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«Son una chusma», insiste ministro francés
París teme ola de violencia esta noche

None | 11 de Noviembre de 2005 a las 00:00

"Las cosas están ligeramente peor esta noche que ayer", señaló un portavoz policial.

Anteriormente, dos atacantes no identificados lanzaron dos bombas incendiarias en el oratorio de una mezquita situada en el sur de Francia, en un ataque que fue condenado tanto por el presidente de la República, Jacques Chirac, como por el primer ministro, Dominique de Villepin.

El ataque perpetrado contra una mezquita en Carpentras, en la región de Vaucluse, se produjo sobre las 18.00 (hora local) del viernes y causó pocos daños, indicó el gobierno regional. No hubo heridos. Los proyectiles fueron lanzados al interior de la mezquita durante la oración del viernes y los vándalos huyeron posteriormente, indicó el gobierno regional, citando la versión de varios testigos.

Los devotos que se encontraban en el interior del templo huyeron rápidamente del fuego, que fue provocado por una de las bombas. Las actividades normales del centro pudieron ser reanudadas en la noche del viernes, indicó el gobierno regional.

Hasta el momento se desconocía si la agresión contra la mezquita estaba directamente relacionada con los disturbios. Sin embargo, políticos de ultraderecha han aprovechado las manifestaciones violentas para promover algunas políticas antimigración, al argumentar que los hijos franceses nacidos de inmigrantes de las ex colonias francesas del norte y occidente de Africa han estado entre los agresores de los disturbios.

Conviene recordar que uno de los peores ataques racistas en la historia de Francia se produjo precisamente en Carpentras hace 15 años, cuando jóvenes neonazis profanaron 34 tumbas judías y empalaron un cadáver con un palo de sombrilla, lo que generó la indignación nacional. Pese a todo, las llamadas a la paz en los barrios pobres ubicados en la periferia de la capital francesa se han escuchado en diversos lugares, desde grupos de manifestantes en París hasta dirigentes religiosos en una mezquita de la zona de Lyon, en el sureste del país.

La acción fue condenada inmediatamente por el presidente Jacques Chirac, quien expresó "su solidaridad con la comunidad musulmana de la ciudad", y por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que la calificó de "agresión indigna e inaceptable".

En Rambouillet, una ciudad al suroeste de París, dos tiendas resultaron destruidas por los disturbios violentos.

Las fuentes subrayaron que el "grado" de violencia es "inferior" al registrado anoche en el mismo periodo. En París, sólo había sido quemado un vehículo, precisaron las fuentes.

La muerte por electrocución de dos jóvenes cuando huían de la policía –extremo que desmiente el Gobierno– desató los altercados, que han puesto de manifiesto los problemas de pobreza y marginalidad que sufren algunos barrios en la que la mayoría de la población es de origen inmigrante.

La prohibición de reunirse será efectiva desde las 10.00 horas del sábado y concluirá a las 08.00 horas del domingo, según informó el prefecto (delegado del Gobierno) en un comunicado. Contravenir esta orden podrá acarrear multas de hasta 3.750 euros, e incluso penas de ocho días de cárcel, según informa Rubén Amón desde la capital francesa.

Las autoridades temen que en este largo fin de semana de tres días -hoy es festivo en Francia-, haya un repunte de la ola de violencia que azota Francia desde el 27 de octubre pasado y que parece haber remitido en las últimas cuatro noches.

La noche del jueves a viernes, un total de 463 vehículos han sido incendiados y 201 personas detenidas en la 15ª noche de disturbios en diversas ciudades, ha informado la policía. En los enfrentamientos se han producido siete heridos entre las fuerzas del orden, cuatro de ellos en Lyón, al sufrir un apedreamiento masivo.

Dentro de la cifra total se ha producido un incremento de los incidentes en la periferia de París, con 111 vehículos incendiados, frente a los 84 de la víspera, según la Dirección General de la Policía. La noche anterior, el número de vehículos incendiados en toda Francia fue de 482, mientras que el de detenidos por los disturbios fue de 203. El de hoy es, por tanto, un saldo de daños y detenciones similar al de ayer.

