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Blasfemia contra Mahoma: rebelión de los musulmanes

None | 4 de Febrero de 2006 a las 00:00

En otro giro imprevisto de esta crisis, Irán dijo que había formado un comité para revisar las relaciones comerciales con los países que publicaron los dibujos considerados como un insulto al profeta.

Desde Gaza hasta Lahore, miles de manifestantes salieron a las calles el sábado para condenar las caricaturas en lo que se ha convertido en un enfrentamiento entre la libertad de expresión y el respeto religioso. Para muchos musulmanes, dibujar al profeta Mahoma está prohibido, y muchos líderes europeos han pedido calma, expresando una profunda preocupación por la indignación que ha crecido en los últimos días.

El Vaticano condenó el sábado la publicación de los dibujos, diciendo que la libertad de expresión no significaba libertad para ofender la religión de nadie.

Indonesia y Malasia fueron los últimos países en expresar públicamente su indignación por las caricaturas, uniéndose a una disputa que se ha convertido en un pararrayos para el sentimiento antieuropeo en el mundo islámico.

Una corona de flores negras fue dejada en la embajada danesa en Ankara. Unas 1.500 personas se concentraron frente a la embajada de Dinamarca en Londres.

Docenas de jóvenes palestinos intentaron irrumpir en la oficina de la Unión Europea en Gaza y prometieron dar su "sangre para redimir al profeta".

La vieja basura de Samuel Huntington

Por Robert Fisk, The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Celita Doyhambéhère.

Así que ahora se trata de caricaturas del profeta Mahoma con un turbante en forma de bomba. Embajadores son retirados de Dinamarca, los sauditas y los sirios protestan, naciones del Golfo retiran de sus góndolas los productos daneses, tiradores de Hamas amenazan a la Unión Europea y a periodistas extranjeros. En Dinamarca, Fleming Rose, editor del diario que publicó estas caricaturas ridículas –en septiembre último, por el amor del cielo–, anuncia que estamos presenciando un "choque de civilizaciones" entre las democracias seculares occidentales y las sociedades islámicas. Esto prueba, supongo, que los periodistas daneses están en la verdadera tradición de Hans Christian Andersen. Oh Dios, Dios. Lo que estamos presenciando es el infantilismo de las civilizaciones.

Así que empecemos con el Departamento de Verdades Caseras. Este no es un tema de secularismo contra el Islam. Para los musulmanes, el profeta es el hombre que recibió palabras divinas directamente de Dios. Nosotros vemos a nuestros santos y profetas como figuras vagamente históricas, en contradicción con nuestros derechos humanos y libertades de alta tecnología, casi caricaturas de sí mismos. El hecho es que los musulmanes viven su religión. Nosotros no. Ellos han mantenido su fe a través de innumerables vicisitudes históricas. Nosotros hemos perdido nuestra fe desde que Matthew Arnold escribió sobre "el largo rugido en retirada" del mar. Esa es la razón por la que hablamos de "Occidente versus el Islam" en lugar de hacerlo de "cristianos versus el Islam": porque no queda una terrible cantidad de cristianos en Europa. No hay forma de que podamos arreglar esto dejando de lado todas las otras religiones del mundo y preguntarnos por qué no se nos permite tomarle el pelo a Mahoma.

Además, nosotros podemos ejercer nuestra propia hipocresía sobre los sentimientos religiosos. Sucede que puedo recordar cómo, más de una década atrás, un film llamado La última tentación de Cristo mostraba a Jesús haciéndole el amor a una mujer. En París, alguien prendió fuego el cine que estaba pasando la película, matando a un joven francés. También sucede que me acuerdo cuando una importante universidad de EE.UU. me invitó a dar una conferencia tres años atrás. Yo acepté. Estaba titulada "11 de septiembre de 2001: pregunten quién lo hizo pero, por el amor de Dios, no pregunten por qué". Cuando llegué, descubrí que las autoridades de la universidad habían sacado las palabras "por el amor de Dios" porque "no queríamos ofender ciertas sensibilidades". Ajá, nosotros también tenemos nuestras "sensibilidades".

