en ningún periódico importante. Yo no escribo en un sitio cualquiera de internet; ésta es una gran firma, con corresponsales extranjeros. Somos el equivalente británico de lo que debería ser el Washington Post.

Más de la mitad del correo que recibo viene de EEUU. Eso no significa que no tengamos lectores británicos, sino que nos lee una gran cantidad de norteamericanos. Igual que al Guardian. Resulta que gente de Pakistán, India, Bangladesh, Sudáfrica, EEUU, Canadá y muchos otros sitios se encuentran con que un periodista británico escribe cosas que no pueden leer en ningún otro sitio, pero que deben tener una considerable base en la realidad, porque si no, no aparecerían en un importante periódico británico.

No soy un lunático de extrema izquierda o de extrema derecha. Somos un periódico, eso es lo que cuenta. Eso nos da una autoridad; la mayoría de gente está acostumbrada a los periódicos. Internet es una cosa nueva, y también poco fiable.

¿Puedes explicar porqué odias la expresión "medios convencionales"?

La frase se ha convertido en un cliché. Pero también, en las universidades, especialmente en EEUU., hay mucha gente que se denomina "activista". No estoy seguro de lo que significa, todos somos "activistas" si nos levantamos por la mañana, no sé. Somos activistas cuando bebemos café. Y los "activistas" se pasan horas y horas enviándose mensajes unos a otros que para mí no tienen ningún objetivo que no sea para decir "estamos perdiendo".

Y hablan y hablan de "medios convencionales" y "medios alternativos". El problema es que si soy un tipo normal que no está en la élite universitaria y tengo que escoger entre un medio "convencional" y uno "alternativo", escogeré el "convencional", ¿no?, porque suena mejor. ¿Por qué no llamáis "convencionales" a vuestros medios y "alternativos" al New York Times?

También hablas de periodismo en tu libro. ¿Qué piensas de palabras como objetividad, ecuanimidad, equilibrio y neutralidad en el periodismo?

Si examinas los periódicos de los EE.UU., el tratamiento informativo de Oriente Medio es lamentable e incomprensible. Se introducen conceptos semánticos que eviten la controversia, especialmente por parte de los que apoyan a Israel. Las colonias se convierten en "barrios", ocupado pasa a ser "disputado", un muro se convierte mágicamente en una "valla". Bueno, espero que mi casa no esté hecha de vallas.

Durante años el periodismo se ha ido viendo encajonado, confinado en una camisa de fuerza hecha de reglas de los años 40 en las primeras escuelas de periodismo en los EE.UU. Estas escuelas estaban pensadas para formar a periodistas para los periódicos locales. Si hablas de una disputa sobre una autopista, o la propiedad privada o pública de un aeropuerto, es básico dar a los manifestantes el mismo tiempo que a los que quieren abrir un nuevo aeropuerto. En un caso judicial, es básico dar el mismo tiempo a la defensa que a la acusación.

Si haces periodismo local de ese tipo (una investigación pública, un caso legal, una lucha sobre un nuevo hospital), ambas partes deben tener ese derecho porque no se trata de un tema moral. Es un tema moral en tanto en cuanto la comunidad merece un buen hospital o que los ciudadanos merecen tener su privacidad sin tener que preocuparse por proyectos del gobierno, pero no hay un gran dilema moral de vidas humanas, la pérdida de vidas, la guerra.

En esas circunstancias es correcto asegurarse que todo el mundo esté igualmente representado. Pero en los asuntos exteriores, en una parte del mundo rebosante de injusticia, donde miles de personas son destrozadas y mutiladas cada año, eso es un mundo aparte. Uno en el que el estándar de neutralidad para un caso judicial de una ciudad pequeña se va al garete porque ya no es relevante.

Cuando ves a víctimas infantiles apiladas en el lugar de una masacre no es el momento de dar el mismo tiempo periodístico a los asesinos. Si estuvieras informando de la trata de esclavos en el siglo XIX no darías el 50% del tiempo al capitán del barco de esclavos: te centrarías en los esclavos que murieron y en los supervivientes. Si estuvieras presente en la liberación de un campo de exterminio en la Alemania nazi, no buscarías a las SS para que dieran el 50% de comentario.