La jornada de hoy es festiva en Francia por la celebración del aniversario de la firma del armisticio al término de la primera guerra mundial. Los actos oficiales previstos para hoy, en los que participará el presidente de la República, Jacques Chirac, y otras altas personalidades del Estado contarán con un dispositivo de seguridad especial, que sólo en París desplegarán unos 2.200 agentes.

Los datos de detenidos de hoy se unen a los facilitados ayer por el Ministerio de Justicia francés, según el cual, ha llevado a prisión a 364 personas desde que el pasado 27 de octubre empezaran los disturbios callejeros nocturnos que se fueron extendiendo por diferentes localidades del país.

La cadena de televisión France 2 difundió el jueves por la noche un documento que muestra a dos policías golpeando al joven caído, mientras otros seis contemplan la escena sin intervenir. "No aceptaré ningún desborde de las fuerzas del orden", aseguró el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.

Un policía ha sido encarcelado y otros cuatro quedaron bajo control judicial por su implicación en un presunto caso de malos tratos a un joven que había sido detenido por su supuesta participación en los disturbios de estos días en Francia.

Marchan a París pobladores de suburbios afectados por violencia

Por otra parte, la asociación Respeto a los Suburbios, que reúne a unas 155 agrupaciones, organizó una reunión en el Muro de la Paz del Campo de Marte -a los pies de la Torre Eiffel- que contó con la presencia de 300 personas. Estas pidieron "el cese de la violencia inmediatamente" y que las autoridades "escuchen" a los habitantes de los barrios populares, en particular a los jóvenes.

"Frenen la violencia", rezaba uno de los carteles colocados cerca del monumento de París. Algunos de los manifestantes ondeaban banderas blancas durante la protesta.

El grupo antirracista MRAP indicó que su plan de marchar el sábado en la capital contra las medidas del estado de emergencia no se verá afectado por las prohibiciones.

Las autoridades desplegaron un imponente dispositivo de seguridad alrededor del Arco de Triunfo, donde se celebraron este viernes las ceremonias conmemorativas del armisticio del 11 de noviembre de 1918, que puso término a la Primera Guerra Mundial.

Cuadrillas de policías recorrían los Campos Elíseos con perros y los agentes inspeccionaban a los espectadores con varillas detecta metales mientras el desfile militar pasaba por la famosa avenida de París.

El presidente Jacques Chirac hizo el recorrido de pie en un vehículo militar descapotado y dejó una corona de flores en la tumba del soldado desconocido. Junto al primer ministro Dominique de Villepin y otros funcionarios del gobierno saludó a veteranos de guerra, y a dignatarios y jóvenes de países del Africa subsahariana invitados a las ceremonias.

Durante los actos, en presencia del presidente Chirac y del primer ministro Dominique de Villepin, no se registró ningún incidente.

Modelo británico para armar

Por Marcelo Justo, desde Londres, Página/12

El Reino Unido contempla los disturbios en Francia con el oculto deleite del que advierte grietas en la casa del vecino seguro de que nada similar ocurre en la propia morada. Los políticos británicos han guardado en general un respetuoso silencio, pero muchos comentaristas han resaltado la superioridad del modelo multicultural propio a la hora de integrar socialmente a minorías religiosas y étnicas. Esta actitud es calificada de complaciente por organizaciones musulmanes británicas. “Ni en el Reino Unido ni en Europa las cosas están de maravillas. De modo que alegrarse de las fallas del sistema francés es esconder la cabeza en la arena”, dijo a Página/12 el portavoz nacional de la Asociación Musulmana de Gran Bretaña Anas Altakriti.

El Reino Unido tiene alrededor de dos millones de musulmanes –un 4 por ciento de la población– en comparación con los 10 millones –alrededor de un 10 por ciento– que tiene Francia. Los comentaristas británicos no se han concentrado tanto en este factor numérico como en la política aplicada por ambos países respecto de la integración de las minorías provenientes de las ex colonias. Gran Bretaña ha favorecido el llamado modelo multicultural de integración por el que se incorpora al inmigrante a la sociedad aceptando su bagaje cultural en contraste con el republicanismo secular francés que pone hincapié en la asimilación por parte de los inmigrantes de los patrones vigentes en Francia.

