Escúchenos en línea

Inician programa para inmigrantes que laboran en granjas agrícolas

LaVoz.com. Desde San Diego, California. | 22 de Junio de 2007 a las 00:00
Inclinada sobre una fila de perejiles, María Luz Reyes corta las aromáticas plantas y las ata. Parece otra jornada agotadora en el campo, pero para Reyes es el trabajo ideal. "Siempre quise volver a hacer esto", dijo Reyes, quien de niña trabajó en la hacienda de su abuelo en su México natal. "Cuando uno tiene una granja y disfruta lo que hace, siempre quiere volver a esa actividad". Un programa conocido como ALBA (Agriculture and Land–Based Training Association) permitió a esta ex empleada de una empacadora administrar su propia granja en un terreno alquilado y sortear los problemas típicos de toda operación agrícola en pequeña escala. Reyes adquirió recientemente 4 hectáreas (10 acres) de terreno e hizo realidad el sueño con que vino a California hace 17 años. Los entendidos dicen que programas como ALBA, que incorporan gente nueva a la agricultura, son cada día más importantes en una época en la que los agricultores que envejecen no son reemplazados por trabajadores más jóvenes y las granjas pequeñas tienden a ser desplazadas por haciendas grandes. La edad promedio de los trabajadores del campo es 56 años. Aproximadamente el 90% de las haciendas estadounidenses son propiedad familiar, pero las nuevas generaciones se muestran más reticentes a seguir en esa actividad, según un estudio del Departamento de Agricultura (USDA). La cantidad de haciendas grandes, manejadas por corporaciones, ha ido en aumento, lo mismo que su participación en la producción. Son responsables del 75% del valor de la producción agrícola y sus márgenes de ganancias son generalmente superiores a los de las granjas pequeñas, de acuerdo con el estudio del USDA. Un programa intensivo de seis meses de ALBA da a los estudiantes conocimientos técnicos y comerciales. A través del programa se les alquila terrenos por algunos años, hasta que puedan comprar su propia tierra. Otros programas que buscan atraer gente al campo, especialmente de las minorías, como Farms to Grow Inc.. Los programas como ALBA deben capacitar a la gente para resolver los problemas que presenta una granja, según Kristin Reynolds, del Centro de Pequeños Agricultores de la Universidad de California. La diversidad de las cosechas y las cantidades pequeñas que producen hacen que resulte difícil venderle los productos a intermediarios que prefieren comprar grandes cantidades de vegetales y frutas, con entregas en determinadas fechas, indicó Reynolds. A los pequeños agricultores, por otra parte, les cuesta más sobrevivir a la pérdida de una cosecha. Y tienen que estar en condiciones de realizar una gran cantidad de tareas, comom Reyes, quien puede arrodillarse a recoger fresas y luego dejar de lado la guadaña y sentarse a hacer cuentas. A Reyes le ha ido bien, gracias a ALBA. Aprendió a hacer cultivos orgánicos, que vende a un puñado de mercados de su zona. Además sabe cómo conseguir préstamos para invertir en la tierra, algo que nunca había hecho en México. "Cuesta mucho competir con compañías grandes que pueden garantizar una gran cantidad de productos para fechas específicas, pero estamos saliendo adelante", dijo la mexicana. Granjas como la de Reyes ofrecen muchas ventajas a consumidor, según Reynolds. "Tienen mayor diversidad de productos y se concentran en cosas que pueden vender directamente, que no hay que transportar a otro sitio y por lo tanto son más frescas y pueden ser recogidas cuando están maduras, no cuando están todavía verdes", manifestó. Juan Pérez, de 23 años, quien tomó el curso de ALBA y cultiva un terreno de 44,5 hectáreas (110 acres), administra un servicio de entregas directas al consumidor, que le permite tener contacto personal con los clientes y conocer sus necesidades. Además puede experimentar con una docena de productos que uno no encuentra en haciendas más grandes, como el epazote orgánico, una hierba usada en la cocina mexicana para condimentar judías.

Descarga la aplicación

en google play en google play