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Latinos siguen movilizados en Estados Unidos

None | 26 de Marzo de 2006 a las 00:00

"El presidente habló de un programa de empleo temporal que le permitiría a la gente (...) que tiene trabajo, un trabajo que los estadounidenses no hacen, encontrar la forma de estar legalmente en el país", aseguró Rice al canal televisivo CNN.

El sábado, poco después del discurso de Bush, unas 500.000 personas se congregaron en el centro de Los Ángeles, California, para pedir amnistía a los inmigrantes ilegales y protestar contra el racismo de esta reforma migratoria, en la mayor manifestación hispana en la historia del país.

Entretanto, los legisladores republicanos están lidiando con el problema de qué hacer respecto al creciente número de inmigrantes ilegales que viven en Estados Unidos --cerca de 12 millones--, muchos de los cuales son latinoamericanos que entraron por la frontera con México.

Altos miembros del partido difieren en la manera de abordar la reforma migratoria, mientras los opositores demócratas están intentando recuperar el control del Congreso en las elecciones de noviembre. "Tenemos que buscar la manera de lidiar con ellos", dijo el senador republicano Arlen Specter a la televisión ABC, donde rechazó las críticas de que su proyecto de ley ofrecería una "amnistía" a los ilegales.

"Tenemos un problema de seguridad nacional", dijo. Los inmigrantes "no han sido identificados, y si no tenemos una propuesta realista para darles la oportunidad de trabajar legalmente y que consigan la ciudadanía, serán fugitivos; y necesitamos saber quiénes son y dónde están", explicó Specter.

Otro republicano, el representante Tom Tancredo, desdeñó la propuesta de Specter y apoyó el más radical proyecto de ley del congresista James Sensenbrenner. La medida de Specter "es una amnistía. Cuando premias a millones de personas, como el proyecto del senador Specter en efecto hace, por cruzar la frontera ilegalmente, le estás dando una bofetada a cada persona que vino por el buen camino", dijo Tancredo también a ABC. El representante añadió que los inmigrantes ilegales cometieron un "crimen" al entrar a Estados Unidos.

Los manifestantes intentan impedir que se vote la Ley migratoria Sensenbrenner HR 4437 que favorece un endurecimiento de los controles fronterizos, cambia el estatuto de los ilegales a criminales y establece penas más fuertes para quienes empleen inmigrantes indocumentados.

La ley Sensenbrenner además prevé la construcción de un muro de 1.126 km a lo largo de la frontera méxico-estadounidense. "La mejor manera de ayudar a los inmigrantes ilegales es deteniendo la inmigración ilegal", dijo Sensenbrenner al canal NBC.

Sin embargo Cecilia Muñoz, vicepresidenta del Consejo Nacional de La Raza, un grupo de defensa de la comunidad latinoamericana, criticó este proyecto. "Hay 11 millones de personas que viven y trabajan en Estados Unidos. Este proyecto de ley no hace nada al respecto. Lo que necesitamos es lidiar con esa realidad, si es que tendremos una ley efectiva y que funcione", dijo Muñoz a NBC.

Ambos bandos republicanos seguirán buscando el lunes un acuerdo entre las propuestas rivales, mientras Bush prepara su encuentro con el presidente mexicano Vicente Fox, en la cumbre regional del 30 y 31 de marzo.

Levantan muro frente a embajada de EEUU en México

Ciudad de México – Medio centenar de estudiantes levantaron hoy un pequeño muro de cartón frente a las puertas de la embajada estadounidense para protestar por un proyecto de ley que permite construir nuevas vallas en la frontera de Estados Unidos con México.

Los manifestantes, algunos con banderas del Partido Comunista, pintarrajearon el muro con lemas antiimperialistas y frases del revolucionario Ernesto Che Guevara. En un cartel fue colocado un montaje fotográfico que hacía aparecer al presidente estadounidense George W. Bush haciendo el saludo nazi bajo la insignia svástica.

La embajada de Estados Unidos se encuentra a un lado de la decorada avenida Paseo de la Reforma en el centro de la capital.