El uso del velo y otras prendas femeninas musulmanas en la escuela es un caso típico de la diferencia entre ambas políticas. En Gran Bretaña las escuelas aceptan que las mujeres vayan cubiertas si así lo desean. Francia lo prohíbe porque va en contra de los principios seculares de la República. En un artículo publicado ayer en el matutino The Independent, el comentarista Paul Vallely atacó el modelo francés y sugirió que el británico era el adecuado. “La tradición republicana laica, que exige que la ciudadanía francesa ignore el origen cultural y la orientación religiosa a favor de un proceso de asimilación, no ha sido un método idóneo para evitar la alienación cultural de los musulmanes en Francia”, señaló.

Esta presunta superioridad del modelo británico está abierta a cuestionamiento. En zonas del Norte del país existe una situación que organizaciones antirracistas británicas han calificado de “explosiva” y que en más de una ocasión, como en los incidentes en Oldham y Bradford hace cuatro años, desembocaron en noches de furia como las que se viven hoy en Francia. Pero además los atentados del 7 y 21 de julio pasados dejaron en claro que muchos musulmanes se sienten tan marginados como sus pares franceses y están dispuestos a adoptar medidas mucho más radicales. Los cuatro responsables del primer atentado, que dejó un saldo de más de 50 muertos y cientos de heridos, eran musulmanes británicos. Los del segundo eran inmigrantes o refugiados políticos del norte de Africa. En ese momento, un considerable porcentaje de la clase política, con el primer ministro Tony Blair a la cabeza, denunció el modelo multiculturalista, que para los mismos musulmanes no parece haber producido una mayor integración que el modelo francés. “Lo cierto es que los musulmanes franceses hablan francés en su casa, en la mezquita, en todos lados mientras que aquí muchos musulmanes todavía no aprendieron inglés”, señaló a Página/12 Anas Altakriti.

En todo caso, la situación en Gran Bretaña se ha deteriorado mucho desde el 11 de septiembre, la invasión a Irak y los atentados en Londres. La ley antiterrorista que debe votar hoy el parlamento británico y que propone una extensión a 90 días del período en que la policía puede detener sin cargos a una persona, puede agravar las cosas. El gobierno ha justificado la medida por la nueva situación de seguridad a raíz de los atentados del 7 y el 21 de julio. Una alianza de diputados opositores y oficialistas rebeldes está intentando derrotar la propuesta gubernamental. Para los musulmanes si la medida triunfa será una victoria para los terroristas. “Uno puede imaginar lo que va a pasar. La gente que debería apoyar al gobierno en su lucha contra el terrorismo se va a sentir marginada por esta ley. En vez de apoyar al gobierno, lo va a percibir como a un enemigo”, dijo Altakriti.

Los comentaristas británicos han apuntado a un segundo factor en esta crisis: la actitud de la clase política francesa. En un artículo publicado por el vespertino Evening Standard, el ex asesor del gobierno laborista Lance Price condenó las divisiones y la complacencia del gobierno galo. “Chirac tardó más de una semana en dirigirse a la nación. Daría la impresión que habita en otro mundo al común de los mortales. Sería inimaginable que Tony Blair esperase una semana para lidiar con una situación de este nivel de gravedad. Igualmente inimaginable es que el ministro del interior británico Charles Clarke utilice el término ‘chusma’ para describir a los responsables de los disturbios”, ironizó.

“Yo siempre dije que los islámicos son los más difíciles de integrar”

Por Silvina Friera, Página/12

En entrevista con Página/12, el analista político italiano Giovanni Sartori ataca la inmigración islámica en Europa haciendo hincapié en el caso francés . “Ellos (los islámicos) quieren sus escuelas, sus iglesias y no aceptan los valores occidentales”, insiste y se distancia del racismo.

El politólogo italiano, reciente Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, levanta el tono de su voz y se enoja. “Si un caníbal devora a las personas cerca de su casa, que lo haga, pero si quiere hacerlo en la ciudad de Florencia yo no se lo permito”, dice Giovanni Sartori de visita en la Argentina, invitado por la Fundación Santillana, donde brindó ayer la conferencia La educación: reto al futuro. Con la metáfora del caníbal, el politólogo se refiere a los episodios de violencia que se registran por estos días en Francia, “el típico país de la ciudadanía fácil”. En su polémico ensayo La sociedad multiétnica (Taurus, 2001), Sartori se preguntaba hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger, sin disolverse, a “enemigos culturales” que la rechazan. El flujo inmigratorio islámico de cultura teocrática plantea problemas “muy distintos que encienden la mecha de la conflictividad social”. Las ideas de este referente de la teoría política no se caracterizan, precisamente, por la corrección. “Lamentablemente, los hechos de París confirman la tesis que sostenía: no es lo mismo la asimilación que la integración”, señala Sartori en la entrevista con Página/12.

