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Represión no frena la violencia en Francia

None | 12 de Noviembre de 2005 a las 00:00

El ataque perpetrado contra una mezquita en Carpentras, en la región de Vaucluse, se produjo sobre las 18.00 (hora local) del viernes y causó pocos daños, indicó el gobierno regional. No hubo heridos. Los proyectiles fueron lanzados al interior de la mezquita durante la oración del viernes y los vándalos huyeron posteriormente, indicó el gobierno regional, citando la versión de varios testigos.

Los devotos que se encontraban en el interior del templo huyeron rápidamente del fuego, que fue provocado por una de las bombas. Las actividades normales del centro pudieron ser reanudadas en la noche del viernes, indicó el gobierno regional.

Hasta el momento se desconocía si la agresión contra la mezquita estaba directamente relacionada con los disturbios. Sin embargo, políticos de ultraderecha han aprovechado las manifestaciones violentas para promover algunas políticas antimigración, al argumentar que los hijos franceses nacidos de inmigrantes de las ex colonias francesas del norte y occidente de Africa han estado entre los agresores de los disturbios.

Conviene recordar que uno de los peores ataques racistas en la historia de Francia se produjo precisamente en Carpentras hace 15 años, cuando jóvenes neonazis profanaron 34 tumbas judías y empalaron un cadáver con un palo de sombrilla, lo que generó la indignación nacional.

Pese a todo, las llamadas a la paz en los barrios pobres ubicados en la periferia de la capital francesa se han escuchado en diversos lugares, desde grupos de manifestantes en París hasta dirigentes religiosos en una mezquita de la zona de Lyon, en el sureste del país.

La acción fue condenada inmediatamente por el presidente Jacques Chirac, quien expresó "su solidaridad con la comunidad musulmana de la ciudad", y por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que la calificó de "agresión indigna e inaceptable".

En Rambouillet, una ciudad al suroeste de París, dos tiendas resultaron destruidas por los disturbios violentos.

Las fuentes subrayaron que el "grado" de violencia es "inferior" al registrado anoche en el mismo periodo. En París, sólo había sido quemado un vehículo, precisaron las fuentes.

La muerte por electrocución de dos jóvenes cuando huían de la policía –extremo que desmiente el Gobierno– desató los altercados, que han puesto de manifiesto los problemas de pobreza y marginalidad que sufren algunos barrios en la que la mayoría de la población es de origen inmigrante.

El ministro del Interior Nicolas Sarkozy ha insistido en calificar a los jóvenes rebeldes de "chusma" y de "golfos", en un programa especial de la televisión pública francesa France 2 dedicado a la crisis de los suburbios.

"Son unos golfos, son chusma, me ratifico y lo firmo", ha dicho Sarkozy "¿Cree que es divertido volver a casa con el miedo en el cuerpo?", se ha preguntado, en referencia al sentimiento de inseguridad de los habitantes de las grandes ciudades.

Las autoridades francesas mantienen un dispositivo de seguridad, con miles de agentes desplegados en decenas de localidades, ante el temor a nuevos incidentes durante el largo fin de semana, ya que el viernes ha sido jornada festiva.

El jefe de la policía de París, Pierre Mutz, a partir de las convocatorias realizadas a través de internet y de teléfonos móviles, ha asegurado que los alborotadores presuntamente están preparando una oleada de protestas violentas en el centro de la ciudad.

El prefecto de policía de París ha anunciado su decisión de prohibir durante este fin de semana toda concentración en la capital francesa susceptible de provocar desordenes en las calles o en lugares públicos.

La prohibición de reunirse será efectiva desde las 10.00 horas del sábado y concluirá a las 08.00 horas del domingo, según informó el prefecto (delegado del Gobierno) en un comunicado. Contravenir esta orden podrá acarrear multas de hasta 3.750 euros, e incluso penas de ocho días de cárcel, según informa Rubén Amón desde la capital francesa.

Las autoridades temen que en este largo fin de semana de tres días -hoy es festivo en Francia-, haya un repunte de la ola de violencia que azota Francia desde el 27 de octubre pasado y que parece haber remitido en las últimas cuatro noches.

La noche del jueves a viernes, un total de 463 vehículos han sido incendiados y 201 personas detenidas en la 15ª noche de disturbios en diversas ciudades, ha informado la policía. En los enfrentamientos se han producido siete heridos entre las fuerzas del orden, cuatro de ellos en Lyón, al sufrir un apedreamiento masivo.

Dentro de la cifra total se ha producido un incremento de los incidentes en la periferia de París, con 111 vehículos incendiados, frente a los 84 de la víspera, según la Dirección General de la Policía. La noche anterior, el número de vehículos incendiados en toda Francia fue de 482, mientras que el de detenidos por los disturbios fue de 203. El de hoy es, por tanto, un saldo de daños y detenciones similar al de ayer.

La jornada de hoy es festiva en Francia por la celebración del aniversario de la firma del armisticio al término de la primera guerra mundial. Los actos oficiales previstos para hoy, en los que participará el presidente de la República, Jacques Chirac, y otras altas personalidades del Estado contarán con un dispositivo de seguridad especial, que sólo en París desplegarán unos 2.200 agentes.

