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El sueño de los indignados

Los Ángeles. Por Jorge Morales Almada, LaCh.com. | 17 de Octubre de 2011 a las 00:00
Es de noche y entre las carpas que tapizan los jardines del City Hall se escuchan ronquidos y algunos gemidos inquietantes. Las unidades móviles del noticiero de las once se retiran cuando llega Ashley, una joven de 20 años que carga con su casa de campaña para sumarse a "los indignados". "Ahí, donde sea, donde encuentres lugar", le indica uno de los cientos de jóvenes que acampan desde hace dos semanas en lo que es el movimiento Occupy L.A. "¿Tengo que apartar lugar o apuntarme o algo?", pregunta Ashley. "No, no, aquí todos somos del 99 por ciento, sólo llegas y te instalas", le explica el muchacho que en la camiseta lleva la imagen de Emiliano Zapata. Es Óscar Chávez, de 21 años de edad y estudiante de biología en el Colegio del Este de Los Ángeles (ELAC), quien ha estado aquí desde que empezó el campamento, el 1 de octubre. "Aquí hago mi tarea, aquí como, aquí duermo, de aquí me voy a la escuela, sólo voy a mi casa a bañarme", dice Óscar. El ambiente es de camaradería, noche de fiesta envuelta en intermitentes olores de yerba, música que se improvisa con la guitarra de uno, los tambores del otro, las sonajas de aquel, el pandero de ese, y los aplausos de todos. - ¿Y por qué estás aquí?, le pregunta Ashley a Óscar. "Desde que era niño sabía que algo malo había en el mundo y me di cuenta que este país hace daño a mucha gente y sólo por dinero, es un sistema jodido, mis padres ahora están en dificultades para sobrevivir, a mi papá lo corrieron de la funeraria en la que trabajaba y a mi mamá también, ella era maestra", responde el joven y luego pregunta: - ¿Y tú? "Quiero aprender qué es esto, apoyar, en mi escuela estaban hablando de esto y quise saber más, es interesante, diferente, y divertido", contesta Ashley, quien estudia psicología en Cal State Northridge. Las calles que rodean al City Hall lucen vacías a eso de la 1:00 de la mañana, cuando uno que otro sale de su casa de campaña para ir a los baños móviles que ahí se han instalado, pero en la explanada el baile y la música espontánea sólo paran cuando en una pantalla proyectan a Pink Floyd interpretando la canción "Money". Pintores hacen de este campamento un espacio para la creación artística y otros usan el pincel o el crayón sólo como una forma de expresión: "Esto no es una protesta, esto es una revolución". El campamento de Occupy L.A. se rige a base de comités: seguridad, limpieza, educación, comida, política y marchas. Cuentan con librería, servicio de lavandería, clases de yoga y economía, y hay un área para niños. En la esquina de Spring con Temple, mostrando un cartel, se coloca Arturo Blas, uno de los "indignados" que no ha fallado ni un día desde que empezó la ocupación. "Yo no estoy acampando, porque trabajo, pero todos los días estoy viniendo cuando salgo del trabajo", comenta este poblano que es mecánico de oficio. "Vale la pena estar aquí, porque la gente está perdiendo sus casas, los recortes en los beneficios (de salud), en la educación, en la cultura, discriminación contra los inmigrantes, mientras que las corporaciones lo tienen todo, ya más bajo no se puede llegar". Occupy L.A., al igual que Occupy Wall Street, es producto del Movimiento de los Indignados que el 15 de mayo se originó en España al considerar que el sistema capitalista que favorece a las corporaciones y bancos mientras oprime al pueblo, un movimiento que se ha extendido por todo el mundo. Una de las que llama la atención en este campamento es "Anne", como quiere que se le identifique, porque camina entre los jóvenes ayudándose de un bastón. Tiene 66 años y desde los años 60 ha estado involucrada en este tipo de movimientos, motivo por la que ha sido arrestada en múltiples ocasiones. Para Anne, los movimientos de los 60 y 70 fallaron porque no se lograron cambios sustanciales, sin embargo considera que "los indignados" tienen muchas probabilidades de triunfar. La Luna de las 4:00 de la mañana sobre el City Hall ya resguarda el sueño de muchos de los indignados, aunque en las escalinatas un joven sigue rascando las cuerdas de la guitarra, velando el sueño de los indignados que duermen en el campamento, pero que mantienen despierta la esperanza de un cambio.

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