Cuando estuve cerca de un bombardeo a una pizzería en Jerusalén Oeste en el 2001, en que hubo 20 muertos, más de la mitad niños, no di la mitad del tiempo a Hamas. En 1982, en Sabra y Shatila, escribí sobre las víctimas, los muertos por los que tuve que pasar físicamente por encima, y los supervivientes. No di el 50% a la milicia falangista cristiano-libanesa que los masacró ni al ejército israelí que presenció los asesinatos y no hizo nada.

En el mundo de la guerra, que representa el fracaso total del espíritu humano, estás moralmente obligado como periodista a mostrar una elocuente compasión hacia las víctimas, a no tener miedo de nombrar a los asesinos, y tienes derecho a estar cabreado. La camarera que nos está sirviendo café o el taxista que me trajo hasta aquí tienen sentimientos sobre las atrocidades, ¿por qué no vamos a tenerlos nosotros?

¿Por qué un periodista norteamericano en Beirut o en El Cairo o en Damasco que sabe lo que ocurre y tiene sentimientos al respecto, en vez de decir lo que piensa ( y al fin y al cabo los lectores quieren saber lo que piensa, pagan por el periódico que le paga a él) llama a un idiota del Brookings-Institute, lo que yo llamo un "equipo de manipulación" [juego de palabras intraducible sobre la expresión "think tank" con la que se denominan a los institutos de expertos sobre diversos temas] que nunca ha estado siquiera en esa ciudad, para que le dé su opinión?

Esta misma mañana (24 de noviembre de 2005), el National Post tiene un ejemplo de esto. En un artículo sobre Irak, el periodista cita a Lee Edwards, un "experto sobre la presidencia estadounidense", de la Fundación Heritage. ¿Es que el periodista no sabe nada de la presidencia estadounidense?

He aquí un artículo que uso en mis conferencias. Es del Los Angeles Times del 16 de noviembre. Es un artículo sobre Zarqawi (si es que existe) y cómo es "el cerebro pensante" de la insurgencia. ¿El origen de la historia? Desconocidos "funcionarios estadounidenses", frase que se usa 21 veces en un artículo de dos columnas y media. Y esto lo acabo de pillar en un café de Los Angeles. No tienes que buscar mucho para encontrar ejemplos así.

La Guerra

Si la guerra es el fracaso total del espíritu humano, si no va de vencer o ser vencido sino de sufrimiento y muerte, ¿por qué lo hace tanta gente?

Porque no saben lo que es. La mayoría de soldados de la guerra de Irak no han ido antes a la guerra. Les ha cambiado totalmente la personalidad. No estaban en absoluto preparados para ello, sólo tenían Hollywood. Quiero decir, Salvar al soldado Ryan es bastante cercana a lo que veo pero sólo lo ves imaginativamente, no lo ves en la tele, no te lo muestran, porque mostrarlo sería real, pornográfico, obsceno, no lo aguantarías con el desayuno, ¿verdad?

Yo tengo que verlo en el desayuno, comida y cena, pero tú no, tú estás protegido por estos amables chicos de Londres, Nueva York y Washington: los editores. No quieren deshonrar a los muertos. Parece que está bien matar a iraquíes pero no mostrarlos luego, porque después estamos muy preocupados por su honor. Tenemos tanta compasión cuando están muertos que no podemos mostrar sus imágenes. Ahora bien, cuando están vivos, ¡vamos allá! "GUERRA DE IRAK, EPISODIO NUMERO 5", y así puedes sacarle partido y hacer una película de guerra, pero después de matarlos les das compasión y honor.

Por supuesto también hay políticos cómplices que quieren presentar la guerra como una trinchera incruenta en que la gente, si muere (ya sabes que puedes mostrar la imagen de un soldado iraquí muerto si ha sido lo bastante considerado como para morir entero), es "el precio de la guerra: un soldado iraquí muerto yace en el desierto al sur de Basora". Pero no verás a ese tipo si le saltaron los ojos o si tiene moscas revoloteando por encima.

