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Francia vive su Intifada

None | 7 de Noviembre de 2005 a las 00:00
Los indígenas de la República

Por Montse Capdevila, París. El Periódico de Barcelona

Todo comenzó con la muerte de dos adolescentes: se llamaban Banou y Ziaad, eran de origen africano y tenían 15 y 17 años. Pero su historia no interesa a nadie. Lo único que pasará a la historia son las escenas de violencia que comenzaron en Clichy-sous-Bois (en la periferia de París) y se extendieron como un reguero de pólvora solidaria por todo el departamento de Seine-Saint-Denis, el famoso 93, marca de fábrica para muchos jóvenes sin esperanza ni futuro.

"Los indígenas de la República francesa" como se autodefinen algunos, los habitantes de la banlieu, las ciudades dormitorio a la francesa transformadas en guetos de discriminación y precariedad moral, étnica, económica y social, vuelven a estar en las portadas de diarios y revistas y protagonizan la apertura de los telediarios. Mientras los políticos, de derechas e izquierdas, parecen sorprendidos por esta explosión de violencia, los habitantes de los suburbios viven este fenómeno desde hace años de manera cotidiana.

La realidad de las bandas, más o menos organizadas, ha estallado ante las cámaras y hace reinar, desde hace 10 días, un clima de guerrilla urbana en más de 20 barrios a la vez. Y lo que es peor, se extiende a toda Francia sin que el dispositivo policial, creado especialmente por el ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, consiga calmar los ánimos, ni siquiera por la vía de la represión. Durante años, los políticos han ignorado la violencia de pequeñas bandas que aprovechaban las protestas estudiantiles en la capital para hacer demostraciones de fuerza saqueando tiendas, rompiendo escaparates y destrozando mobiliario urbano.

Durante años se ha dicho que estos actos se debían a la negligencia de los padres, el paro, el fracaso escolar, etcétera, y que la solución pasaba por reforzar la represión. De repente se descubre que las banlieues se han convertido en bastiones étnicos, que los barrios están literalmente tomados por organizaciones criminales de traficantes y por grupos islamistas radicales. El orden y el desorden se funden en una verdadera jungla, y los jefes se convierten en notables locales que explotan a adolescentes menores de 13 años, que se ponen al servicio de estos héroes para avisarles de la llegada de la policía.

Nadie ha hecho caso de los análisis, más que numerosos, de educadores y sociólogos que anunciaban desde hace tiempo una revuelta de identidad e, incluso, de comunidad de jóvenes individuos de 8 a 22 años que consideran sus barrios como su pueblo, su nación y su cultura, y que desde su territorio están decididos a luchar contra el "opresor occidental", es decir, el Estado francés.

Ese Estado opresor está representado por los gendarmes, la policía, los bomberos, la sociedad de consumo, y para muchos de estos jóvenes quemar un coche, saquear una propiedad estatal o un comercio es "un acto de guerra".

Todos estos chavales han crecido con el sufrimiento de ver a sus padres sumisos y humillados por un trabajo duro y poco gratificante. Para muchos, el ascensor social ya no pasa por los estudios, sino por la cárcel. El rechazo de la escuela es inevitable cuando se reproduce allí la exclusión que existe en el exterior. De la misma manera, los diplomas pierden todo su valor, en la medida en que no sirven para encontrar trabajo: si el nombre tiene un origen magrebí, el rechazo está garantizado.

Paralelamente, hay un síndrome de miedo y de cansancio general en los diferentes servicios públicos. En ellos se registran cada vez más agresiones. La presión constante por parte de los jóvenes alimenta la incomprensión y el racismo.

La violencia de los suburbios es, sin duda, una revuelta contra "una sociedad injusta y racista", explica Laurent Bonelli, politólogo especializado en los suburbios. De los "pequeños salvajes" del exministro de Interior Jean-Pierre Chevènement a las "zonas sin derechos entregadas a la economía subterránea y a la ley de las bandas" de Nicolas Sarkozy, los suburbios franceses --así como una gran parte de sus habitantes--, se convierten en la principal amenaza para la sociedad francesa.

En todos los medios de comunicación los expertos proclaman y profetizan desde hace años el advenimiento del "reino de la delincuencia". Todo el mundo se pregunta: "¿Qué hace la policía?" Desde hace varios años, una de las prioridades de los principales gobiernos es reforzar las leyes de la seguridad cotidiana, a lo que se consagran importantes medios materiales y económicos.

