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Abandono y desesperación en la Costa Caribe después de «Beta»

None | 15 de Noviembre de 2005 a las 00:00

Después del violento impacto del huracán "Beta" en la Costa Caribe de Nicaragua, fueron muchos los que levantaron la voz sobre la necesidad de realizar un exhaustivo analisis sobre las debilidades del Sistema de Prevención y Mitigación de Desastres (Sinapred) y de la Defensa Civil, pero sobre todo, sobre la necesitad de una movilización inmediata por parte del Gobierno para llevar las primeras importantes ayudas a la población. Ya han pasado dos semanas y para las miles de personas que perdieron lo poco que tenían, la situación en las Regiones Autónomas del Atlántico Norte y Sur (Raan y Raas) parece cada día más difícil, a causa también de dos Tormentas tropicales que afectaron al territorio después del huracán. El Gobierno nicaragüense, concluida la emergencia, ha dado prioridad a las negociaciones con los partidos políticos para llegar a aprobar las leyes de carácter económico que permitirían "respetar" o más bien "obedecer", al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (Fmi). Según las primeras evaluaciones, en la zona de la Raan los daños se calculan aproximadamente en 67 millones de cordobas (4 millones de dólares), 19 mil hectáreas de cultivos han sido destruidos por la inundación del Rio Coco ( de las 26 mil hectáreas existentes) y son 56 mil las personas que necesitan de ayuda inmediata. Muchas de ellas se encuentran todavía en los albergues sin comida ni medicamentos. En la Raas, dónde el huracán entró con toda su fuerza, la situación ha sido parcialmente controlada, pero son muchas las personas que se han quedado sin nada y que están esperando la ayuda del Gobierno para poderse alimentar y reconstruir sus pobres casas de madera.

Desafortunadamente, la desesperación de la población costeña no es cosa nueva para Nicaragua y los desastres provocados por el huracán y las aluviones, se suman a una realidad de abandono histórico por parte de las Instituciones del Gobierno central y del Poder Legislativo. Pocas semanas antes de la llegada de "Beta", las instituciones regionales de la Raan lanzaron un llamado de alerta por las dramáticas situaciones en que vivían decenas de miles de personas, por el escaso presupuesto aprobado por el Gobierno a las autoridades de la zona, por la falta de vías de comunicación y el exagerado valor del transporte público, por la primeras inundaciones y por la preocupante plaga de ratas que habían acabado con los granos básicos almacenados en las casas y la difusión de enfermedades. Una zona, la Costa Atlántica, que ha vivido constantemente e históricamente el saqueo de sus enormes recursos naturales como la pesca, el oro y la madera por parte de las multinacionales extranjeras y de ricos empresarios nacionales sin escrúpulos quienes, con el pasar de los años, se han acaparrado los territorios ancestrales de las poblaciones indígenas de la zona.

En los días siguientes al huracán, el periodista nicaragüense Francisco J. Sancho Más ha publicado un testimonio sobre esta situación.

"¿Y ahora? El agua sigue estando por todos lados: Waspam, Puerto Cabezas y otras comunidades siguen inundadas: Es cierto que antes de que pasara el huracán estaba ya la gente preparada: La solidaridad no esperó a que entrara y la movilización a primera vista de las instituciones del Gobierno no estuvo nada mal, en comparación con otras ocasiones. Pero volvieron ciertas autoridades al aeropuerto de Managua a cantarle al Presidente un "misión cumplida" cuando no era más que el principio: Por poco nos pasa el huracán dejándonos con el alma en vilo: Se necesita mucha ayuda a partir de ahora: ¿Y después? El alijo de drogas (calculado en 360 millones de dólares) que capturó un barco de la Armada Inglesa que venía supuestamente con cargas de ayuda para los afectados del huracán es una fotografía de lo que ocurre en la Costa: 360 millones de dólares en drogas pasando a toda velocidad por delante de nuestra otra mitad sin que nada lo detenga, a no ser un barco de guerra: La otra es aquella que se vio en su día, de gente en un puerto implorando con lamentos a la Policía que les devolviesen los alijos lanzados al mar desde un barco perseguido, sin pudor y sin miedo. Desde el otro lado; desde Managua, todo seguirá llegando tarde: Uno teme que seguirán llegando tarde los buses a Puerto Cabezas. Ni modo. Seguirán llegando tarde cargados de gente; a veces de animales sobre el techo o adentro: Seguirán arreglándose a medio camino; o dejarán en el mismo alguna pieza del chasis ante la mirada abierta de los niños que se asoman de las casas de Mulukukú o de Laba. El camino los irá recibiendo con traiciones de hondonadas no esperadas o de ríos que se salen de su curso animados desde el cielo por una lluvia exagerada que cae de todos lados. El huracán ya ha pasado: Por poco nos agarra de lleno uniéndonos atlánticos y pacíficos en una sola tragedia. No podemos olvidarnos de que muchas personas en las poblaciones por donde el ojo del huracán puso su mirada, lo perdieron todo. También hay algunos desaparecidos, ¿muertos? Pero todos coincidimos en que podría haber sido peor. Con todo, emociona la disposición de la gente desde el Pacífico para ayudar y tender la mano.