–¿En qué sentido no es equivalente asimilar e integrar en el caso francés?

–No se pide asimilación de esa población musulmana, el problema de esa inmigración es de orden ético-político. En ese libro yo avisaba, y era bastante criticado por la izquierda, que a veces se equivoca, que la integración islámica era la más difícil de todas y que históricamente nunca se había logrado. Los indios, chinos y japoneses que viven en las sociedades occidentales europeas mantienen sus identidades culturales, sin dejarse asimilar, pero se han integrado en la ciudad democrática y se han convertido en buenos ciudadanos. El islámico, en cambio, es muy difícil de integrar y tampoco quiere aceptar las reglas de la civilización que lo alberga. Cuando el islámico estuvo en su casa no hubo ningún problema. Si un caníbal devora a las personas cerca de su casa, que lo haga, pero si quiere hacerlo en la ciudad de Florencia yo no se lo permito. Ellos llegan en masa de forma clandestina, quieren imponer sus valores y no aceptan la reciprocidad que implica el pluralismo: “Vos me das esto y yo te doy otra cosa a cambio”. Ellos quieren sus escuelas, sus iglesias y no aceptan los valores occidentales porque la sociedad islámica es una sociedad teocrática muy fuerte.

–Pero los protagonistas de las revueltas son jóvenes que nacieron en Francia. ¿Europa, al sentirse “amenazada”, no está confundiendo al inmigrante árabe con el fanático religioso islámico?

–No, porque son islámicos. Si no son lo decimos. Los magrebíes que están en este momento en Francia son islámicos, es cierto que hay africanos que no son islámicos. Hay árabes, son pocos, que no son musulmanes. Además hay islámicos diferentes porque el de Indonesia no es igual al de Arabia Saudita. Ninguna otra religión, solamente el Islam, no acepta las reglas ética-políticas del Occidente. ¿Por qué, en qué sentido se confunde?

–Me refiero a la actitud del racista que busca “enemigos” en todas partes y mete a todos en una misma bolsa.

–¿Qué es racista?

–Las sociedades europeas, por ejemplo, son racistas frente al fenómeno de la inmigración, no aceptan al diferente.

–Depende de la definición de racismo que usted utilice. Claro que hay racistas en Europa, pero entonces, discúlpeme, tengamos cuidado porque el verdadero racismo, como ya señalé en el libro, es de quien provoca el racismo, los islámicos son racistas. Aquí se confunde el racismo con el miedo, hay muchos europeos asustados realmente, y eso no es racismo.

–¿No? El miedo conduce al racismo.

–Pero entonces que no nos den miedo, si nos dan miedo es culpa de ellos, no nuestra. No vamos a resolver los problemas con epítetos, debemos afrontar los problemas pensando, razonando.

–Los jóvenes que protagonizan las revueltas son pobres y desocupados. ¿Qué papel cumple el factor económico?

–La pobreza está en todas partes y la desocupación es alta en muchos países. El desempleo invita a estas manifestaciones, sin duda, pero hay muchas desocupaciones que no producen motines sino resignación. La desocupación forma parte del problema de la no integración: los musulmanes abandonan la escuela y nadie los quiere emplear porque no se forman junto a los franceses. El mundo está lleno de desocupados y no sucede nada. ¿Cuántos desempleados tiene Africa? Si ellos se integraran, se reduciría la desocupación.

–¿Qué posibilidades hay de que el “noviembre francés” se extienda a otros países europeos?