No hay un solo miembro de la actual administración Bush que haya ido jamás a la guerra. Colin Powell estuvo en Vietnam, pero ya no está en este gobierno. No hay un solo miembro del gobierno de Blair que haya ido a la guerra. Unos pocos diputados laboristas estuvieron en Irlanda del Norte como soldados, pero no es lo mismo. Los políticos que gobiernan el país no tienen ninguna experiencia de la guerra.

Si piensas así, que la guerra es un fracaso total del espíritu humano, ¿no hace eso más difícil intentar explicar por qué ocurre, cosa que según tú también deberían hacer los periodistas?

¿Existe una guerra justa? Cuando el arzobispo de Canterbury dijo que la liberación estadounidense de Kuwait fue una guerra justa (algo que no dijo de Bosnia, quizá porque ahí no había petróleo, no lo sé), pensé que iba a vomitar. O sea, ¿aún tenemos que tener a líderes religiosos hablándonos de guerras justas? Venga ya. La guerra es un acto inmoral. Abro el capítulo 15 de mi libro con una cita de Guerra y Paz, de Tolstoi: "..y empezó la guerra, es decir, ocurrió un hecho opuesto a la razón humana y a la naturaleza humana. Millones de hombres perpetraron, unos contra otros, tan innumerables crímenes, fraudes, traiciones, robos, incendios y asesinatos como en siglos enteros no se registran en los anales de todos los tribunales del mundo, pero aquellos que los cometieron no los veían en ese momento como crímenes". ¿Qué más puedo añadir?

La Gran Guerra de la Civilización

¿Qué espera conseguir con este libro?

No sabía la respuesta cuando lo escribía, pero ahora la sé. Quiero que los lectores rechacen la narración de la historia que les presentan sus presidentes, primeros ministros, generales y periodistas. Desafiar la narración de la historia, o monitorizar los centros de poder (por usar la frase de Amira Hass) significa que debemos reformular nuestra propia visión del mundo sin clichés y palabras muertas como "guerra al terror", "terrorismo", "terrorismo islamista", ataque quirúrgico, el bien y el mal, ellos y nosotros, "odian nuestras libertades", "democracia" (la "democracia" asestada con tanques Abrams y helicópteros Apache).

Siempre estamos amenazando a Oriente Medio con la democracia. Y ya les gustaría a los musulmanes árabes disfrutar de esta democracia, derechos humanos y libertad de nuestro supermercado occidental. Pero hay otro tipo de libertad de la que les gustaría disfrutar, y es liberarse DE nosotros. También les gustaría que hubiera justicia y nadie habla de eso.

El libro cubre un terreno que no se ha cubierto igual nunca antes, por alguien que ha sido testigo ocular durante largo tiempo. Presenta toda la historia, incluyendo vastos temas épicos e históricos, para llegar hasta la ocupación de Irak. Durante 100 años, nosotros, Occidente, hemos controlado Oriente Medio, hemos aupado dictadores, y a no ser que echemos un ojo a lo que hicimos en esa región no entenderemos el 11 de septiembre.

Ya que ésta es una entrevista canadiense, déjeme preguntarle sobre Canadá en Afganistán y el creciente alineamiento de Canadá con la política exterior de los EEUU.

El problema de los canadienses en Afganistán es la esquizofrenia. ISAF, la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, es vista por los afganos como, si no benevolente, al menos no malévola. La cuestión es que ahí hay alemanes, turcos y canadienses ayudando a mantener la paz. Si no estuvieran, habría robos masivos. Creo que les gusta que haya alemanes patrullando de noche, y a mí también. Y mejor canadienses que estadounidenses. Pero también está la otra cara de la cuestión. Los canadienses se han acercado demasiado a los EEUU. en el sur, en Kandahar, jugando un papel agresivo, y están cada vez más identificados con los proyectos militares estadounidenses relativos a Oriente Medio.

Así que Canadá actúa de una forma en Kabul, y yo creo que deberían estar allí, no tengo nada contra ISAF, desearía que existiera en mayor escala con el mismo mandato. Pero si unes tus tropas a las estadounidenses, y los oficiales canadienses empiezan a hablar como los estadounidenses, entonces te has pasado de bando, formas parte beligerante de una guerra.