Los datos de detenidos de hoy se unen a los facilitados ayer por el Ministerio de Justicia francés, según el cual, ha llevado a prisión a 364 personas desde que el pasado 27 de octubre empezaran los disturbios callejeros nocturnos que se fueron extendiendo por diferentes localidades del país.

La cadena de televisión France 2 difundió el jueves por la noche un documento que muestra a dos policías golpeando al joven caído, mientras otros seis contemplan la escena sin intervenir. "No aceptaré ningún desborde de las fuerzas del orden", aseguró el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.

Un policía ha sido encarcelado y otros cuatro quedaron bajo control judicial por su implicación en un presunto caso de malos tratos a un joven que había sido detenido por su supuesta participación en los disturbios de estos días en Francia.

Marchan a París pobladores de suburbios afectados por violencia

Por otra parte, la asociación Respeto a los Suburbios, que reúne a unas 155 agrupaciones, organizó una reunión en el Muro de la Paz del Campo de Marte -a los pies de la Torre Eiffel- que contó con la presencia de 300 personas. Estas pidieron "el cese de la violencia inmediatamente" y que las autoridades "escuchen" a los habitantes de los barrios populares, en particular a los jóvenes.

"Frenen la violencia", rezaba uno de los carteles colocados cerca del monumento de París. Algunos de los manifestantes ondeaban banderas blancas durante la protesta.

El grupo antirracista MRAP indicó que su plan de marchar el sábado en la capital contra las medidas del estado de emergencia no se verá afectado por las prohibiciones.

Las autoridades desplegaron un imponente dispositivo de seguridad alrededor del Arco de Triunfo, donde se celebraron este viernes las ceremonias conmemorativas del armisticio del 11 de noviembre de 1918, que puso término a la Primera Guerra Mundial.

Cuadrillas de policías recorrían los Campos Elíseos con perros y los agentes inspeccionaban a los espectadores con varillas detecta metales mientras el desfile militar pasaba por la famosa avenida de París.

El presidente Jacques Chirac hizo el recorrido de pie en un vehículo militar descapotado y dejó una corona de flores en la tumba del soldado desconocido. Junto al primer ministro Dominique de Villepin y otros funcionarios del gobierno saludó a veteranos de guerra, y a dignatarios y jóvenes de países del Africa subsahariana invitados a las ceremonias.

Durante los actos, en presencia del presidente Chirac y del primer ministro Dominique de Villepin, no se registró ningún incidente.

Críticas a "la impotencia" de Chirac frente a la violencia

La intervención del presidente de Francia, Jacques Chirac, el jueves para decir que ante la violencia urbana se impone el "restablecimiento del orden público" y que ya llegará "el tiempo de la reflexión" dio lugar a todo tipo de interpretaciones en la prensa francesa. Muchos analistas que escrutaron con lupa la intervención vieron en ella una confesión de "impotencia" ante la magnitud de los acontecimientos.

Para Antoine Guiral, de Libération, Chirac, una vez más, "se da tiempo y pone cierta distancia entre él y los acontecimientos y se sirve de Villepin como escudo aunque esto pueda poner en duda su autoridad". Según el periodista, el presidente francés "se encuentra en una especie de coma político desde el fracaso del referendo del 29 de mayo y parece resignado por primera vez en su interminable carrera a que el futuro se juegue sin él".

Otros ven en la discreción de Chirac la voluntad de reforzar la autoridad y la imagen del primer ministro, Dominique de Villepin, en su guerra abierta con el ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, para las presidenciales del 2007. La gravedad de la crisis obliga a Villepin y a su ministro a guardar las apariencias, pero las divergencias persisten. Y Sarkozy acaba de perder la primera batalla de la popularidad frente a su rival, según un sondeo de Ifop-Paris Match, que indica que el 52% dice preferir a Villepin contra el 44% que elige Sarkozy.

Para Stéphane Rozès, director de CSA-Opinion, es "demasiado pronto" para sacar conclusiones políticas de los acontecimientos. Pero lo cierto es que el ministro de Interior, que sigue radicalizando su posición, aparece aislado o integrado por la fuerza en el dispositivo gubernamental que dirige claramente Villepin con la bendición del jefe de Estado.

Los padres, nuevos mediadores en la crisis social de Francia

Por María Laura Avignolom Corresponsal en París, del diario El Clarín, Buenos Aires

Cuatro inmensas mamás africanas, turbantes coloridos en la cabeza y largas túnicas, están sentadas en su auto algo destartalado, de guardia al atardecer en la rotonda de entrada de Crigny, uno de los suburbios parisinos donde la biblioteca fue quemada por los jóvenes en rebeldía. Son la barrera emocional y de seguridad que ha logrado frenar a los revoltosos, crispados con la Policía y con el ministro del Interior francés, Nicolas Sarkozy, en el estallido social que se atenúa al llegar al día 15.

"La Policía los provoca, los interroga, chequea la identidad demasiadas veces. Los chicos se sienten vejados. Entendemos la cólera pero no podemos seguir tolerando la destrucción de escuelas maternales, de la biblioteca, del liceo. Por eso estamos acá; somos mamas vigilantes", explica Dalida, cuyo padre llegó de Senegal a trabajar en la Renault. Ella nació francesa. La Policía pasa y agradece. La escena se repite en las diferentes localidades del "9-3", el departamento donde estalló la protesta social en Francia.