–Los casos varían de acuerdo con los países. Francia tiene demasiadas comunidades suburbanas, es el país que concentra la mayor inmigración islámica de toda Europa. Son rebeliones de odio que no están movidas por el fanatismo religioso, mientras que en cambio en Inglaterra sí, para los ingleses es mucho más grave, aunque el problema sea menos vistoso. Los paquistaníes en Londres son terroristas espontáneos que se inmolan y quiero recordar que el 70 por ciento de los ciudadanos islámicos ingleses aprobaron los atentados. Pero en Francia no quieren matar gente, es un caso de protesta y no de terrorismo. En Italia todavía hay pocos islámicos, hace falta una gran concentración, una masa de musulmanes que aún no existe en esa magnitud. Pero no descarto que la ola de violencia pudiera extenderse en otras partes porque son explosiones de desesperación, de frustración y de odio, pero no de conquista islámica, mientras que en Inglaterra sí. Son casos diferentes, pero demuestran que la integración, no obstante los varios remedios intentados, no funciona, lamentablemente.

–Pero si la integración se basa en la reciprocidad, ¿qué responsabilidad tienen las sociedades europeas y los estados al rechazar a los inmigrantes islámicos?

–No hay duda de que una cosa alimenta a la otra: la falta de integración produce un rechazo y éste, a su vez, produce más odio. El estado francés no puede permitir que el cinco por ciento de la población, que cinco mil personas, se pongan a quemar los autos de Francia. La opinión pública le pide al Estado protección y el Estado tiene que garantizar esta demanda de los ciudadanos. El oficio de gobernar es el oficio de dar una mínima seguridad a la ciudadanía. El Estado debe mantener la legalidad, es su función. Si a usted le están quemando la casa, el bombero no es un represor, le está salvando su casa, su hogar.

–¿Para usted la solución sólo consiste en reprimir y expulsar?

–Somos seres civilizados y no los podemos matar. Habrá que seguir intentando integrarlos, pero estos episodios de violencia son campanas de alarma que nos están avisando que el control sobre la inmigración clandestina debe ser aumentado. Darles la ciudadanía a personas que no se integran, que forman agrupaciones que presionan en contra de la sociedad abierta que aceptó recibirlos, es un error, uno de los más grandes que se está cometiendo. Conceder la ciudadanía no equivale a integrar. Esta es una juventud quemada, perdida. En algún punto para ellos no hay lugar porque no saben hacer nada, y como no tienen trabajo se vuelcan a las calles. Este tipo de infiltración clandestina debe ser contenida. Europa es un viejo mundo, con una densidad demográfica altísima, mucho más poblada que la Argentina. Ustedes podrían mandarlos a la Patagonia y entonces darles un lugar.

Ramón Chao, periodista y escritor: «Son 20 años a punto de estallar».

¿Por qué arde Francia?

Tras la descolonización y la guerra de Argelia, muchos magrebíes llegaron a Francia con una promesa de bienestar. Los harki,argelinos que lucharon al lado de los franceses, y los demás inmigrantes fueron defraudados y apartados de los franceses en ciudades satélite con malas infraestructuras.

Pero son de inmigrantes de hace 50 años

Sí, y ahora sus nietos han dado salida al odio acumulado. Tras lo ocurrido el 27 de octubre, Sarkozy les ha provocado y se ha dado una emulación de los disturbios.

¿Y se veía venir?

Sí, desde hace años se han dado disturbios a menor escala. Mis hijos tocaban con su grupo en estos barrios hace 20 años y ya decían que la violencia iba a estallar.

¿Puede pasar en España?

Es difícil. La inmigración en España es diferente. Viene de muchos sitios y, sobre todo, de Sudamérica, y se integra mejor. No están aparcados en suburbios y conviven con los españoles, que son más acogedores. Francia ha servido de ejemplo con la Revolución o el Mayo del 68. Ahora lo es de lo que no se debe hacer con los inmigrantes.

Los franceses, atrapados por su yo nacional

Por Alain Touraine, sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París. Traducción de News Clips. EL PAÍS

La sociedad francesa, desde hace 10 años, parece incapaz de cambiar de modelo cultural. Prejuicios republicanos contra agresividad comunitarista, éste es el bloqueo que hay que superar urgentemente.

En pocos años se ha producido en Francia un profundo cambio. Durante mucho tiempo se habló de la integración de los hijos o nietos de inmigrantes. Esta fase conoció tanto fracasos como éxitos, pero creó esperanzas duraderas. Desde hace por lo menos una década vivimos, al contrario, una fase de desintegración, marcada por el rechazo a los grupos minoritarios, por el cierre de éstos en una defensa comunitarista y por el creciente recurso a una violencia que traduce la incapacidad de la sociedad francesa para cambiar de modelo cultural. Este cambio en la situación ha sido tan rápido, que se ha percibido poco y mal. En el ámbito de la vivienda, el agotamiento del papel integrador de los pisos de alquiler moderado ha provocado una segregación cada vez mayor.