Después no puedes extrañarte y decir "¿por qué han querido hacernos daño?". No estoy prediciendo ataques contra Canadá pero una vez empiezas a comportarte así, como hace Blair, como hizo España bajo Aznar, puedes denunciar cualquier crimen contra la humanidad en tu territorio, y está bien que lo hagas, pero no puede sorprenderte.

Estamos acostumbrados después de la Segunda Guerra Mundial a pensar que las guerras ocurren lejos, en Kenya, Yemen, Malasia, Palestina; puedes enviar soldados allí, puede incluso que vuelvan algunos féretros, pero tú, tu granja, los trenes y aviones, están a salvo. Eso se ha acabado. Debemos darnos cuenta de que si participamos en guerras por ahí ya no estamos a salvo de sus consecuencias. Puedes decir que "nosotros respetamos las reglas de la guerra y ellos no", pero si vas a la guerra no puedes sorprenderte o sugerir en vano que no hay ninguna conexión, como hizo Blair después de los bombardeos del 7 de julio.

Otro argumento relevante en Canadá es que las comunidades inmigrantes (aunque todos somos inmigrantes, ¿verdad?), las nuevas comunidades eran tan pequeñas en anteriores guerras que su opinión no contaba. Bueno, había soldados en la batalla de Inglaterra que eran negros, pero era una población tan pequeña que no importaba.

Ahora en Alemania hay una importante comunidad musulmana, e igual en Francia, en Gran Bretaña o aquí en Canadá, y no puedes ignorar a esa comunidad cuando decides intervenir. Los musulmanes británicos están indignados por la guerra de Irak. Y hay una conexión muy directa entre un ciudadano británico de origen paquistaní que es musulmán y las imágenes de musulmanes iraquíes muertos o heridos que esa persona ve en la tele. No puedes ignorar eso cuando vas a la guerra. Parte de tu comunidad tiene conexiones religiosas emocionales con esa región, y aún no se ha tenido eso en cuenta.

¿Quizá eso sea algo bueno, que haga más difícil ir a la guerra?

Yo no me apostaría nada.

Alimentando la violencia sectaria en Iraq

"Quizás sólo necesiten tener su propia guerra civil"
Por Gareth Porter,
ZNet. Gareth Porter, historiador y analista político, escribe regularmente sobre Iraq. Es el autor de diversos libros sobre la Guerra de Vietnam, el más reciente: Perils of Dominance: Imbalance of Power and the Road to War in Vietnam. Traducido del inglés para Rebelión y Tlaxcala por Ulises Juárez Polanco (www.juarezpolanco.com)

Desde el verano pasado, la propaganda melódica principal alrededor de la misión norteamericana en Iraq, según definiera George Bush, ha sido: "Cuando los iraquíes se levanten, nosotros nos sentaremos". En meses recientes, ese "levantarse" de las fuerzas de seguridad iraquí para reemplazar gradualmente las tropas de ocupación norteamericanas ha tomado más importancia en los pronunciamientos oficiales sobre la guerra. El objetivo ahora es aceptado por los medios dominantes y opinadores profesionales como sabiduría lógica y manifiesta, y la única pregunta es si puede ser alcanzado con éxito. Los líderes del Partido Demócrata ni siquiera han desafiado de ninguna manera dicho objetivo, incluso se quejan que no está siendo realizado con la rapidez o la eficacia requerida.

Tomando en consideración las manifestaciones de violencia sectaria en el 2005, documentada con amplitud, la pregunta que debe ser hecha no es sobre si Estados Unidos puede poner en el territorio suficientes tropas iraquíes con suficiente entrenamiento; es sobre sí, al armar y desplegar chiítas y kurdos para luchar los sunníes, no se está en realidad avivando los fuegos de una guerra civil étnica y sectaria.