El toque de queda no se impuso en los suburbios de París porque los alcaldes no se lo pidieron a los prefectos. Prefirieron que fuera responsabilidad de los padres de los chicos de las "banlieue" (suburbios) y su decisión de imponer su autoridad. El 53% de los franceses los acusa de no haberla ejercido sobre sus hijos. Los "mediadores" pasaron a ser los padres, los maestros, los imanes musulmanes, los empleados que custodian los edificios públicos. Son quienes negociaron con los jóvenes para que no quemaran "un lugar que es tuyo", según el diplomático argumento.

No siempre lo consiguieron. Pero la conflictividad y la quema de autos en las madrugadas está bajando en Francia. Fueron 482 los autos incendiados en la noche Nø 14 en relación con los 617 del día anterior. Pero aumentan los detenidos: son 2.033 y están siendo expeditivamente condenados.

Son ahora los padres y "mediadores" quienes piden "moderación" a Sarkozy, quien a última hora de anoche echó más leña al fuego al insistir en calificar de "escoria social" a los jóvenes rebelados. El ministro anunció que "los 120 extranjeros detenidos, en situación regular o irregular, serán expulsados" por participar en los disturbios. Sarkozy elevó ayer la orden a los prefectos para que la cumplieran "por destrucción de bienes públicos" ante las protestas de socialistas, comunistas y verdes.

"Sarkozy hace una amalgama entre el conflicto en curso y una presencia extranjera", dijo Dominique Copo, presidente de SOS Racismo. "Eso es inadmisible porque los que viven en estos barrios no son extranjeros, sino franceses de origen inmigrante", recordó. SOS Racismo advirtió que "las expulsiones de extranjeros en masa no están permitidas". Para compensar y después de que la TV difundiera cómo un grupo de policías abofeteaba a un joven al ser detenido, Sarkozy ordenó ayer la suspensión de 8 policías que participaron del hecho.

Detrás de la rebelión, hay otra guerra: la batalla de poder entre el premier Dominique de Villepin y Nicolas Sarkozy, su ministro del Interior, por la candidatura presidencial del partido oficial para el 2007. Hasta antes del estallido, ambos tenían un 46% de popularidad. Pero las declaraciones de "Sarko" calificando a los jóvenes de los suburbios como la "escoria social" produjeron un fuerte rechazo entre los franceses, aunque el 56% aprueba su actitud frente a la violencia.

El sondeo de Paris Match da ventaja a De Villepin durante la crisis: elogian un lenguaje más mesurado. El 52% prefiere al premier y el 44% a Sarkozy. Nadie sabe si fue por las recomendacio nes de sus médicos o por cálculo político, pero el presidente Jacques Chirac permaneció mudo en la crisis. Ante las críticas, decidió hacerse cargo de la instauración del estado de emergencia, al que se oponía Sarkozy.

"Hay un tiempo para el restablecimiento del orden y un tiempo para la reflexión", dijo Chirac, como si después de la crisis social esperara una crisis política. La calma va llegando lentamente. Pero en un sitio de Internet otro rumor se difunde: propone a los "momes" (chicos en el "argot" de los suburbios) arrasar el sábado a la noche la avenida de los Campos Elíseos "para darles una lección a los barrios burgueses".

«Me pasé incendiando el coche, pero no nos dejan otra salida»

Por Javier Gómez, La Razón Digital

París - Los imaginamos con una mirada violenta, peligrosos, sedientos de venganza contra el Estado francés. El gesto de Mounir es más bien apocado. Parece abrumado ante la presencia de la Torre Eiffel, fuera de su entorno desconchado de Gennevilliers, la localidad más pobre del distrito 92, al oeste de París. «De la colonia de Luth», precisa. La zona más desheredada de Gennevilliers, precisamos.

Mounir tiene 17 años, nació en Francia y sus padres son argelinos. Hace tres días, le prendió fuego a un «coche rojo» con un cóctel molotov. Sería de un obrero, un parado o el padre de un amigo: «Vale, me pasé, pero no nos dejan otra salida para gritar que estamos hartos de que se nos trate como basura». Mounir se enfrentó después con los antidisturbios. No le cogieron: «Uf, por poco, pero tengo un par de colegas que pasan a la caja [tribunal] el lunes».

Ayer miraba extrañado ante el Muro de la Paz que flanquea el lado sur de los Campos de Marte, en el París más abolengado, mientras se sumaba a una concentración para que cesen la violencia y la discriminación social, convocada por 165 asociaciones que trabajan en barriadas. El chaval ni siquiera cree que esté del todo mal lo que hizo y lo justifica por «la violencia de la Policía».

Le preguntamos qué hace entonces en la concentración, y afirma que «los grandes» de su colonia, apelativo que reciben quienes controlan las barriadas, les recomendaron «que había que parar y que sería bueno manifestarse contra Sarkozy», reconociendo implícitamente la jerarquía que se impone en estos barrios. El ministro del Interior, sin embargo, reiteró anteanoche sus polémicas palabras y llamó a Mounir, como a todos los que han participado en los destrozos, «gentuza y maleantes».

La concentración de ayer, un fracaso con apenas 200 personas desperdigadas en un enjambre de periodistas y cámaras de televisión, demostró la imposibilidad de vehicular una revuelta caracterizada por su anarquismo y carente de mensaje.

