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Incontenible avalancha de indocumentados en México

Por Francisco Gómez, diario El Universal, de México. Desde Arriaga, Chiapas. | 17 de Marzo de 2007 a las 00:00
Incontenible, la avalancha de indocumentados centroamericanos no cesa. Guatemaltecos, hondureños o salvadoreños, principalmente, buscan alcanzar la frontera norte para cruzar ilegalmente a Estados Unidos. El año pasado lo intentaron alrededor de medio millón, pero 182 mil 705 -aproximadamente 40%, según datos del Instituto Nacional de Migración (INM)- fracasaron. Lo que sucede en este pueblo es el espejo de las políticas migratorias. Aquí está el resultado concreto de las acciones de seguridad en la frontera: hombres, mujeres, niños y familias completas son muestra de cómo se evaden -en muchos de los casos con complicidades oficiales- los filtros instalados para detener a los migrantes centroamericanos. Ellos, con sus historias y tragedias a cuestas, llegan hasta aquí para cruzar México: un camino donde pueden sufrir accidentes mortales, asaltos, vejaciones, abusos. No importa, cumplirán el ciclo que una y otra vez se repite: subir al ferrocarril, el único medio que tienen para acercarse a lo que creen les depara una vida mejor. Muchos son menores de edad, aunque digan que tienen más de 18 años. Unos quieren dinero para regresar a sus pueblos y comprar su casa, otros instalar un negocio o comprar un automóvil para trabajar en sus países de origen (95% son centroamericanos). Al final, lo que casi todos desean es una oportunidad de trabajo, según testimonios recogidos por EL UNIVERSAL.

La llegada y la espera

A pie o en autobuses, recorren más de 250 kilómetros de la frontera con Guatemala para llegar hasta aquí. En el camino enfrentan a asaltantes y, en su defecto, a los oficiales mexicanos de migración, como le pasó a Ángela María Samayoa, guatemalteca de Escuintla, quien viaja con sus tres hijos y un hermano. Los detuvieron agentes de migración, dice. Los dejaron seguir su camino, pero sin su dinero. Ella les dio, denuncia, 50 dólares. "Tengo que llegar a la frontera, me esperan allá para pasarme", justifica. En Arriaga deben esperar el tren una semana o hasta 15 días para dirigirse a Ixtepec; desde ahí pueden llegar a Veracruz para tomar la ruta del golfo, o bien ir al estado de México para tomar la ruta del Pacífico hacia la frontera con Estados Unidos. Ninguna garantiza seguridad a nadie. Pocas son las sonrisas, la mayoría están siempre alertas, a la expectativa. A veces, muy raras veces, esos momentos se rompen, como sucede cuando pueden conseguir un balón de futbol y jugar apasionadamente quienes son de Guatemala contra los de Honduras o El Salvador. Al meterse el sol, duermen al lado de las vías del tren, en las faldas del monte, adentro de vagones o donde les cae la noche. Así lo hace el grupo de San Miguel, Guatemala. Una de las regiones más pobres de la nación vecina, de la que proceden casi 50% de los migrantes deportados. Casi todos se conocen, otros pocos se reconocieron en el camino y decidieron recorrerlo juntos. La mayoría son menores de edad. Han caminado hasta este municipio de Chiapas; están acostumbrados a hacerlo. Pero este camino ha sido largo. Miguel, quien encabeza la primera guardia de la noche, al escuchar los pasos de intrusos, pone en alerta al grupo. Porta un machete, el mismo que talla en las vía del tren para tratar de intimidar y poner sobreaviso a sus compañeros de viaje. Es de madrugada y la luna brinda algo de luz sobre esta zona despoblada de Arriaga, una ciudad de más 40 mil habitantes, quienes en buena parte viven de la derrama económica que dejan los indocumentados. A cada paso de quien se acerca, comienzan a asomar cuerpos de entre las sombras de las ceibas: es todo el grupo que entra en alerta máxima. No basta un saludo. Se abre un espacio de diálogo, pero todo el grupo rodea a los reporteros intrusos. Es un momento de tensión que se rompe poco a poco hasta que los machetes son colocados a un lado. Casi una hora de plática. Después, cuando se encuentran más relajados, la mayoría vuelve a dormir.

La salida y el viaje a Ixtepec

Desde esta entidad, donde ocurren 50% por ciento de las detenciones de migrantes en México -más de 90 mil capturas durante el último año, de acuerdo con cifras del INM- inician las rutas de los migrantes. El primer punto al que se dirigen es Ixtepec, Oaxaca, donde confluyen los ferrocarrilles que les permitirán llegar a la frontera norte por la ruta del Pacífico o la del golfo. Por eso, cuando en la madrugada suena el silbato de la locomotora anunciando su llegada a Arriaga, todo es frenesí: gritos, silbidos, maldiciones, corren de un lado a otro. La espera terminó. El sacerdote Heyman Vázquez, quien ayuda y atiende la Casa del Migrante ubicada aquí, lo sabe y acude a darles la bendición, un poco de alimento y aliento para esta etapa del viaje, que será de más de 12 horas. Empiezan a salir de todas partes, incluso de las inimaginables, como una pipa. El sacerdote Heyman Vázquez está pendiente de todo; en los últimos días, en el albergue a su cargo, llegaron cinco guatemaltecos que fueron asaltados y golpeados con machetes por asaltantes. Suben al tren también las hermanas Elsy Noemí y Claudia. Son de Honduras. La primera tiene un embarazo de tres meses y la otra, cuyo novio regresó al saber que su madre enfermó gravemente, vive la peor tragedia de su vida. El grupo con el que venían fue asaltado cuando cruzaban por el monte, pero ella fue atacada sexualmente por los delincuentes. Como pudieron llegaron hasta acá. Y esta madrugada que están arriba del ferrocarril, confían en que al final del viaje puedan tener una recompensa por todo lo que han padecido. Sorprende el ímpetu de Marvin Ramírez, un joven guatemalteco de 17 años, quien padece poliomielitis. Viaja junto con dos compañeros que encontró en el camino, sobre las vías: el nicaragüense Edwin Ruano y el salvadoreño Antonio Gálvez. Él va a Estados Unidos en busca de ser operado y poder caminar normalmente. Desde los siete años fue abandonado por sus padres en casa de un tío. No le gusta hablar mucho, pero revela que prácticamente ha vivido en la calle. Le ayudan a subir y es de los primeros en instalarse en los vagones del ferrocarril, en el que viajarán unos 800 indocumentados. Con esa ayuda Marvin realizará la travesía de más de 12 horas a bordo del ferrocarril, que no parará hasta Ixtepec. Se le ve animado, seguro y hasta contento, cuando lo recibe el sacerdote, Alejandro Solalinde, y le ofrece comida y un lugar para descansar en la Casa del Migrante de esta ciudad oaxaqueña. La primera prueba superada.

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