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Francia declara
Estado de Emergencia

None | 8 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Los hechos están obligando a Francia a hacer frente al resentimiento acumulado durante décadas en los suburbios marginados y entre los hijos de inmigrantes árabes y negros África nacidos en este país. Los adolescentes cuyas muertes suscitaron los disturbios eran de ascendencia mauritana y tunecina. Resultaron electrocutados cuando se escondían de la Policía en una planta de energía creyendo que los perseguían. Unas 300 localidades de todo el país fueron pasto de la ira de miles de jóvenes de ascendencia extranjera que se sienten excluidos pese a haber nacido, en la mayoría de los casos, en Francia.

La violencia estalló el pasado 27 de octubre cuando jóvenes de un suburbio en el noreste de París salieron a protestar por la muerte accidental de los dos adolescentes, pero creció hasta convertirse en una insurrección a nivel nacional de jóvenes, en su mayoría de ascendencia africana y árabe.

Los jóvenes –algunos sólo tienen 12 ó 13 años– se coordinan con gran eficacia, gracias a los celulares e Internet. La mayoría grita su odio al ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que tildó de "racaille" (chusma) a la gente de los suburbios. Algunos han prometido que van a "quemar todo".

Más de 300 automóviles ardieron durante la duodécima noche consecutiva de disturbios en la periferia de París y en otras regiones de Francia. El primer ministro, Dominique de Villepin, anticipó que 1.500 reservistas se sumarán a los 8.500 agentes de seguridad afectados al combate contra los jóvenes vándalos y autorizó a los prefectos a decretar el toque de queda cuando así se lo impongan las circunstancias.

En el diario Le Figaro, Yves Thréard escribe: ¿Arde París? Los medios de comunicación extranjeros dan rienda suelta. Los servicios consulares andan de cabeza. Francia será un país en guerra. La violencia urbana que se propaga sobre su territorio inspira, por todas partes, los comentarios más graves y las reacciones más inquietantes. Francia paga hoy su arrogancia. A los ojos del mundo, su famoso modelo de integración está a punto de irse a pique. Esta crisis traduce "su incapacidad de integrar a sus inmigrantes", escribe The New York Times. La venganza es un plato que se come frío. Su análisis no está, por lo tanto, desprovisto de perspicacia. Señala el fracaso de cuarenta años de política. Si Francia no está en guerra, se ha sumergido en el barrizal de sus incoherencias y de sus contradicciones. Con demasiada frecuencia, la demagogia se ha impuesto a la razón para arreglar el problema, calificado de los suburbios. No es un modelo de integración ejemplar. Francia ha abandonado su modelo, cediendo a la facilidad y a algunos prejuicios comunitaristas. No cesa de hacer de los jóvenes de las ciudades franceses de segunda. El primer ministro francés recibió a Dalil Boubaker como si el imán de la mezquita de París fuera el jefe de un sindicato de los suburbios. ¿El Islam está en el corazón de las actuales violencias? No, que se sepa. La solución parece estar antes en la reafirmación de los derechos y deberes de cada uno, y comunes a todos.

Crisis sin control

Ayer se realizó el funeral de la primera víctima mortal en esta espiral de violencia: un hombre de 61 años, que el domingo fue golpeado brutalmente por un encapuchado mientras trataba de apagar las llamas que consumían su automóvil.

Ante esta situación, el primer ministro francés, Dominique de Villepin, anunció anoche medidas en los frentes de educación, empleo, vivienda y discriminación. Para los niños de 14 años con "más dificultades" escolares, hay que proponerles un aprendizaje, dijo Villepin, que, por otra parte, quiere multiplicar por tres las "bolsas por méritos" para los jóvenes dotados y que tienen "un sentimiento de injusticia".

De Villepin prometió que dará una respuesta firme y justa a la violencia, que calificó de inaceptable, pero descartó -al menos por ahora- la posibilidad sacar al ejército a las calles para reponer el orden.

Mientras hablaba en la televisión, los disturbios nocturnos volvían a las calles, como en el caso de Toulouse, donde un grupo de jóvenes detuvo un ómnibus y lo incendió. Además de automotores, ya ardieron escuelas, dependencias oficiales y algunas fábricas en esta ola de furia.

El alcalde de Le Raincy, una pequeña ciudad cercana a París, fue el primero en decretar anoche un toque de queda excepcional. El gobierno autorizó a las autoridades regionales a adoptar esta medida si lo creen necesario.

De Villepin acusó a "redes criminales organizadas de apoyar lo desórdenes", aunque también, afirmó que la violencia proviene de "jóvenes en situación de ruptura social", en referencia a los sectores marginados descendientes de inmigrantes.