«Esos jóvenes se expresan con los medios que tienen. Queremos que la revuelta cese, pero los disturbios son la consecuencia de años de marginación. Debe acabar esta doble violencia», explicó a LA RAZÓN Aissaoui Ali, médico y portavoz del colectivo, que ha intentado apadrinar una fiebre de violencia que no se deja modelar.

La madre de Mounir está en paro. Su padre, también. Él estudia, pero quiere dejarlo. ¿Por qué? «Mi primo se licenció y también está en paro». Va vestido con gorra, ropa deportiva negra y unas flamantes zapatillas Nike blancas que nos muestra orgulloso: «Si le digo a mi madre que me las compre, no puede. Así que tengo que arreglármelas». Arreglárselas, reconoce después, significa vender droga. «¿Y qué otra cosa puedo hacer?», se pregunta arqueando los brazos, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Atención mediática

Es la primera vez que Mounir habla con un medio de comunicación, pero los periódicos de todo el mundo llevan analizando a chicos como él desde hace dos semanas. «Ahora les interesa lo que decimos, porque hemos desatado toda nuestra rabia. Si no hubiese habido disturbios, ¿alguien iba a venir a escuchar mis palabras?». Difícil quitarle la razón.

Unos metros más allá, un señor mayor, vecino del barrio, interpela a un joven sobre el sinsentido de las violencias.

«¡Dígame a la cara que soy gentuza, como ha hecho el ministro del Interior. Dígamelo», responde airadamente el chico, de unos 18 años.

«Para lograr la integración habrá que parar los disturbios», repone el adulto.

«¿Integrarme? ¿Por qué quieren integrarme si soy francés y he nacido aquí?», rebate el adolescente con un interrogante al que Francia lleva décadas sin responder.

«Es triste que la clase política y mediática nos considere todavía como extranjeros», argumentaba ayer el portavoz del colectivo «Franceses también».

También un 11 de noviembre, pero de 1918, se firmó el armisticio de la I Guerra Mundial. Un argumento que no caló en los caldeados ánimos de las bandas de jóvenes, que provocaron disturbios por decimoquinto día consecutivo. Más de 200 detenidos y 463 vehículos quemados fueron el balance de una madrugada que marcó un repunte de la revuelta que puede agravarse el fin de semana. Acusado, por muchos jóvenes, partidos de izquierda y decenas de asociaciones, de apretar demasiado el acelerador de la represión policial y judicial, el Gobierno ha querido dejar claro que no aceptará excesos policiales. Los cinco agentes filmados cuando daban una paliza a un joven detenido fueron ayer procesados, y uno de ellos encarcelado.

La ultraderecha espera beneficiarse de la ola de violencia callejera

Por Miquel Noguer Enviado Especial del diario El País, España
Desde Marsella, Francia

"Le Pen ya lo había dicho". Éste es el mensaje que el Frente Nacional tratará de hacer cuajar en la opinión pública francesa en los próximos días con el objetivo no disimulado de reclamar la paternidad del mensaje que desde la semana pasada viene lanzando el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, sobre la necesidad de expulsar a los inmigrantes implicados en la oleada de violencia de las últimas dos semanas.

El Frente Nacional celebra el endurecimiento del discurso de Sarkozy, pero su líder, el veterano Jean-Marie Le Pen, espera que el electorado se acuerde de él: "Hemos sido nosotros, y no la UMP, los que tradicionalmente hemos defendido estas ideas".

Y es que para la extrema derecha francesa la profunda crisis que padece el país puede ser la oportunidad de oro para recuperar los excelentes resultados que cosechó a mediados de los años noventa y que, pese a su notable tirón en las presidenciales de 2002, no ha logrado repetir en los últimos comicios legislativos, locales y regionales. Por esta razón, el entorno de Le Pen ya ha puesto en marcha toda su maquinaria propagandística para mantener su identidad como partido y su discurso singular frente a un Gobierno francés que, bajo la influencia de Nicolas Sarkozy, no deja de radicalizar su mensaje en torno a la inmigración.

La primera medida de la ultraderecha ha sido convocar una manifestación para el próximo lunes en pleno centro de París que encabezará el propio Le Pen y que estará presidida por dos lemas: el mencionado "Le Pen ya lo había dicho" y otro dirigido directamente a los inmigrantes: "Francia, o la quieres o la dejas".

A medio plazo, el objetivo son las elecciones municipales de 2007. Para entonces, el Frente Nacional intentará haber cicatrizado las heridas que le dejó su escisión de 1998, protagonizada por el díscolo Bruno Mégret, y que llevó a la aparición del Movimiento Nacional Republicano, partido que ha logrado notables resultados en el sureste francés, tradicional granero de votos del Frente Nacional.

Es precisamente en las regiones de Provenza-Costa Azul, Roina-Alpes y Languedoc Rousillon donde el Frente Nacional tratará de convertir en un gran revulsivo los tumultos de las últimas dos semanas. Jackie Blanc, el jubilado que dirige con mano de hierro el Frente Nacional de Marsella, asegura que desde el principio de la oleada de violencia, los teléfonos de la modesta sede del partido en la segunda ciudad francesa no dejan de sonar. "Llevamos dos semanas en las que no pasa un día que no tengamos al menos un nuevo militante; las llamadas de apoyo las contamos por decenas. Aunque, créame, no nos alegramos en absoluto de la situación que se ha creado; antes que nada somos patriotas franceses".

