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Camilo amaba a su prójimo más que a sí mismo

None | 15 de Febrero de 2006 a las 00:00

Por Vicky Pelaez, Diario La Prensa, de Nueva York. [email protected]

"Lo clavaron con balas
en una cruz,
lo llamaron bandido
como a Jesús
Daniel Viglietti

Hay hombres especiales que aparecen muy de vez en cuando en nuestra tierra sufrida, como si fuesen estrellas fugaces y como por un milagro de la naturaleza. Alumbran con luz cautivadora nuestros umbrales, contagiándonos de optimismo y de fe en el futuro y nos hacen tomar el camino señalado. Pero cuando ya estamos enrumbados, estos hombres desaparecen también misteriosamente por otro inexplicable capricho o juego de la naturaleza, dejando un inmenso vacío.

Camilo Torres Restrepo, llamado por unos "padre Camilo" y por otros "comandante Camilo", fue una de estas estrellas fugaces que cayó luchando por el futuro de su pueblo colombiano, en nombre del "amor al prójimo", con la cruz en el pecho y el fusil en las manos. Fue hace 40 años, un 15 de febrero.

Sacerdote ordenado, el padre Camilo igual como Jesús fue un revolucionario tanto en su pensamiento como en acción. Decía que el deber de la iglesia no era estar de lado de los poderosos sino de lado del pueblo, del lado de los sufridos y los débiles. "Entonces mi deber como pastor es compartir con ellos la vida y así se hace la comunión y se proyecta de manera correcta el evangelio", decía.

Corrían los años 1960 cuando toda América Latina vivía bajo el "contagio" de la revolución cubana y la aparición de la Teología de la Liberación como resultado de las reformas del II Concilio de Vaticano. Por supuesto que la mayoría del clero colombiano se opuso a las reformas y trató de obstaculizar la labor de sacerdotes como las del padre Camilo quien pregonaba que "para transformar Colombia y lograr el bienestar del pueblo es necesario liberar el país del imperialismo norteamericano y de la oligarquía que le sirve sumisamente". Decía que la única forma de hacerlo en las condiciones en que vivía su país era a través de la revolución. "Por eso", sostenía el padre Camilo, "el deber de todo cristiano es ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución".

El Che Guevara aseguraba que en América Latina, donde un 90 por ciento de la población era católica, no se podía hacer la revolución sin una conciliación entre el marxismo y el cristianismo. En Colombia fue precisamente el padre Camilo quien trató de formar el Frente Unido del Pueblo donde los marxistas y los cristianos luchaban lado a lado para crear condiciones de la revolución. Camilo Torres se convirtió entonces en un indiscutido líder de este movimiento. No escatimaba fuerzas para tratar de liberar a los católicos de los dogmas impuestos por líderes conservadores de la iglesia católica.

Decía que "no nos pongamos a discutir si el alma es mortal o inmortal, sino pensemos que el hambre sí es mortal y derrotemos el hambre". Comprendió que la única forma de hacerlo era a través de la lucha armada y no dudó un instante para incoporarse en 1965 en el Ejército de Liberación Nacional (ELN). En su Proclama al Pueblo Colombiano dijo que "desde las montañas colombianas pienso seguir la lucha con las armas en la mano, hasta conquistar el poder para el pueblo".

Nunca buscó ningún privilegio y rechazó estar en la retaguardia. Soñaba impaciente con la victoria para su amado pueblo y exigió participar en las batallas. No sabía o quizas presentía que la estrella fugaz de su vida se acercaba a su umbral final, la eternidad. El

15 de febrero de 1966 murió en su primera emboscada en Patiocemento, Santander, y fue enterrado en un lugar desconocido. Pero los hombres como Camilo Torres Restrepo no necesitan ningún santuario ni tumbas. Sus ideas, sus sueños, sus lecciones viven en los corazones de los colombianos y Latinoamericanos que saben que la historia no está hecha, sino que la construyen los hombres.

Al pueblo le espera todavía un largo camino de sangre y sufrimiento hasta que encuentre ese camino señalado por el padre Camilo. No cabe duda que lo encontrará algún día porque "donde cayó Camilo nació una cruz pero no de madera sino de luz".

Camilo Torres (1929-1966)

Por José Steinsleger, diario La Jornada, México

Siglos de resistencia y solidaridad forjaron las rebeliones sociales de Colombia. Estas luchas, que nunca padecieron "soledad", conocieron el primer territorio libre de América en el palenque de La Matuna, dirigido por el esclavo africano Dionisio Biojó, quien murió ejecutado por los españoles (Cartagena, 1621).

Más tarde, la revolución de los comuneros (liderada entre otros por José Antonio Galán, 1781) cuestionó el "mal gobierno" del poder colonial. Las demandas comuneras contribuyeron a forjar el ideal emancipador y en 1809 fueron parcialmente contenidas en el célebre Memorial de agravios, de Camilo Torres, prócer independentista bolivariano (1766-1816).

