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Inmigrantes andinos celebran la Fiesta del Sol en New York

LaVoz.com. Desde New York. | 3 de Julio de 2007 a las 00:00
El inca, ataviado con magnífica vestidura dorada, eleva las sagradas ofrendas hacia el cielo en un ritual que sus antepasados realizaron durante siglos en la Fiesta del Sol. Pero esta vez tiene lugar entre el ruido de las bocinas de los taxis amarillos que circulan raudos por la Segunda Avenida de Nueva York. La escena, lejos de ser una imagen surrealista representada por algún artista neoyorquino, ha sido cuidadosamente coreografiada por el grupo cultural Abya Ayala con motivo de la celebración del Inti Raymi (Fiesta del sol), que congregó a artistas procedentes de países andinos, Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y Chile, así como de México y de la tribu indígena estadounidense de los Sioux. En la escenificación de Nueva York el inca estuvo representado por un pintor peruano, Fernando Pomalaza, un hombre con una figura imponente de rasgos indígenas, quien a la vez colaboró en la construcción de la escenografía y plasmó sobre un amplio entablado una réplica de las piedras grises de las ruinas de Sacsayhuamán, una fortaleza incaica situada en Cusco, actual escenario de la festividad en el Perú. El altar donde se colocó el trono del inca y su corte tenía una ventana por la cual se apreciaba la actividad callejera, a través del enrejado de la plazuela de la Iglesia de San Marcos, donde tuvo lugar la escenificación. "Es una ventana al siglo XXI desde un escenario que representa el universo místico de los incas y que seguimos venerando los inmigrantes de los países andinos que integraron el Tawantinsuyo (Imperio de los Incas)", destaca el arquitecto Waldo Mariscal, que se encargó del diseño, no sólo de la escenografía sino también del atuendo del inca, de los miembros de séquito y de los soldados. La escenificación trata de ser "lo más auténtica posible en base a los vestigios que nos quedan y los relatos y dibujos de Guaman Poma de Ayala (un cronista mestizo)", agrega Mariscal, que también participó en la escenificación como soldado incaico. Los incas realizaban el Inti Raymi en el solsticio de invierno en el hemisferio sur (21 de junio), con el propósito de agradecer las cosechas y pronosticar lo que les deparaba el siguiente año. Al virrey Francisco de Toledo se le atribuye la prohibición de la fiesta por considerarla pagana en 1572, el mismo año de la ejecución del líder rebelde Tupac Amaru. La obra se volvió a escenificar en 1944, en base a las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega bajo la promoción de un estudioso cusqueño, Faustino Espinoza Navarro, quien escribió el guión en quechua, y a su vez, representó el papel de inca. En Nueva York, el escritor peruano Walter Ventosilla tuvo a su cargo la dirección artística del evento, y la coordinación general recayó en la arquitecta Patricia Aranibar. Para quienes crecieron estudiando a los incas en la escuela, esta ceremonia constituye una refrescante lección de historia, transplantada a una tierra extraña. La ceremonia comienza con la entrada de los ejércitos de los cuatro "suyos" (regiones en quechua) que formaban el Tawantinsuyo (Imperio de los Incas) y convergían en su capital, Cusco (ombligo del mundo). Su llegada es anunciada por los pututeros, fuertes donceles que soplan instrumentos de grandes conchas marinas, conocidos como pututos. Luego entran los soldados del Chinchaysuyo, que representan a la región de Ecuador y Colombia por el norte, vestidos con túnicas de bayeta de tonos ocres y contrastes marrones. Le siguen el Antisuyo, la región central de los Andes y la selva, con túnicas anaranjados, rosa y amarillo; el Contisuyo, de la costa sur y centro, de tonos terracota y pechera metálica de oro, y el Collasuyo, Bolivia y Chile, de tonos azulados que emergen del Lago Titicaca. Después desfila una comitiva de las mujeres de la familia real que portan ofrendas de papas, mazorcas de maíz, bebidas sagradas e incienso. A continuación el inca, realzado con regia armadura de oro, llega precedido del Quipuc Qamalloc (el sabio de la corte), su comandante general, su ministro de economía y el Willaq Umu (sumo sacerdote). "En el Cusco los niños llorábamos cuando se realizaba el sacrificio de la llama, porque creímos que de verdad le extraían el corazón. Hasta que un año, una llama se soltó de sus ataduras y les entró a patadas a los sacerdotes, que salieron corriendo del altar para salvarse de la furia del animal", recuerda Vicky Pélaez, periodista y arqueóloga cusqueña, que dirigió la presentación del Inti