Políticas neoliberales

Entretanto, proliferan también las políticas neoliberales en materia de vivienda. Las capas más desfavorecidas de la sociedad se van quedando marginadas.

Los que pueden abandonan los suburbios. Los que se quedan son, en su mayoría, inmigrantes de origen extranjero. Las reestructuraciones industriales han dejado a muchos de ellos en el paro y una degradación galopante se ha cebado en los suburbios. Ni siquiera la clasificación de zonas francas beneficia a los habitantes, ya que las empresas que se instalan allí llegan ya con sus propios trabajadores.

Los jóvenes errantes, incapaces de seguir una escolarización normal, matan el tiempo como pueden. Violencias verbales y físicas, pequeños robos y degradaciones son el pan de cada día.

Los vecinos se callan y aguantan. Antes también existían los famosos blousons noirs, pero incluso ellos acababan por integrarse en las facciones menos cualificadas del proletariado industrial.

La integración profesional venía normalmente acompañada de un acceso a un modo de vida más confortable y parecido al de las normas sociales dominantes. Actualmente, estos mismos jóvenes son incapaces de integrarse en una sociedad que los rechaza claramente.

Excluidos del mundo escolar y del mundo profesional, estos adolescentes, en su mayoría chicos, "han perdido el tren de la modernización", explica el sociólogo Robert Castel. Se encuentran en una "tierra de nadie social", capaces de cualquier cosa puesto que no tienen nada que perder.

Las dificultades de las diferentes instituciones (escuelas, transportes públicos, electos locales) son reales, pero la solución policial es insuficiente. Ellos mismos lo reconocen. Las misiones de "pacificación social" no son muy compatibles con la represión. Tener que hacer una ley que prohíba el estacionamiento en las entradas de los inmuebles es significativo de la incapacidad de hacer respetar un mínimo de orden y respeto entre vecinos.

Las demandas de regulación de los pequeños desórdenes de la vida cotidiana exceden ampliamente las competencias policiales. De esta forma, los policías se transforman así en verdaderos verdugos para una juventud desocupada y acosada en permanencia. En cualquier caso, estas misiones son poco gratificantes y alimentan rencores por ambas partes.

La política de Sarkozy, acompañada de desplazamientos espectaculares en los barrios para anunciar, a bombo y platillo, una limpieza a fondo, ha sido la chispa que ha provocado el incendio.

La rebelión de los jóvenes excluidos

Por Eduardo Febbro, Página/12 Desde París

En la noche de ayer a hoy los disturbios se iniciaron más temprano y se extendieron a otras ciudades del país agrandando el abanico de suburbios o ciudades dormitorios que, día tras día, se suman al espiral de la violencia. La policía francesa, que utilizó por primera vez helicópteros con reflectores gigantes y cámaras de video para disuadir a los jóvenes, desplegó un masivo dispositivo de seguridad que no logró frenar la ola constante de ataques y agresiones de todo tipo.

En la localidad de Rouan, en los Alpes Marítimos, un auto incendiario fue arrojado contra una comisaría del barrio de Los Pinos. Aunque con menor intensidad, los disturbios ganaron las ciudades de Toulouse, Saint Etienne, Orleans y, por segunda vez, llegaron a la capital francesa. En total, 211 comunas forman hoy el círculo rojo de los jóvenes excluidos del sistema que eligieron el camino de la violencia como protesta social (ver recuadro). El método operacional se repite en casi todas las localidades que viven al ritmo de las devastaciones diarias: los jóvenes evitan los enfrentamientos directos con la policía, se desplazan en pequeños grupos y actúan de forma relámpago antes de huir. La única excepción de ese método fue Evreux, en Normandía, donde grupos de muchachos se enfrentaron cuerpo a cuerpo con la policía, devastaron un centro comercial, una escuela, una Municipalidad y un local anexo a una comisaría. La situación se volvió tan crítica que la policía tuvo que pedir refuerzos para restablecer el orden. Ningún dato deja entrever una pronta solución a la crisis. La herida racial y social que Francia pretendió ignorar emerge día tras día con su implacable cuota de estragos materiales. El Ejecutivo francés organizó ayer una reunión del Consejo de seguridad Interior y, por primera vez desde que estalló lo que algunos llaman "la intifada de los suburbios", el presidente francés, Jacques Chirac, habló públicamente sobre el tema. En una curiosa demostración de un elegante ejercicio literario más que de un acto de responsabilidad política ante el drama que sacude el país, el jefe del Estado reiteró que la "prioridad absoluta es el restablecimiento de la seguridad y del orden público. La última palabra le corresponde a la ley. Por naturaleza, la república tiene la determinación a ser más fuerte que quienes quieren sembrar la violencia y el miedo". Chirac hizo de paso una mención tangencial a la raíz misma de la revuelta diciendo que "la evolución de las cosas supone el respeto mutuo de la Justicia y la igualdad de las posibilidades. Estamos determinados a ir en ese sentido". En suma, por el momento, el gobierno decidió reforzar el dispositivo policial para cercar lo más posible la extensión de la insurrección. El Ejecutivo parece totalmente sobrepasado por la situación y no acierta con una política de urgencia capaz de detener el fenómeno. Luego de las provocaciones del ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, el jefe de gobierno se puso en primera línea para ofrecer una suerte de "mano tendida al diálogo". Dominique de Villepin anunció el refuerzo de los dispositivos de seguridad en los suburbios rebeldes. "No podemos aceptar ninguna zona donde no exista el derecho", dijo.