En el primer lustro de 1960, otro Camilo irrumpe con fuerza en la historia colombiana. Hijo de padre anticlerical y madre crítica de la actitud moralizante de los curas, el joven abandona sus estudios de derecho y en 1954 se ordena sacerdote. Luego estudia ciencias sociales en la Universidad de Lovaina (Bélgica) y en 1959 regresa al país, donde la curia lo nombra capellán de la Universidad Nacional de Bogotá.

Colombia vive en aquellos años la turbia paz del Pacto Nacional, acuerdo celebrado por los ex presidentes Alberto Lleras Camargo (liberal) y Laureano Gómez (conservador) tras la caída del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-57). Siniestra y antidemocrática por sus contenidos, la "alternancia" del pacto buscaba conjurar la rivalidad de ambas facciones que habían desangrado el país (1949-53: 300 mil muertos).

En tanto, millares de jóvenes de Colombia y el continente siguen con atención los entretelones de un cimbronazo histórico: la revolución cubana, donde... ¡otro Camilo! (Cienfuegos) había entrado en La Habana con su sombrero guajiro y montado a lomo de mula detrás de los tanques tomados por los rebeldes al ejército represor.

De actividad incesante y febril, Camilo Torres es profesor universitario, técnico en el Instituto de Reforma Agraria, fundador de la Facultad de Sociología junto a intelectuales como Orlando Fals Borda, animador de los estudiantes para que cruzaran sus conocimientos con la realidad de los pobres, presidente del primer Congreso Nacional de Sociología, autor de estudios sobre desarrollo urbano, agropecuario y universitario, y conferencista en ciudades de la sierra y los llanos, de la selva y las costas del Pacífico y el Caribe.

En el interín, otro cimbronazo: el Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII a pesar de los sectores retrógrados de la Iglesia (11 de octubre de 1962). Y un año después, la publicación de la encíclica Pacem in Terris, centrada en el tema de la paz y la convivencia entre los hombres, los pueblos, las naciones y los bloques de poder en que se dividía el mundo.

En el Concilio, Juan XXIII recuerda a los fieles el deber de tomar parte activa en la vida pública, aboga por el establecimiento de un sistema social regido por la justicia y la dignidad humana y denuncia el lujo sin escrúpulos de un pequeño grupo de privilegiados, que se contrapone a la miseria en que viven las masas de desposeídos (Mater et Magistra, 1961).

En junio de 1963, los curas malos festejan la muerte del papa bueno. Uno destituye a Camilo de su cátedra y así empieza la persecución de quien venía planteando a los cuatro vientos el recurrente y soterrado dilema de los católicos, "hijo de Dios-miembro de la sociedad". "La eucaristía -escribe- carece de sentido sin un cambio radical en las estructuras de poder... El asunto no es discutir si el alma es mortal o no cuando el hambre y la miseria lo son."

En 1964, después que el gobierno de Guillermo León Valencia bombardea con napalm las comunas de Marquetalia (departamento de Tolima), Camilo Torres intenta el contacto con los guerrilleros del Bloque Sur (semillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FARC, 1966). Persuadido de que "el deber de todo cristiano es hacer la revolución", redacta la Plataforma del Frente Unido del Pueblo colombiano (FUP), donde proclama la abstención electoral. Dos tribunales especiales lo llaman a juicio por los delitos de "subversión", "atentado a la seguridad del país" y "asociación para delinquir".

"¡Revisar la sotana/ mi general/ que en la guerrilla cabe/ un sacristán!" El 27 de julio de 1965 Camilo celebra su última misa, cuelga los hábitos y se pone a las órdenes de los comandantes Marco, Antonio y Fabio Vásquez Castaño, fundadores del Ejército de Liberación Nacional (ELN). En los últimos meses de 1965, el cura guerrillero transmite sendos mensajes a los cristianos, a los militares, a los campesinos, a las mujeres, a los sindicalistas, a la oligarquía, a los no alineados, a los desocupados y al FUP.

El 15 de febrero de 1966 Camilo Torres Restrepo muere en combate. Canta el uruguayo Daniel Viglietti: "... cuando iba/ por su fusil..." El cuerpo nunca fue encontrado. Isabel Restrepo, su madre, declaró: "Camilo nació cuando lo mataron".

Mensaje a la oligarquía

Por Camilo Torres

Frente Unido. Edición extraordinaria, 9 de diciembre de 1965

Dirigir un mensaje a los que no quieren ni pueden oír es un deber penoso. Sin embargo, es un deber, y un deber histórico, en el momento que la oligarquía colombiana quiere llegar a hacer culminar su iniquidad en contra de la patria y en contra de los colombianos.

Durante más de 150 años la casta económica, las pocas familias que tienen casi toda la riqueza colombiana, ha usurpado el poder político en su propio provecho. Ha usado todas las artimañas y trampas para conservar ese poder engañando al pueblo.