Surge el EEUU de Latinoamérica

Por Andrew Gumbel, diario The Independent, de Gran Bretaña. Traducción de Laura Carpineta para diario Página/12, Buenos Aires. Desde Los Angeles

En una marcha que dejó largamente atrás las manifestaciones por los derechos civiles o contra la guerra de Vietnam, entre 500.000 y un millón de personas colmaron Los Angeles contra un proyecto de ley que convertiría la inmigración ilegal de hispanos en delito federal.

Los Angeles fue escenario este fin de semana de la protesta pública más grande de su historia, cuando cientos de miles de manifestantes pacíficos, de todas las razas, atestaron las calles del centro de la ciudad para demandar justicia y reconocimiento legal para los 12 millones de trabajadores inmigrantes indocumentados del país. La marcha del sábado, que sobrepasó por mucho las expectativas de los organizadores e hizo empequeñecer todo lo visto durante el movimiento de los derechos civiles o la guerra de Vietnam, fue una increíble bofetada en la cara del cada vez más popular lobby antiinmigrante del país, y preparó la escena para lo que se espera será un agitado debate en el Senado esta semana, sobre lo que podría emerger como el tema central de las elecciones de mitad de mandato de noviembre.

Imágenes aéreas de la marcha mostraban a los manifestantes apretados ocupando al menos casi treinta cuadras alrededor de la municipalidad de Los Angeles. Las estimaciones de la convocatoria van desde el medio millón de personas hasta más de un millón. Los que protestaban cantaban slogans de derechos laborales, tanto en inglés como en español, agitaban banderas de México, Guatemala y de otros países, y mostraban la cara de un Estados Unidos felizmente multicultural, muy diferente a la cara predominantemente blanca que muchas veces tiñe al movimiento antiinmigratorio con su ira. El alcalde de Los Angeles, Antonio Villaraigosa, él mismo hijo de inmigrantes mexicanos y ex activista sindical, dijo a la multitud: "No podemos criminalizar a la gente que está trabajando, a la gente que está contribuyendo a nuestra economía y contribuyendo a la nación". La marcha quebró las líneas partidarias y de clase, e incluyó a blancos, latinos y asiáticos. Fue la más grande de una serie de protestas que han tenido lugar a lo largo de Estados Unidos en los últimos días, todas ellas convocadas para reaccionar contra el proyecto de ley aprobado por la Cámara de Representantes en diciembre pasado, que reclasificará a los inmigrantes ilegales como delincuentes y que pedirá la construcción de un muro de más de 1100 kilómetros que se extenderá a lo largo de un tercio de la frontera estadounidense-mexicana, desde el océano Pacífico al Golfo de México.

Ese proyecto, creado y apoyado por la rama radical de los republicanos de la Cámara, nunca tuvo esperanzas de convertirse en ley, sino que fue diseñado, en miras a una elección crucial, para apelar al creciente miedo y resentimiento que existe en el país ante un flujo sin precedentes de mexicanos y de extranjeros de otras nacionalidades. Ahora, sin embargo, el tema de la inmigración amenaza con crear rupturas que dañen al ya fracturado Partido Republicano. El presidente Bush está, inusualmente, en el lado moderado del debate, promocionando un programa de trabajadores-huéspedes que permita que los inmigrantes lleguen según las necesidades económicas de Estados Unidos, aunque terminando con las persecuciones en la frontera que tuvieron como resultado la muerte de 3500 inmigrantes en los últimos 12 años, provocadas por la exposición al agresivo clima desértico.

Algunos senadores republicanos son tan radicales como sus contrapartes en la Cámara, mientras que otros han propuesto un compromiso más cercano a la línea del presidente Bush. Las manifestaciones del fin de semana en Los Angeles y en otros lugares pusieron en relieve los peligros políticos de avanzar demasiado lejos sobre la línea antiinmigratoria. A pesar de que más del 60 por ciento de los estadounidenses dicen que quieren políticas inmigratorias más firmes –algo que ha demostrado ser imposible de alcanzar en los 12 años de militarización de la frontera–, los republicanos de California son todos muy conscientes de lo que sucedió una década atrás, cuando defendieron una iniciativa popular para negarles educación, salud y otros servicios sociales a los trabajadores indocumentados y a sus hijos. A pesar de que la iniciativa fue aprobada, fue luego rechazada por los tribunales, creando un efecto de boomerang tan fuerte que el partido descendió a un status minoritario desde entonces en el llamado "estado dorado".