De Villepin también anunció medidas a más largo plazo contra las causas sociales. Por ejemplo, dijo que la Alta Autoridad de Lucha contra las Discriminaciones y por la Igualdad (Halde), este año y que asesora a víctimas del racismo, la intolerancia y el sexismo, obtendrá independientemente de los tribunales su propia potestad para sancionar.

Asimismo, anunció un programa para combatir el desempleo juvenil, que es del 40% en los suburbios. Los 57.000 jóvenes desempleados recibirán una oferta de trabajo o capacitación en tres meses. Además, dijo que aumentará las subvenciones de organizaciones de ayuda y las becas estudiantiles para jóvenes de origen extranjero.

Chirac se ve desorientado

Por Hanns-Jochen Kaffsck., agencia DPA

Inquieto, cansado y estresado, el presidente Jacques Chirac, de 72 años, por fin habló mientras el mundo se anoticiaba de lo acontecido en la undécima noche de violencia. Su largo silencio había irritado a sus correligionarios y les vino de maravillas a sus adversarios políticos.

Sin embargo, cuando finalmente tomó la palabra -el domingo por la noche- no presentó una receta para combatir el caos. "El restablecimiento de la seguridad y del orden público es la absoluta prioridad", intentó dejar claro. Después se hablaría sobre justicia y de igualdad de oportunidades. "Aquellos que quieren sembrar la violencia y el miedo serán arrestados, llevados ante el juez y castigados", dijo.

La oposición socialista calificó de malgasto de tiempo la aparición televisiva, cuando el país necesita actuaciones urgentes. En opinión de los comunistas, Chirac no reconoce los signos de los tiempos. "¿Quién es el capitán del barco y qué rumbo toma en la grave crisis?", volvió a preguntar ayer el diputado Nicolas Dupont-Aignan, de las filas conservadoras de Chirac.

Otra noche de pesadilla en París

Por Juan Oliver, enviado especial del diario La Voz de Galicia

Los seis jóvenes no van enmascarados, ni portan botellas, ni palos, pero el helicóptero se para de repente sobre ellos, a una treintena de metros de altura, y permanece inmóvil en el aire durante unos minutos. Los chicos responden con insultos, pedradas al aire y gestos obscenos, hasta que dos furgonetas de la CRS, la policía antidisturbios francesa, se paran al otro lado de la autovía. Media docena de agentes descienden de ellas a toda prisa, pero cuando consiguen cruzar la autopista, los chavales ya se han perdido entre la oscuridad de las calles que la rodean. Uno de ellos ha escapado en patinete, pateando el asfalto entre las risas de sus compañeros, que no aparentan tener más de quince o dieciséis años. Son las ocho de la noche, y, tras la caída del sol, París ha regresado a la pesadilla que la mantiene en vela desde hace once días.

Mientras el helicóptero abandona su posición con un giro brusco y veloz, los policías regresan a las furgonetas y desaparecen con un estrépito de sirenas y acelerones por la A-86, que cruza el barrio de Bobigny, a unos quince kilómetros al noreste del centro de la ciudad. A unos pocos centenares de metros, otro grupo de jóvenes, éstos sí cubiertos por fulares y pasamontañas y armados de cócteles molotov y botellas con ácido, quemaron el lunes de madrugada un camión de carga, del que por la mañana no quedaban más que cenizas y chatarra humeante.

Bobigny es un populoso suburbio de las afueras de París, de aspecto tranquilo de no ser por el tráfico, que en las horas punta paraliza literalmente la A-86. Muchas de sus calles llevan el nombre de literatos e intelectuales, pensadores socialistas y líderes de la lucha obrera: avenida Karl Marx, calle de Salvador Allende, de Paul Elouard, de Edouard Vaillant...

Anoche, Bobigny se parecía más a la zona cero de una ciudad palestina en plena Intifada que a un barrio obrero francés, con decenas de coches de policía vigilando sus esquinas y varios helicópteros escudriñando desde el aire las hogueras encendidas por las pandillas de racailles (chusma, gentuza), como las definió el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, ideólogo de la política de tolerancia cero con la delincuencia.

Ingredientes sociales

La policía asegura que esas pandillas se nutren de pequeños camellos, de rateros comunes, incluso de okupas, anarquistas e islamistas radicales. Nadie sabe con certeza en qué medida se suman esos ingredientes a la explosiva mezcla, pero todos los analistas coinciden en que la violencia, sobre todo, tiene que ver con la desestructuración social de barrios como Bobigny, habitados por miles de jóvenes hijos de familias inmigrantes a las que la sociedad del bienestar ha dejado de lado.