Desde el batacazo electoral sufrido por el Frente Nacional en esta región en las municipales de 2001, cuando perdió la mayor parte de las alcaldías ganadas en 1996, su discurso se ha moderado hasta el punto de que en muchas ocasiones cuesta diferenciarlo del que practica la derecha tradicional a escala local.

"En 2001 pagamos el precio de la división", se lamenta Blanc tratando de obviar los graves escándalos de corrupción en los que se vieron implicados buena parte de los alcaldes de su formación. "Ahora tenemos un discurso más pragmático y realista", afirma.

Sin embargo, Blanc no tarda en reafirmarse en los postulados más ortodoxos del Frente Nacional al culpar a la inmigración de todos y cada uno de los problemas que sufre Francia. "A diferencia de tantos inmigrantes llegados en los años cincuenta y sesenta, entre ellos mis abuelos españoles, los inmigrantes de ahora no vienen a trabajar; sólo quieren repoblar Francia y aprovecharse de su sistema social. Esto es lo que debemos combatir", afirma impasible.

Para que nadie olvide que la derecha tradicional sigue siendo su gran enemiga, Blanc no duda en recordar que fue el actual presidente de la república, Jacques Chirac, quien en 1975, entonces primer ministro, abrió la posibilidad de la reagrupación familiar de los inmigrantes. "Llegaron en masa. Aquello fue el principio del cataclismo que vivimos ahora", afirma Blanc.

Cerrar cualquier mecanismo de reagrupación familiar de los nuevos inmigrantes es lo que buscan ahora tanto el Frente Nacional como el Movimiento Nacional Republicano de Bruno Mégret, los dos grandes partidos ultraderechistas de Francia.

En su último mensaje de esta semana, Mégret ha repetido su receta para acabar con los disturbios: "Impedir cualquier nueva inmigración, expulsar a todos los extranjeros clandestinos, castigar a los padres de los jóvenes vándalos y retirar la nacionalidad francesa a aquellos ciudadanos de origen extranjero que hayan cometido delitos graves".

En este último punto, Mégret coincide completamente con uno de los diputados más polémicos de la mayoría gubernamental de la UMP, Jean Paul Garraud, que esta misma semana defendió tal medida para castigar a aquellos inmigrantes que buscan "la destrucción de la nación francesa".

Nuestros guetos vistos desde Inglaterra

Tariq Ramadan, diario El País, España. Tariq Ramadan es profesor invitado de Estudios Islámicos en el Saint Anthony's College de la Universidad de Oxford. Traducción de M. Sampons.

Necesitamos una nueva creatividad política que sea atrevida y arriesgadaLos disturbios de Clichy y de los suburbios próximos despiertan un gran interés en Inglaterra. Se trata de entender los "fallos del sistema francés de integración". Es un escenario inverso al del verano pasado cuando, después de los atentados del 7 de julio en Londres, en Francia se analizaban las fracturas del multiculturalismo británico. Todo ocurre como si a cada lado del Canal de la Mancha se intentara dar fe de las propias dudas apoyándose con gran certeza en las deficiencias del otro.

No es práctico hacer la comparación preguntándonos: "¿Qué sociedad ha tenido más éxito en el proceso de integración?". El modelo francés no es mejor ni peor que el modelo inglés. En realidad, cada sociedad, teniendo en cuenta su historia, su cultura y su psicología colectiva ha desarrollado mecanismos de integración y en ellas encontramos éxitos y fracasos. Cada sociedad tiene su propio genio y tiene que apoyarse en su creatividad política y colectiva para resolver las crisis que sufre. Lo primero que tendría que interesarnos es el análisis de ciertas similitudes que, en los términos de los debates o de las políticas gubernamentales, provocan en las dos sociedades (y en el resto de Europa) tensiones sociales, culturales o religiosas.

Cada vez más nos encontramos con que se discute en todas partes sobre la cuestión del Islam y de la "integración de los musulmanes". Aunque sea en torno a las cuestiones de la laicidad o de la identidad, parece que estemos obsesionados por la idea de que el Islam es problemático y que representa una amenaza para la paz social. Observamos un juego político muy perjudicial que trata de sacar provecho electoral de estos temores y banaliza temas que hace poco eran patrimonio de los partidos de extrema derecha: el discurso sobre la seguridad, la preferencia nacional, la política de discriminación que se confunde con la inmigración.

La recuperación obsesiva de los temas de la integración y de la identidad es la prueba de un doble fenómeno: por una parte, el de la incapacidad para entender las voces musulmanas que desde hace años afirman que el Islam no es problemático y que millones de musulmanes asumen perfectamente el hecho de ser europeos, musulmanes y demócratas. Por otra, y aún más grave, se percibe, tanto en la izquierda como en la derecha, una ausencia de voluntad política para tratar los verdaderos temas sociales. Mantener el miedo para recabar votos es más fácil que proponer políticas valientes en materia educativa y social.

