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Orígenes de los santuarios

Por Pilar Marrero, diario La Opinión, de Los Angeles, California. | 11 de Mayo de 2007 a las 00:00
Esta semana, grupos religiosos en varias ciudades iniciaron el Nuevo Movimiento Santuario, un esfuerzo conjunto para arropar a familias indocumentadas en templos y llevar sus historias a la luz pública. Aunque los tiempos y los protagonistas son diferentes, esta acción sigue los pasos de la que se llevó a cabo originalmente en la década de los años 80 y busca el mismo doble objetivo: proteger a indocumentados perseguidos y crear consciencia sobre su situación. "Eran otros tiempos, había guerras civiles en Centroamérica y muchos hombres y mujeres amenazados y con problemas sicológicos", dijo el padre Richard Estrada, párroco de la iglesia Nuestra Señora Reina de los Ángeles, en la Placita Olvera, en el centro de la ciudad. "Y aquí estamos, 25 años después, tratando de evitar la separación de familias inmigrantes". Estrada ya estaba en La Placita en aquellos años, en calidad de párroco asistente, cuando esa iglesia, ubicada en el sitio donde nació la metrópolis angelina, se convirtió en una trinchera para la lucha por la paz y en contra de las guerras en El Salvador y Guatemala. En aquel entonces era párroco de Nuestra Señora Reina de los Ángeles un controversial y carismático sacerdote llamado Luis Olivares, que convirtió la iglesia en santuario, abriendo sus puertas para los refugiados centroamericanos. Olivares murió en 1993. También participó con otros religiosos angelinos, como el padre Michael Kennedy y el padre Gregory Boyle, en numerosas protestas. contra la participación de Estados Unidos en las guerras centroamericanas y contra el trato que las autoridades de inmigración les daban a los refugiados. Fue precisamente en La Placita, en la que es hoy sala de conferencias de la casa parroquial y antes fue la oficina del padre Olivares, donde recientemente se tomó la decisión de volver a crear un tipo de nuevo santuario. Igual que entonces, diversas iglesias y denominaciones religiosas están tomando una posición humanitaria, que algunos interpretan política, en favor de inmigrantes o de refugiados y en contra de políticas gubernamentales. Para varios de esos antiguos refugiados, que en un momento dado se beneficiaron del movimiento santuario o fueron activistas del mismo, no se trató solamente de acoger a grupos de personas que huían de la violencia, sino de informar a los estadounidenses de lo que pasaba allá. "El movimiento le dio energía a toda la lucha antiguerra, los religiosos le inyectaron un elemento moral y explicaban por qué había que oponerse", dijo Carlos Vaquerano, hoy uno de los líderes centroamericanos en LA y un refugiado de entonces. "El oponerse significaba romper las leyes al darle refugio a una víctima de la guerra". A pesar de lo cruento de las guerras en Guatemala y El Salvador, los refugiados entraban ilegalmente a Estados Unidos y muchos eran deportados. A la mayoría de los que estaban aquí les negaban el asilo político, ya que, oficialmente, Estados Unidos no reconocía las violaciones a los derechos humanos que llevaban a cabo esos gobiernos "amigos". Un mínimo porcentaje de estos aspirantes a asilo lo recibían (alrededor de 4%), todo lo contrario de los nicaragüenses que salían escapando del gobierno sandinista, que eran aceptados en su mayoría. Estas cifras demostraron que la política de asilo estaba motivada por la política exterior del país y posteriormente llevó al gobierno estadounidense a perder la famosa demanda ABC, tras la cual tuvo que reconsiderar los casos de un cuarto de millón de salvadoreños y guatemaltecos. Pero hasta que esto ocurrió, la situación de muchos de estos refugiados era precaria. Y religiosos, abogados y activistas en este país se movilizaron para ayudarlos. Mario Marroquín, un técnico en computación que vino al país en 1981, estuvo preso en un centro de detención del entonces INS (Servicio de Inmigración y Naturalización) en El Centro, de donde lo sacó un activista del movimiento santuario, Jim Corbett. Vivió durante dos meses en la casa del activista. "Él era un cuáquero, y había enseñado filosofía en Harvard. Pero este señor conoció a varios salvadoreños en Tucson, donde vivía y por medio de ellos se empapó de la situación en El Salvador. Comenzó a ayudar a salvadoreños, llegando incluso a ayudarlos a cruzar la frontera", cuenta Marroquín. Los grupos religiosos no sólo dieron refugio; también hicieron algo más. Muchos participaron en protestas contra la intervención de Estados Unidos en esas guerras, contra las condiciones de los centros de detención del INS y realizaron actos de desobediencia civil para protestar contra el mal trato a los refugiados. Jorge Núñez, otro salvadoreño que vino en aquellos años y recibió santuario en una iglesia en Philadelphia, comenta que a pesar de las diferencias, ese movimiento de ayer y el de hoy tienen cosas en común. "El concepto de los religiosos no cambia. Es la protección de personas vulnerables, el coraje contra el gobierno por no tener una política justa. Los objetivos siguen siendo igual de válidos", dijo.

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