El fracaso escolar afecta cada año a más de 50.000 de esos chicos, que terminan la enseñanza obligatoria sin haber obtenido título alguno que les permita acceder a la Formación Profesional, a la Universidad o a un trabajo digno, sin referencias ni modelos y con un futuro que se define en dos palabras: paro y delincuencia.

En esa situación malvivían Bouna y Zyed, de quince y diecisiete años, los adolescentes que murieron electrocutados escondiéndose de la policía en el barrio de Chêne Pointu, en Clichy-sous-Bois, y cuyas muertes originaron la ola de violencia. Ayer mismo, el presidente del Gobierno, Dominique de Villepin, reconoció que en toda Francia hay cerca de 15.000 niños en edad escolar que jamás han pisado una escuela.

Puede que los seis chicos que anoche se burlaron de la policía en Bobigny no tuvieran ninguna intención de participar en los disturbios, o quizá sí, pero el drama de París es que la violencia se han convertido en un círculo vicioso: la tolerancia cero les ha convertido en sospechosos habituales, y ellos han decidido responder como tales.

Fracaso del modelo de integración

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción de Juan Gabriel López Guix, para diario La Vanguardia, de Barcelona.

El mundo entero sigue con mucho interés los disturbios nocturnos que sacuden Francia desde hace más de una semana. A veces unos comentarios que denotan regocijo han acompañado las imágenes de un país en dificultades, presa de la violencia, esa misma Francia tan propensa a dar lecciones. Sin embargo, más allá de la complacencia con que han tratado los acontecimientos algunas cadenas de televisión - estadounidenses y rusas, sobre todo-, el interés está plenamente fundamentado, y es que la revuelta de los barrios periféricos posee un importante significado.

Para comprenderla, debemos distinguir dos niveles. El primero es estructural y tiene una densidad histórica considerable. La violencia de los barrios populares no es nueva. Quedó inaugurada a finales de los años setenta, con los veranos calientes o los primeros rodeos en la periferia de Lyon (que consistían en llevar a toda velocidad un coche robado, un BMW preferentemente, hasta el centro de la ciudad, donde era incendiado por sus ocupantes antes de desaparecer). Desde entonces, los sociólogos, los responsables políticos, los periodistas y a veces los cineastas (Kassowicz, con El odio)han iluminado de modo convergente lo que constituye una crisis total, puesto que es a un tiempo institucional, cultural y política.

En efecto, la crisis de los barrios periféricos es ante todo social: pobreza, exclusión, precariedad, paro masivo, sobre todo entre los jóvenes, y, como ocurre con una parte importante de unas poblaciones procedentes de la inmigración, racismo y discriminación. A continuación, es institucional en la medida en que fallan las instituciones que deberían encarnar de forma concreta la idea republicana (la libertad, igualdad, fraternidad); ya se trate, por ejemplo, de la policía, cuyos controles motivados por el aspecto físico y cuyo racismo concuerdan poco con el principio de libertad, o de la escuela pública, que refuerza las desigualdades sociales en lugar de garantizar la igualdad. La crisis de los barrios periféricos es también cultural en la medida en que lo que constituía el único horizonte identitario, la nación, se ve contestado por toda clase de identidades colectivas que piden reconocimiento en el espacio público, empezando por el islam, una religión nueva para Francia y que se ha convertido en la segunda del país, con un fuerte arraigo en los extrarradios.Por último, se trata de una crisis política, porque ya no existen en esos barrios populares las instancias que aseguraban la mediación entre las demandas de los habitantes y el sistema político y el Estado. En el pasado, el encargado de relacionar las expectativas de la población y el Estado fue con frecuencia el Partido Comunista, sobre todo cuando gozaba de una fuerte implantación en sus cinturones rojos.Existía un tejido de asociaciones activas, animadas muchas veces por miembros de las clases medias. Hoy, el Partido Comunista ha perdido pie, las asociaciones están descompuestas y el único actor que parece capaz de organizarse está formado por imanes y otros responsables musulmanes. Éstos se presentan en ocasiones como autoridades morales, capaces de calmar la situación, decir a los jóvenes que deben apartarse de la violencia; sin embargo, distan mucho de poder asegurar una presencia social y menos aún depoder encarnar una legitimidad republicana. Además, en seguida se ha sospechado que algunos de ellos no son actores políticos o al menos éticos, sino que por el contrario alimentan un islam radical que no ve con malos ojos la acción violenta.Nada de todo esto es demasiado nuevo; y, si hay que hacer una constatación, sería la de las carencias a largo plazo del sistema político, sin que quepa distinguir aquí entre la derecha y la izquierda. En realidad, esta crisis total es una de las modalidades del declive histórico del modelo francés de integración, que se quiere social, mientras perduran la injusticia, las desigualdades y las situaciones de guetización, y se dice republicano, mientras aumenta cada día el escarnio a los principios de la república. El problema general de Francia es que se niega a inventar un nuevo modelo, una fórmula que permitiría conciliar la eficacia o la racionalidad de la economía moderna, globalizada, y la solidaridad social, el Estado providencia, en particular. Prefiere o bien el inmovilismo, o bien el esfuerzo para avanzar retrocediendo, afirmando sin atisbo de realismo económico que puede seguir funcionando con el viejo modelo social, agotado ya, o bien la llamada al liberalismo con el respaldo ocasional de la represión en el caso de las conductas juveniles y sin reparar en los costes sociales de semejante orientación.