La administración Bush ha hecho todo lo posible para silenciar tales críticas. Cuando durante una rueda de prensa en febrero pasado, se le preguntó al Lt. Gen. David Petraeus (quien era, hasta hace poco, responsable del entrenamiento del nuevo ejército iraquí), cuál sería la composición étnica-religiosa de las fuerzas de seguridad iraquí, éste respondió que no tenía tales estadísticas. Estaba siendo, por supuesto, hipócrita. El comando de EE.UU. puede no tener las estadísticas exactas, pero con certeza sabe que las unidades enviadas a las grandes ciudades y poblados sunníes, dentro de los sectores más rebeldes de Iraq, eran abrumadora y provocativamente chiítas y kurdas en su conformación.

Petraeus también engañó con premeditación a los reporteros presentes en la rueda de prensa, cuando afirmó que "las fuerzas regionales, tanto policía local y… la Guardia Nacional Iraquí… tienden a reflejar la composición étnica de su comunidad". Lo que no dijo es que esto sólo aplica a los elementos kurdos y chiítas del país. En las ciudades y poblados sunníes, el verdadero patrullaje no era hecho por fuerzas sunníes locales, sino los comandos chiítas y kurdos provenientes de otros lugares.

Durante el 2005, los discursos y comunicaciones de la administración Bush con el Congreso escondieron de manera sistemática el hecho que el comando de EE.UU. estaba llevando a cabo un plan de batalla usando unidades compuestas exclusiva, o casi exclusivamente, con chiítas y kurdos, para tomar posesión de los barrios sunníes en Bagdad y en todo el "triángulo sunní".

Esa política garantizó el aceleramiento de tendencias, ya crecientes, en la sociedad iraquí hacia la violencia étnica y sectaria, así como hacia una posible guerra civil, como formas de "limpieza étnica". Muchas de las tropas chiítas y oficiales en las unidades de comando policial y militar del nuevo ejército iraquí están, de hecho, motivadas por el odio, no sólo contra los insurgentes sunníes, pero de la población sunní como conjunto. Un excelente reportero en Iraq, Tom Lasseter del Knight Ridder, ha explorado in situ esta nueva realidad iraquí, de manera nunca antes pensada por un reportero norteamericano. En octubre del año pasado, se "adhirió" voluntariamente durante una semana en la unidad del nuevo ejército del Lt. Gen. Petraeus, la 1ª Brigada enteramente chiíta y la primera unidad iraquí con su propia área de operaciones y con muchas veces considerada el arquetipo del futuro ejército. Lo que descubrió fue un equipo puramente sectario y obsesionado con venganza hacia los sunníes. Se trata de una escalofriante realidad en la que el odio de los chiítas violentos hacia los sunníes guía las operaciones militares iraquíes en los vecindarios sunníes y, esencialmente, sólo garantiza que la insurgencia crecerá y reaccionará con mayor furia.

Lasseter descubrió que los oficiales y tropas chiítas desean eliminar a una mayor cantidad de sunníes, y no únicamente a aquellos insurgentes que logren identificar. Su motivo es claro: intimidar a la población sunní hacia el silencio y pasividad, al tiempo que satisfacen sus propias ansías de venganza por los actos de opresión cometidos por la antes poderosa minoría sunní. Un sargento dijo a Lasseter que, en el 2006, los chiítas "harían lo que Saddam hizo: iniciar con cinco personas de cada vecindario y asesinarlos en las calles y seguir desde ahí".

En diciembre, Lasseter viajó a las áreas kurdas de Iraq, desde donde informó: "Los líderes kurdos han insertado a más de 10,000 miembros de su milicia en las divisiones militares iraquíes en el norte de Iraq, para que las misiones se multipliquen hacia el sur, aprovechar la ciudad de Kirkuk, rica en petróleo, y posiblemente la mitad de Mosul, la tercera ciudad mayor de Iraq, y asegurar las fronteras de un Kurdistán independiente… Las entrevistas con las tropas kurdas… sugirieron que el traspaso del ejército norteamericano de más bases y áreas de control hacia unidades iraquíes, podría significar entregar la nación a milicias más preocupadas en intereses étnicos y religiosos, y menos preocupadas en derrotar la insurgencia y en preservar la unidad nacional".

Su testimonio prueba de manera clara que enviar unidades chiítas o kurdas a los vecindarios sunníes sólo creará un espiral de venganza y represalia que rápidamente se extenderá a las comunidades mayores en ambos bandos. Eso, entonces, es el secreto a voces de la política actual de la administración Bush, hacia lo que ya se ha convertido en una guerra sucia de enormes proporciones.

