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Otros tres crímenes de guatemaltecos sin esclarecer en Mount Kisco

Por Lesly Véliz y Rodrigo Pérez, diario Siglo 21, de Guatemala. | 28 de Mayo de 2007 a las 00:00
Chiquimula los vio nacer y Mount Kisco, Nueva York, Estados Unidos, morir. Por separado, cruzaron la frontera hacia Estados Unidos, acompañados por coyotes, y volvieron a su tierra en ataúdes. Dejaron deudas, dolor, indignación y miles de interrogantes. ¿Quién los mató? ¿Por qué? Se preguntan sus familiares en Guatemala, y activistas en Estados Unidos. René Javier Pérez, Roberto Martínez y Santos Bojórquez, se suman al listado de cinco inmigrantes guatemaltecos que, de forma misteriosa, han muerto en Mount Kisco, un pueblo de Nueva York con aproximadamente 10 mil habitantes. De los dos primeros casos, ya casi nadie habla. La Policía los archivó y nunca se habló de un crimen por la forma en que fueron hallados (vea: Unidos por las circunstancias). Pero los casos de Javier, Martínez y Bojórquez rompieron el silencio. Organizaciones de hispanos en Nueva York y diarios como The Journal News, New York Times y Washington Post destaparon los hechos en manifestaciones, conferencias de prensa y reportajes extensos. La más difundida y reciente es la historia de Javier Pérez. La última vez que se le vio con vida, como a las once de la noche, estaba ebrio, como se había vuelto habitual. Al día siguiente fue localizado moribundo, a la orilla de un sendero, luego de haber sido golpeado. "Tenía 15 años de estar en Estados Unidos y nunca le había pasado nada, no sabemos qué fue lo que le pasó. Nosotros dejamos todo a la ley de ese país", dice la madre de Javier, Mercedes Pérez de Javier, una anciana de 66 años, mientras sostiene entre sus manos una fotografía que su hijo le envió. "Se echaba los tragos, pero no ofendía a nadie; para qué le voy a mentir. No dejó enemigos aquí y tampoco allá. Cómo las mentiras son malas, verdad", agrega, con lágrimas a punto de salir. Javier dejó a sus padres cuando un coyote se ofreció a llevarlo al norte por Q10 mil. "Allá él pagó otro tanto, pero no se cuánto fue", cuenta la anciana. Casi no se comunicaba con sus padres. La última vez que habló con ellos fue en diciembre de 2006. "Me llamó para decirme que me había enviado un traje para navidad", recuerda. Y de ahí no supo más, hasta que su otro hijo, Aníbal, quien vive también en Estados Unidos, los llamó para decirles: "No se vayan a asustar, pero René está muerto ya". La conmoción y el profundo dolor se apoderó de los padres, quienes sienten como único consuelo el que el cuerpo de su hijo esté ya en Guatemala. Fue repatriado con ayuda de la Cancillería guatemalteca, y enterrado el 10 de mayo en el cementerio de la localidad. Un Día de la Madre inolvidable para doña Mercedes. La tumba no tiene lápida, sólo una cruz de metal con su nombre. Javier nació en Los Apantes, Concepción Las Minas, Chiquimula, en una casa de adobe, con techo de lámina, y a la que se llega por un estrecho camino de tierra. En la entrada al cuarto de sus padres se observa una moña negra. Aquí nació, comenta su madre, mientras con una mano sostiene una rama seca que utiliza de bastón y con la otra señala un cuarto con una puerta de madera rústica. "Fue a las siete de la noche, hace 42 años". Al salir de sexto primaria, Javier Pérez se dedicó a la agricultura: sembraba maíz y frijol. También vendió imágenes de santos durante tres años en la tienda de la Basílica de Esquipulas, y al cumplir 18 años, un comisionado militar llegó por él para que prestara servicio militar. Tuvo tres hijos con Miriam Morales; dos murieron pequeños, y la tercera fue una mujer que en enero de este año cumplió 15 años. Desde el momento de su unión, hasta su partida, convivieron cuatros años en los cuales sus esfuerzos por darle una vida mejor eran en vano.

