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Comida rápida puede acabar con la vida de inmigrantes

Nueva York. Agencias. | 20 de Mayo de 2013 a las 15:25

Investigaciones recientes sobre la mortalidad entre inmigrantes muestran que entre más vivan en este país, peores son sus tasas de enfermedad cardiaca, alta presión y diabetes. Y en tanto que sus hijos nacidos en Estados Unidos pueden tener más dinero, tienden a vivir menos que sus padres.

Estos patrones van en contra de la idea de que emigrar a EU mejora cada aspecto de la vida. También demuestran que al menos en términos de salud, las preocupaciones sobre la asimilación de los 11 millones de indocumentados son erróneas. De hecho, está ocurriendo muy rápido.

"Hay algo sobre la vida en Estados Unidos que no conduce a buena salud a lo largo de las generaciones", dijo Robert A. Hummer, un demógrafo social de la Universidad de Texas en Austin.

Para los hispanos, que son el mayor grupo de inmigrantes, los nacidos en el extranjero viven tres años más que sus parientes nacidos en EU, según señalan varios estudios.

¿Por qué la vida en Estados Unidos –pese al sofisticado sistema de salud y altos ingresos per cápita– llevan a la mala salud? Nuevas investigaciones señalan que la ventaja de los inmigrantes se pierde con la adopción de comportamientos norteamericanos, como fumar, beber alcohol, la dieta alta en calorías y el sistema de vida sedentario.

Aquí en Brownsville, una ciudad deteriorada y saturada de restaurantes de comida rápida, los inmigrantes dicen que les ha pasado lentamente, casi de manera imperceptible. En EU, alimentos como el jamón y el pan, que no deberían ser dulces, lo son.

Y los niños pierden el gusto por comida tradicional mexicana como los nopalitos y frijoles.

Para los recién llegados, la cantidad y accesibilidad de la comida es una muestra de la abundancia norteamericana. Esther Ángeles recuerda su asombro por el tamaño de las hamburguesas –tan grandes como platos de cena– cuando vino por primera vez a EU, procedente de México, hace 15 años.

"Pensé que éste era el país de las oportunidades ¡Mira el tamaño de la comida!", dijo Ángeles.

La comida rápida no sólo sabía bien, sino que era un símbolo de éxito, una indulgencia que los nuevos ingresos les permitían alcanzar.

"Lo crujiente era delicioso", dice Juan Muñiz, de 62 años, recordando su primera visita a Church's Chicken con su familia a finales de la década de 1970. "Estaba tan orgulloso de comer fuera que les dije: 'Vamos a comer, ahora que podemos pagarlo'".

Para otros, ocurrieron algunas sorpresas.

"Trabajas tan duro que quieres usar tu dinero de manera inteligente", dijo Aris Ramírez, una trabajadora de salud social en Brownsville, explicando el pensamiento. "Así que cuando escuchas que recibes el doble de papas fritas por 49 centavos extra, la gente cree que es económico".

Para Ángeles, la emoción de la comida rápida se terminó, pero se impuso el ritmo frenético de los trabajos en EU. Se encontró comiendo hamburguesas porque era más conveniente y estaba ocupada en su trabajo de 78 horas a la semana. Además, perdió el control sobre la dieta de su hija, porque al ser madre soltera difícilmente coincidían a la hora de comer.

Robert O. Valdez, profesor de medicina familiar y comunitaria en la Universidad de Nuevo México, señaló que "todas las recomendaciones que hacemos a las personas desde una perspectiva clínica, que incluyen mucha fibra y menos carne, eran exactamente los hábitos que los inmigrantes mantenían regularmente".

Al inicio de la década de 1970, investigadores encontraron que los inmigrantes vivían varios años más que los blancos nacidos en EU, aunque tenían menos educación y menos ingresos, factores comúnmente asociados con mala salud. Esa brecha ha crecido desde 1980. Aunque no está claro qué le pasó a los inmigrantes y a sus hijos nacidos aquí tras una vida en Estados Unidos.

La evidencia señala que a la segunda generación le va peor. Elizabeth Arias, una demógrafa del Centro Nacional para Estadísticas de Salud, ha realizado estimados exploratorios basada en datos del 2007 y 2009, que muestran que los inmigrantes hispanos viven 2.9 años más que los hispanos nacidos en Estados Unidos. (Sabrina Tavernise/The New York Times).


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