Inventaron la división entre liberales y conservadores. Esta división, que no comprendía el pueblo, sirvió para sembrar el odio entre los mismos elementos de la clase popular. Esos odios ancestrales transmitidos de padres a hijos han servido únicamente a la oligarquía. Mientras los pobres pelean, los ricos gobiernan en su propio provecho. El pueblo no entendía la política de los ricos, pero toda la rabia que sentía por no poder comer ni poder estudiar, por sentirse enfermo, sin casa, sin tierra y sin trabajo, todo ese rencor lo descargaban los liberales pobres contra los conservadores pobres y los conservadores pobres contra los liberales pobres. Los oligarcas, los culpables de la mala situación de los pobres, miraban felices los toros desde la barrera, ganando dinero y dirigiendo el país. Lo único que dividía a los oligarcas liberales de los oligarcas conservadores era el problema de la repartición del presupuesto y de los puestos públicos. El presupuesto nacional, las rentas públicas, no alcanzaban para dejar satisfechos a los oligarcas conservadores y liberales reunidos. Por eso peleaban para llegar al poder; para saldar las cuentas electorales dándole puestos públicos a los gamonales adictos y repartirse el presupuesto excluyendo totalmente a los del otro bando político.

Cuarenta años los liberales no tuvieron puestos y después les sucedió otro tanto a los conservadores durante 16 años. Las diferencias políticas y religiosas ya habían cesado. Ya no se peleaba entre los oligarcas sino por la plata del gobierno y por los puestos públicos. Mientras tanto, el pueblo se daba cuenta de que su lucha por el partido liberal o por el partido conservador lo hundía cada vez más en la miseria. Los ricos no se daban cuenta de que el pueblo estaba harto de ellos. Cuando apareció Jorge Eliécer Gaitán enarbolando la bandera de la restauración moral de la República, lo hizo tanto en contra de la oligarquía liberal como de la conservadora. Por eso las dos oligarquías fueron antigaitanistas. La oligarquía liberal se volvió gaitanista después que la oligarquía conservadora mató a Gaitán en las calles de Bogotá.

Ya iniciada en el camino de la violencia para conservar el poder, la oligarquía no parará en el uso de esa violencia. Puso a los campesinos liberales a que se mataran con los conservadores. Cuando la agresividad, el odio y el rencor de los pobres se desbordaron en una lucha entre los necesitados de Colombia, la oligarquía se asustó y propició el golpe militar. El gobierno militar tampoco sirvió en forma suficientemente eficaz a los intereses de la oligarquía. Entonces el jefe de la oligarquía liberal, doctor Alberto Lleras Camargo, y el jefe de la oligarquía conservadora, doctor Laureano Gómez, se reunieron para hacer un examen de conciencia y se dijeron: "Por estar peleando por el reparto del presupuesto y del botín burocrático, casi perdemos el poder para la oligarquía. Dejémosnos de pelear por eso haciendo un contrato, dividiéndonos el país como quien se divide una hacienda, por mitad, entre las dos oligarquías. La paridad y la alternación nos permiten un reparto equitativo y así podemos formar un partido nuevo, el partido de la oligarquía." Así nació el Frente Nacional como el primer partido de clase, como el partido de la oligarquía colombiana.

El pueblo vuelve a ser engañado y concurre a las elecciones a votar el plebiscito, a votar por Alberto Lleras, por el Frente Nacional. El resultado, naturalmente, fue peor: ahora era la oligarquía unida la que gobernaba en contra del pueblo. Por eso todo lo que esperaban los colombianos salió al contrario. El Frente Nacional ofreció paz y los campesinos siguen siendo asesinados; se realizaron matanzas obreras de los azucareros y de Santa Bárbara, se invadieron las universidades y se aumentó el presupuesto de guerra.

El Frente Nacional dijo que remediaría la situación financiera, y duplicó la deuda externa produciendo tres devaluaciones (hasta ahora) y con ellas la miseria del pueblo colombiano por varias generaciones. El Frente Nacional dijo que haría la reforma agraria, y no hizo sino dictar una ley que garantiza los intereses de los ricos en contra de los derechos de los pobres.

Le impuso al país un candidato inepto para la presidencia de la República. El Frente Nacional logró la mayor abstención electoral de nuestra historia y ahora, ante su fracaso total, ¿qué está haciendo la oligarquía?

Vuelve a recurrir a la violencia. Declara el estado de sitio. Legisla por decreto. Vende el país a los Estados Unidos. Se reúne en un lujoso hotel y decide sobre el próximo presidente. Desde los salones resuelven sobre el país entero. Están completamente ciegos.

Como último grito de alarma quiero decirles:

Señores oligarcas, el Pueblo ya no les cree nada a ustedes. El Pueblo no quiere votar por ustedes. El Pueblo está harto y desesperado. El Pueblo no quiere ir a las elecciones que ustedes organicen. El Pueblo no quiere a Carlos ni Alberto Lleras ni a ninguno de ustedes. El Pueblo está sufriendo y resuelto a todo. El Pueblo sabe que ustedes también están resueltos a todo. Por eso les pido que sean realistas y que si quieren engañar al Pueblo con nuevas componendas políticas, no vayan a creer que el Pueblo les va a tener fe. Ustedes saben que la lucha irá hasta las últimas consecuencias. La experiencia ha sido tan amarga que el Pueblo ya está decidido a echar el todo por el todo. Desgraciadamente los oligarcas aislados, ciegos y orgullosos parecen no querer darse cuenta de que la revolución de las masas populares colombianas no parará ahora sino hasta lograr la conquista del poder para el Pueblo.


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