En lo que respecta al empleo, el paro golpea con más dureza a los jóvenes. Y existe una discriminación notoria contra los jóvenes surgidos de la inmigración. La escuela no ha sido capaz de reducir los obstáculos para la integración, porque su concepción de la enseñanza como algo separado de la educación -es decir, sin tener en cuenta las características psicológicas, sociales y culturales de cada individuo- desemboca, queramos o no, en no ayudar a quienes más lo necesitarían. Esta degradación es más marcada en Francia que en otros lugares. Por una parte porque la red de relaciones de proximidad se ha roto más completamente en Francia que en Italia o Alemania y, por otra parte, porque la integración siempre se ha pensado en términos más fuertes, lo que tiene muchos aspectos positivos pero también hace más grave la desintegración.

El republicanismo francés se identifica con el universalismo, lo que comporta la mayoría de las veces el rechazo o el considerar inferiores a los que son "diferentes". Estos obstáculos para la integración tienen causas profundas. Estamos lejos de haber borrado las huellas de un largo antifeminismo. Estamos marcados por una tradición colonial. También nos cuesta mucho entender que el islam, como bien dice la socióloga Nilnfer Göle, está en la modernidad y no encerrado por completo en un pasado premoderno.

El rechazo francés a las diferencias tiene también razones positivas: rechazo al comunitarismo y defensa de la ciudadanía. Estas posturas son muy mayoritarias en Francia; lo vimos en el momento del debate sobre la ley que prohibía en la escuela el velo islámico y los demás signos de pertenencia religiosa. Yo compartí esa postura y sigo defendiéndola. Pero este rechazo al comunitarismo debe ir unido al reconocimiento de las diferencias, es decir, al derecho de cada individuo a vivir en el respeto a su pertenencia cultural. En particular, a seguir asociando la libertad de las organizaciones religiosas y la libertad religiosa de los individuos.

Hay un serio riesgo de que las medidas de represión, que son responsabilidad del Estado, refuercen un discurso "sobre la seguridad", que hace aún más difícil la percepción de la realidad. Los franceses, por el contrario, necesitan reflexionar sobre las razones por las que están tan mal preparados para comprender la crisis actual, con lo que corren el riesgo de agravarla. Los individuos "desfavorecidos" necesitan que se cambie de actitud con respecto a ellos. Francia como sociedad puede convertirse en una amenaza para sí misma si no logra combinar integración y diferencias, universalismo y derechos culturales de cada uno, superando la oposición de un republicanismo cargado de prejuicios y de un comunitarismo cargado de agresividad.

Sin lugar a dudas, la mejora del empleo y el restablecimiento de las relaciones de proximidad son importantes. Pero las causas más profundas de la violencia y la desintegración se sitúan en un plano más general, el de la representación de la sociedad francesa por sí misma. Es necesario que, en todos los sectores de la vida nacional -desde la enseñanza a los servicios sociales, desde la policía a las autoridades municipales- se vuelva a poner en tela de juicio el ideal que los franceses han creado para sí mismos.

Ya no es aceptable pensar y actuar como si Francia fuera depositaria de valores universales, y tuviera derecho, en nombre de esta misión, a tratar como inferiores a quienes no se corresponden con este ideal nacional. La falsa conciencia de los franceses cuando hablan de sí mismos explica la débil apertura de la sociedad a las ciencias sociales. Sin embargo, por esta parte es por donde pueden llegar los análisis que ayuden a salir de este círculo vicioso de la exclusión, del cierre comunitario y de la represión.

Los valores republicanos, en crisis: Jean Daniel y Régis Debray

Por Javier Cuartas, desde Oviedo, España, diario El País de Madrid.

Dos intelectuales franceses, el periodista de origen sefardí-argelino Jean Daniel, fundador y director de la revista Le Nouvel Observateur, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2004, y el pensador y escritor Régis Debray coinciden en que el estallido social que vive Francia obedece a causas culturales profundas, y que está alimentado por una ausencia de valores que favorezcan la integración, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado cuando la República era un concepto integrador y con prestigio.