Pero la Costa Atlántica de Nicaragua no puede esperar siempre a que se avecine un huracán para sentirse dentro de un país que somos todos. Sencillamente no puede. Y nosotros tampoco podemos hacernos la ilusión de caminar sin ellos. Sencillamente. Y si la historia no nos cambia, no podremos ser Nicaragua si no es con la Costa Atlántica activamente involucrada en nuestro desarrollo; con su aporte y con su demanda de beneficios. En la Costa estuvo nuestra cuna, nuestra historia y el corazón de nuestra libertad. La Costa ha resistido el ser arrebatada de Nicaragua cuando estaba en posesión de los ingleses: Y Nicaragua no ha querido ser separada. Es como un amor, una vocación mestiza; una vocación indígena y una vocación de negritud que no quiere aceptar ser de otra manera; ni que le ordenen una. La Costa aporta la gran mayoría de nuestra riqueza y recursos medioambientales, una riqueza incomparable y un potencial turístico nada despreciable; con costas que guardan el encanto de los territorios vírgenes de presencia humana. La Costa nos hace el favor de aportar su herencia cultural y su diferencia haciendo de Nicaragua el mosaico de color que la convierte en una tierra de todos hecha para el mundo, donde pocos alguna vez dejan de sentirse en casa.

Insisto en creer empecinadamente que el futuro de Nicaragua está en la Costa Atlántica; y eso lo veremos cuando por fin haya una vía que nos una de forma más rápida de las que hoy languidecen por tierra, por río o por aire. Lo que no podemos seguir haciendo es dejar la Costa Atlántica abandonada al trasiego de las rutas ilegales de drogas o a aquel lamento de la gente que sufre de hambre. Sin oportunidades, sin esperanzas de trabajo; sin otras expectativas que no sean las de sobrevivir a costa de lo que caiga en el mar, qué otro futuro le queda a la Costa. Solo con un esfuerzo, con una avalancha de solidaridad y con una voluntad de compartir inversiones podremos hacernos la ilusión de ir caminando juntos en esta linda historia que se llama Nicaragua. Hace falta pensar juntos, incluir a la Costa en las decisiones; pensar junto a la Costa con su gente en todos los niveles de decisión y no solo acordarnos en las catástrofes de aquella otra mitad de la casa nuestra. Ni siquiera una carretera puede unir Managua con Puerto Cabezas; aun con todo el beneficio para el intercambio de mercancías y la celeridad del mercado que eso significaría. El turismo no deja de ser ocasional y no exento de cierto riesgo, y eso elimina muchas posibilidades: Bluefields apenas se presenta como un paso hacia Corn Island; y entre Puerto Cabezas y Bluefields se extiende una costa tan hermosa como olvidada. El río San Juan es apenas un recuerdo de una vieja disputa y una palabra para reivindicar el patriotismo; y el río Coco es un dolor en la conciencia, asolado con el hambre cíclica y la precariedad en la que se vive a una y otra orilla. Si nos apartamos aún más al interior, en las minas, por ejemplo, vemos que no ha habido un avance en inversión de mejoras significativas que les distinga de su propia historia de explotación por empresas extranjeras. Y sin embargo, cuanto más tarde nos encontremos, cuanto más tardemos en sabernos juntos; más tiempo estaremos tardando en encontrar nuestro destino. Nos falta en el día a día nuestra otra mitad; la que nos despierta la conciencia cuando se aproxima un huracán, y a la que debemos una historia de respeto. Aparte de la Cruzada de Alfabetización, revolución, democracia y dictadura solo han supuesto un cúmulo de heridas y de olvido para la Costa.

Y ahora solo mirándonos a los ojos, sin ningún prejuicio, reconociéndonos mestizos, negros e indígenas en toda nuestra grandeza volveremos acaso a sentirnos enamorados de cómo nos brilla el sol de costa a costa, como si fueran cada una de nuestras mejillas. ¿Cómo si no podemos vivir los unos sin los otros? Somos dos mitades, aunque haya más grietas y divisiones internas; pero sin esas dos mitades, no hay casa para nadie. Es la casa nuestra.


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