¿Las raíces de una futura guerra civil?

Así como es verdad sobre prácticamente todo lo relacionado a la ocupación norteamericana de Iraq, la estrategia lanzar chiítas y kurdos contra sunníes no es el resultado de una planificación cuidadosa. Sus orígenes fueron, casualmente, el resultado de una reacción puramente militar a uno de los momentos más decisivos de la ocupación de Iraq: el colapso completo de las fuerzas de seguridad sunníes, en las que el comando EE.UU. había colocado grandes expectativas.

Durante una ofensiva lanzada por los insurgentes en abril del 2005, la mayoría de las unidades militares sunníes simplemente desaparecieron de la noche a la mañana. Según un reporte de la Government Accounting Office, el número de tropas de la Fuerzas de Defensa Civil en el oeste de Iraq (donde se encuentran las fortalezas de Faluya y Ramadi), se calcula haber caído en más del 80%, (de 5,600 a alrededor de 1,000), principalmente debido a una "deserción colectiva de unidades".

La respuesta del comando norteamericano a esta debacle fue la decisión, ese mismo verano, de crear una "Brigada Faluya" especial. Consistió de 1,600 soldados sunníes reclutados para patrullar esa ciudad intranquila, liderados por el ex oficial baazista que los norteamericanos habían escogido para encabezar el servicio de inteligencia iraquí. Se suponía que esta fuerza fuese la alternativa al ataque norteamericano sangriento sobre Faluya que el ejército de EE.UU. prefería evitar. Pero la brigada colaboró con los insurgentes en Faluya, entregándoles los 800 rifles, 27 camionetas y 50 radios dados por el comando norteamericano. La Brigada Faluya fue disuelta silenciosamente por el comando en septiembre de 2004.

En noviembre de 2004, cuando los insurgentes lanzaron su próxima ofensiva en Mosul y Ramadi, hubo otra deserción masiva, esta ocasión en Mosul. La fuerza policial sunní se cambió considerablemente de bando. El General de Brigada Carter Ham, comandante de las tropas norteamericanas en el norte de Iraq, dijo a los reporteros que 3,200 de los 4,000 policías en Mosul ayudaron a los insurgentes con armas, radios, uniformes y 50 vehículos policiales antes de dejar sus puestos. Ham admitió que había ocurrido una "infiltración premeditada" de reclutas policiales realizada por los insurgentes. En Ramadi, los norteamericanos tenían tanta desconfianza de la policía sunní que unilateralmente disolvieron la fuerza completa cuando inició la ofensiva insurgente.

En la tercera semana de noviembre, con Mosul en control de los insurgentes, los EE.UU. recurrieron en busca de ayuda a sus aliados kurdos. Eso trajo aproximadamente 2,000 milicianos peshmerga kurdos para controlar Mosul, y cinco batallones de tropas compuestas mayoritariamente por chiítas, que tenían poca comprensión de los kurdos. Centeneras de tropas chiítas de Bagdad y áreas sureñas del país también se trajeron a Samara y Faluya.

La ocupación chiíta y kurda de las ciudades sunníes, que sólo se ha acentuado, claramente intensificaría el odio étnico-sectario. En Mosul, donde ya existe una historia amplia de enemistad intensa entre los partidos kurdos y fieles del partido Baaz, que integraron gran parte de la población sunní de la ciudad. La mayoría árabe sunní tenía miedo que los kurdos planearan tomarse la ciudad y anexarla a Kurdistán. Hubo pláticas entre los residentes árabes acerca de vengarse de los milicianos kurdos, culpados de generalizar saqueos en la ciudad después del derrocamiento de Saddam Hussein.

Cuando consolidaron el control sobre Mosul y las áreas circundantes, los kurdos impusieron lo que en esencia fue un estado policial sobre la mayoría sunní en la provincia de Nineveh. Anthony Shadid y Steve Fainaru del Washington Post reportaron que las fuerzas de seguridad kurdas secuestraron centenares de árabes sunníes y turcos de la ciudad, transfiriéndolos a cárceles secretas en Kurdistán. El Post citó un memorando de junio del Departamento de Estado, en el que se señala que los secuestros kurdos habían "agravado con fuerza las tensiones por razones puramente étnicas".