Sin contacto

"Él se fue a Estados Unidos cuando ella tenía dos meses de nacida. Fue por la pobreza que hay aquí. Quería ganar más, comprar un su terreno y hacer una casita. Nada se cumplió de lo que dijo", dice Morales, quien vive con una tía que le da "posada". Durante el tiempo que estuvo en Estados Unidos, Javier Pérez casi no se comunicaba con sus padres y tampoco con su esposa, a quien le enviaba dinero en escasas oportunidades. "Me mandaba $50 (unos Q382) cada dos meses, y cuando lo recibía ya lo debía. Decía que no encontraba trabajo", cuenta la ahora viuda. Cuando le hablaba por teléfono era breve, y sólo preguntaba cómo estaban. Miriam Morales, para sobrevivir, se dedica a lavar ropa, limpiar monte de terrenos para siembra, cortar café en la época de cosecha y recoger maíz. Por cada uno de los trabajos no gana más de Q40 diarios. Siempre la acompaña su hija Gladis, quien sólo terminó sexto primaria, porque debido a la pobreza en que viven tiene que trabajar. "No sé que le pasó; sólo sé que vino muerto", dice. Ella, igual que amigos de infancia de Javier, dicen que era una persona tranquila, que no se metía con nadie. "No era agresivo. Mientras vivió conmigo fue buena gente; no puedo quejarme", asegura con la mirada perdida y triste. Ocho hijos y una hipoteca La misma tristeza que invade a Miriam y a doña Mercedes se apodera de Josefa Abzún, de 37 años. La vida tampoco ha sido benévola con ella, pues las dudas y las deudas la amargan. Su esposo, Roberto Martínez, también agricultor, decidió emigrar a Estados Unidos para sacarla de la pobreza. Pero el destino le tenía preparado un final misterioso, igual que a Javier. Luego de hipotecar su casa por más de Q50 mil para ajustar el pago del coyote, partió el 15 de marzo de 2004. A los dos meses de haber llegado a Mount Kisco, murió estrangulado. La viuda se quedó con ocho hijos y una hipoteca. "Dicen que murió ahorcado, pero no quise verlo cuando vino. Al despedirse me dijo que me encargaba a los niños, y a los 15 días me llamó para decirme que ya estaba allá, y me envió U$200 (unos Q1,520) para que empezara a pagar la deuda", recuerda Abzún. Volvió a saber de él a mediados de mayo y, luego, el 6 de junio la llamaron para decirle que estaba muerto. Romelia Del Carmen Martínez, hermana de Roberto, recuerda que cuando lo llamaban casi siempre estaba ebrio. "Aquí no tomaba, pero allá sí se mantenía bebiendo", comenta. Martínez es oriundo de Estanzuela Abajo, en Quezaltepeque, Chiquimula, y para llegar al lugar se debe recorrer en vehículo durante media hora un camino de terracería. Adiós al catequista Bojórquez tuvo el mismo destino que Javier y Martínez. Él decidió marcharse en 1993, para ayudar a su esposa y a sus tres hijos. Vivió en esa nación 10 años, pero envió dinero para la familia sólo en los primeros 3, y no volvieron a saber más de él hasta un año antes de que fue asesinado. En ese entonces llamó a su esposa para decir que tenía graves problemas con el alcohol y que mejor se buscara otra pareja porque no podía dejar el vicio. Debido a que ya no trabajaba, dormía en la calle porque no tenía para pagar la renta. La familia vive confundida y temerosa, pues en Guatemala nunca tuvo problemas con la bebida. "Aquí él era catequista, no tomaba", cuenta su hermana Berta. Las tres familias comparten el dolor y las dudas. Sus esperanzas quedaron sepultadas con quienes se marcharon un día tras la ilusión de una vida mejor, pero que encontraron la muerte lejos de su tierra. Cómo inició su fracaso y quién acabó con ellos, aún es un misterio.

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