Ya sea sobre una base étnica o económica, los dos modelos, el francés y el inglés, han creado auténticos guetos. En el sistema anglosajón, la naturaleza del vínculo étnicosocial regula más las relaciones interpersonales dentro de las "comunidades importadas" y por tanto provoca menos violencia social, pero no es menos cierto que las comunidades están aisladas y no se mezclan. Los suburbios franceses como los barrios dormitorio son auténticos guetos sociales y económicos. El discurso político francés condena la referencia al "comunitarismo religioso" sin ver que el auténtico "comunitarismo" que socava y fractura su sociedad es de naturaleza socioeconómica. Ahora bien, se da la circunstancia de que los negros, los árabes y los musulmanes son proporcionalmente los más pobres y los más marginados. Lo que Inglaterra ha determinado por la etnia, Francia lo organiza a través del bolsillo.

No nos cansaremos nunca de repetir cómo los dos modelos dan pie a ideas xenófobas y las alimentan. En estas sociedades divididas, los discursos sobre los asiáticos, los árabes, los negros y los musulmanes tiene un componente xenófobo, y las políticas discriminatorias en materia de empleo y de vivienda son expresiones de un racismo institucionalizado. Las causas son desde luego múltiples, desde el miedo hasta la ignorancia, pero allí están unos hechos que exigen una política educativa y cívica voluntarista.

La esencia de los debates no es religiosa sino social. Contra la proliferación de guetos y del racismo, necesitamos una nueva creatividad política que sea atrevida y arriesgada. No es lo que desgraciadamente vemos tanto en la izquierda como en la derecha. A quienes se declaran franceses o británicos, se les da a entender que antes son árabes, asiáticos o musulmanes. A estos individuos marginados socialmente y/o psicológicamente, ¿cómo no les van a seducir los discursos literalistas o radicales que les explican que les rechazan por lo que son y que no hay otro camino que el de la confrontación de las identidades y de las civilizaciones?

Los discursos recurrentes sobre el Islam y la integración dan la razón a aquellos que, del lado musulmán, islamizan todos los problemas y, del otro lado, alimentan la idea de un conflicto inevitable con el Islam. Enfrascados hasta la extenuación en los debates tan apasionados como estériles sobre "quién es francés" o "quién es inglés", ya no se escuchan las legítimas reivindicaciones sociales de ciudadanos que ya son franceses y británicos. Su violencia, que utiliza medios ilegítimos, es una reacción desgraciadamente comprensible ante esta sordera: a fuerza de imponer un falso debate sobre la integración para evitar el verdadero debate sobre la igualdad de oportunidades y del reparto de poder, cosechamos lo que algunos desean de manera maquiavélica: estigmatizar las pertenencias, mantener el miedo, monopolizar y perpetuar su poder simbólico así como el económico y político. A las buenas o a las malas, la historia les enseñará a compartir.

Las llamas francesas

Por Samir Naïr, diario El País, España. Sami Naïr es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad París VIII e invitado en la Universidad Carlos III de Madrid. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Los violentos sucesos ocurridos durante las últimas semanas en Francia no son producto de la ciega locura de unos cuantos gamberros perdidos y decididos a quemar su vida por completo. Tampoco son el resultado de una conspiración partidista: no hay una organización, ni una religión, ni una ideología detrás de estas ciudades en llamas. Sólo hay una cólera espontánea. Sólo hay desesperación convertida en violencia callejera.

Lo que está sucediendo hoy era previsible. Es el fruto envenenado producto de 30 años de abandono social y de los tres últimos años de provocaciones demagógicas contra la población de los barrios periféricos. No tiene que ver con la inmigración, las diferencias religiosas ni la delincuencia. Se trata de fisuras en la cohesión de Francia, un modelo de integración cultural dañado, los fracasos en cadena de la República. Ningún partido tiene más responsabilidad concreta que otro: la derecha y la izquierda, la izquierda y la derecha, comparten con la misma irresponsabilidad la responsabilidad del desastre. Ni una ni otra tienen de qué presumir.

En estos tres años, la situación se ha degradado de forma considerable: un ministro ha manipulado peligrosamente la dinamita de las barriadas. A los 30 años de abandono se ha añadido el insulto. "Limpiar con Kärcher", meter en cintura a la "chusma", son palabras que se prestan demasiado a la generalización. Como era de prever, le han estallado en las narices. Porque ante él había unos jóvenes que ya no tenían nada que perder.

Todavía no es posible medir las consecuencias de esta explosión. Pero se puede afirmar ya, sin miedo a equivocarse, que se trata de una revuelta de pobres, de una Jacquerie

[revuelta campesina medieval] de los tiempos modernos. El país ha quedado profundamente herido. Ha descubierto, en medio de las llamas, el mal que le corroe desde hace décadas: la etnicización de las relaciones sociales, el racismo que machaca a generaciones enteras, la exclusión que refuerza el odio, la marginación social que prepara el terreno para las batallas de mañana. No queremos reconocerlo, pero la verdad está ahí: Francia, la República "igualitaria", se miente a sí misma. ¿Fingimos descubrir ahora la cesura? Lo cierto es que hace ya 10 años que se encienden las llamas en aquellos espacios en los que el Estado se limita únicamente a su función represiva. No hay nación cuando la nación se niega a sus hijos. No existen deberes cuando los derechos son puramente retóricos.