En las últimas semanas, la Iglesia Católica ha salido a apoyar firmemente los derechos de los inmigrantes dentro del debate. Funcionarios locales electos han realizado grandilocuentes discursos oponiéndose al proyecto de la Cámara. Varias ciudades han aprobado resoluciones resistiendo la criminalización de los inmigrantes o, también, se ofrecieron a ellas mismas como santuarios para los inmigrantes si el proyecto llegaba a convertirse en ley. "Nunca ha habido este tipo de movilización dentro de la comunidad inmigrante", aseguró Joshua Hoyt, director ejecutivo de la Coalición por los Derechos de Inmigrantes y Refugiados de Illinois, al diario Los Angeles Times. "Se metieron con el gigante dormido. Es el comienzo de una lucha masiva por los derechos civiles de los inmigrantes."

La conjura de los necios

Por Claudio Uriarte, diario Página/12 Buenos Aires

Por lo que puede verse, la línea dura de los republicanos le ha dado al conjunto del partido un formidable disparo en el pie. En Estados Unidos, una sociedad extremadamente apolítica y desmovilizada, una marcha de 50.000 personas sería una gran noticia. Pero fueron entre 500.000 y más de un millón las que marcharon el sábado sobre Los Angeles, en una rara demostración de confluencia multirracial absolutamente pacífica, pero que tuvo como objetivo protestar contra un proyecto de ley que criminalizaría la inmigración ilegal. E inmigración ilegal, en California –como también en Texas, Florida y Nueva York, todos estados electorales clave con vistas a las parlamentarias de noviembre–, significa de hispanos.

El proyecto de ley, que apela a los más bajos instintos del electorado, es un disparate político de largo aliento para la administración de George W. Bush. Los hispanos, que recientemente sobrepasaron a los negros en la condición de primera minoría del país, son en su mayor parte católicos, familieros y conservadores; lo único que les interesa es trabajar y progresar –de ahí el alto número de banderas estadounidenses que flamearon en la convocatoria–; quieren ser parte de "América", cumplir "el sueño americano", y, en este sentido, es un electorado que debería ser coto de caza natural para las políticas tradicionalistas de "valores familiares" del partido del presidente. Pero, de algún modo, su pertenencia a ese lote quedó el sábado puesta en duda. Bush, que en estos días (o meses) parece navegar en un piloto automático de sonambulismo político, dejó pasar la aprobación del proyecto de ley en diciembre por la Cámara de Representantes y ahora musita vaguedades sobre la necesidad de confirmarla en el Senado, pero con cambios. Esto en medio de una ola ideológica antiinmigración y antihispanos ejemplificada en la última tontería en forma de libro del profesor Samuel Huntington, que sostiene que Estados Unidos va en camino de perder su "identidad cultural" (como si tuviera alguna), de no poner freno a la inmigración hispana.

Pero Estados Unidos es un país del continente americano, lo que implica que esa inmigración no se va a poder parar. Por la misma razón, lo ocurrido el sábado en Los Angeles puede ser el inicio de un importante movimiento a nivel nacional, similar al de los negros en los años ‘50. ¿Quiere EE.UU. realmente excluir de su legalidad a gente que ama a EE.UU., que se identifica con todos sus valores, que no es terrorista ni mucho menos, y al mismo tiempo, desempeña los trabajos que los estadounidenses ya no quieren tomar?

La guerra no se siente, pero definirá

Por Yolanda Monge, diario El País Madrid. Desde Washington

No tienen cartillas de racionamiento para el azúcar. No han subido los impuestos. No sufren un reclutamiento obligatorio. Tampoco se practican simulacros de ataques nucleares como se temía durante la Guerra Fría. En las calles del país no existen protestas masivas como las que se vivieron durante la guerra de Vietnam. La mayoría de los estadounidenses, los que disfrutan de la placidez de sus hogares, aseguran que no están en tiempos de guerra. Después de tres años, la guerra en Irak no ha afectado a la dieta, al bolsillo o a la rutina de los norteamericanos. Sí lo ha hecho a su psicología. "Muchos de nosotros sólo queremos llorar", dice Carol Lee. Según el último sondeo de USA Today/CNN /Gallup, la mitad de los encuestados asegura que la guerra los ha hecho llorar. Nueve de cada 10 dicen que los ha hecho rezar.