Simultáneamente, el premier intervendrá hoy en la televisión para anunciar un paquete de medidas destinadas al conjunto de los suburbios golpeados por el desempleo, la falta de futuro, el racismo y la pésima calidad de las viviendas. El meollo de la convulsión sigue siendo el mismo: un cuarto de siglo de políticas discriminatorias, el hostigamiento policial y un titular de Interior que tuvo la mala idea de llamar "racaille" (escoria) a los jóvenes de esos barrios. El panorama es tan poco alentador que el ministro de la Cohesión Social, Jean-Louis Borloo, pidió ayer a los padres que residen en las periferias ganadas por la violencia que no dejaran ir a la escuela a los chicos más jóvenes a fin de evitar "que se produzca lo irreversible". Borloo hizo un lúcido examen de la situación actual. El titular de la cartera comentó: "Estamos en ese momento de la fractura, en ese momento de la ruptura, en el que los atrasos acumulados se nos vienen encima".

Ninguna igualdad, fraternidad o libertad

Mohamad, Ibrahim y Abdel están acostumbrados a ver escenas como las que ayer presenciaron en el noticiero de la noche difundido en el canal 3 de la televisión nacional francesa. Una inmaculada rubia de profusos ojos azules entrevistaba a una especialista de la delincuencia juvenil. Desde luego, ningún dato oficial afirmó nunca que los jóvenes que incendian autos y atacan los símbolos del Estado francés eran delincuentes. La entrevistada, por otra parte, se encargó de aclarar el tema. Pero Mohamad, Ibrahim y Abdel saben que ser joven e hijos de emigrados equivale muchas veces a ser vistos como delincuentes.

Falta de trabajo, magro apoyo familiar en la educación, discriminación, las generaciones de jóvenes oriundos de la inmigración conforman un retrato dramático de todo lo que la acción política debe evitar y que, en Francia, nunca fue evitado. Una suerte de consenso secreto ha dividido al país entre franceses "de pura cepa" y a los hijos de los emigrados que llegaron hace 40 años. Mohamad o Ibrahim no pueden hacer gran cosa si presentan su candidatura a un puesto de trabajo. Sus orígenes son una desventaja. A competencias similares, el empleador elegirá a Jacques, Pierre et Antoine para el puesto. Unos van a la mezquita, otros a la iglesia. Pero todos son franceses.

Rachid tiene 23, vive en Aulnay, es un francés de la "tercera generación". Finalizó sus estudios con muchos esfuerzos y se diplomó en una escuela de comercio. Cuenta: "llevar un nombre árabe es quedarse sin la mitad del futuro. Nos tienen miedo, pero somos franceses, aunque muchos vayan a la mezquita. Esta sociedad construyó un muro de exclusión. Francia tiene dos niveles: hay una fractura social, como en casi todas partes, y una fractura racial. Cuando ambas convergen en una misma persona es muy difícil sobrevivir". Amar denuncia con vehemencia la insalubridad de los suburbios, el estado casi "carcelario" de las ciudades dormitorios y la desigualdad en los sistemas educativos. "Lo peor de todo es que vivir en estas zonas es como ser miembro de una banda de delincuentes. La policía nos hostiga día y noche. Cuando salimos del tren nos piden documentos, si caminamos en grupo por la calle se nos vienen encima, si salimos a la puerta a conversar llegan los camiones de la policía antimotines a provocarnos. Y encima está ese ministro, Sarkozy, que nos trató de escoria, que dijo que había que limpiar nuestros barrios con soda cáustica. Es demasiado."