Debray sostiene que el modelo francés no ha fracasado por malo, sino porque no se ha aplicado, y que es preciso restablecer sus valores esenciales. Ambos intelectuales participaron en Asturias en uno de los actos conmemorativos del 25º aniversario de la Fundación Príncipe de Asturias.

Jean Daniel opina que "se está confundiendo la delincuencia con la singularidad musulmana. El ministro francés del Interior venció a la delincuencia, pero no entiende nada de este estallido". A su juicio, "Francia se equivocó al generar guetos". Para Daniel, "el choque de civilizaciones es una realidad potencial. Puede llegar a ocurrir. Y, de hecho, hay gente que desea que se produzca, y entre ella buena parte del movimiento islamista, porque su ideal es la destrucción de la civilización occidental". "Lo que es falso", puntualiza, "es que ambas sociedades estén atravesadas por las dos corrientes. No hay un choque de civilizaciones entre el exterior y el interior, sino que se está produciendo dentro de las sociedades islámicas, donde hay un enfrentamiento entre quienes se oponen a su occidentalización y quienes la desean".

¿Y en las sociedades occidentales? "Antes", responde Daniel, "había una extrema derecha xenófoba y un centro izquierda favorables a la integración. Hoy es mucho más complejo. La extrema derecha sigue siendo xenófoba y pide la expulsión de los inmigrantes, pero el resto de la población no es sensible. La xenofobia empieza a convertirse en islamofobia. Cuando se produce una agitación de los jóvenes en los suburbios, sin saberlo y sin quererlo, están aumentando la asociación de ideas que se hace entre violencia e islam".

A juicio de Daniel, "todos los analistas creen que una de las soluciones es aumentar la integración y proponen la discriminación positiva. El hecho cierto es que la inmigración está aquí y nadie quiere ni tiene capacidad para expulsarlos. El asunto está en transformar a esa población en ciudadanos que no quieran rebelarse. Yo no soy partidario de la discriminación positiva, pero ahora quizá tengamos que recurrir a ella. Dado que hemos fallado en la integración, con la que hubiésemos podido crear élites en esas comunidades, quizá habrá que hacerlo artificialmente".

Para Régis Debray, el estallido en Francia obedece no sólo a causas culturales, sino también socioeconómicas. "Toda sociedad tiene una religión civil. La francesa era la república. La República Francesa era la máquina de integración, se rompió y lo hicieron todas sus piezas a la vez: el Ejército, la familia, la escuela... que eran los elementos que transmitían una cultura patriótica. Pero lo mismo ocurrió con la Iglesia, los partidos, los sindicatos... Todos esos eslabones de la vida social se quebraron. El Estado de derecho no puede vivir sin valores comunes. La ley como tal no es un valor, sino un eslabón más entre valores trascendentes".

A juicio de Debray, "el ciudadano está atado por modelos de identificación que ahora ya no existen. De ahí que surjan identidades inconscientes de tipo religioso o étnico que le han tomado ventaja a la identidad que surge del concepto y sentimiento de ciudadanía republicana". "Si todo desaparece, lo que al individuo le salva del vacío es la identidad religiosa y étnica", agrega. De ahí, sostiene Debray, surge "el vértigo y la sublevación anárquica, sin fin ni objeto, entre el juego y la rabia como expresión de una frustración".

Jean Daniel asevera que "el prestigio de Francia, y del que emanaba el deseo de ser francés" de los inmigrantes, "provenía de su potencia". "El imperio francés era algo. Cuando yo era niño se extendía por buena parte del mundo. Ha habido muchos jóvenes que querían ser franceses, entre ellos buena parte de los colonizados. El principio de la caída del imperio fue la rendición de Francia ante Alemania en la II Guerra Mundial y luego la pérdida de Indochina".

"Hace 50 años hacerse francés era una promoción", apostilla Debray. "Hoy para muchos inmigrantes es una rendición que no les reporta progresión". "La ecuación francesa se ha roto", concluye Daniel. En España, reflexionan ambos, el elemento integrador no es la república, sino "la monarquía federalizante" y "el Rey como el máximo federador". "Es", sostiene Debray, "la figura sagrada profana que en Francia encarnaba la bandera tricolor y la República".


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