En los años ochenta se empezó a equiparar la inmigración con una maldición social. Hicimos de los hijos franceses de esa inmigración un desafío para la identidad. Transformamos la marginación urbana, profesional y cultural, que reviste a padres e hijos del mismo oprobio, en una culpabilidad social. Y, como es natural, los gobernantes son maestros consumados en el arte de la chulería política. Para ellos, la integración social de ese sector excluido del pueblo francés se reducía a consignas tan estúpidas como insultantes: hay que dar "visibilidad" a los jóvenes de "segunda generación", decían: puestos de baja categoría en las administraciones, medallas aquí y allá, programas de televisión políticamente correctos, "prefectos musulmanes", semi-ministros; en resumen, una zidanización engañosa que ocultaba la auténtica catástrofe social. Convertimos la integración en un deber simbólico.

Y acabamos por manipular el símbolo despreciando la integración. Porque el gran ejército de los olvidados, de los don nadies de los barrios periféricos, no se siente involucrado. Nunca se sintió involucrado, en el fondo. La izquierda había establecido el "empleo juvenil", que se derritió como la nieve cuando el poder cambió de manos. Lo curioso, en realidad, es que esas nuevas "clases peligrosas" situadas en el interior de nuestras sociedades ricas hayan tenido tanta paciencia ante la humillación que se les ha impuesto. Pero todo tiene un límite. Y lo peor ha ocurrido.

En los cenáculos políticos se preguntan ya quién se beneficiará de este estallido. Beneficiarse electoralmente, se entiende. La extrema derecha se frota las manos, Nicolas Sarkozy saca pecho, y todos los De Villiers de la derecha, con la vara de medir de su demagogia, se disponen a utilizar la carga subversiva del miedo de esta violencia para engrosar sus filas.

El Gobierno, por su parte, busca medios de represión legal. Para apagar el incendio ha rehabilitado una ley de 1955, fabricada en un momento en el que los "departamentos" argelinos vacilaban. ¿Será que, en la propia Francia, tenemos a parte de la población colonizada, con la misma falta de legalidad? Y el dispositivo se endurece: el ministro de Justicia fomenta la colocación de los jóvenes en centros educativos cerrados, el del Interior ordena a los prefectos que expulsen inmediatamente a los "extranjeros causantes de problemas", tanto si están en situación irregular como si no. El primer ministro, Dominique de Villepin, hace un llamamiento al orden y la justicia. Está claro lo del orden. ¿Pero la justicia? ¿Se trata sólo de detener, condenar, expulsar? Sería un grave error reaccionar sólo de esta forma, porque justificaría las provocaciones que han desembocado en el estallido de cólera. El Gobierno es consciente de ello: anuncia un desfile de medidas destinadas a favorecer el empleo y la inserción social en los barrios desfavorecidos (convocatoria de todos los jóvenes en paro a la ANPE [Oficina Nacional de Empleo] para una "entrevista detallada"; creación de nuevas zonas francas urbanas; primas de regreso al empleo para los beneficiarios de las prestaciones mínimas sociales; contratos de acompañamiento para desarrollar los puestos de proximidad); promete aumentar los medios económicos de la oficina de renovación urbana en un 25%, mejorar las redes de sanidad pública, asignar 100 millones más de euros a las asociaciones el próximo año, etcétera.

Todo eso es loable. Sin embargo, es inevitable temer el "efecto de anuncio" y preguntarse por los medios concretos para poner en práctica estas medidas. En materia de educación, la principal propuesta del Gobierno consiste en reducir la edad de inicio de la formación profesional a los 14 años (en lugar de los 16 años actuales) para los alumnos en situación de fracaso escolar. Uno se queda pasmado ante esta medida totalmente aberrante y retrógrada, que sólo servirá para acentuar el abandono social y la condición precaria de esos jóvenes, al privarles definitivamente de cualquier perspectiva de movilidad social. ¿Es así como monsieur De Villepin pretende garantizar "la igualdad de oportunidades para todos los franceses"?Lo que hace falta es atacar la raíz de los problemas. Lo primero, que todos puedan acceder a la ciudadanía. Para ello es precisa una firme estrategia de integración a través de la educación, el empleo y la diversificación urbana. Tarea difícil, porque los vectores de integración están paralizados: el Estado ha capitulado ante los poderes económicos que desprecian el aspecto social, y la privatización generalizada fomenta la guerra de todos contra todos y atiza todos los odios de identidad; los movimientos asociativos, que han sustituido sobre el terreno a los partidos políticos, no sirven más que para paliar los efectos, aplazar la furia y buscar soluciones provisionales para unas vidas que no controlan su propio destino.

Pero el Estado tiene que recuperar las riendas. No sólo tiene que restablecer su autoridad en todo el territorio, sino también asumir sus obligaciones en materia de cohesión colectiva. Hay que acabar con tantas promesas incumplidas, tantas mentiras, tantos errores acumulados. En Francia no puede haber Nación, no puede haber República, si no hay un Estado que aglutine todo el conjunto al servicio de una solidaridad común y ciudadana. Y hace falta explicar, para combatir el racismo, que la identidad común es consecuencia del carácter multiétnico de la República, no su opuesto. Estamos ante el final de una época. Las cosas no volverán a ser como antes. El pueblo francés, como de costumbre, está adquiriendo conciencia de sí mismo a través de sus crisis. ¿Comprenderán esta situación las mentes que nos gobiernan? Hay que confiar en que sí, por el bien de todos; si no, como decía en los años sesenta el escritor James Baldwin a propósito de las discriminaciones en Estados Unidos, "la próxima vez, el fuego".