La otra Francia, de las zonas excluidas

La izquierda y la derecha comparten una responsabilidad histórica en el ciclo de violencia que desde hace once días hace temblar las bases sociales de Francia. Socialistas y conservadores instauraron una barrera social y racial, una suerte de muro de contención que dejó del lado oscuro de la sociedad a quienes tenían la piel de otro color. Las ciudades dormitorios construidas en los años ’60 y en cuyo seno cohabitan decenas de nacionalidades distintas fueron dejadas de lado, como si fueran un territorio "no francés". La cultura de los derechos humanos disminuyó los derechos de una de sus categorías sociales. En los últimos 25 años, la falta de recursos suministrados por el Estado convirtió a muchos suburbios franceses en guetos exclusivos.

Los primeros disturbios estallaron en 1981 en la localidad de Minguettes. El socialista François Mitterrand acababa de ganar las elecciones presidenciales y, con él, surgió la esperanza de que aquellos márgenes fueran a desaparecer. Nueve años más tarde, en 1990, cuando nuevos disturbios estallaron en Vaulx-en-Velin, en las afueras de Lyon, muy poco había sido hecho. El discurso oficial tendía a la integración, los medios entregados por el Estado, no. La extrema derecha del Frente Nacional se alimentó del miedo a los inmigrados, de la delincuencia que imperaba en esos suburbios. La confusión y el oportunismo político de los socialistas, que usaron a los inmigrados y a sus hijos como anzuelo de sus buenas intenciones, congelaron la situación. Con su estilo tradicional, la derecha terminó de preparar el desastre. No existe retrato más inverosímil como el que ofrece diariamente la televisión francesa.

Francia es una sociedad multirracial, modelada por las distintas olas inmigratorias provenientes de sus ex colonias, países de Africa o del Magreb. Sin embargo, la pantalla muestra un mundo exclusivo de blancos en donde "la otra Francia" está ausente. Los sociólogos y las personas que trabajan en las zonas suburbanas constatan hasta qué punto la "mirada política" ha permanecido invariable. Las ciudades dormitorios ya no albergan más mano de obra importada sino franceses nacidos de esa mano de obra. Pero los políticos siguen considerando esas zonas como hace 25 años. "Los relojes de la guerra civil han sonado", dice Abdul, un poco en broma. Tiene 27 años y tres de desempleado. Sus padres son de Túnez "y yo me siento de ninguna parte. El Islam no me colma, pero la discriminación menos". La socióloga Sophie Body-Gendreau asegura que el problema actual no es únicamente el de París extramuros "sino un problema del conjunto de la sociedad francesa. Mientras no cambiemos la noción de vivir juntos no solucionaremos nada. La sociedad actúa como si lo que pasa en estos barrios marginados no la concerniera. Eso no es cierto. Es un problema de todos". Michel Champredon, consejero municipal de la localidad de Evreux, reconoce que los disturbios son "la expresión de un malestar que existe desde hace muchos años". Los resortes de la "intifada" son, para el dirigente, "el aumento del desempleo, de la pobreza, el avance de la miseria social, el hecho de que muchos niños dejan la escuela muy pronto, de que existen pocas perspectivas profesionales para un sector de la juventud, en especial para los jóvenes oriundos de la inmigración. Es lícito reconocer que, a la hora de contratar a alguien, hay mucha discriminación. Todo eso ha creado un sentimiento de injusticia, de insatisfacción y de rencores".

El pozo ciego de la fractura racial y social estaba ahí, latente, viable pero ignorado. El sociólogo Eric Merlière comenta que la extensión de la violencia más allá de la región parisina testimonia un sentimiento común que liga a todos los barrios denominados "zonas urbanas sensibles". En vezde haber aprovechado la fabulosa energía de una generación mixta y nueva, Francia la hizo a un lado.

Lucha de clases en el patio trasero del país de Robespierre

Por Manuel Talens, escritor español www.manueltalens.com Rebelión

Tras la batalla de Bailén en tierras andaluzas, que le infligió a Napoleón la primera derrota de su vertiginosa carrera militar, dos personajes de mi novela La parábola de Carmen la Reina parten rumbo a Granada. Uno es Moisés Botines, guerrillero de Artefa, que fue a la guerra únicamente para cumplir una venganza familiar. El otro se llama Pierre Le Borgne, es un pariente lejano de Robespierre y acaba de desertar del ejército imperial porque ha decidido quedarse en España, donde castellanizarán su nombre y pasará a llamarse Pedro Tuerto. Estamos en 1808, sólo dos décadas después de la Revolución Francesa. Moisés Botines le pregunta:

-Cuéntame lo que pasó en tu tierra durante la revolución.