Raymi en Nueva York, por segundo año. La llama, "Lucky" (Suertuda), tuvo más suerte en la ceremonia neoyorquina, porque "ni siquiera le pudimos atar las patas y menos aún simular que se le extrae el corazón", comentó Peláez, quien llegó a un acuerdo con los dueños del animal que vive en un establo del Bronx, Nueva York. Su cuidador de origen mexicano, Daniel Labastida, de 14 años, se aseguró de que el compromiso se cumpliera al no soltar la correa de Lucky en ningún momento, pese a que era asediado constantemente por las cámaras y el público. Eso no impidió que el chamán supremo realizara el simulacro de una ceremonia incruenta del sacrificio de la llama, cuyo corazón fue reemplazado por un objeto dorado que le fue entregado al inca para que interpretara los designios divinos. "He visto Taita Inca que el corazón de la llama estaba rojo como el fuego, pero luego se fue transformando... También he visto manchas extrañas", exclamó el sacerdote, representado por Luis Zelada, de Cajamarca, Perú, quien también se encargó de encender el fuego sagrado. El inca respondió con voz de trueno. "Significa entonces que la sangre que se derrama en la guerra terminará, los hijos retornarán a sus padres... se dedicarán a reconstruir la Pachamama (la madre tierra)", mientras centenares de personas presenciaban en silencio la ceremonia realizada a la hora del cenit, cuando el sol se coloca perpendicular a la Tierra, a las 2:30 de la tarde en el hemisferio norte. La plazuela estaba colmada por un público que seguía atentamente la presentación mientras otros se deleitaban con los platillos de comida peruana, ceviche, carapulcra y causa limeña, entre otros, y bebían chicha morada e Inca Kola, la popular gaseosa peruana que contribuyó al financiamiento de la función, juntamente con un restaurante peruano-japonés. "Wiracocha, Wiracocha...", interpretó con una potente voz la soprano peruana Milagros Albrecht, que le canta al "Dios Sol", al culminar el ritual de la chicha (bebida de maíz fermentado). La soprano interpretó asimismo el papel de Colla, la esposa del inca, que llegó rodeada de cuatro sipas (las concubinas reales), entre ellas, la "sipa escogida", personificada por Romina Carnica, una bella ayacuchana de 20 años. Durante la ceremonia se realizaron 15 rituales, con la coca, el fuego, la chicha, y con el corazón de la llama. "Recuerdo que hace 30 años amaneció lloviendo en el Cusco el mismo día de la ceremonia, y los sacerdotes hicieron ofrendas con hojas de coca y chicha, y dejó de llover", relata Peláez, que preside el grupo Abya Ayala, que significa "continente de vida" en idioma Kuna, un pueblo que habitaba la zona de Colombia y Panamá. Peláez, que actúa como la Rimac Warmi (una vidente), se encargó del desarrollo de la ceremonia, que fue seguida de danzas folclóricas en las que participaron varios grupos, Amanecer Boliviano y Pasión, de Bolivia; Sueño, de Ecuador, Estampas Folklóricas y Tincus, de Perú, como también de México y Estados Unidos. La Danza de los Concheros del Ballet Folklórico Azteca inició la colorida presentación de danzantes, bajo la dirección de Saúl Flores. El ambiente adquirió una energía electrizante cuando tres jovencitas descendientes de los Sioux interpretaron "El baile de la mariposa" a los acordes de una lacerante danza guerrera. Melanie y Josie Redwing, de 13 y 14 años de edad, biznietas del Jefe Ala Roja (Red Wing), que vivía en la región de los Dakotas, que expresan orgullo por sus valientes antepasados, hablan el idioma lakota de los Sioux. "Estamos encantadas de participar en eventos de este tipo en otros lugares que no sea nuestra escuela", cuenta Melanie, quien estudia con su hermana en el la secundaria Woodrow Wilson de Clifton, Nueva Jersey. "Los chicos se burlan de nosotras", añade. La ceremonia siguió su curso con la Danza de las Tijeras, un baile de Ayacucho, con tres ágiles jóvenes que hacían piruetas, ya en el aire, ya en tierra, pero siempre manteniendo en alto unas tijeras. El área de baile se torna polvoriento y los danzantes que seguían, en un animado Takirari (una danza de Bolivia) sólo contribuyeron más a la nube de polvo. Pero su entusiasmo era contagioso y el público aplaudía al compás de la música. "Es la primera vez que asisto a una representación de tanta calidad aquí en Nueva York", destacó el cónsul del Perú, Helí Peláez, quien les entregó un diploma de reconocimiento a los organizadores. Y al parecer ya se comprometió a gestionar que sea el Museo de Historia Natural, frente al Parque Central, el escenario para la realización de la fiesta del Inti Raymi del próximo año.

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