En otras palabras, mientras nosotros pedimos que los musulmanes sean buenos secularistas cuando se trata de libertad de expresión –o de caricaturas baratas–, también podemos preocuparnos con la misma intensidad sobre los adherentes a nuestra preciosa religión. También disfruté de las pomposas afirmaciones de nuestros gobernantes europeos en el sentido de que no pueden controlar la libertad de expresión o los diarios. Si esa caricatura del profeta hubiera mostrado a un Gran Rabino con un sombrero en forma de bomba, hubiéramos tenido los oídos llenos de gritos de "antisemitismo" –con justa razón– tan seguido como oímos que los israelíes se quejan de las caricaturas antisemitas en los diarios egipcios. Además, en algunos países europeos –Francia es uno, Alemania y Austria, entre otros– está prohibido por ley negar acciones de genocidio. En Francia, por ejemplo, es ilegal decir que el Holocausto judío o el Holocausto armenio no sucedieron (esperen a ver los problemas que tendrá Turquía sobre este último si alguna vez entra a la Unión Europea). De manera que, en realidad, no es permisible hacer ciertas declaraciones en países europeos. Todavía no estoy seguro de si estas leyes logran sus objetivos: no importa cuánto se penalice la negación del Holocausto, los antisemitas siempre le encontrarán la vuelta. El punto, sin embargo, es que no podemos ejercer nuestras restricciones o leyes políticas para evitar caricaturas antisemitas o negadores del Holocausto y luego comenzar a gritar sobre el secularismo cuando nos damos cuenta de que los musulmanes objetan nuestra imagen provocativa e insultante del profeta.

Para muchos musulmanes, la reacción "islámica" a todo este asunto es de incomodidad. Hay una razón perfectamente valedera para creer que a los musulmanes les gustaría ver que se introducen algunos elementos de reforma en su religión. Si esta caricatura hubiera adelantado la causa de aquellos que quieren debatir este tema, si hubiera permitido un diálogo serio, a nadie le hubiera importado. Pero claramente la intención fue ser provocativo. Fue tan indignante que sólo causó reacción. Y éste no es un buen momento para calentar la vieja basura de Samuel Huntington sobre un "choque de civilizaciones". Irán ahora tiene nuevamente un gobierno clerical. Y también lo tiene Irak (que no se suponía que terminara con una administración clerical democráticamente electa, pero eso es lo que pasa cuando uno derroca a dictadores).

En Egipto, la Hermandad Musulmana ganó el 20 por ciento de las bancas en las recientes elecciones parlamentarias. Ahora tenemos a Hamas a cargo de "Palestina". Hay un mensaje ahí, ¿no? Que las políticas estadounidenses -"cambio de régimen" y "democracia" en Medio Oriente– no están logrando sus fines. Estos millones de votantes preferían el Islam a los regímenes corruptos que les impusimos. Que la caricatura danesa sea tirada sobre este fuego, de verdad es peligroso.

El Corán no prohíbe imágenes del profeta aun cuando millones de musulmanes sí lo hacen. El problema es que estas caricaturas retratan a Mahoma como una imagen de la violencia estilo Bin Laden. Retratan al Islam como una religión violenta. No lo es. ¿O queremos convertirla en una?

La guerra cultural de occidente contra el Islam

Por Lisandro Otero, La Habana. La Jiribilla

La publicación de una docena de caricaturas denigrando a Mahoma en el diario danés Jyllands Postem ha dado lugar a una extendida cadena de protestas en todo el mundo islámico. En una de ellas se ve al profeta con un turbante que adopta la apariencia de una bomba. Las imágenes fueron reproducidas por el diario noruego Magazinet y por el francés France Soir, entre otros.

En Siria, Palestina, Marruecos, Túnez y Yemen han ocurrido manifestaciones públicas. En Indonesia se atacó la embajada danesa y se asaltó el centro cultural francés de Nablus, en Libia se acometió a pedradas contra el consulado de Dinamarca. En las calles de muchas ciudades árabes se están quemando productos daneses. Irán pidió una reunión de emergencia de los ministros de relaciones exteriores de los países de la Conferencia Islámica. El director del diario France Soir, Jacques Lefranc, fue despedido. El Secretario General de la ONU, Koffi Anan, intervino censurando la potestad de insultar las religiones.