-La revolución estuvo bien, pero me parece a mí que algún día habrá que hacer otra mejor, porque en Francia los pobres siguen tan miserables como antes.

Hoy, en noviembre de 2005, no ya dos décadas sino dos siglos después, las cosas siguen igual y los pobres son tan miserables como entonces en una sociedad con un barniz de abundancia, que esconde a sus desheredados en esa suerte de patio trasero escondido que son los guetos urbanos, mientras la clase política hace gárgaras a diario con la palabra democracia y repite incansable palabras vacías como libertad, igualdad y fraternidad, sobre las cuales se fundó una grandeur que hace tiempo dejó de existir.

La Revolución Francesa, la primera de la historia, dejó sin solucionar el problema original de las desigualdades sociales, porque lo que buscaba la burguesía triunfante no era en modo alguno cambiar las estructuras económicas de dominación, sino ocupar la silla de la aristocracia. Sin tratar de quitarle mérito a los avances indudables que supuso aquel cataclismo con respecto al régimen feudal anterior, podría decirse que el traje revolucionario de Robespierre no se confeccionó con tejido nuevo, pues fue más bien un remiendo de la anticuada indumentaria real; pero sus costuras, estiradas hasta el límite en los últimos años por la globalización, se están ahora deshilachando.

La República Francesa puede enorgullecerse de muchas cosas: de haber engendrado en su seno a la Comuna, de su larga tradición de tierra de acogida, de la Resistencia frente al nazismo o de su magnífico sistema de enseñanza pública –la escuela republicana-, que los gobiernos derechistas de Raffarin y de Villepin están destruyendo poco a poco al limitar sus presupuestos, pero también es culpable de colonialismo en África o de aquella guerra sucia y genocida que libró y perdió contra los argelinos [1]. Tales crímenes, que el Estado francés no ha reconocido nunca [2], son el germen de los disturbios que hoy aterrorizan al Elíseo.

El colonialismo, aquel sistema de pillaje que enriqueció a Europa durante cuatro siglos y sentó las bases de la inalcanzable distancia existente entre el Primer Mundo y el Tercero, ha terminado por funcionar como un bumerang demográfico para las antiguas metrópolis, que tras haberse implantado por la fuerza en tierras lejanas sin que nadie las invitase, ven ahora cómo los antiguos nativos las invaden a su vez para huir de la miseria que dejaron al descolonizar, en una especie de conquista a la inversa o, si se quiere, de venganza de la historia. España, Portugal, Francia o Inglaterra, mal que les pese, están hoy cambiando de color a causa de la llegada masiva de cientos de miles de parias que no tienen nada que perder. El capitalismo y el racismo que aquí imperan (¿acaso no son la misma cosa?) es una combinación explosiva que no cesará de llevar al límite las contradicciones de nuestros países mientras sigamos sin remediar el eterno problema del reparto de la riqueza.

Pero volvamos a Francia, que es donde ahora ha estallado la conflagración. Todas las ciudades francesas, grandes y pequeñas, acogen hoy minorías árabes y negras procedentes de países tales como Argelia, Marruecos, Túnez, Camerún o Costa del Marfil. La integración es escasa y en algunos lugares inexistente. Los árabes no son árabes, sino beurs; los negros no son negros, sino blacks, ambos términos igual de racistas y despectivos que el de sudacas con que muchos bienpensantes españoles conocen a los latinoamericanos. Hasta aquí nada se sale del molde habitual de cualquier sociedad occidental venida a más. Pero eso no es todo: en la tierra de la libertad, la igualdad y la fraternidad, los beurs y los blacks no gozan en términos prácticos de los mismos derechos que el francés «pura sangre», se los discrimina con sutileza por su acento o su color, viven hacinados en barrios insalubres donde no hay trabajo ni esperanza de obtenerlo y, para colmo, se los culpa de manera colectiva de la inevitable delincuencia que esa situación tan arbitraria suele producir. Si un francés de origen árabe atraca un banco, viola a una muchacha o comete un asesinato se dirá que lo ha hecho un árabe. Si esos mismos delitos los comete un francés de apellido Dupont o Lachapelle, se dirá que el autor es un delincuente, sin hacer mención de su origen. Por supuesto, no se debe generalizar, ya que no toda la sociedad francesa es así.