Nunca antes en la historia de Estados Unidos un esfuerzo tan grande -gastos de 150 millones de dólares por día, más de 2300 soldados muertos, 17.000 heridos– ha involucrado a tan pocos. "A menos que se esté ante una base militar o de una comunidad cuya Guardia Nacional ha sido desplegada en Irak, no existe gran impacto en la vida de cada día", asegura David Segal, sociólogo de la Universidad de Maryland. "Sabemos que hay una guerra porque escuchamos la retórica de los tiempos de guerra", puntualiza el historiador de la Universidad de Georgetown, Michael Kazin. Y sin embargo, tres años después de que Estados Unidos iniciara la invasión, la guerra de Irak domina por completo la presidencia de George W. Bush. Lo tiñe todo de muertos y bombas. La oposición reclama la salida de las tropas, sin fecha por decidir. Y definirá su legado.

Cuando se lanzó la primera andanada de bombas sobre Bagdad, un 69 por ciento de los estadounidenses pensaba que la guerra en Irak se ganaría. Un 25 por ciento aseguraba que la victoria era posible. Aquellos porcentajes son historia lejana. El último sondeo habla de un 57 por ciento de estadounidenses que cree que la guerra fue un error. Y sólo un 35 por ciento aprueba la gestión de la guerra de su presidente. Rose Gill, de 56 años y de Texas, perdió a su hijo como consecuencia de la explosión de una bomba en Irak en julio pasado. Desde entonces, ella ha perdido tres trabajos. No se concentra. No piensa en nada más que en la guerra, en el hijo caído en un combate en un país lejano que ni sabe situar en el mapa. Pero para la gran mayoría de la población, la contienda en Irak es poco más que la pegatina de un lazo amarillo en un árbol como símbolo del apoyo a las tropas, una pulsera que supone haber perdido a un ser querido en acción, una fotografía en el periódico o una imagen en la televisión. Según otro sondeo de USA Today/CNN /Gallup, el 45 por ciento de los estadounidenses dice que tres años después, la guerra en el país mesopotámico no les ha afectado mucho personalmente. Una gran mayoría asegura que nunca envió una carta, un correo electrónico o un paquete de apoyo a las tropas; no votó por el candidato a presidente en términos de la guerra y no se manifestó a favor o en contra del conflicto. Siete de cada diez congresistas republicanos aseguran que enviar las tropas a Irak no fue un error. Ocho de cada diez demócratas opinan lo contrario. Esto último también lo piensan seis de los 10 escaños de independientes.

Los aliados de Bush comparan a éste con Harry Truman, impopular durante gran parte de su legislatura, pero muy valorado en retrospectiva. Los críticos del actual presidente lo sitúan al nivel de Johnson, otro tejano cuya presidencia fue devorada por la guerra de Vietnam. Las lecciones que se extraen tanto de Truman como de Johnson son similares: que la guerra triunfa sobre cualquier otra cosa. Desde que se fundaron los Estados Unidos de América, el país sólo se ha visto envuelto en cuatro campos de batalla mayores que el de ahora: la Guerra Civil (1861-’65), la Primera Guerra Mundial (1914-’18), la Segunda Guerra Mundial (1939-’45), el conflicto de Corea (1950-’53) y la guerra de Vietnam (1965-’73). "La guerra mata cualquier otra política de gobierno", asegura Robert Dallek, biógrafo de Lyndon Johnson y autor del libro Hail to the Chief: The making and Unmaking of American Presidents. "Consume la energía de la administración, de la opinión pública y de la prensa". Parece que Bush también tiene en mente los libros de historia. Cuando el comentarista Fred Barnes lo entrevistó para su libro Rebel in Chief, Bush le hizo saber que había leído, no sin cierto sobresalto, tres libros que hablaban sobre el lugar en la historia del primer presidente de EE.UU. "Incluso 200 años después, se sigue revisando a George Washington", recuerda Barnes que le dijo el actual mandatario. "¿Qué dirán sobre mí?", planteó Bush.


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