Han ocurrido otros agravios que han desatado igualmente una respuesta airada de los musulmanes. Salman Rushdie recibió una condena a muerte (fatwa) por su libro Los versos satánicos. La escritora Salima Nasreen fue igualmente execrada por su libro Vergüenza, donde incitaba al amor libre. El cineasta holandés Theo Van Gogh fue abatido a tiros por su filme Sumisión, donde censura la violencia contra las mujeres en las sociedades islámicas. La Tate Gallery de Londres vetó de sus colecciones un cuadro del pintor británico John Latham por considerarlo ofensivo a la sensibilidad musulmana.

En 1996 el profesor Samuel Huntington, profesor de Ciencias Políticas y director del Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard, publicó el libro El choque de las civilizaciones y la configuración del orden mundial, donde planteó otra tesis. La fuerza dominante en los conflictos del presente es la cultura, afirmó. Política, ideologías, intereses nacionales y economía siguen siendo importantes pero la cultura es el factor determinante que mueve la historia porque es esencial para la identidad humana y va más allá de las fronteras regionales. Las tesis de Huntington han sido criticadas por su monolitismo, por su descuido de los matices y las fracciones dentro del Islam.

Huntington prevee en su texto que los frentes de batalla del futuro estarían determinados por las líneas divisorias entre civilizaciones. Los conceptos esgrimidos por Occidente, como la democracia y la libertad, los derechos humanos y la soberanía de los Estados, se enfrentarán a civilizaciones no occidentales que los rechazarán. Aunque esas tesis son falsas y racistas no cabe duda de que existe un desprecio en Occidente hacia el mundo del Oriente y su cultura.

Las diferencias entre las naciones ya no serán ideológicas, políticas ni económicas, sino culturales. El siglo XXI verá la creciente pérdida de influencia de Occidente. Las civilizaciones asiáticas están aumentando su fuerza económica, militar y política. El Islam está experimentando una explosión demográfica que va a potenciar sus capacidades. Las pretensiones universalistas de Occidente (léase la aspiración de gendarme internacional de Estados Unidos), lo harán entrar en conflicto con otras civilizaciones.

El siglo que comienza está viendo un drástico cambio en el balance de fuerzas mundiales. El Estado-nación ya no tiene el peso y la consistencia que tuvo en la pasada centuria. Las fuerzas emergentes son las grandes corporaciones transnacionales, el capital globalizado, las mafias del narcotráfico, las cofradías del terrorismo, los nacionalismos fanáticos, la fraternidad islámica. Ninguna de esas potencias tiene fronteras, ni capital, ni ejércitos. Operan con anonimato impreciso y por tanto son más difíciles de acordar.

Las civilizaciones son realidades culturales y no políticas porque no mantienen el orden, ni imparten justicia, ni recaudan impuestos, ni sostienen guerras, ni negocian tratados, por tanto una civilización puede contener más de una unidad política. Los gobiernos, y hasta los imperios, crecen y se derrumban, pero las civilizaciones son muy longevas y se definen por una identidad, son el plano más amplio de identificación en que se desenvuelve el ser humano. Hay algo más: en Occidente existe una frontera entre la vida espiritual y la vida pública, entre el credo y la acción política; para el Islam tal frontera no existe. Un musulmán cree y actúa en concordancia. Para el Islam no hay límites entre el Estado y la religión.

La confrontación entre la cruz y la media luna anuncia una era de inestabilidad e incertidumbres. Y no solo hay petróleo en el conflicto, están en pugna dos grandes religiones, dos filosofías, dos concepciones del mundo, dos culturas. Este incidente provocado por una blasfemia contra Mahoma lo veremos repetirse en el futuro en la medida en que Occidente profundice su hostilidad hacia el mundo islámico, que se resiste a dejarse dominar.


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