Los oficiales norteamericanos en Mosul, sin embargo, no estaban preocupados por la disputa étnica sino en ganar la guerra, o al menos en detener sus derrotas, y los peshmerga parecían el único instrumento iraquí a mano para lograrlo. "Tienen buena organización, furia y pueden cumplir el trabajo", rapsodizó sobre ellos en Mosul un comandante norteamericano.

Después, a los milicianos kurdos se les uniría la feroz "Brigada Lobo" chiíta, cuyo fundador según lo informado, consideró como "infieles" a los miembros sunníes de la Asociación de Sabios Musulmanes (Association of Muslim Scholars). Dicha unidad torturó a sunníes inocentes para obligarles a confesar que eran parte de organizaciones insurgentes (confesiones que las autoridades locales indicaron que ocurrieron después que la Brigada abandonara la ciudad). No obstante, en diciembre de 2005, Richard Engel de NBC reportó que se consideraba que la Brigada Lobo había sido efectiva en Mosul.

El comando de EE.UU. todavía prefiere que chiítas y kurdos patrullen ciudades y poblados sunníes. Según el periodista Chris Allbritton, por ejemplo, miembros del ayuntamiento en Faluya solicitaron al comandante norteamericano a cargo que permitiera a personas locales que reemplazaran a las unidades chiítas del sur que todavía están ocupando la ciudad y que están haciendo el rol policial. Los norteamericanos se negaron, aduciendo que los oficiales locales todavía "se estaban haciendo de la vista gorda con las actividades insurgentes". En noviembre, líderes sunníes locales en Ramadi demandaron que las tropas EE.UU. fueran retiradas de la ciudad y reemplazadas por fuerzas de seguridad seleccionadas por líderes tribales locales. En cambio, el comando norteamericano envió a la Brigada Lobo a Ramadi en adelanto a las elecciones de diciembre.

Tanto la Embajada como los militares norteamericanos estaban concientes de las serias consecuencias de su propia estrategia étnico-sectaria. El pasado mayo, como muestra, el reportero del Washington Post, Ann Scott Tyson, escribió que los "analistas militares norteamericanos" reconocieron que, "por poner en contra a iraquíes de diferentes vertientes religiosas, étnicas y tribales, unos contra otros", la estrategia de los EE.UU. "agrava los fundamentos básicos de la sociedad iraquí, elevando las probabilidades de desorden civil"

Con la comunidad sunní incluso involucrada detrás de la lucha armada contra la ocupación, con incidencia más abrumadora que el año pasado, el comando de EE.UU. siente que no tiene ningún otro recurso que depender de tales unidades sectarias y étnicas para ayudarse a derrotar la insurgencia sunní. Pero incluso si no lo admiten explícitamente, los comandantes norteamericanos saben que ésta es una política brutal y cínica. Así, deben encontrar una forma de justificarse. En octubre, un "oficial militar de alto rango en Bagdad" fue citado en otro trabajo de Tom Lasseter diciendo que, "Quizás sólo necesiten tener su propia guerra civil. En esta parte del mundo es casi un estilo de vida". Ese oficial estaba repitiendo inconcientemente las palabras del General William Westmoreland, el antiguo comandante de las fuerzas norteamericanas en Vietnam, quien racionalizó en una declaración infame las cientos de miles de muertes causadas contra los vietnamitas por la intervención de EE.UU.: "Quien es Oriental no valora tanto la vida como lo hace un Occidental… la vida es barata en el Oriente".

No hay duda que la historia de violencia entre los sunníes, chiítas y kurdos alimentó las fuertes tendencias hacia la violencia étnico-sectaria en la Iraq post-Saddam. Pero el hecho de que un oficial militar norteamericano de alto rango recurriera a esa clase de explicación racista para evadir su responsabilidad en la creación de condiciones para una guerra civil en Iraq, sólo enfatiza las profundidades en las que Estados Unidos ha caído.


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