Coyunturalmente deben subrayarse tres aspectos. El primero pone en entredicho el conjunto de la política del jefe de Estado y del Gobierno. Desde la primavera del 2002, dicha política ha estado dominada por diversas medidas orientadas en la misma dirección: deshacer cuanto había podido hacer el anterior gobierno, bajo la dirección del primer ministro Lionel Jospin, por los barrios populares, poniendo fin a la experiencia naciente de la policía de proximidad, suprimiendo los empleos jóvenes que permitían mantener a flote a muchos jóvenes que han pasado a engrosar las filas del paro o reduciendo las ayudas a las asociaciones, en especial las de trabajo social o de educación popular. Sólo de forma muy reciente el ministro Jean-Louis Borloo intentó una inflexión, pero tímidamente y sólo después de que se produjeran considerables destrozos.

Y en el contexto de este desmantelamiento de los elementos que aseguraban un grado mínimo de Estado providencia y de capacidad de acción en los barrios populares, un segundo elemento ha venido a catalizar la desesperación y la cólera de los jóvenes: las declaraciones del ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, hablando de limpiar "con (máquinas limpiadoras) Kärcher" los barrios populares o denunciando a la "chusma" que reina en ellos. Es cierto que existen en esos barrios graves problemas de delincuencia y que esos jóvenes distan bastante de ser unos santos, pero ese vocabulario, con gran impacto en los medios de comunicación, ha sido percibido como una señal de hostilidad, una forma de descalificar al conjunto de la juventud, de reducirla a las imágenes del crimen y la delincuencia y de criminalizar todo el territorio en el que viven. Por último, la tragedia con la muerte por electrocución de dos adolescentes en pánico, que se refugiaron en un transformador ante la posibilidad de ser interpelados por la policía, constituye un tercer elemento desencadenante que aporta aún más significado a los poderosos sentimientos de injusticia y negación o de estigmatización ya exacerbados por las declaraciones del ministro.

No habrá respuesta rápida a los problemas que acaban de mencionarse. Es probable que la violencia no perdure, porque no está estructurada, moldeada por ideólogos ni actores políticos; y, como toda conducta que parece una especie de explosión, no tendrá futuro inmediato o directo. Como máximo, es de temer que algunos de esos jóvenes, los más furiosos, cometan actos aún más graves, asesinatos incluso, o que deriven hacia prácticas rayanas en la barbarie; asimismo, son posibles los atropellos policiales, sobre todo donde las fuerzas del orden pierden el control y los nervios.

Más allá de todo esto, hay que darse cuenta de que los problemas de fondo piden cambios fundamentales, no sólo en la política urbana, sino también - y ante todo- en el plano en el que se proyectan las orientaciones generales de la vida colectiva. La derecha está hoy dividida en tres partes: una, con Philippe de Villiers o Jean-Marie Le Pen es nacionalista y soberanista, a menudo racista y xenófoba; la segunda es liberal y vagamente favorable, con Nicolas Sarkozy, a cierto comunitarismo, y la tercera, con Dominique de Villepin, habla de salvar el modelo social francés, un modelo que, sin embargo, es obsoleto. La izquierda, por su parte, está enfrascada en su propio combate de los jefes y en los conflictos que la dividen, entre una mayoría más bien modernizadora, pero obligada a virar a la izquierda para no correr el riesgo de ser acusada de preparar una política liberal, y una minoría dominada por las referencias al viejo modelo social francés, sin perspectiva creíble de reforma. Es difícil ver de dónde podrá venir el cambio profundo exigido por el agotamiento del modelo de integración republicana y social y, en el núcleo de su fracaso, la actual violencia de los barrios periféricos.


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