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Tierra de Nadie

Washington. Por Pedro Caviedes, El Nuevo Herald. | 28 de Junio de 2014 a las 12:00

Estados Unidos vive actualmente la peor crisis humanitaria de los últimos tiempos. La ola de niños solos provenientes de Centroamérica no cesa, y los albergues no dan abasto. Entre octubre del 2013 y mayo del 2014, la Patrulla Fronteriza ya ha detenido a más de 46.188 menores. Los informes dicen que hace 13 años el número de casos de este tipo no superaba los 6,700 al año. Se han adaptado bases militares en Texas, Oklahoma y California, para que sirvan de albergues mientras el gobierno trata de reunir a estos menores con sus familias en el país, y procesarlos bajo las leyes migratorias, en muchos casos para que eventualmente se les entregue una orden de deportación. Pero en ese entonces lo más seguro es que esos menores ya hayan decidido pasar a “la sombra’’; es decir, a sumarse a los millones de indocumentados que hoy por hoy viven en el país.

La situación ya ha llegado al Congreso, y en estados como Texas, el que más de estos niños ha recibido, el gobernador Perry ha dado la orden de aumentar la presencia en la frontera. El vicepresidente Joe Biden viajó hace poco a una reunión con el presidente de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén, el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, y el coordinador general del gobierno de Honduras, Jorge Ramos Hernández, para tratar de solventar la crisis, pero son pocas las esperanzas de que esto suceda. Y lo son, porque lo único que disminuirá el flujo de niños inmigrantes será un verdadero cambio en los países que habitan.

¿Qué lleva a un padre a enviar a sus hijos en un viaje que es extremadamente peligroso incluso para un hombre adulto en pleno uso de sus facultades físicas y mentales? Yo diría que no puede haber otra respuesta que la desesperación. Enviar a un niño en un trayecto en el que puede caer víctima de los traficantes, de las bandas de trata de personas, de los abusadores, de los mafiosos, sin saber si algún día volverán a saber de ellos, solo puede medirse por el tamaño de la desgracia que viven, si se quedan en sus países de origen.

Es demasiado dolorosa la situación que día a día padecen, y va en aumento, con tantos niños en el mundo. Ellos no son culpables de haber nacido en el entorno en que nacieron, y sin embargo son los que más pagan, los que más sufren.

Gran parte de la violencia que los ahuyenta de su tierra se deriva de las maras, que tienen como uno de sus principales motores el narcotráfico. Y mientras que la cocaína siga reinando, y siendo el polvo preferido para tantas narices en los países desarrollados, y las políticas no cambien, de una prohibición que hasta ahora todo lo que ha logrado es aumentar las arcas de los narcos, la violencia no cesará, e irá en aumento.

Pero también huyen de la pobreza, del hambre, del poco acceso a la salud y la falta de oportunidades. Y eso tampoco parece que vaya a dar tregua en un corto o mediano plazo.

Al mismo tiempo que la noticia de los niños que cruzan solos la frontera comienza a tomar fuerza, se supo esta semana de las tumbas del Cementerio de Falfurrias, Texas, donde yacen los que no lograron terminar con vida la odisea del cruce de la frontera. Un grupo de estudiantes de antropología de la Universidad de Baylor, en un esfuerzo por identificar a los cadáveres, descubrió fosas comunes con al menos 52 cuerpos enterrados en desorden, sin ningún tipo de dignidad. Falfurrias es un condado agreste y semidesértico, en el que con frecuencia aparecen los cadáveres de inmigrantes muertos de sed, perdidos en su búsqueda del sueño americano.

La frontera suroeste de los Estados Unidos se está convirtiendo en una verdadera tierra de nadie.


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