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La inmigración y Steven Spielberg

Nueva York. CinemaNet.info | 16 de Febrero de 2013 a las 14:18

Si hubiera sólo uno de entre todos los cineastas norteamericanos en activo que no necesitara presentación, probablemente estaríamos hablando del legendario Steven Spielberg, cineasta que reveló su condición de énfant terrible cuando a los veintiocho años dirigió Tiburón (1975), que por aquel entonces se convirtió en la película más taquillera de la historia, y que desde entonces, y pronto hará cuatro décadas, no ha dejado de dirigir desde la primera fila de la reputación industrial, si bien desde los años ochenta ha pasado a compaginar esa tarea con la de productor, primero a través de la compañía Amblin, y más adelante, desde mediados de los noventa, con la productora de muchas mayores dimensiones que co-fundó con David Geffen y Jeffrey Katzenberg, Dreamworks Pictures. Resulta imposible en este el lugar extenderse en la prolija filmografía del que durante mucho tiempo fue llamado “El Rey Midas de Hollywood”, así que nos limitaremos a perfilar brevemente que el cine de Spielberg ha sido y sigue siendo uno de los más influyentes en la industria de Hollywood, tanto desde parámetros de definición estética (en cuyo sentido tan estrictamente visual del storytelling se detectan siempre signos de clasicismo, en los que esporan las enseñanzas de grandes maestros de antaño, como John Ford) cuanto en lo que se refiere al desarrollo de la técnica y la tecnología aplicada al cine, capítulo en el que diversas obras suyas, desde Encuentros en la tercera fase (1977) a la reciente Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio (2011), pasando por Parque Jurásico (Jurassic Park) (1993) o Minority Report (2002), han marcado época.

En esta reseña abordaremos una obra que no se cuenta ni entre sus productos (mal) llamados de entretenimiento –como las sucesivas películas de Indiana Jones (1981, 1984, 1989, 2009),  ET, el extraterrestre(1982), la citada Parque Jurásico o La guerra de los mundos (2005)- ni entre aquéllas en las que el cineasta ha dado rienda a una vis dramático-épica con la que ha logrado el reconocimiento que le faltaba por parte de la propia industria –principalmente, las oscarizadas La lista de Schindler (1994) y Salvar al Soldado Ryan (1998), aunque en esta categoría también hallaríamos títulos previos tan injustamente menospreciados como El color púrpura (1985) o El imperio del sol (1987), y aún otros filmados estos últimos años, como las magistrales AI Inteligencia Artificial (2001) o Munich (2005)-. Es esta ocasión de hablar de una pequeña joya, La terminal, rubricada a mediados de la década pasada, que abordaba un tema ciertamente espinoso, por sus ligazones conceptuales con cuestiones que tienen que ver con la política securitaria aplicada después del 11-S; hablo de los controles a la circulación de personas en el espacio internacional, y sus consecuencias inmediatas en el día a día del funcionamiento de aeropuertos y trámites de visado. Por desgracia, la premisa del relato no tiene nada de inverosímil ni de licenciosa, pues de hecho acaece, aún hoy, muy a menudo en diversos lugares del globo. El filme relata la interdicción por cuestiones burocráticas a Viktor Navorski, un hombre procedente de un país indeterminado (Krakhozia), de cruzar la puerta de salida del aeropuerto JFK para introducirse en Nueva York, o los EEUU. Cierto es que ello invita, de entrada, a imaginar una versión claustrofóbica, ensombrecida, esquinada, trágica en fin, del periplo vivido por aquel pobre hombre condenado por la burocracia a morar durante largo tiempo en los vestíbulos de un aeropuerto. Spielberg, en cambio, prefirió proponer una comedia de tintes caprianos, algo que sus detractores –que siempre ha tenido, y siempre han demostrado arbitrariedad y cortedad de miras en sus juicios– no le perdonaron, acusándole de vanalizar un asunto muy serio. Quizá a esas voces críticas tan gratuitas simplemente les hubiera bastado recordar lo que George Bernard Shaw dijo alguna vez: “Si quieres decirle la verdad a la gente, hazles reír; porque en caso contrario te matarán“.

Quiere ello decir que la película, a través de sus planteamientos ciertamente amables, a menudo divertidos, por lo demás canalizados por una interpretación hilarante (y magnífica) del Tom Hanks, no hace otra cosa que encauzar una parábola sobre un ideal, el triunfo de la bondad y la solidaridad por encima de los despiadados mecanismos del sistema, unos mecanismos de control y censura cuya generalidad y abstracción no se aplican sino que a menudo recaen como el peso de condenas sobre lo que no es general ni abstracto: las personas. Atiéndase, por ejemplo, al hecho de que todos aquellos que ayudan a Victor Navorsky a vencer a su enemigo invisible son inmigrantes, hispanos, hindúes o negros, mientras que el enemigo invisible del protagonista aparece personificado por el típico burócrata trepa, blanco caucásico para más señas (al que da vida un sobresaliente Stanley Tucci). No se trata de conflictos  de razas, en realidad; simplemente de constancias sobre diferencias sociales, sobre el papel que desempeñan los que, sobre el papel, son parias, pero cuyo esfuerzo contribuye al funcionamiento -y funcionamiento humano- de las sociedades. De ahí que digamos que el espíritu de Frank Capra y sus tesis afiliadas al optimismo crítico afloran en este relato.

Cuando se estrenó la ulterior película de Spielberg, La guerra de los mundos, muchos críticos leyeron las intenciones del filme desde la alegoría en torno al miedo emanado por la traumática experiencia nacional que supuso el 11-S. Esa perspectiva fue ratificada con la siguiente obra del cineasta, Munich, que habla de terrorismo y está protagonizada por terroristas. En cambio, mucho menos se ha dicho que esta La terminal también merece encuadrarse en lo que se ha venido en llamar “el cine post-11-S”: pocas películas transcurren en aeropuertos, y de ellas aún muchas menos no nos hablan de catástrofes (Aeropuerto, sucedáneos y sátiras); precisamente tres años después del atentado que destruyó las Torres Gemelas, y en un momento en el que la amenaza terrorista había avalado las políticas que priorizan lo securitario, el realizador de Amistad se sacó de la manga una fábula amable que transcurre íntegramente en el interior de un aeropuerto, y en la que un pobre hombre que sólo quiere catar el sueño americano (el detalle argumental del tarro de cacahuetes y lo que contiene en su interior, el motivo del viaje de Navorski a Nueva York) lucha contra una cuadrícula que esgrime la salvaguarda de la Seguridad Nacional: Navorski aplica su pericia en cuestiones de ebanistería y fontanería para mejorar las instalaciones del aeropuerto y aprende a convivir con lo patético de su situación, lo que le convierte en algo más que un superviviente. Su proverbial humanidad (y las motivaciones que le llevan a los EEUU) representan el reverso perfecto de la actitud e intenciones de un terrorista. Spielberg no hace otra cosa que recordarnos aquel dicho que reza que “por cada cinco personas, cuatro son buenas”. Quizá sus intenciones trascienden de lo anecdótico en un contexto histórico o político como el de 2004 en el país de las barras y estrellas. No sólo las amenazas deben ser el motor de nuestros actos; por otro lado, como reza el tagline del filme, “la vida espera”.


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