Los malos oficios de Villepin

Por Eva Peruga, Enviada Especial a París de El Periódico de Barcelona.

Responsabilidad, adaptación, cultura general, madurez, mano de obra barata. Son términos que se manejan en Francia en un debate encendido con la mecha de los suburbios. El fuego lo prende el primer ministro, Dominique de Villepin, con su decisión de rebajar a los 14 años el inicio del aprendizaje de un oficio, algo que ahora sólo se permite a los 16, la edad mínima obligatoria para poder abandonar la escuela. "Es serio". Esta flor se la tira la directora de un restaurante, su jefa, al joven cocinero Thierry. Hace dos años llegó al local como aprendiz. Tenía 16.

"Estaba asqueado. No me gustaba lo que tenía que estudiar", recuerda este joven de las Antillas que se dispone a despojarse de su uniforme de trabajo tras una jornada laboral agitada en un París en jornada festiva. Vive desde los 12 años con sus tíos y sus seis primos en el suburbio parisino de Montreuil, en el conflictivo 93, donde hace dos semanas estalló la revuelta.

No es fácil salir de los guetos. Por eso, Thierry confiesa: "Estoy contento. Estoy en la buena vía". Es uno de los 342.000 jóvenes que el año pasado estaban aprendiendo un oficio. El sistema combina de forma proporcional horas de trabajo remuneradas y horas de estudio en las que no sólo se aprenden las materias propias del oficio deseado. Este joven cocinero completó los estudios en la escuela de hostelería Eugenie Cotton, un nombre que se le resiste a la hora de escribirlo.

Thierry es, sin duda, de los salvados de la exclusión. Como dice: "Hay que estar motivado". No es el caso de los 150.000 jóvenes que abandonan cada año el colegio sin ningún tipo de diploma ni cualificación, según un reciente informe de la Inspección General de la Educación.

Pasado caótico

Tienen 16 o más años, un pasado escolar caótico y, a menudo, un futuro sin promesas que los empuja a la delincuencia y, en las últimas semanas, a la quema de coches. El joven antillano también se desmarca de la reciente estadística ofrecida por el Observatorio de las ZUS, las Zonas Urbanas Sensibles salpicadas ahora de protestas y de donde él también procede. Según este observatorio, "en el 2004, la tasa de paro de entre 15 y 29 años fue del 20,7% de media en las ZUS, más del doble de la media nacional".

Pero el caso ejemplar de Thierry podría no ser tal si hubiera entrado en la cocina del restaurante parisino con sólo 14 años. Él mismo lo reconoce: "No creo que hubiera sido capaz. Ya cuando vine tenía mucho miedo, tenía miedo de hacer tonterías, de equivocarme". Su jefa, Elisabeth, a su lado, remata: "Se cansan físicamente, y luego está la noción de responsabilidad".

Las pegas empresariales a la iniciativa de Villepin son una anécdota comparada con las cargas de profundidad lanzadas estos días por profesores, sindicatos, padres, asociaciones de jóvenes, asociaciones de artesanos y partidos. El vínculo subyacente entre la propuesta de dejar la escuela a los 14 años y la revuelta juvenil en el extrarradio huele a "mayor exclusión" y "dejación de las tareas del Estado", según los afectados.

La escuela pública es aún un orgullo para los franceses y también es el lugar donde quieren tener a sus hijos el mayor tiempo posible, a pesar de sus actuales y múltiples deficiencias. En 1959, Charles de Gaulle decretó la escolarización obligatoria hasta los 16 años. Ahora, uno de sus hijos políticos quiere enmendarle la plana.

No lo hará de rositas. "A los que no pueden sobrevivir, el Gobierno les responde: '¡Fuera. A trabajar!'", denuncia la Federación de Padres de Alumnos (FCPE, cercana al PS). "Si el aprendizaje sirve como un castigo, es que el Gobierno no ha entendido nada", increpa una profesora. "De la relegación social a la relegación escolar", critican los sindicatos de la enseñanza.

Todos a una apuestan por los Thierry de 16 años y lanzan a la cara de Villepin los problemas de la educación que, precisamente, hay que resolver para evitar fugas escolares antes de esa edad. Uno de ellos lo plantean precisamente las ZEP, las Zonas de Educación Prioritaria, nacidas en los años 80 para ayudar a los escolares más desfavorecidos de barrios conflictivos. Su objetivo no se cumple. El absentismo en estos centros es del 4,15%, frente al 1,9% del resto de escuelas, por ejemplo.

El debate en curso afecta también a la propia esencia del aprendizaje de un oficio, como recuerda Elisabeth, "de larga tradición en Francia". Por eso, las asociaciones de artesanos empuñan también sus armas contra el Gobierno, ya que consideran que a los gremios se debe llegar por gusto y no por defecto. O, como apuntilla Philippe Duran, de la asociación Petit Nye, con larga tradición de trabajo en los barrios conflictivos, "hay que revalorizar el trabajo manual". Y concluye: "No puede considerarse como un cero al chaval que no quiere estudiar hasta el final".


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