Beurs y blacks forman un subproletariado urbano que sólo necesitaba una pequeña chispa para que estallase la conflagración. Esa chispa la ha venido propiciando el actual ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, un ultraderechista partidario de la mano dura que desea convertirse en presidente de la República en las próximas elecciones y que ha adoptado la ley y el orden como estandarte. Desde que entró en el ministerio, ha suprimido la policía de barrio, que era un cuerpo integrado en las comunidades, y le ha concedido plenos poderes a la policía antidisturbios, formada en buena parte por jóvenes con escasa formación, dudosos modales (tutean autoritariamente a sus interpelados, en un país que se había distinguido siempre por su cortesía) y marcada tendencia a sospechar posibles delitos cada vez que perciben por las calles una pandilla de «minorías visibles», eufemismo políticamente correcto cuando no se quiere mencionar el color de la piel.

El pasado jueves 27 de octubre, en el suburbio parisiense de Cliché-sous-Bois, dos adolescentes de origen árabe que al parecer huían de las fuerzas policiales se refugiaron en un transformador y murieron electrocutados. El gobierno dijo luego que los policías no los estaban persiguiendo a ellos, sino a otros, si bien llegaron a conocer que ambos se habían adentrado en la planta eléctrica, lo cual ha permitido que el tribunal de justicia de Bobigny inicie una encuesta contra un agente por «falta de asistencia a personas en peligro». Los hechos siguen sin elucidar, pero aquellas dos muertes significaron el comienzo de una insurrección urbana que desde entonces no ha cesado de crecer y de extenderse a todo el país, azuzada por el inadmisible verbo de Sarkozy, que no duda nunca a la hora de tratar a la pequeña delincuencia de «chusma indeseable».

Naturalmente, la clase política francesa, siempre deseosa de proceder a soluciones cosméticas pero nunca de poner el dedo en la llaga de la injusticia, habla ahora de bandas mafiosas, de redes de tráfico de drogas en los barrios o incluso de astuta utilización de los jóvenes insurrectos por parte de grupos islamistas. De lo que no se le ocurre hablar, ni por asomo, es del viejo concepto marxiano de la lucha de clases. Y no señalo aquí solamente a los miembros de la derecha -que al menos en Francia tienen la decencia de autodenominarse de derecha, no de centro, como en España-, sino a los capitostes de la izquierda oficial, que huyen como la peste de cualquier desliz semántico relacionado con el marxismo y se sienten muy felices con la posibilidad de alternar de vez en cuando en el poder, aunque sea al precio de bajarse los pantalones y permitir sin rechistar que el auténtico control de las riendas públicas esté en manos privadas. No hay nada nuevo bajo el sol.

¿A qué estamos asistiendo estos días en Francia? ¿Se trata de delincuencia común disfrazada de protestas populares o más bien del hartazgo intolerable de una clase social excluida? Yo me inclino por lo segundo. Los jóvenes airados del patio trasero francés responden a treinta años de humillaciones mediante la violencia, la única forma de manifestarse que tienen para llamar la atención de los medios. Es más, me atrevo a afirmar que se trata de una variante, asimismo revolucionaria, de aquel mayo francés de 1968, que sirvió únicamente para que De Gaulle dejase la política activa y para poco más, pues las fuerzas del mercado terminaron por diluir los avances que se obtuvieron. Los estudiantes que lograron poner patas por alto el país en la década de los sesenta sentían la misma insatisfacción que los marginados actuales de los guetos de Francia. Aquéllos querían y éstos quieren cambiar la realidad y para eso está la lucha de clases. Ni unos ni otros sabían o saben a ciencia cierta cómo hacerlo, pero lo desearon y lo desean con todas sus fuerzas. Cada uno lucha con las armas que posee.

La violencia que acompaña a todo acto revolucionario, por muy desagradable o injusta que sea si se contabilizan sus víctimas caso por caso, no deja de ser una imagen especular de esa otra violencia larvada que consiste en tolerar el desempleo, el racismo, la exclusión, el menosprecio y la pobreza. A esta violencia, a mi parecer mucho más delictiva e inmoral, los jóvenes responden quemando automóviles y mobiliario urbano. No estoy defendiendo aquí tales acciones -en sí mismas, delitos indefendibles-, sino tratando de entender por qué ocurren, qué las ha provocado. Esos beurs, esos blacks, podrían haber sido personas amables y respetuosas con la República si ésta hubiera sido respetuosa con ellos. Pero no lo fue.

El análisis de los disturbios actuales como un problema de orden público que necesita represión es una trampa ideológica típica del pensamiento derechista, pues al centrarse en los efectos, no en las causas de tales efectos, deja sin responder la pregunta fundamental: ¿Es normal que en una sociedad se considere normal que haya ricos y pobres? Si la respuesta es que sí, asistiremos al maquillaje de siempre: ayudas económicas circunstanciales, visitas paternalistas del presidente a los barrios afectados, leyes redactadas a toda prisa que hablarán de igualdad de oportunidades y, cuando se calmen los ánimos, olvidaremos el asunto, los árabes seguirán siendo beurs, los negros blacks, los ricos, ricos y los pobres, pobres. Y así hasta la siguiente escaramuza.

En cambio, si la respuesta fuese que no, se afrontaría el problema y se cambiaría el modelo económico imperante, que es el origen de la enfermedad. Por supuesto, dicho de esta forma, más de un lector esbozará una sonrisa, pues si fuera tan fácil de resolver ya estaría resuelto.

Lo cual me lleva a la pregunta final de estas disquisiciones. ¿Es posible un cambio revolucionario en Francia? Mi respuesta es un no rotundo. Ya he dicho en algún otro lugar que para mí el socialismo, es decir, el reparto igualitario de la riqueza, sólo tiene hoy posibilidades de triunfar en América Latina, probablemente porque sus desheredados constituyen la mayoría de la población, han sufrido más y están más dispuestos a seguir hasta la muerte a cualquier líder que los ame y se ocupe de ellos. La prueba es que cuando aún eran posibles las revoluciones armadas el pueblo de Cuba respondió a la consigna revolucionaria y que hoy, descartadas ya las guerrillas, el pueblo venezolano está revolucionando su país por medio de las urnas.

Sería maravilloso creer que en Francia pudiese surgir un Hugo Chávez capaz de canalizar con el voto de las masas la energía vital de esos jóvenes desesperanzados y de toda la enorme franja de la ciudadanía francesa nativa que es solidaria, generosa, que no se siente superior a los demás, que no es racista, que desea compartir, que aspira al socialismo. Pero, por desgracia, ese líder ideal no ha nacido todavía. Por eso, no habrá una segunda revolución como era el deseo de mi personaje Pierre Le Borgne. Por eso, también, la lucha de clases seguirá latente en el patio trasero del viejo país de Robespierre.

Notas [1] Para mayor detalle sobre la actitud del Estado francés sobre la guerra nunca declarada de Argelia, véase Políticas del perdón, de Sandrine Lefranc (traducción de Manuel Talens), Editorial Cátedra, Madrid 2004.

[2] La realidad es incluso más grotesca, pues a esa ausencia de reconocimiento de los crímenes colonialistas se suma ahora una autoalabanza de carácter legal: el 23 de febrero de 2005, los diputados y senadores franceses adoptaron una ley que reconoce «la obra realizada por Francia» en sus antiguas colonias. El artículo 4 de dicha ley exige que los programas escolares «reconozcan en particular la labor positiva de la presencia francesa en ultramar». Agradezco a Salim Lamrani esta información.

La caja de Pandora de Sarkozy

Por Rosa Moussaoui, L’Humanité. Traducido para Rebelión por Manuel Talens (www.manueltalens.com)

A Nicolas Sarkozy, ministro francés del Interior, le van mal las cosas. La peonza mediática del gobierno, que estos últimos meses se ha distinguido por sus meteduras de pata, acaba de abrir una peligrosa caja de Pandora con sus provocaciones sobre los suburbios tras la muerte de dos adolescentes en Clichy-sous-Bois, en las afueras de París. Desde el pasado jueves, las refriegas urbanas se han multiplicado en cuatro departamentos de la región Ile-de-France, atizadas por un ministro del Interior que juega ante las cámaras a la guerra contra las clases peligrosas. Una vez que la polémica alcanzó las filas de la derecha ante el cariz que tomaban los acontecimientos por la desastrosa gestión del conflicto, el primer ministro Dominique de Villepin, rival encarnizado de Sarkozy cara a las futuras elecciones presidenciales, decidió tomar el mando de la situación tras haber permitido que a su enemigo político se le fuera de las manos. De Villepin, que hasta entonces no había abierto el pico, canceló incluso su viaje oficial a Canadá.

El caso es que, entre recuperaciones políticas y golpes de proyector sobre esta «inseguridad ciudadana» que el presidente Jacques Chirac había convertido en eje de su campaña electoral en 2002, la conflagración de los barrios denominados «sensibles» surge como una tabla de salvación para una derecha que fracasa en todos los frentes, sobre todo en el del empleo. Tabla de salvación, desde luego, para Nicolas Sarkozy, determinado a convertir la «inseguridad ciudadana» en su marca distintiva, pero también para Dominique de Villepin, que no ve con malos ojos los temas sociales sensibles, hasta ahora confinados a un segundo plano.

El pasado martes por la tarde, el primer ministro recibió junto al ministro del Interior a las familias de los adolescentes fallecidos en circunstancias todavía no elucidadas. «Vamos a aclarar las circunstancias de este accidente», prometió, apelando en vano a la calma. Dominique de Villepin se reunió asimismo con su ministro delegado para la Promoción de la igualdad de oportunidades, Azouz Begag, convertido en blanco de las iras de los amigos de Sarkozy por haber criticado las declaraciones y la actitud de éste. Los sarkozystas, que normalmente son los primeros en invocar la libertad de expresión, exigieron con aire indignado la «solidaridad gubernamental» y algunos llegaron incluso a pedir la dimisión del ministro delegado. Ayer por la mañana, la sede del gobierno en Matignon fue testigo de una reunión urgente de diez ministros para discutir sobre la «violencia en los suburbios», sin que al final del encuentro se filtrase ninguna información ni declaración. El presidente de la República salió a su vez de su mutismo en el Consejo de ministros para apelar a la calma. «En la República no puede haber zonas donde no se aplique el derecho y son las fuerzas del orden [...] quienes deben aplicar la ley y garantizar el respeto y la seguridad de todos», declaró. Jacques Chirac expresó su deseo de que los resultados de la encuesta sobre las circunstancias de la muerte de los dos adolescentes «se conozcan lo más pronto posible» y consideró «indispensable elucidar las circunstancias en las que la mezquita de Clichy fue alcanzada por una bomba lacrimógena». «Actuaremos siempre según los principios de nuestra República: todos deben respetar la ley, todos deben tener su oportunidad», afirmó el jefe del Estado tras pedirle al gobierno que «en el plazo de un mes» presente proposiciones de ley a favor de «la igualdad de oportunidades».

Por la tarde, el primer ministro quiso responder personalmente a las preguntas de los diputados, edulcorando su discurso sobre la seguridad pública con vagas declaraciones de intenciones sobre la lucha contra la discriminación o con su negativa a estigmatizar y a acusar a grupos sociales sin distinción. Su leitmotiv fue que «la seguridad es la primera de las libertades». En respuesta a una pregunta de Bruno Leroux, diputado socialista de Épinay-sur-Seine, que denunció «la ausencia de política global en los barrios» y la multiplicación de «promesas ministeriales que nunca se cumplen», el primer ministro insistió en «la unidad del gobierno en torno al mismo principio: la voluntad de responder a las exigencias de seguridad y de igualdad de oportunidades». «Las soluciones milagrosas no existen», dijo a modo de confesión de fracaso. «La experiencia de estos últimos veinte años debe incitarnos a todos a la modestia y a la humildad». Si bien reconoció que la solución pasaba «sobre todo por el pleno empleo», Dominique de Villepin se contentó con aludir a su «plan urgente para el empleo» y con prometer «medidas urgentes para que los jóvenes en Seine-Saint-Denis tengan un trabajo».

La secretaria general del Partido Comunista Francés, Marie-George Buffet, alertó sobre «la extrema gravedad» de la situación y no tuvo pelos en la lengua al referirse a Nicolas Sarkozy, cuyas «declaraciones guerreras con objetivos presidenciales y cuyo lenguaje insultante» dan muestras de una «estrategia de tensión inaceptable». «¡La gente está más que harta de que trate a sus hijos de chusma!» exclamó con indignación la diputada de Seine-Saint-Denis mientras anunciaba la petición, por parte del grupo comunista, de una comisión de encuesta sobre los acontecimientos de Clichy-sous-Bois. Sus palabras irritaron ostensiblemente al ministro del Interior, pero sin duda mucho menos que la rotunda negativa del primer ministro a permitirle responder a la dirigente comunista. «El gobierno actuará con espíritu de justicia», se defendió Dominique de Villepin, «contra las discriminaciones, para reforzar los servicios públicos en esos barrios, para defender el empleo, que es la prioridad absoluta de nuestro gobierno»… lo cual no deja se ser un discurso vacío, pues desde su regreso al poder la derecha se ha esforzado en desmantelar uno a uno todo signo de solidaridad, quebrantando peligrosamente los lazos sociales.


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